sábado, 6 de julio de 2024

Del control a la confianza. ¿Cómo vivimos el miedo?


 En días pasados, a propósito de la invitación del NYT a varios personajes de la farándula en torno a la pregunta ¿a qué le temes?, la cantautora Silvana Estrada (@silvanaestradab) habló sobre el poder protector del miedo que advierte del peligros y lo diferenció del miedo opresor que roba la tranquilidad y la libertad. Esta reflexión me llevó a pensar sobre la experiencia del miedo, el significado que le podemos dar y su trascendencia en nuestra vida cotidiana.  ¿Qué tal  si la pregunta no es tanto por el qué sino por el cómo? ¿Cómo vivimos el mundo que nos correspondió y le corresponderá, por ejemplo, a nuestros hijos? ¿Cómo algo que en cierto momento fue seguro se vuelve amenazante? ¿Cómo hacemos cuando el miedo ya se ha instalado en nuestra cama?

En efecto, existen teorías que enfatizan en el objeto como el aspecto determinante en la evaluación y el abordaje del miedo. Por un lado, está el conjunto de los objetos que en el presente o a lo largo de la historia de la humanidad han representado peligro para la existencia; por el otro, los objetos que no son una amenaza real pero que para algunos se convierten en nefastas apariciones que cortan la respiración.  A este segundo grupo corresponderían los miedos irracionales, los que deben eliminarse para gozar de una existencia plena y segura. 

Desde esta perspectiva, el universo del terror tal vez podría dividirse en el lado de los buenos y los malos miedos y eso tal vez podría orientarnos cuando nos preguntamos si es normal o no estar tan asustados, si estas sensaciones y esta persistencia del pensamiento no son sinónimo de locura, si hay una vida sin el temor constante a que todo se desmorone. La cuestión es que incluso los buenos miedos pueden resultar insoportables. El mundo en que vivimos supone al mismo tiempo tantos riesgos como oportunidades, lo que en un momento resulta adaptativo en otro es un obstáculo mayor para hacer lo básico de la vida cotidiana. Ahí es cuando pienso en el valor de cómo vivimos los miedos, cómo significamos la incertidumbre y si acaso lo que esos objetos o situaciones representan en sí son el umbral que tenemos que enfrentar para encontrarnos con nosotros mismos.

Claro que existe la realidad, las catástrofes naturales, la banalidad del mal, la burocracia. Hay mucho de nuestras vivencias que no dependen directamente de nuestro poder y a veces el no reconocerlo nos lleva a profundas frustraciones y auto reproches. Nos enseñan a buscar permanentemente el control pero no nos dicen que por ese camino nos enfrentamos a lo imposible. Consultamos los consejos de expertos, amigos y/o profesionales pero olvidamos la posibilidad de escuchar la voz de la intuición. Desconocemos nuestros propios recursos y cuando estamos frente al abismo nos aferramos a la tierra sin considerar la posibilidad de que saltar de buena manera pueda dar espacio para recordar que tenemos alas y podemos volar sobre nuestras dificultades. 

Si el reverso del control es la confianza, y si el control nos deja de frente a una sin salida, tal vez la confianza pueda ser una alternativa para enfrentar eso que tememos de una manera que vivir no resulte angustiante. La confianza no es precipitarse ni lanzarse de cualquier acantilado; la confianza implica conocimiento (de sí y de los otros), trabajo, paciencia y permitirse sentir incomodidad sin esperar llegar al extremo para pedir ayuda. Mientras el control nos enseña a evitar lo que nos asusta, desde la confianza podemos enfrentar lo que tememos, contar con los demás y con nuestros recursos, asumir lo que nos corresponde y no enloquecer con aquello que no está en nuestras manos. 

Muchas veces lo que tememos tiene que ver con lo humanos que somos: miedo a la soledad, al rechazo, al desamor, a perder nuestros seres queridos, a no poder lograr algo en la vida. Entender los miedos como lo que son, verlos con los ojos de lo que puedo y no puedo modificar,  movilizar lo que está de mi lado poco a poco viendo los matices puede ser una forma de significarlos y vivir de una manera más liviana. 

