Cada año la conmemoración del 8 de marzo se convierte en un vendaval de opiniones de todas las facturas, como si hubiera mucho que debatir sobre la legitimidad de la lucha por la equidad de género o como si fuera un concurso para definir qué sexo resulta más agraviado por las condiciones sociales del momento. Es increíble que todavía nos preguntemos por qué celebrar este día. A estas alturas del partido es insensato desconocer las grandes brechas en el acceso a derechos y la distribución justa de recursos en función del género, la reconstitución del discurso machista y los efectos nefastos de las violencias de género en la vida de millones de seres humanos. Es claro que la equidad de género se asocia con el desarrollo social y económico sustentable, la convivencia, el diálogo y la participación ciudadana y política y que en esa dirección es necesario contar con el compromiso genuino de toda la sociedad en su conjunto. La sanción de leyes que garantizan cuotas de participación por género son un primer paso, pero para avanzar se requiere del debate y el cuestionamiento constante a las actitudes y las justificaciones machistas validadas por el peso de la tradición o la costumbre.
El feminismo es una apuesta ideológica y política por ese camino, que además de reclamar el reconocimiento de los derechos de las mujeres, interroga el binarismo y busca abrir espacio social y discursivo a la diferencia. Temer el escarnio público (así sea en el ágora de las redes sociales) por el simple hecho de reivindicarse feminista, usar un lenguaje edulcorado y artificioso para poner a cielo abierto las inquietudes personales y colectivas sin ser tachada de feminazi o apegarse al protocolo de lo políticamente correcto para evitar el conflicto son algunos efectos de la campaña de desprestigio al que el feminismo ha sido sometido, cercenando su poder transformador y consolidando la subordinación de lo femenino a la aplanadora patriarcal y androcéntrica que está en el corazón de la civilización. Nadie dice que no haya mujeres machistas, hombres tolerantes y comunidades abiertas a la diferencia. Hombres y mujeres sufrimos por la exclusión, el desamor y la violencia, y hablar de la equidad de género la defensa de los derechos de las mujeres es una cuestión ética que involucra a toda la humanidad, no un asunto de quién es más o menos víctima.
Creo que la censura, la creciente tensión social y el individualismo nos está llevando a una cobardía política generalizada, a un posicionamiento acrítico y tibio frente a cuestiones fundamentales por miedo a ser vistos como demasiado radicales o pendencieros. Rehuir al disenso se ha llevado al nivel de un imperativo que sanciona implícita y explícitamente la disputa entre argumentos distintos, tolerando la diferencia siempre y cuando no se vea.
Acaso por esto último me choca tanto que conmemoremos el día de la mujer y no de las mujeres, como si la lucha por los derechos en nuestra diversidad y pluralidad fuera sustituida por una reivindicación indefinida en nombre de un ideal abstracto y perfecto, que condensa afirmaciones sobre el ser femenino a todas luces derivadas de la interpretación patriarcal. El problema en sí no son las rosas ni los chocolates; el problema es la consistencia de ese ideal que todas esas manifestaciones reafirman, reproducen y mantienen. No existimos ni por ni para el día de la mujer; somos mujeres independientemente de un pretendido arquetipo pasivo, imperfecto, demente o maternal creado para uniformarnos a todas. Citando a Joan Copjec (2006) habría que decir: "solo hay personas y cosas particulares a pesar de que la cultura continuamente construye y deconstruye - haciéndolas pasar por dadas- series de universales arbitrarios y alterables, ya se trate de naciones, instituciones, identidades o leyes morales" (p. 13).
Referencia
Copje, J. (2006). Imaginemos que la mujer no existe. Ética y sublimación. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Este es un espacio inspirado en la vida de los sí-mismos que gozan, viven y sobreviven en una ciudad profundamente cruel, desigual, compulsiva, torpe, caótica, ingenua. Pero sobre todo, es un espacio para escribir Bogotá con lo que hay: multiculturalismos, amores, odios, opiniones, denuncias, música, ideas, arte, ecología, política, psicología... esperanza.
domingo, 10 de marzo de 2019
La locura de los años dorados. El cuidado de adultos mayores con trastorno neurocognitivo
El aumento de la población de adultos mayores del país es una realidad. Los diagnósticos y los reportajes de la prensa hablan de una inminente inversión de la pirámide poblacional en Colombia, con aproximadamente 6,5 millones de personas mayores de 60 años, que desde ya se plantea como un gigantesco problema para los sistemas de salud y protección para los años venideros. Por supuesto esta preocupación adquiere un tinte dramático por las condiciones precarias en las que viven la mayoría de adultos mayores, la falta de recursos para su sostenimiento y la alta prevalencia de enfermedades crónicas y trastornos mentales. Se trata de una situación que pudo haberse prevenido o manejado adecuadamente, evitando las complicaciones, los gastos elevados y las demandas asistenciales que hoy por hoy supone su cuidado (Portafolio, 22 de mayo de 2018).
En este contexto, temas como la depresión, las enfermedades cardiovasculares y osteomusculares, el abandono, el apoyo familiar y la dependencia económica se convierten en tópicos frecuentes, generalmente analizados por enfermeros, médicos y gerontólogos, que expresan sus inquietudes y conclusiones desde un lugar de suficiencia y formalismo. Un rosario de imperativos se esgrime como solución al difícil panorama del cuidado de la población adulto mayor: "debemos ponerlos en el centro de la sociedad", "hay que resignificar la vejez", "la familia debe asumir la responsabilidad social y legal de su cuidado", "hay que garantizar su independencia", "las familias los dejan solos y por eso de deprimen". La cuestión es que en medio de tanta preocupación no hay mayores recursos, ni orientación ni acompañamiento para las personas, familias y comunidades que afrontan el envejecimiento de sus seres queridos y empiezan a lidiar con los avatares de su cuidado.
