Como en ningún
otro momento, el calendario electoral del país se ha convertido en tema de
conversación del colombiano de a pie, que, en el contexto de una avalancha de cambios
socioeconómicos y políticos todavía sin metabolizar, advierte un nexo entre las
votaciones y los problemas a los que se enfrenta diariamente. Esta observación
sorprende en un país cuya historia constitucional incluye el reconocimiento del
derecho al voto casi desde el grito de independencia de 1810. ¿Por qué tan
larga trayectoria en los tejemanejes del sufragio no se ha materializado en el
desarrollo de una sólida cultura política de participación y una consciencia
clara del papel del ciudadano en el establecimiento de los poderes públicos que
lo gobiernan? ¿Cuál es la particularidad del actual panorama electoral en
Colombia?
Una mirada rápida
a la historia constitucional de nuestro país pone en evidencia algunos de los
principales vicios del establecimiento del Estado colombiano, que, desde sus
inicios, se sostiene en una adopción parcializada de los ideales ilustrados y
liberales en los que se basa la construcción de ciudadanía. Partiendo de ahí, el
lado más oscuro del vínculo entre control político y acceso a la riqueza tomará
la forma de un imperativo de exclusión que pautará el ritmo de las dinámicas
sociales del país hasta nuestros días. En ausencia del reconocimiento genuino
de la igualdad, la libertad de pensamiento o la voluntad popular como sustrato de
la soberanía nacional, el derecho al voto se planteará como un formalismo más,
reservado para hombres con determinadas rentas y prestigio social que eligen y
son elegidos en representación de un cierto número de habitantes a quienes escasamente
conoce o ha visto. 
La contradicción
entre los ideales de la independencia y la acumulación de beneficios
particulares fue rápidamente advertida por las clases privilegiadas de la sociedad
criolla de todo el continente, que en el escenario de la decadencia española se
enfrentaron a la disyuntiva de incrementar sus riquezas o generar sociedades más
justas e igualitarias. En países como
Argentina, Chile y Brasil la Independencia dio lugar a un importante flujo de
dinero proveniente de las exportaciones y la explotación de materias primas, lo
que permitió mantener las aspiraciones de las clases privilegiadas y garantizar
derechos universales a sus habitantes. En México las guerras con Estados Unidos
y Francia facilitaron la consolidación de un fuerte nacionalismo mexicano que
dinamizó la adopción de los ideales ilustrados. En Perú y Venezuela la
inmigración se consolidó en un factor clave en el desarrollo de sus sociedades
y sus economías. Por el contrario, en
Colombia no sólo se mantuvieron las condiciones de exclusión, sino que se
institucionalizaron prácticas de explotación y despojo como estrategias para la
conformación de un Estado que no contaba con medios económicos para
desarrollarse, no tenía control de su territorio, no ejercía el monopolio de la
fuerza y no ponía límite a los alcances de las ambiciones particulares. En este
contexto no hubo oportunidad para la conformación real de ciudadanía. El Estado
se institucionalizó como instrumento de control de las clases populares sin contraprestación
alguna (por ejemplo, el reconocimiento de derechos fundamentales o la generación
de mejores condiciones de vida como sucedió en otros países de la región), constituyéndose
incluso en su principal explotador.
Bajo estas condiciones, la emergencia de grupos
armados, fenómenos como el bandolerismo y la capacidad de influencia de gamonales
y sacerdotes testimonian el fracaso de la noción de ciudadanía y la
ineficiencia del Estado para garantizar los derechos que esta supone. Esta dinámica
da lugar a formas mediadas de participación, construidas al amparo de la lógica
del don, en las cuales lo que
correspondería a cada ciudadano por el
simple hecho de serlo (la vida, la libertad, la igualdad, el trabajo, la
propiedad, la salud, etc.) es otorgado como favor personal.
En 1991 la
instalación de la Asamblea Constituyente abrió las puertas a una resignificación
del ejercicio ciudadano, que a pesar de las limitaciones ha representado para
muchos la posibilidad de hacer valer su dignidad humana pasando incluso por
encima del aparato estatal, financiero y militar. Empero, el alcance de estos
esfuerzos ha estado y está acechado por la puesta en juego de una amplia gama
de intereses particulares y hábitos sociales que siguen marcando la relación
del colombiano de a pie con la política. De la mano con la voracidad de la
globalización, el discurso del consumo y la ideología neoliberal fenómenos como
el narcotráfico, las bandas criminales, el desplazamiento forzado y la corrupción,
entre otros, se constituyen en dispositivos de control orientados a desalentar
cualquier intento por hacer efectivos los derechos correspondientes a la
condición de ciudadano. En esta línea se inscribe también la famosa práctica de “la mermelada” hecha ley por el gobierno del presidente Santos, que ha terminado con la ya poca credibilidad de la opinión pública en las corporaciones legislativas. Las dádivas del ejecutivo acabaron ramplonamente con el equilibrio de poderes, fundamental en cualquier estado democrático, poniendo en cuestión los fundamentos de la soberanía y develando la banalidad de la representación política y su distancia de la voluntad popular que supuestamente es fuente de su legitimidad.
Ahora bien, es
importante subrayar como un efecto consustancial a esta historia la significación
perversa de los derechos ciudadanos, cuyo reconocimiento sólo es válido cuando
supone un beneficio personal. Bajo este prisma, lo que constituyen acciones
reparadoras y de restitución de derechos a amplios sectores sociales, históricamente
vulnerados por el Estado, son entendidas como caridad o soborno y terminan
instituyéndose en fuente de polarización y conflicto social. El colombiano de a
pie no entiende que se otorguen subsidios a actores armados en proceso de
reinserción, a los venezolanos inmigrantes o a los habitantes de calle porque
en tanto no ha gozado de la dignidad de un sujeto de derecho no logra atribuir
esa condición a otros.
Este año de
elecciones es tristemente terreno fértil para la confrontación, principalmente
por las condiciones de pobreza e inequidad que afectan a casi toda la población
y que favorecen el clima de rivalidad sostenido por la ilusión de acceder a la
riqueza que a otro le están dando. Al no contar con el referente de unas
condiciones de igualdad para el disfrute de los derechos, la adhesión a uno u
otro candidato, el (des)conocimiento de las instituciones políticas, la
degradación de los considerados opositores y la valoración de las propuestas
y/o las opciones en función de la experiencia particular se erigen moneda
corriente y dan lugar a verdaderas batallas campales de las que salimos
perdiendo todos.
Colombia no será
como Venezuela, ni como Cuba, Bolivia o Ecuador porque nunca ha contado ni con
los derechos y las garantías que allí se han instituido, ni con un estado
fuerte capaz de sostener un orden basado en la legalidad para todos. Se hace
urgente partir de la conciencia de estas particularidades de nuestro devenir
político, concentrar nuestros esfuerzos en la defensa de la ciudadanía de todos por encima de las personalidades mesiánicas
de nuestros gobernantes, nuestros miedos históricos y la naturalización de las
prácticas clientelistas. Que el calendario electoral sea una excusa para poner
esta necesidad común en primer plano y que podamos encontrar en el dédalo de
nuestra actualidad política el camino para generar verdaderas y profundas
transformaciones en nuestro proyecto de país, de sociedad y de ciudadanía.


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