Aunque queramos no hay una receta para resolver los miedos de inmediato. En algún punto la evitación se vuelve un problema y la vida nos propone encontrar otras formas de asumir lo insoportable. 

Pdt: Imagen tomada de @gabriellabaoruch

lunes, 10 de junio de 2024

Finales

“Todo concluye al fin, nada puede escapar” y si, todo tiene un final, todo termina. Esta verdad de a peso, que en teoría podemos reconocer, toma unas dimensiones casi que insoportables cuando se materializa en la realidad de nuestra vida cotidiana. La muerte fulminante de un compañero de trabajo, la decisión de un amigo que no vuelve más, la función de un órgano deteriorado que nos postra en cama, el tiempo para hacer algo o para dejar de hacerlo. El final llega de golpe y de formas inesperadas, sacudiendo la tendencia natural de nuestros sistemas biológicos, que al parecer nos encarrilan por la ruta de la mismidad y nos disponen a mantener la creencia de cierta eternidad o infinitud. ¿Acaso el hecho de que el sol salga todos los días por el mismo lado nos ha llevado a cultivar esa confianza ciega en que todo lo que hay estará siempre y que podemos darnos por sentado sin ninguna duda? No lo sé, pero en tiempos de pérdidas y finales tiendo a pensar que ese exceso de confianza en la consistencia del mundo, en que siempre habrá tiempo para todo y que somos recursos inagotables nos arroja a una vida suspendida de la que sólo caemos en cuenta cuando ya no queda más chance, cuando se acabó el plazo, cuando no hay más vidas qué jugar.
Si me preguntan, no sé que hacer con los finales. Los cierres, las ausencias, las despedidas, las muertes son necesarias ye inevitables, pero por más que sepamos que se van a producir es difícil saber cómo encajarlas, cómo reaccionar, cómo resolver cuando somos testigos de que un pedazo de nosotros mismos se va para siempre. Somos el único animal que sabe que va a morir y entiende el significado de la muerte de los otros y ese saber nos ha permitido, como especie, darle un valor excepcional a la vida, preguntarnos por su sentido, buscar un propósito para vivirla. Sin embargo, a pesar que tenemos mayor dominio técnico y tecnológico sobre las condiciones de extensión de la vida, contamos con menos disposición afectiva y personal para disfrutarla, para afrontar sus pesares, para enfrentar sus finales.
Es verdad que vivimos en una época que, por muchas razones, parece ser más difícil que las precedentes y no presagia nada mejor para el futuro. También es cierto que en comparación con el siglo XX, el siglo XXI parece ser mucho menos sangriento y horrífico, y que incluso en medio de una crisis de ideales, con serios cuestionamientos sobre las posibilidades de recuperación de los recursos del planeta, hay esperanzas sobre las opciones que la ciencia y la cooperación pueden proporcionar para resolver estos grandes problemas sociales. Navegamos en medio de ese horizonte, cada uno con sus temores, anhelos e ilusiones, con el deseo de amar y ser amados, buscando soluciones en medio de tantas presiones y exigencias, y sin un modelo definido para avanzar. Nos llevamos a los extremos, desconocemos nuestros propios límites, no logramos decir lo que queremos, nos aqueja la culpa, queremos acercarnos a los demás pero nos empeñamos en alejarlos. Saber del final nos ha dado el impulso para crear formas de evitarlo, al punto de desconocerlo y ya no saber qué hacer con él.
Tal vez necesitamos reconocer el sentido de los finales, para darle valor a los momentos y las circunstancias en su especificidad, para revisar nuestra relación con el tiempo. Sentir que tenemos tiempo ilimitado no nos deja ver la importancia de vivir lo que tenemos ahora, atender los dolores que nos afligen, cuidar a las personas que queremos, cuidarnos a nosotros mismos, apreciar la vida en todas las formas.
Si todo termina, vale la pena cuidar cada minuto, para que ese final o los finales que correspondan, se firmen sin remordimientos, incluso si no sabemos de antemano o cuando llegan o como resolverlos.