Todo comienza con la constatación de fallas en la rutina diaria del personaje en cuestión, que son signo de su progresiva incapacidad para atenderse por si solo. Un olvido, una pérdida, la imposibilidad de llegar a casa o el descuido del aseo personal son generalmente las primeras alertas de un estado que con seguridad ya se ha venido gestando, pero que por temor, angustia o desconocimiento se ha negado o se ha ocultado. En nuestro caso, la jubilación fue lo que precipitó el descubrimiento de toda una serie de problemas cotidianas que hasta el momento mamá había logrado maquillar acudiendo a sus extraordinarias habilidades sociales. Primero fueron las palabras, luego los procedimientos y finalmente las historias, los eventos y las personas. Poco a poco las limitaciones de su memoria se fueron extendiendo, hasta que fue absolutamente necesario contar con un acompañamiento permanente. Ya no pudo volver a salir sola y actividades tan sencillas como cocinar o usar el celular se hicieron casi imposibles. Muchos de sus amigos dejaron de visitarla o llamarla. Cada vez se hizo más dependiente.
Su salud física también estaba afectada. De hecho, pronto entendimos que su discapacidad mental era un efecto de su condición física. Al revisar sus registros médicos vimos como la causa de su estado actual nació, creció y se instaló en el cuerpo, supimos que pudo haberse controlado y nos dimos cuenta que ni ella ni nosotros hicimos nada porque no le pusimos especial atención a sus síntomas. La creímos invencible o eso quisimos creer. Cuando preguntábamos cómo le había ido en el médico siempre nos decía: divinamente. Debimos estar más pendientes. Pensamos que seguiría su vida como lo había hecho hasta el momento y nos concentramos en la nuestra sin prever lo que vendría.
Nadie nos dice que un día tendremos que cuidar a nuestros padres, probablemente porque no los vimos cuidar a los suyos, porque creímos que cuando la gente se muere de vieja el proceso es automático o porque pensamos que lo que le pasa a los demás nunca nos pasará a nosotros. Para cuando nos damos cuenta que ninguna de estas suposiciones es cierta y que tendremos que aprender a acompañarlos en ese camino de deterioro continuo, ya nos hemos tropezado con el primer gran muro del proceso: la historia compartida de dolores y resentimientos. Tendremos que dejar de lado nuestras quejas infantiles y aceptar que ha llegado el momento de cuidarlos como ellos nos cuidaron a nosotros; serán el centro de nuestras vidas, velaremos su sueño, los llevaremos al médico, los acompañaremos al baño, los cambiaremos, los alimentaremos. Solo cuando hayamos pasado la página podremos cuidarlos sin rabia, entendiendo que eso que les pasa no es su culpa y que no lo hacen para molestarnos.
Los expertos nos hablarán de estimulación cognitiva y recorreremos decenas de sitios especializados para buscar que los cuiden y reciban atención a diario. Nos dirán que deben hacer rompecabezas, tener pasatiempos, hacer ejercicio, escuchar música. Insistirán en que ellos también aprenden. Lo que no nos dirán es que no podremos obligarlos a hacerlo si nunca les ha gustado, que su hobby y su ocupación a tiempo completo era trabajar y cuidar de nosotros, que aprenden pero que no lo hacen de la manera en que estamos acostumbrados, que parecen pero no son niños, que cambiarán de gustos abruptamente y que en ocasiones solo veremos en ellos una sombra de lo que otrora conocimos.
Intentaremos cuidarlos sin ayuda y tendremos que levantar los brazos. Sus emociones y comportamientos llegarán a ser extremos, nos gritarán e incluso golpearán, se resistirán, se negarán a cooperar. Pasaremos noches sin dormir, tendremos que pedir permiso en el trabajo para atenderlos, nos enloquecerán, los gritaremos, los sacudiremos, estaremos desesperados por las mil quinientas veces que nos repetirán y les repetiremos información simple e irrelevante. Si tenemos suerte compartiremos la responsabilidad con algún hermano, pero la mayoría de nuestros familiares darán un paso atrás aunque nos quieran y realmente deseen apoyarnos. Será muy difícil conciliar cualquier cosa y aprenderemos, a veces duramente, que ser un equipo es mejor que tener la razón y que al final del día solo nos tendremos a nosotros para resolver las tragedias cotidianas.
Los médicos ayudarán, pero a veces serán un obstáculo. Nunca pensamos que mamá necesitaría un plan complementario o una medicina prepagada, pero si pudiéramos hacerlo en este momento no dudaríamos en tomarlo. Pagamos un montón por un servicio médico que apenas le da lo básico y la somete a terribles condiciones cuando debemos acudir a urgencias. Por su estado nos exigen acompañante las 24 horas y muchas veces esperan que nosotros seamos la enfermera de la paciente. Pasamos horas al teléfono intentando sacar una cita para la cual solo hay agenda hasta tres meses después. Debemos soportar el ego de los especialistas y a duras penas hacemos escuchar nuestra voz cuando le ordenan medicamentos o sugieren procedimientos que ya sabemos que para ella no funcionan. A veces nos va bien y nos entienden; otras no tanto. Para ellos los familiares somos culpables por exceso o por defecto, y desde su lugar de poder saben cómo pueden manejarnos. Los necesitamos y lo tienen claro.
Fue cuando tocamos fondo que empezamos a recuperarnos. Aceptamos la condición de mi mamá, empezamos a observar qué era de ella y qué de la enfermedad, pedimos ayuda y nos ajustamos el cinturón lo más que pudimos, nos concentramos en los logros y no en las frustraciones, tratamos de anticiparnos a sus crisis, empezamos a escucharla y a buscar el equilibrio entre lo que ella quiere y lo que necesita. Entendimos que teníamos que leer y buscar por nuestra cuenta, preguntar y preguntar, buscar opciones, partir de nuestra experiencia y de la persona que sigue siendo ella: mi mamá, la mujer amorosa que poco a poco también se va adaptando y va entendiendo que lo que hacemos lo hacemos por su bien. La mamá que tiene limitaciones pero que también sabe cosas y ha hecho del humor el mejor recurso para seguir adelante con la vida. La mujer para la cual sus hijas son su polo a tierra y lo único cierto que tiene.
Todos los días son un nuevo día, una oportunidad y una fuente de incertidumbre. Hoy por hoy no sabemos qué pase mañana, cuánto durará esto o cuándo ella se pondrá mal. Ya no planeamos cosas a largo plazo y todo el tiempo sufrimos por el cansancio en el que vivimos, porque no damos abasto con nuestras obligaciones y porque nuestra vida ha sufrido un cambio de 180 grados. A pesar de todo sabemos que estamos mejor y que batallamos con lo que nos pasa con todo el cariño y la paciencia de la que somos capaces. También sabemos que como nosotros hay muchos que están empezando o que ya llevan cierto tiempo en este viaje. Entre todos tendremos que construir las maneras de darles a nuestros seres queridos el mejor cuidado sin naufragar en el intento.
