Nada más frágil y perecedero que
el poder de un profesor, en particular en las altas cortes del pensamiento, ahí
donde supuestamente la universalidad de las ideas forja hombres y mujeres
nuevos, dispuestos a entregar toda su musculatura moral, cognitiva y emocional
a los exigentes trabajos de las sociedades y sus avatares. Ninguna promesa más
ilusoria que la de la libertad de cátedra y la neutralidad de los juicios
académicos, sostenidos por un uso amañado de la retórica y la historia, donde
la ironía crece en sus peores variedades. Nada más etéreo que el apoyo de
estudiantes, colegas y egresados, especialmente en un territorio donde los
ánimos veleidosos cambian de aire cada semestre y las voluntades se mueven a mejores sombras,
esperando el beneplácito capaz de auparlos al soñado pedestal de la erudición reconocida.
No importa el resultado de las evaluaciones docentes o los ecos que desde las
tribunas hayan forjado una reputación universitaria intachable; a pesar de las
declaraciones de conciencia de la sociedad en su conjunto con respecto a la
educación y la escuela, no existe seguridad eterna ni quicio tranquilo para
esos aventureros que por la razón que sea decidieron dedicar su vida al ingrato
oficio de la enseñanza, la investigación, la creación, el pensamiento.
A todas estas, ¿qué es un
profesor universitario? Difícil decirlo. De la efigie romántica del sabio,
forjada a imagen y semejanza de los escolásticos griegos, paseando el
conocimiento al amparo de un enjambre de discípulos ávidos del néctar de las
formas eternas, no queda mucho. El profesor de hoy es un tecnócrata, cada vez
más dedicado a las labores administrativas, con poquísimo espacio para
preguntarse por su ejercicio pedagógico y abocado a sufrir los rigores de las
metas y los productos, cada vez con menos tiempo y menos recursos para ofrecer
a sus estudiantes una educación de calidad. Este panorama sin duda es más
contundente en la universidad, tanto por la tiranía soterrada de la comunidad
académica como por los intereses burocráticos y las líneas de fuerza de la
sociedad contemporánea. El profesor debe ser eficaz, debe caerle bien a todo el
mundo, debe edulcorar sus opiniones, debe politizarse o despolitizarse según el
gobierno de turno, debe ser productivo y sobre todo recursivo, siempre bajo el
temor de ser removido o simplemente expulsado del mundillo escolástico donde
aparentemente su vida tiene sentido. Y es que cabe preguntar sin pelos en la
lengua ¿para qué sirve hoy un profesor universitario? La respuesta es sencilla,
dolorosa pero también esperanzadora: para nada.
Será esa nada, angustiante,
caótica y sugestiva la que le dé sentido a nuestro quehacer, más allá de los
balances y las sanciones administrativas o políticas. Si nada tiene que
sostener el profesor en el intrincado mecanismo capitalista, donde todo y todos
somos mercancía, si la maquinaria puede prescindir de la figura del maestro,
entonces podemos dejar de alimentar su avaricia con nuestra carne y apostarle a
lo que verdaderamente ilumina nuestra función. La fuerza del profesor reside en
lo que no puede troquelar la industria de los títulos, en el vacío que causa el
saber, en la movilización de los muchos o pocos tocados por su palabra, en su
capacidad para crear a partir de su propia falta, de su poder para iluminar la
falta en el Otro. Yo ya no creo más en la dignidad del poder, ni de las
instituciones ni de las personas ni de los colectivos. Mucho me temo que el
poder solo lleva a la tiranía y no hay sensatez que valga cuando de amos y
prebendas se trata. Precisamente por eso pienso que cuanto más ingenuo sea el
creer en el respeto a la docencia en la universidad, más tenemos que apelar a
esa fuerza del deseo, capaz no sólo de mantenernos vigentes sino de encender la
chispa de la criticidad y la coherencia, especialmente en una sociedad tan
proclive al silencio y al olvido.
El caso de Carolina Sanín y el
manejo dado por la Universidad de los Andes es un episodio lamentable que se
suma a la larga lista de censuras y
arbitrariedades de las instituciones de educación superior, públicas y privadas.
Como sociedad, como hombres y mujeres que alguna vez fuimos tocados por el
deseo de un maestro que animó nuestras pasiones, como estudiantes y profesores,
como personas nos debemos dejar de hacer caso omiso a la situación social y cultural
que estamos viviendo y enfrentar con altura este momento crucial. Si decimos
que es la educación la herramienta más poderosa para enfrentar estos tiempos
aciagos de reconciliación, entonces no permitamos que lo peor de nosotros
mismos parasite aquellos espacios de los que esperamos la renovación de
nuestros fundamentos. La tarea es importante y necesaria.
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