miércoles, 29 de mayo de 2024

¿Estoy estancada? Reflexiones sobre la adultez, la estabilidad y la trascedencia

Una versión de mí, que con los años se sigue reconociendo como Psicóloga del desarrollo, retoma cada cierto tiempo la cuestión del sentido de la vida y la trascendencia, a propósito de los retos que supone el tránsito por la adultez y la vejez. Erik Erikson (1985) en su libro El Ciclo vital completado caracteriza a la adultez como un momento de la vida marcado por la tensión crítica entre dos fuerzas que pulsan entre sí: la generatividad, que incluye la procreatividad, la productividad y la creatividad (valga decir, la generación de nuevos seres, ideas y/o productos), y el estancamiento. En el modelo del autor, de esta pugna vital surge una nueva virtud que en este caso sería el cuidado, entendido como el compromiso de “cuidar de las personas, los productos y las ideas por los que uno ha aprendido a preocuparse” (Erikson, 1985; p. 85). 

Cuando llego a este tema en mis clases o en alguna disertación, soy enfática en decir que las personas no llegan a una etapa o conflicto vital “de la noche a la mañana”, básicamente porque ningún cumpleaños por más especial que sea tiene el efecto de convertirte en una cosa totalmente diferente de un momento a otro, y porque los cambios fundamentales en las personas son resultado de procesos de toman tiempo en materializarse, aunque sus efectos se perciban más tardíamente (Si tuviera 30 la película protagonizada por Jennifer Garner no pasa en la vida real compañeros). Sin embargo, hay que admitir que la edad tiene lo suyo y cada etapa de la vida pone sobre la mesa temas que antes no nos interesaban o que en otras condiciones no llamarían nuestra atención. En mi caso, pensar en qué momento de la vida estoy y en cuál debería estar, me llevó a preguntarme algunas cosas sobre el estancamiento, la estabilidad y el propósito mi existencia. Está claro que por más joven que me sienta soy una mujer adulta, y habiendo ya pasado los cuarenta los balances y la necesidad de fijar puntos de llegada empiezan a ser un ejercicio recurrente. 

Mi primera idea fue: me siento estancada. Pensar en que no tengo un logro interesante a nivel académico o profesional, que en los últimos seis años he estado haciendo las mismas cosas, quejándome de lo mismo, escribiendo las mismas metas al empezar cada año, luchando con los mismos problemas me hace creer que tal vez he estado girando en redondo sin poder llegar a ninguna parte. Por supuesto, ha habido circunstancias que han afectado mi andadura durante este trecho del camino y en mayor o menor medida he podido aceptar de manera sensata las nuevas condiciones que este tipo de cosas supone, como, por ejemplo, el hecho de que el día ya no tiene 24 horas sino 17, que la energía vital es un recurso finito y lentamente renovable, que el cansancio se acumula y que hay responsabilidades de cuidado de las que no nos podemos evadir. Aún así, siempre queda la duda si esa sucesión de altibajos no es más que una serie de excusas para tranquilizar la consciencia y no asumir la derrota en un terreno en el que se esperaba más de nosotros mismos. 

Pero ¿cómo saber que estamos estancados? ¿Estancados con respecto a qué? El diccionario de la Real Academia de la Lengua define estancar como “detener y parar el curso y corriente de un líquido”, “prohibir el curso libre de cierta mercancía…” o “suspender, detener el curso de un asunto o negocio” y con esas definiciones pone la cuestión de estancar o des-estancar en el horizonte del mantener el flujo o la circulación de las cosas y no necesariamente en el logro de tal o cual triunfo, ser famosa en el ámbito académico como esperaba yo al llegar a esta edad o a la conquista de un cierto estatus profesional. Y visto así, una cosa es estar estancada, que no sería el caso, y otra cosa es destacar, aventajarse frente a otros, distinguirse entre los demás, que lejos de ser una cuestión del desarrollo viene a ser una premisa del sistema capitalista y liberal, enfocado en la competencia y el consumo. En los últimos seis años las cosas han seguido en movimiento, fluyendo en varias direcciones, a veces más lento, otras formando rápidos y corrientes trepidantes, algunas veces precipitándose por hoyas y formaciones rocosas de gran profundidad, con frecuencia resintiendo el clima extremo o las pérdidas de seres muy amados. No hay un punto de llegada claro, seguro se llegará al mar, pero no hay afán en llegar a la costa y fundirse con la masa gigante de agua salada. En estos años de reconocer las propias limitaciones, las nuevas posibilidades y recursos, el empezar a actuar en consecuencia con lo que soy y darme cuenta de lo feliz que soy haciendo lo que hago no hay agua posada o putrefacta.