Referencias
Portafolio (22 de mayo de 2018). El desalentador panorama del adulto mayor en Colombia. Recuperado de la fuente https://www.portafolio.co/economia/panorama-del-adulto-mayor-en-colombia-2018-517356.
Referencias
Portafolio (22 de mayo de 2018). El desalentador panorama del adulto mayor en Colombia. Recuperado de la fuente https://www.portafolio.co/economia/panorama-del-adulto-mayor-en-colombia-2018-517356.
lunes, 19 de marzo de 2018
Las mujeres fantásticas
Resulta incomprensible la
insistencia acrítica en seguir hablando del día
de la mujer en singular, cuando la experiencia cotidiana nos muestra una y
otra vez la imposibilidad de sostener una única versión de lo femenino. Incluso
cuando se aclara que esta fecha es la conmemoración de la lucha por la igualdad
de sus derechos y no una celebración de su esencia cándida y bondadosa, hablar
de La mujer como si fuese un prototipo
o un conjunto cerrado al que sólo es posible acceder si se cuenta con determinadas
características, está en contradicción con todos los debates y las discusiones
sobre la necesidad de romper con el androcentrismo dominante y garantizar la
equidad de géneros en todos los niveles y escenarios. Ni siquiera desde el punto de vista de la biología podría hablarse estrictamente de uniformidad de los sexos, en especial a la luz de las evidencias sobre la flexibilidad y el desarrollo de los mecanismos de determinación sexual, que supone la interacción de aspectos génicos, cromosómicos y ambientales (Van Doorn, 2014) en la definición de las combinatorias responsables de los fenotipos machos y hembras.La afirmación de La mujer en abstracto es tan lesiva como cualquiera de los intentos por reducir el significado de la feminidad a un ícono o una fórmula fija. ¿Por qué todavía hoy resulta tan inaceptable la pluralización de lo que es y/o debe ser una mujer? ¿Cuál es el peligro de la diversidad femenina para el tejido social? ¿Qué saldo positivo ha dejado para la historia la institucionalización de una identidad de género ejemplar? ¿Qué está en la base del control de los géneros y de la violencia que experimentan hombres y mujeres en el proceso de hacerse un lugar en el mundo? Grandes preguntas con respuestas difíciles que todavía hoy no calan en nuestras sociedades, que corren paralelas a las realidades de millones de seres humanos condenados a hacerse caber en los moldes establecidos o a ser parte del desecho.
Dos películas de las ganadoras en
los premios Óscar de este 2018 muestran el peor lado de esta misoginia mundial,
que tiene entre sus más destacados efectos la estigmatización del feminismo (entendido
por obra de la lógica binaria como rechazo y desvalorización de lo masculino,
en lugar de asumirse como un movimiento de lucha por la igualdad de derechos para
todos), la saturación del ideal femenino con roles y significados tan exigentes
como contradictorios (ser al mismo tiempo virgen, mujer fatal, madre ejemplar,
ama de casa, trabajadora exitosa, relajada, controladora, con la apariencia
perfecta, que sepa de todo, que sea frágil, dependiente, resignada, silenciosa,
paciente, atrevida, apasionada, etc.) y la devaluación del sentido de la propia
existencia como resultado del juicio público frente a la manera de ser y mostrarse
mujer.
En I, Tonya (Gillespie, Rogers, Unkeless, Robbie & Ackerley; 2017)
la primera patinadora en el mundo capaz de hacer un triple giro, cuenta en
primera persona el drama del maltrato físico y psicológico del que fue víctima,
su pobreza, la marginalidad y el rechazo de la Asociación Americana de Patinaje
por su apariencia y carácter. La pregunta que hace a uno de los jurados, luego
de una velada en la cual nuevamente es calificada por debajo de la calidad de
su desempeño, es la misma que hacemos muchas en el contexto de nuestros
trabajos, nuestras comunidades o nuestras familias. ¿Por qué no puede tratarse
solo de patinaje? ¿Por qué no sólo se trata de mérito sino de encajar? La
frustración de Tonya es el símbolo del sentimiento de impotencia y desolación
de las niñas que nunca resultaron suficientes para sus madres y maestras, niñas
cuyos cuerpos siempre eran demasiado mucho o demasiado poco, niñas que nunca se
sintieron valiosas por sí mismas y se pusieron en la primera línea de fuego
social, ansiosas por ser amadas, culpabilizadas por la tiranía que creyeron
normal aceptar, sancionadas por no hacer lo necesario para adaptarse y resistir
en silencio.
De otro lado está Marina Vidal, la Mujer Fantástica de Chile (Lelio,
Larraín, Larraín y Maza; 2017), quien protagoniza la odisea de una mujer trans víctima
de la persecución de una familia de clase media alta, de las autoridades y de la
sociedad en su conjunto, incapaces de perdonar su “maricada original” o de
reconocer las posibilidades del amor diverso. La película plantea de manera
descarnada la pregunta por la fuente y el sostén de lo femenino, más allá de la
presencia o ausencia del miembro viril como marca de legitimación y asignación
de género. ¿Qué es y en qué se funda esa experiencia femenina desde donde nos comunicamos
con nuestro cuerpo y con el mundo? ¿Quién la certifica? ¿Quién la valida? La
antagonista de Marina, la ex de su novio fallecido, concreta en una escena toda
esta tensión, reclamándole desde su lugar de madre y viuda por el sentido de su
ser, que considera desviado y malsano: “te veo y no sé qué eres, eres una
quimera, eso eres”.
Entonces Marina lanza esa mirada de derrota que no se agota
en su digna retirada, y que a lo largo de la cinta retornará en la insistencia
de buscarse en un reflejo, en esa lucha perdida frente al vendaval de mugre de
la sociedad que la juzga y que pone todo su empeño en sacarla de la imagen, en
excluirla del juego.La veo con ese espejo pequeñito dispuesto en sus genitales y no puedo evitar pensar en las horas interminables de contemplación, en la intimidad del baño, en el transporte, en los ojos de compañeros y amigos, en la reprobación de los jefes, los hijos, las parejas, los padres y las madres, en los anuncios publicitarios, en los mensajes que nos criminalizan y nos sorprenden en cualquier parte. ¿Acaso ser mujer es consustancial a esa sensación de ser convicta por principio, como si la posibilidad real de vivir en femenino estuviera permitida a condición de estarse poniendo en duda permanentemente?
