domingo, 19 de junio de 2016

De la doble moral bogotana

Golpes mediáticos como los del Bronx no sólo permiten cuestionar las responsabilidades del gobierno o las acciones de la policía y la corrupción galopante que campea entre sus filas. Como ciudadanos estamos llamados a confrontarnos con una doble moral que se ha ido instalando en nuestra cotidianidad hasta volverse un discurso legítimo y natural, con el cual a lo sumo llegamos a rasgarnos las vestiduras pero no solucionamos nada. Semanas después de la intervención de la policía, fotos de habitantes de calle en el sistema de transporte Transmilenio circularon por las redes sociales denunciando, ¿esto es lo que querías Peñalosa? Ahora están por todos lados. Pareciera que al final, para los capitalinos “de bien” el valor de las acciones policiales y gubernamentales depende de qué tanto mantienen su tranquilidad, a costa incluso de la dignidad de otros.

Es una realidad: vivimos en una ciudad con profundas inequidades y problemáticas estructurales que requieren estrategias de largo alcance, con una gran capacidad de planeación, ajuste y ejecución. Sin desconocer las dificultades en la operación del pasado 28 de mayo y los retos que vienen para la Alcaldía y la ciudadanía, es necesario asumir que las soluciones que queremos suponen crisis, desajustes y cambios enormes en nuestra manera de participar, vivir y convivir en la ciudad. Los habitantes de calle hacen parte de Bogotá, no desaparecen porque no los veamos o porque estén confinados en ollas gigantescas resguardadas de la ley. Es cierto que las intervenciones lo que han hecho hasta ahora es desplazar el problema y pauperizar diferentes sectores de la ciudad, pero la idea tampoco es encerrar a los habitantes de calle en unas cuadras para evitar que “contaminen” la atmósfera de la gente buena. Estén en las condiciones en que estén, con sus adicciones y sus dificultades, son seres humanos, son ciudadanos como todos nosotros y antes que despertar nuestra protesta o nuestro lado más canalla deben motivarnos a participar y responsabilizarnos de su situación, como parte de esta sociedad que somos.

Aunque nos cueste, salgamos de esa doble moral cachaca, entendamos que todas las transformaciones que queremos tienen un costo más allá del dinero y dispongámonos a  tomar parte empezando por prácticas puntuales, cotidianas y necesarias para construir la Bogotá que queremos entre todos. Abandonemos la ilusión de que con la elección de un alcalde vamos a  “recuperar a Bogotá” y recordemos que ciudadanos somos todos incluso aquellos que no nos gustan y/o que eventualmente nos han perjudicado.  Apostémosle a la coherencia ciudadana, rompamos con nuestros  prejuicios de siempre, dejemos a un lado la lástima y la crueldad y estemos a la altura de los tiempos convulsos que ya estamos viviendo.  

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