Alguien me dijo que para saber si estaba estancada o no necesitaba saber primero a dónde quería ir. Ver las cosas de esta manera me permitió entender que ni siquiera requería de la claridad de una meta para saber si estaba o estancada; lo que necesitaba era liberarme del yugo de tener un gran logro para poner en perspectiva las cosas e incluso poder hacerme la gran pregunta que ni siquiera me había atrevido a formularme por estar planteando mi vida en función de las tareas sociales y/o las expectativas que venían sobre todo de los demás: ¿es este el camino de la felicidad que quiero para mí? 

Y ahí surgió una segunda idea: tal vez no se trata de estancamiento, tal vez vivo un momento de estabilidad o estoy en vías de conseguir esa estabilidad. No llegué a esa idea sola. Las conversaciones con otros me hicieron ver que eso que yo llamaba “lo mismo” era un piso firme conquistado con un ejercicio continuo de años que ahora andaba tan automáticamente que me resultaba difícil percibir el ruido de los engranes en movimiento. Damos lo que tenemos por sentado, pero en verdad es efecto de lo que hemos sido y hecho por largo tiempo, como hijos, hermanos, amigos, primos, parejas, compañeros, profesionales, seres humanos. No tiene que ser un prontuario inmaculado, sólo un piso relativamente firme que nos sostiene en los riesgos y venires de la cotidianidad. Estabilidad es un estado al que vemos con desconfianza en la adolescencia, pero que en este punto es señal de lo que hemos construido y, tal vez, la forma de logro más sensata que podemos regalarnos a nosotros mismos.

De ahí salió una tercera idea, que hace puente con lo que Erikson llamó generatividad y que toma la forma de la pregunta por la huella que dejamos en el mundo. La estabilidad se siente bien siempre y cuando permita crear y/o poner en funcionamiento un saber propio, ya sea sobre la vida, sobre un tema específico, en el campo profesional o en el mundo de las relaciones. No es necesario contar con un capital abundante para disponer de un terreno fértil en el cual pueda germinar una idea, “escribir un libro, tener un hijo o plantar un árbol”. Más allá del cliché, puede verse la estabilidad como la sincronía de una serie de condiciones vitales al calor de las cuales podemos crear, sin afanes, algo que nos represente y nos permita darle sentido a nuestra vida.  

Acaso esta no sea la primera vez ni la última que me plantee estas cuestiones, que me afirme en la estabilidad o que dude de lo que me hace feliz y donde buscarlo. Por ahora el instalarme en la adultez y asumir este lugar como una perspectiva distinta para afrontar las cosas es un nuevo gran paso en el camino en el que ando hace rato. La próxima crisis por ausencia de fama, golpe de cansancio o brújula averiada tendré un poco más de calma para entender que no se trata de insuficiencia, sino de prioridades, condiciones, deseos y visiones propias que ya no se acoplan más a los dictámenes de la moda. 





Referencia

Erikson, E. (1985) El Ciclo vital completado. Barcelona: Paidós. 