El sufrimiento de Marina y de
Tonya es, desde esta perspectiva, el sufrimiento de todas, de cada una, la
urgencia continua de sabernos quimeras, buscando un contrapeso cualquiera para
poder desplazar las angustias en otras. Tristemente esta dinámica, que no hace
sino redoblar la vulnerabilidad y la sensación de inutilidad que a muchas nos
habita, termina siendo defendida por otras mujeres, a la larga igual de
asustadas y violentadas, cerradas por diversas razones a las demandas de cambio,
enemigas del conflicto y de todas aquellas subversiones a la primacía fálica
que suelen interpretarse como anomalías. Marina y Tonya nos muestran esta cruda
realidad, pero también nos recuerdan que todas y cada una somos mujeres
fantásticas, que incluso estando en el rango de lo políticamente correcto somos
distintas y que en la diversidad que podemos hacer existir hacemos justicia y belleza.
Sin duda el camino sigue siendo muy largo, con retos cada vez más complejos y
muchas veces sin recursos para plantar cara a la aplanadora de la sociedad y
sus reproches subliminales. Que el esfuerzo de los realizadores de estos
filmes, el coraje de estas mujeres y de tantas personas comprometidas en este
reto valga la pena, que caigan los ideales en todo su peso, que pierdan valor
los modelos femeninos y que la diferencia deje de ser motivo de destrucción y
sea motivo de orgullo.
Referencias
Gillespie, C.; Rogers, S.; Robbie,
M. ; Ackerley, T. & Unkeless, B. (2017). I, Tonya. LuckyChap Entertainment,
Clubhouse Pictures y Al Film. USA.
Lelio, S.; Larraín, J.; Larraín,
P. & Maza, G. (2017). Una mujer
fantástica. Fábula. Komplizem Film. Chile.
Van Doorn, G. S. (2014). Patterns and Mechanisms of Evolutionary
Transitions between Genetic Sex-Determining Systems. Cold Spring Harb Perspect Biology. Doi: 10.1101/cshperspect.a017681. Recuperado
dela fuente https://www.rug.nl/research/gelifes/tres/_pdf/vandoorn_cshpb_2014.pdf
domingo, 11 de marzo de 2018
¿Y estas elecciones qué? Avatares de la construcción de ciudadanía en Colombia.
Como en ningún
otro momento, el calendario electoral del país se ha convertido en tema de
conversación del colombiano de a pie, que, en el contexto de una avalancha de cambios
socioeconómicos y políticos todavía sin metabolizar, advierte un nexo entre las
votaciones y los problemas a los que se enfrenta diariamente. Esta observación
sorprende en un país cuya historia constitucional incluye el reconocimiento del
derecho al voto casi desde el grito de independencia de 1810. ¿Por qué tan
larga trayectoria en los tejemanejes del sufragio no se ha materializado en el
desarrollo de una sólida cultura política de participación y una consciencia
clara del papel del ciudadano en el establecimiento de los poderes públicos que
lo gobiernan? ¿Cuál es la particularidad del actual panorama electoral en
Colombia?
Una mirada rápida
a la historia constitucional de nuestro país pone en evidencia algunos de los
principales vicios del establecimiento del Estado colombiano, que, desde sus
inicios, se sostiene en una adopción parcializada de los ideales ilustrados y
liberales en los que se basa la construcción de ciudadanía. Partiendo de ahí, el
lado más oscuro del vínculo entre control político y acceso a la riqueza tomará
la forma de un imperativo de exclusión que pautará el ritmo de las dinámicas
sociales del país hasta nuestros días. En ausencia del reconocimiento genuino
de la igualdad, la libertad de pensamiento o la voluntad popular como sustrato de
la soberanía nacional, el derecho al voto se planteará como un formalismo más,
reservado para hombres con determinadas rentas y prestigio social que eligen y
son elegidos en representación de un cierto número de habitantes a quienes escasamente
conoce o ha visto. 
La contradicción
entre los ideales de la independencia y la acumulación de beneficios
particulares fue rápidamente advertida por las clases privilegiadas de la sociedad
criolla de todo el continente, que en el escenario de la decadencia española se
enfrentaron a la disyuntiva de incrementar sus riquezas o generar sociedades más
justas e igualitarias. En países como
Argentina, Chile y Brasil la Independencia dio lugar a un importante flujo de
dinero proveniente de las exportaciones y la explotación de materias primas, lo
que permitió mantener las aspiraciones de las clases privilegiadas y garantizar
derechos universales a sus habitantes. En México las guerras con Estados Unidos
y Francia facilitaron la consolidación de un fuerte nacionalismo mexicano que
dinamizó la adopción de los ideales ilustrados. En Perú y Venezuela la
inmigración se consolidó en un factor clave en el desarrollo de sus sociedades
y sus economías. Por el contrario, en
Colombia no sólo se mantuvieron las condiciones de exclusión, sino que se
institucionalizaron prácticas de explotación y despojo como estrategias para la
conformación de un Estado que no contaba con medios económicos para
desarrollarse, no tenía control de su territorio, no ejercía el monopolio de la
fuerza y no ponía límite a los alcances de las ambiciones particulares. En este
contexto no hubo oportunidad para la conformación real de ciudadanía. El Estado
se institucionalizó como instrumento de control de las clases populares sin contraprestación
alguna (por ejemplo, el reconocimiento de derechos fundamentales o la generación
de mejores condiciones de vida como sucedió en otros países de la región), constituyéndose
incluso en su principal explotador.
Bajo estas condiciones, la emergencia de grupos
armados, fenómenos como el bandolerismo y la capacidad de influencia de gamonales
y sacerdotes testimonian el fracaso de la noción de ciudadanía y la
ineficiencia del Estado para garantizar los derechos que esta supone. Esta dinámica
da lugar a formas mediadas de participación, construidas al amparo de la lógica
del don, en las cuales lo que
correspondería a cada ciudadano por el
simple hecho de serlo (la vida, la libertad, la igualdad, el trabajo, la
propiedad, la salud, etc.) es otorgado como favor personal.
