domingo, 10 de marzo de 2019

El día de las mujeres

Cada año la conmemoración del 8 de marzo se convierte en un vendaval de opiniones de todas las facturas, como si hubiera mucho que debatir sobre la legitimidad de la lucha por la equidad de género o como si fuera un concurso para definir qué sexo resulta más agraviado por las condiciones sociales del momento. Es increíble que todavía nos preguntemos por qué celebrar este día. A estas alturas del partido es insensato desconocer las grandes brechas en el acceso a derechos y la distribución justa de recursos en función del género,  la reconstitución del discurso machista y los efectos nefastos de las violencias de género en la vida de millones de seres humanos. Es claro que la equidad de género se asocia con el desarrollo social y económico sustentable, la convivencia, el diálogo y la participación ciudadana y política y que en esa dirección es necesario contar con el compromiso genuino de toda la sociedad en su conjunto. La sanción de leyes que garantizan cuotas de participación por género son un primer paso, pero para avanzar se requiere del debate y el cuestionamiento constante a las actitudes y las justificaciones machistas validadas por el peso de la tradición o la costumbre.

El feminismo es una apuesta ideológica y política por ese camino, que además de reclamar el reconocimiento de los derechos de las mujeres, interroga el binarismo y busca abrir espacio social y discursivo a la diferencia. Temer el escarnio público (así sea en el ágora de las redes sociales) por el simple hecho de reivindicarse feminista, usar un lenguaje edulcorado y artificioso para poner a cielo abierto las inquietudes personales y colectivas sin ser tachada de feminazi o apegarse al protocolo de lo políticamente correcto para evitar el conflicto son algunos efectos de la campaña de desprestigio al que el feminismo ha sido sometido, cercenando su poder transformador y consolidando la subordinación de lo femenino a la aplanadora patriarcal y androcéntrica que está en el corazón de la civilización. Nadie dice que no haya mujeres machistas, hombres tolerantes y comunidades abiertas a la diferencia. Hombres y mujeres sufrimos por la exclusión, el desamor y la violencia, y hablar de la equidad de género la defensa de los derechos de las mujeres es una cuestión ética que involucra a toda la humanidad, no un asunto de quién es más o menos víctima.

Creo que la censura, la creciente tensión social y el individualismo nos está llevando a una cobardía política generalizada, a un posicionamiento acrítico y tibio frente a cuestiones fundamentales por miedo a ser vistos como demasiado radicales o pendencieros.  Rehuir al disenso se ha llevado al nivel de un imperativo que sanciona implícita y explícitamente la disputa entre argumentos distintos, tolerando la diferencia siempre y cuando no se vea.

Acaso por esto último me choca tanto que conmemoremos el día de la mujer y no de las mujeres, como si la lucha por los derechos en nuestra diversidad y pluralidad fuera sustituida por una reivindicación indefinida en nombre de un ideal abstracto y perfecto, que condensa afirmaciones sobre el ser femenino a todas luces derivadas de la interpretación patriarcal. El problema en sí no son las rosas ni los chocolates; el problema es la consistencia de ese ideal que todas esas manifestaciones reafirman, reproducen y mantienen. No existimos ni por ni para el día de la mujer; somos mujeres independientemente de un pretendido arquetipo pasivo, imperfecto, demente o maternal creado para uniformarnos a todas. Citando a Joan Copjec (2006) habría que decir: "solo hay personas y cosas particulares a pesar de que la cultura continuamente construye y deconstruye - haciéndolas pasar por dadas- series de universales arbitrarios y alterables, ya se trate de naciones, instituciones, identidades o leyes morales" (p. 13).

Referencia
Copje, J. (2006). Imaginemos que la mujer no existe. Ética y sublimación. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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