Imágenes de: @

sarahjarrettart

domingo, 19 de mayo de 2024

Ausencias, rupturas y despedidas

 

La vida de una persona es un camino dispuesto a los encuentros, los vínculos y las relaciones, un trecho de duración relativa con decorado más o menos constante en el cual se proyectan historias en las que se van tejiendo lazos afectivos. Del uno pasamos al dos, al tres, al cinco, y así sucesivamente. Compartimos los mismos espacios, nos gustan las mismas cosas, pertenecemos al mismo clan o simplemente nos elegimos como compañía; decidimos estar juntos para construir nuevas formas de caminar o de hacer futuro. Sin embargo, pronto empezamos a advertir que las personas no se quedan para siempre, o simplemente no se quedan. La matemática de los afectos no solo suma sino resta y también divide, a veces por deseo propio, o del otro, por situaciones que van más allá de nuestra voluntad o sencillamente porque la reiteración o la monotonía termina por romper el hilo que nos une. 


¿Qué es la ausencia? ¿Cuándo algo o de alguien significativo empieza a ausentarse propiamente de nuestra vida? En general, las personas que queremos no están dispuestos a nuestro alcance y eso no supone algún tipo de angustia o preocupación en especial. Aprendemos pronto que nos podemos alejar de nuestros seres más queridos sin que suceda una catástrofe; nos acostumbramos a esperar su aparición o su retorno luego de un tiempo prudencial como una condición fundamental para entrar en la cultura y desarrollar cualquier vínculo socioafectivo. La clave es que cuando los busquemos ellos sean receptivos y aparezcan. Si no responden, si no retoman el contacto o si nunca hacen el esfuerzo por llamarnos entonces sabemos que se han ido, nos confrontamos con su ausencia y la ruptura del vínculo que nos unía aun cuando nuestros cuerpos no compartieran los mismos espacios. 


Supe que mi mamá murió cuando su respiración dejó de sonar. Cada esfuerzo de su aparato respiratorio por inspirar y exhalar me recordaba el ruido de una cafetera vieja y esa madrugada del 27 de marzo cuando sentí la tranquilidad del silencio entendí que algo había pasado. Me levanté, fui a su cama y ya no respiraba. Estaba fría. Seguro había dejado de respirar hace un poco más de tiempo, pero yo sentía que acababa de morirse. Allí estaba su cuerpo, pero ella ya no estaba. En este caso el vínculo no se rompió. Desde ese día hasta hoy he encontrado mil maneras para conectarme con ella, y aunque a veces pienso que no hay nada después de la muerte y que todo esto no es más que una ficción, resultado del afán de retenerla conmigo, mentiría si dijera que no la siento cerca, que hace parte fundamental de mi cotidianidad. 

En la otra cara de la moneda, me he confrontado con rupturas inesperadas, cuerpos que siguen existiendo en este plano astral, que podría cruzarme en la panadería de la esquina y de repente se declararon en ausencia y decidieron irse (conste que escribí dejarme, lo que habla mal de la manera en que uno entiende la decisión de los ausentes). 

Esas ausencias no son gratuitas. Son el efecto de una decisión que toma tiempo entender, asumir, masticar, pero no vienen de la nada. Cuando tienes la decisión en tus manos no necesariamente es más fácil, sólo cuentas con más elementos para elaborar la ruptura y organizar el trasteo que quedó de aquella historia: disponer de los recuerdos, los puntos en común, los sentimientos, las responsabilidades, los pedazos del uno y del otro que se quedaron rotos por ahí. Si eres el que sigue buscando los porqués tal vez tome más tiempo saber que hubo allí una ruptura y el empeño por mantener unido lo que ya no está más junto te rompa las manos… y el corazón. 



De todo esto la peor parte, y la mejor, la más liberadora, acaso la más necesaria, es la despedida. Me he despedido muchas veces, me despido desde antes, hago cartas, intento irme primero para evitar enfrentarme al abandono o al momento terrible de decir adiós y que esta vez de verdad sea para siempre. Como siempre, la lengua nos ilumina y la etimología de despedir, del latín petere, me saca del trance de la imagen de algún cristiano en la estación de tren viendo como se le va la vida mientras la locomotora echa a andar los vagones rumbo a never more never more never more. Las despedidas no son formas torturantes de morir, aunque en ciertos momentos puedan parecernos así, porque al decir adiós aceptamos que algo que amamos mucho ya no va a volver a ser como creímos que era. Despedir, dejar marchar, es también impulsar, seguir adelante, permitirle al otro y permitirnos a nosotros mismos continuar con este camino, aunque no haya garantías de que lo que sigue sea mejor o más dulce que lo ya vivido (no tendría por qué serlo necesariamente). 