En 1991 la
instalación de la Asamblea Constituyente abrió las puertas a una resignificación
del ejercicio ciudadano, que a pesar de las limitaciones ha representado para
muchos la posibilidad de hacer valer su dignidad humana pasando incluso por
encima del aparato estatal, financiero y militar. Empero, el alcance de estos
esfuerzos ha estado y está acechado por la puesta en juego de una amplia gama
de intereses particulares y hábitos sociales que siguen marcando la relación
del colombiano de a pie con la política. De la mano con la voracidad de la
globalización, el discurso del consumo y la ideología neoliberal fenómenos como
el narcotráfico, las bandas criminales, el desplazamiento forzado y la corrupción,
entre otros, se constituyen en dispositivos de control orientados a desalentar
cualquier intento por hacer efectivos los derechos correspondientes a la
condición de ciudadano. En esta línea se inscribe también la famosa práctica de “la mermelada” hecha ley por el gobierno del presidente Santos, que ha terminado con la ya poca credibilidad de la opinión pública en las corporaciones legislativas. Las dádivas del ejecutivo acabaron ramplonamente con el equilibrio de poderes, fundamental en cualquier estado democrático, poniendo en cuestión los fundamentos de la soberanía y develando la banalidad de la representación política y su distancia de la voluntad popular que supuestamente es fuente de su legitimidad.
Ahora bien, es
importante subrayar como un efecto consustancial a esta historia la significación
perversa de los derechos ciudadanos, cuyo reconocimiento sólo es válido cuando
supone un beneficio personal. Bajo este prisma, lo que constituyen acciones
reparadoras y de restitución de derechos a amplios sectores sociales, históricamente
vulnerados por el Estado, son entendidas como caridad o soborno y terminan
instituyéndose en fuente de polarización y conflicto social. El colombiano de a
pie no entiende que se otorguen subsidios a actores armados en proceso de
reinserción, a los venezolanos inmigrantes o a los habitantes de calle porque
en tanto no ha gozado de la dignidad de un sujeto de derecho no logra atribuir
esa condición a otros.
Este año de
elecciones es tristemente terreno fértil para la confrontación, principalmente
por las condiciones de pobreza e inequidad que afectan a casi toda la población
y que favorecen el clima de rivalidad sostenido por la ilusión de acceder a la
riqueza que a otro le están dando. Al no contar con el referente de unas
condiciones de igualdad para el disfrute de los derechos, la adhesión a uno u
otro candidato, el (des)conocimiento de las instituciones políticas, la
degradación de los considerados opositores y la valoración de las propuestas
y/o las opciones en función de la experiencia particular se erigen moneda
corriente y dan lugar a verdaderas batallas campales de las que salimos
perdiendo todos.
Colombia no será
como Venezuela, ni como Cuba, Bolivia o Ecuador porque nunca ha contado ni con
los derechos y las garantías que allí se han instituido, ni con un estado
fuerte capaz de sostener un orden basado en la legalidad para todos. Se hace
urgente partir de la conciencia de estas particularidades de nuestro devenir
político, concentrar nuestros esfuerzos en la defensa de la ciudadanía de todos por encima de las personalidades mesiánicas
de nuestros gobernantes, nuestros miedos históricos y la naturalización de las
prácticas clientelistas. Que el calendario electoral sea una excusa para poner
esta necesidad común en primer plano y que podamos encontrar en el dédalo de
nuestra actualidad política el camino para generar verdaderas y profundas
transformaciones en nuestro proyecto de país, de sociedad y de ciudadanía.
viernes, 6 de enero de 2017
De la desigualdad, la injusticia, los prejuicios y otros demonios. Lecciones puntuales para los hijos del postconflicto
Si todavía está pensando que el problema del postacuerdo es un asunto de prevendas regaladas a unos malandros que nada tienen que ver con usted estamos cerrando el camino a cualquier posibilidad de recuperación y construcción de un país mejor para todos. Encarar el 2017 con otra actitud, convencernos de la oportunidad de este momento coyuntural, implica poner toda nuestra disposición en el asador y abrirnos a la comprensión de unas realidades que no vivimos pero que nos afectan y nos han traído hasta acá. A continuación presentamos algunos elementos claves para afrontar la tarea.
Desigualdad
Somos una de las sociedades más inequitativas del continente (probablemente la más), forjada en el desconocimiento radical del origen y la importancia de la universalidad de nuestros derechos. Una lección fundamental que nos hemos saltado en casi todas las constituciones de nuestro país -probablemente desde el grito de la independencia- es que todos TODOS, independientemente de nuestra raza, nuestro género o nuestra extracción social tenemos los mismos derechos, somos los mismos ante la ley y en virtud de esa igualdad aceptamos la construcción y sujeción a un Estado cuya función principal es garantizar esa premisa básica. Es hora de decirle a nuestros niños y niñas que el indigente, el guerrillero, el paramilitar, la señora que hace el oficio, el celador y el presidente tienen los mismos derechos por el simple hecho de ser personas (me perdonan los animalistas, pero sin esa idea clave no hay posibilidad de ampliar a otras especies nuestro sentido del semejante). Es por eso que el crimen del señor Rafael Uribe Noguera debe indignarnos igual que si lo hubiera cometido cualquier otro vecino, no más no menos por el hecho de ser un niño bien o por ser hombre y no poder ceder a sus impulsos primitivos. Basta de evaluar el daño por las características físicas y/o sociales de las víctimas y/o los victimarios, porque aquí todos hemos estado en ambos lados y sabemos lo dañino que ha sido tener una justicia parcializada ("la ley es para los de ruana"), una sospecha vital por todo lo que sea diferente ("lo del pobre siempre es robado y lo del rico también") y coger al vecino entre ojos por lo que apenas suponemos (por aquel supuesto de quue "si el río suena piedras lleva"). Si nos apropiamos de esta lección y exigimos su cumplimiento al Estado podemos avanzar a pasos agigantados. Para la próxima, en materia de derechos, no hay motivo que valga.. todos tenemos los mismos y si partimos desde allí, también tendremos los mismos deberes y ojalá los mismos compromisos.
Injusticia
Consecuencia directa de la desigualdad, la injusticia es un cáncer que afecta a todas nuestras estructuras sociales y deja muy mal parado al Estado, que termina revelandose como una institución incapaz e insuficiente para cumplir las funciones por las cuales fue creado. Lo anterior supone al menos dos cosas: 1) generar medidas para "compensar" la desigualdad y de esa manera poder impartir justicia en igualdad de condiciones y 2) establecer un sistema de valores compartido que nos permita discernir de manera consistente qué es y qué no es injusto. La primera apunta directamente a la justicia como equidad y nos permite entender por qué requerimos generar disposiciones especiales para que colectivos que tradicionalmente han estado marginados puedan ejercer plenamente sus derechos y asumir sus deberes, contar con la oportunidad de participar de la vida pública. La segunda, tiene que ver con lo que consideramos justo e injusto. Si todo el tiempo estamos redefiniendo lo que debe ser en función de las contingencias y/o las circunstancias del momento, no tendremos parámetros claros para decidir y tomar postura como sociedad frente a los hechos.
Prejuicios
El mantenimiento de un estado de injusticia y desigualdad tiene como correlato el florecimiento de los prejuicios, que es un terreno fértil para las divisiones y los conflictos sociales. En un momento como el que estamos viviendo, no hay peor prejuicio que el creer "que árbol que nace torcido nunca se endereza", porque supone condenarnos como sociedad a no poder cambiar nuestra historia, a someternos a un destino de muerte, de amoldarnos a los deseos de los poderosos (sostenidos en una fe irrestricta en un hado que pone a su clase en el pináculo de la sociedad y a los demás como peones anhelantes de un tirano a quien necesariamente deben obedecer). ¡Valiente herencia de la colonia española! La independencia social, personal y nacional no sólo está supeditada a la soberanía territorial, militar y económica, sino que implica un salto mental, una ruptura con esas representaciones sociales y esos discursos en los que se sostuvo la superioridad de la metrópoli. Ensénele a sus hijos que la mona puede vestirse de seda o de lo que prefiera, que puede escribir con errores de ortografia o tener estéticas distintas, que mientras haya coherencia moral y respeto por el otro hay chance de construir una sociedad incluyente donde todos podamos realizarnos, que no necesariamente tenemos que pensar igual para ser buenas personas y que ser ciudadanos no consiste en atribuirnos la capacidad para juzgar a los demás por su apariencia o sus creencias.
Y los otros demonios
En la época de la intimidad del espectáculo (usando la afortunada expresión de Paula Sibila), la inflación del ego y de la personalidad se ha promovido a cotas incontrolables, dando licencia a la explotación de todo tipo de elecciones personales en el espacio público y degradando el ejercicio de la ciudadanía a la interpretación del mundo en función de la preferencia individual. En Colombia, donde apenas si existe eso llamado "sociedad civil", el campo para este fenómeno está más que servido, generando al menos dos "espectáculos" que resultan terriblemente nocivos para los retos que en el marco de los procesos que estamos viviendo: a) la distorción del derecho a la libertad de expresión y libre desarrollo de la personalidad y b) el desafío a lo políticamente correcto. Empiezo con el primero. Es delicado el balance entre la experiencia individual y la vivencia colectiva, especialmente en una ciudad de más de 8 millones de habitantes como Bogotá; empero, resulta necesario discernir qué aspectos psicosociales y culturales corresponden al espacio público y cuáles al espacio privado de tal manera que podamos convivir con nuestras diferencias. En ese sentido, garantizar el derecho a la diversidad no es equivalente a que todos podemos ni imponer nuestras creencias como verdades reveladas ni desconocer el derecho de otros colectivos a participar políticamente. Tengo derecho a la opinión, pero mi opinión no es un tribunal para decidir qué es, qué no es y quien tiene derechos.
El segundo supone necesariamente poner en el centro del debate colectivo qué es eso que llamamos "políticamente correcto" y renovar el poder ético de la retórica como herramienta de argumentación y diálogo. Celebrar la groseria y la brutalidad de unos cuantos (Sean cursos y chompos ásperos de donde sean) que en cualquier escenario se jactan de decir "lo que todos piensan", vulnerando los derechos de los demás, deningrándolos y cebándose con su humillación no solo es reprobable, es inconcebible en una sociedad que le apunte a la justicia y la igualdad como horizonte. Por supuesto, en la intimidad de nuestra alcoba (sea física o psíquica, seea consciente o inconsciente) muchas son las pulsiones y las fantasías que proyectamos, no porque seamos pecadores sino porque somos humanos, no renunciamos a ninguna satisfacción incluso cuando va más allá de lo bueno, de lo bello y del propio bienestar. La cosa es que si le damos rienda suelta a nuestro demonio, si vamos por ahí instituyéndolo como verdad absoluta o si como sociedad lo legitimamos no tenemos mucho que hacer antes de acabar matándonos unos a otros, realizando la profesía de tantos escritores y literatos que ya nos han confrontado con las narrativas de nuestro propio apocalípsis.
Armémonos de estas sencillas lecciones de urbanidad (la que conviene, no la de Carreño, de los Urrutia y mucho menos las de los Uribe) y pongamos el granito de arena para dar el salto de la teoría a la práctica. Como dije, la tarea es grande, pero no imposible.
Desigualdad
Somos una de las sociedades más inequitativas del continente (probablemente la más), forjada en el desconocimiento radical del origen y la importancia de la universalidad de nuestros derechos. Una lección fundamental que nos hemos saltado en casi todas las constituciones de nuestro país -probablemente desde el grito de la independencia- es que todos TODOS, independientemente de nuestra raza, nuestro género o nuestra extracción social tenemos los mismos derechos, somos los mismos ante la ley y en virtud de esa igualdad aceptamos la construcción y sujeción a un Estado cuya función principal es garantizar esa premisa básica. Es hora de decirle a nuestros niños y niñas que el indigente, el guerrillero, el paramilitar, la señora que hace el oficio, el celador y el presidente tienen los mismos derechos por el simple hecho de ser personas (me perdonan los animalistas, pero sin esa idea clave no hay posibilidad de ampliar a otras especies nuestro sentido del semejante). Es por eso que el crimen del señor Rafael Uribe Noguera debe indignarnos igual que si lo hubiera cometido cualquier otro vecino, no más no menos por el hecho de ser un niño bien o por ser hombre y no poder ceder a sus impulsos primitivos. Basta de evaluar el daño por las características físicas y/o sociales de las víctimas y/o los victimarios, porque aquí todos hemos estado en ambos lados y sabemos lo dañino que ha sido tener una justicia parcializada ("la ley es para los de ruana"), una sospecha vital por todo lo que sea diferente ("lo del pobre siempre es robado y lo del rico también") y coger al vecino entre ojos por lo que apenas suponemos (por aquel supuesto de quue "si el río suena piedras lleva"). Si nos apropiamos de esta lección y exigimos su cumplimiento al Estado podemos avanzar a pasos agigantados. Para la próxima, en materia de derechos, no hay motivo que valga.. todos tenemos los mismos y si partimos desde allí, también tendremos los mismos deberes y ojalá los mismos compromisos.