Si lo pienso bien, en realidad no me he despedido tanto como creo, en gran medida porque soy de las que se queda hasta el final (una práctica que tiene sus bemoles). Dejé marchar a mi mamá para poder conectarme con ella de otra forma luego de varios años de análisis y 15 años de cuidado de una enfermedad crónica y empiezo a ver la necesidad de despedirme de algunas cosas, lugares y personas que amo, pero que quiero dejar marchar, que no quiero que se queden congeladas por más tiempo. Aunque siempre se recuerda a los ausentes (de nuevo la etimología nos salva: se pasan de nuevo por el corazón), también nos ponemos en movimiento con quienes han decidido y hemos decidido seguir acompañándonos en el viaje y compartiendo la vida juntos.  



Ilustraciones: 
@sarahjarrettart
@light.on.the.sea
@andreashidep

domingo, 13 de noviembre de 2022

La sombra de la inseguridad en Bogotá. Efectos en la salud mental y el lazo social

Es un lugar común hablar del robo de celulares y todo tipo de hurtos en Bogotá, ampliando cada día el rosario de cifras, métodos, historias e intentos de reacción que hace parte del paisaje. Sin embargo, normalizar su repetición, como se han normalizado los problemas de movilidad, la insuficiencia del transporte público, la pobreza o el incivismo de quienes la habitamos -por mencionar algunos de los problemas que aquejan a la ciudad-, no supone que no haya consecuencias perdurables en el comportamiento de la gente y en sus maneras de relacionarse, valga decir en la subjetividad y en la configuración del lazo social. 

Ya lo denuncian quienes luego de nacer y crecer en Bogotá se radican en otros países. La paranoia permanente de lo que puede pasar en la calle, la costumbre de mantener el bolso o la maleta apretada contra el cuerpo, la actitud reactiva cuando alguien te aborda por la calle… el imperativo de no dar papaya o cualquiera puede hacerte daño se queda pegado en la piel y se transmuta en respuestas corporales intuitivas aprehendidas por pura supervivencia. Invertimos gran parte de nuestra energía vigilando a lado y lado, temiendo que por nuestro descuido una amenaza cualquiera (otra persona, una autoridad, un carro) ponga en franco peligro nuestra integridad.  Y es que el mensaje parece ser siempre que la culpa de lo que pasa es de quien deja que lo roben y no de quien roba o del hecho de que no hay resoluciones efectivas por parte de la policía o la alcaldía de turno. La pobreza, la desprotección pública y la terrible desigualdad son atendidas con slogans que redoblan la victimización: no nos hacemos responsables. 


Sin quien asuma la responsabilidad de lo que sucede, sin instancias institucionales que realmente acojan las quejas ciudadanas ni medidas que le den sentido a las denuncias el mensaje que se traslada a la ciudadanía es: cada quien va por su cuenta. Acciones colectivas demasiado puntuales, campañas publicitarias en las que el beneficio de la población parece más una actuación libreteada para simular el éxito de algún programa de gobierno, afirmaciones cínicas o vacías de las autoridades de turno, capacidad de respuesta policiva y judicial desbordaba por la abundancia de asuntos que atender, la desidia o la corrupción. El panorama resulta desolador en medio de condiciones climáticas complejas y un espacio público sucio, limitado y deteriorado.

En medio de estas circunstancias es apenas obvio no cargarse de rabia, impotencia, frustración. Si la calle es una selva de cemento y donde quiera te espera lo peor, se abre la puerta para un individualismo salvaje que tiene como correlato la sensación permanente de orfandad, porque lo que recibo no depende de mis acciones sino de agentes sin rostro que toman lo que quieren por la fuerza. Los espacios de encuentro y/o los servicios fundamentales se vuelven foco de inseguridad; cosas básicas como ir a trabajar, estudiar o disfrutar un poco de tiempo libre se convierten en una lucha constante, paradójicamente solitaria, en medio de un mar de casi 8 millones de personas. Con ese estado de cosas cualquier agresión puede interpretarse como una terrible amenaza confirmada por las dificultades absurdas que se plantean en caso de buscar algún tipo de justicia o protección. 