Injusticia
Consecuencia directa de la desigualdad, la injusticia es un cáncer que afecta a todas nuestras estructuras sociales y deja muy mal parado al Estado, que termina revelandose como una institución incapaz e insuficiente para cumplir las funciones por las cuales fue creado. Lo anterior supone al menos dos cosas: 1) generar medidas para "compensar" la desigualdad y de esa manera poder impartir justicia en igualdad de condiciones y 2) establecer un sistema de valores compartido que nos permita discernir de manera consistente qué es y qué no es injusto. La primera apunta directamente a la justicia como equidad y nos permite entender por qué requerimos generar disposiciones especiales para que colectivos que tradicionalmente han estado marginados puedan ejercer plenamente sus derechos y asumir sus deberes, contar con la oportunidad de participar de la vida pública. La segunda, tiene que ver con lo que consideramos justo e injusto. Si todo el tiempo estamos redefiniendo lo que debe ser en función de las contingencias y/o las circunstancias del momento, no tendremos parámetros claros para decidir y tomar postura como sociedad frente a los hechos.
Prejuicios
El mantenimiento de un estado de injusticia y desigualdad tiene como correlato el florecimiento de los prejuicios, que es un terreno fértil para las divisiones y los conflictos sociales. En un momento como el que estamos viviendo, no hay peor prejuicio que el creer "que árbol que nace torcido nunca se endereza", porque supone condenarnos como sociedad a no poder cambiar nuestra historia, a someternos a un destino de muerte, de amoldarnos a los deseos de los poderosos (sostenidos en una fe irrestricta en un hado que pone a su clase en el pináculo de la sociedad y a los demás como peones anhelantes de un tirano a quien necesariamente deben obedecer). ¡Valiente herencia de la colonia española! La independencia social, personal y nacional no sólo está supeditada a la soberanía territorial, militar y económica, sino que implica un salto mental, una ruptura con esas representaciones sociales y esos discursos en los que se sostuvo la superioridad de la metrópoli. Ensénele a sus hijos que la mona puede vestirse de seda o de lo que prefiera, que puede escribir con errores de ortografia o tener estéticas distintas, que mientras haya coherencia moral y respeto por el otro hay chance de construir una sociedad incluyente donde todos podamos realizarnos, que no necesariamente tenemos que pensar igual para ser buenas personas y que ser ciudadanos no consiste en atribuirnos la capacidad para juzgar a los demás por su apariencia o sus creencias.
Y los otros demonios
En la época de la intimidad del espectáculo (usando la afortunada expresión de Paula Sibila), la inflación del ego y de la personalidad se ha promovido a cotas incontrolables, dando licencia a la explotación de todo tipo de elecciones personales en el espacio público y degradando el ejercicio de la ciudadanía a la interpretación del mundo en función de la preferencia individual. En Colombia, donde apenas si existe eso llamado "sociedad civil", el campo para este fenómeno está más que servido, generando al menos dos "espectáculos" que resultan terriblemente nocivos para los retos que en el marco de los procesos que estamos viviendo: a) la distorción del derecho a la libertad de expresión y libre desarrollo de la personalidad y b) el desafío a lo políticamente correcto. Empiezo con el primero. Es delicado el balance entre la experiencia individual y la vivencia colectiva, especialmente en una ciudad de más de 8 millones de habitantes como Bogotá; empero, resulta necesario discernir qué aspectos psicosociales y culturales corresponden al espacio público y cuáles al espacio privado de tal manera que podamos convivir con nuestras diferencias. En ese sentido, garantizar el derecho a la diversidad no es equivalente a que todos podemos ni imponer nuestras creencias como verdades reveladas ni desconocer el derecho de otros colectivos a participar políticamente. Tengo derecho a la opinión, pero mi opinión no es un tribunal para decidir qué es, qué no es y quien tiene derechos.
El segundo supone necesariamente poner en el centro del debate colectivo qué es eso que llamamos "políticamente correcto" y renovar el poder ético de la retórica como herramienta de argumentación y diálogo. Celebrar la groseria y la brutalidad de unos cuantos (Sean cursos y chompos ásperos de donde sean) que en cualquier escenario se jactan de decir "lo que todos piensan", vulnerando los derechos de los demás, deningrándolos y cebándose con su humillación no solo es reprobable, es inconcebible en una sociedad que le apunte a la justicia y la igualdad como horizonte. Por supuesto, en la intimidad de nuestra alcoba (sea física o psíquica, seea consciente o inconsciente) muchas son las pulsiones y las fantasías que proyectamos, no porque seamos pecadores sino porque somos humanos, no renunciamos a ninguna satisfacción incluso cuando va más allá de lo bueno, de lo bello y del propio bienestar. La cosa es que si le damos rienda suelta a nuestro demonio, si vamos por ahí instituyéndolo como verdad absoluta o si como sociedad lo legitimamos no tenemos mucho que hacer antes de acabar matándonos unos a otros, realizando la profesía de tantos escritores y literatos que ya nos han confrontado con las narrativas de nuestro propio apocalípsis.
Armémonos de estas sencillas lecciones de urbanidad (la que conviene, no la de Carreño, de los Urrutia y mucho menos las de los Uribe) y pongamos el granito de arena para dar el salto de la teoría a la práctica. Como dije, la tarea es grande, pero no imposible.
lunes, 2 de enero de 2017
El poder del profesor
Nada más frágil y perecedero que
el poder de un profesor, en particular en las altas cortes del pensamiento, ahí
donde supuestamente la universalidad de las ideas forja hombres y mujeres
nuevos, dispuestos a entregar toda su musculatura moral, cognitiva y emocional
a los exigentes trabajos de las sociedades y sus avatares. Ninguna promesa más
ilusoria que la de la libertad de cátedra y la neutralidad de los juicios
académicos, sostenidos por un uso amañado de la retórica y la historia, donde
la ironía crece en sus peores variedades. Nada más etéreo que el apoyo de
estudiantes, colegas y egresados, especialmente en un territorio donde los
ánimos veleidosos cambian de aire cada semestre y las voluntades se mueven a mejores sombras,
esperando el beneplácito capaz de auparlos al soñado pedestal de la erudición reconocida.
No importa el resultado de las evaluaciones docentes o los ecos que desde las
tribunas hayan forjado una reputación universitaria intachable; a pesar de las
declaraciones de conciencia de la sociedad en su conjunto con respecto a la
educación y la escuela, no existe seguridad eterna ni quicio tranquilo para
esos aventureros que por la razón que sea decidieron dedicar su vida al ingrato
oficio de la enseñanza, la investigación, la creación, el pensamiento.
A todas estas, ¿qué es un
profesor universitario? Difícil decirlo. De la efigie romántica del sabio,
forjada a imagen y semejanza de los escolásticos griegos, paseando el
conocimiento al amparo de un enjambre de discípulos ávidos del néctar de las
formas eternas, no queda mucho. El profesor de hoy es un tecnócrata, cada vez
más dedicado a las labores administrativas, con poquísimo espacio para
preguntarse por su ejercicio pedagógico y abocado a sufrir los rigores de las
metas y los productos, cada vez con menos tiempo y menos recursos para ofrecer
a sus estudiantes una educación de calidad. Este panorama sin duda es más
contundente en la universidad, tanto por la tiranía soterrada de la comunidad
académica como por los intereses burocráticos y las líneas de fuerza de la
sociedad contemporánea. El profesor debe ser eficaz, debe caerle bien a todo el
mundo, debe edulcorar sus opiniones, debe politizarse o despolitizarse según el
gobierno de turno, debe ser productivo y sobre todo recursivo, siempre bajo el
temor de ser removido o simplemente expulsado del mundillo escolástico donde
aparentemente su vida tiene sentido. Y es que cabe preguntar sin pelos en la
lengua ¿para qué sirve hoy un profesor universitario? La respuesta es sencilla,
dolorosa pero también esperanzadora: para nada.
Será esa nada, angustiante,
caótica y sugestiva la que le dé sentido a nuestro quehacer, más allá de los
balances y las sanciones administrativas o políticas. Si nada tiene que
sostener el profesor en el intrincado mecanismo capitalista, donde todo y todos
somos mercancía, si la maquinaria puede prescindir de la figura del maestro,
entonces podemos dejar de alimentar su avaricia con nuestra carne y apostarle a
lo que verdaderamente ilumina nuestra función. La fuerza del profesor reside en
lo que no puede troquelar la industria de los títulos, en el vacío que causa el
saber, en la movilización de los muchos o pocos tocados por su palabra, en su
capacidad para crear a partir de su propia falta, de su poder para iluminar la
falta en el Otro. Yo ya no creo más en la dignidad del poder, ni de las
instituciones ni de las personas ni de los colectivos. Mucho me temo que el
poder solo lleva a la tiranía y no hay sensatez que valga cuando de amos y
prebendas se trata. Precisamente por eso pienso que cuanto más ingenuo sea el
creer en el respeto a la docencia en la universidad, más tenemos que apelar a
esa fuerza del deseo, capaz no sólo de mantenernos vigentes sino de encender la
chispa de la criticidad y la coherencia, especialmente en una sociedad tan
proclive al silencio y al olvido.
El caso de Carolina Sanín y el
manejo dado por la Universidad de los Andes es un episodio lamentable que se
suma a la larga lista de censuras y
arbitrariedades de las instituciones de educación superior, públicas y privadas.
Como sociedad, como hombres y mujeres que alguna vez fuimos tocados por el
deseo de un maestro que animó nuestras pasiones, como estudiantes y profesores,
como personas nos debemos dejar de hacer caso omiso a la situación social y cultural
que estamos viviendo y enfrentar con altura este momento crucial. Si decimos
que es la educación la herramienta más poderosa para enfrentar estos tiempos
aciagos de reconciliación, entonces no permitamos que lo peor de nosotros
mismos parasite aquellos espacios de los que esperamos la renovación de
nuestros fundamentos. La tarea es importante y necesaria.
domingo, 19 de junio de 2016
De la doble moral bogotana
Golpes mediáticos como los del
Bronx no sólo permiten cuestionar las responsabilidades del gobierno o las
acciones de la policía y la corrupción galopante que campea entre sus filas.
Como ciudadanos estamos llamados a confrontarnos con una doble moral que se ha
ido instalando en nuestra cotidianidad hasta volverse un discurso legítimo y
natural, con el cual a lo sumo llegamos a rasgarnos las vestiduras pero no
solucionamos nada. Semanas después de la intervención de la policía, fotos de
habitantes de calle en el sistema de transporte Transmilenio circularon por las
redes sociales denunciando, ¿esto es lo
que querías Peñalosa? Ahora están por todos lados. Pareciera que al final,
para los capitalinos “de bien” el valor de las acciones policiales y
gubernamentales depende de qué tanto mantienen su tranquilidad, a costa incluso
de la dignidad de otros.
Es una realidad: vivimos en una
ciudad con profundas inequidades y problemáticas estructurales que requieren
estrategias de largo alcance, con una gran capacidad de planeación, ajuste y
ejecución. Sin desconocer las dificultades en la operación del pasado 28 de
mayo y los retos que vienen para la Alcaldía y la ciudadanía, es necesario
asumir que las soluciones que queremos suponen crisis, desajustes y cambios
enormes en nuestra manera de participar, vivir y convivir en la ciudad. Los
habitantes de calle hacen parte de Bogotá, no desaparecen porque no los veamos
o porque estén confinados en ollas gigantescas resguardadas de la ley. Es cierto
que las intervenciones lo que han hecho hasta ahora es desplazar el problema y
pauperizar diferentes sectores de la ciudad, pero la idea tampoco es encerrar a
los habitantes de calle en unas cuadras para evitar que “contaminen” la
atmósfera de la gente buena. Estén en las condiciones en que estén, con sus
adicciones y sus dificultades, son seres humanos, son ciudadanos como todos
nosotros y antes que despertar nuestra protesta o nuestro lado más canalla deben
motivarnos a participar y responsabilizarnos de su situación, como parte de
esta sociedad que somos.
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