De acuerdo con el New York Times (2022) un tercio de la población adulta mundial ha vivido o vivirá un ataque de pánico. El pánico como respuesta subjetiva frente al peligro extremo es una experiencia horrorosa, caracterizada por la presencia masiva de manifestaciones somáticas y psíquicas que hacen sentir a quienes la padecen la inminencia de la muerte. Dada su envergadura, el ataque de pánico puede llegar a afectar profundamente la cotidianidad, sólo porque una vez ha ocurrido el miedo a que se repita puede limitar definitivamente la actividad, las actitudes y la forma de relacionarse. Porque si la amenaza está presente en todos lados y no hay manera efectiva de hacerle frente, si no hay un lugar seguro para estar y todos pueden dañarme, entonces solo aislándome de todo puedo sobrevivir. 


La sombra de la inseguridad nos va cubriendo a todos de a pocos, minando nuestra subjetividad, promoviendo la desconfianza y el odio a los agresores que potencialmente son todos los demás, erosionando la capacidad de ser solidarios y empáticos con los demás. Porque si el otro me hace daño porque puede, si no le tiembla la mano, no hay razón para sensibilizarnos a su dificultad. Nos volvemos agresores sin sentido alguno de responsabilidad porque si el otro lo hace, por qué yo no. La identificación, primera forma de vínculo afectivo con el otro, deviene en puro narcisismo de las pequeñas diferencias y en la legitimación de una agresión generalizada de la que al final todos somos víctimas. 


Requiere mucho trabajo personal hacer resistencia a ese destino en masa para conectar con el deseo de vivir más allá de las circunstancias. Se requiere mucha consciencia de las autoridades y los servicios asistenciales para entender los estragos que representa este estado de cosas. Sin duda este es un reto fundamental, del cual dependerá que nacer, crecer y vivir en Bogotá no sea una huella imborrable de tanta sombra. 

Referencias

New York Times (2022). Publicación en Instagram. El ataque de pánico y tips para manejarlo. 


viernes, 15 de abril de 2022

El valor ético de la muerte

Hoy 14 de abril de 2022 amanece con la noticia de la muerte del exfutbolista colombiano Freddy Rincón. Recientemente Netflix presenta un documental que reconstruye el asesinato de Doris Adriana Niño sucedido hace 25 años. 11 personas murieron el 28 de marzo en la vereda el Alto Remanso del Putumayo, en un fallido operativo del ejército colombiano sobre un bazar comunitario. El diario El País edición América del 9 de abril reporta la masacre y las inconsistencias de la respuesta del gobierno sobre la llamada operación Bruno. Medios independientes que informaron la situación fueron estigmatizados como aliados del terrorismo. Hace 8 días el ESMAD agredió a la población indígena que desde hace mas o menos 7 meses permanece en el Parque Nacional. Hay guerra en Ucrania Y en Siria. Y en el Chocó. Y no sé en cuántas más partes del planeta. El hambre, la miseria, el poder, la violencia. La fragilidad humana.  

De todo este horror, se impone una pregunta por la muerte como destino inevitable para todo lo vivo. ¿Debería conmovernos la muerte? ¿Todas las muertes nos tocan de la misma manera? ¿Tendríamos qué responder igual en cada caso? Hasta donde sé somos la única especie que es consciente de su propia muerte y desde ese reconocimiento ha dotado a la vida de un significado especial. Podría decirse que el estatuto de la vida propia, la sensación de que eso que se posee es absolutamente valioso, ha determinado la manera en que como especie y como individuos hemos entendido la muerte. Todos los rituales que hemos creado para organizar el curso vital hasta llegar al momento del último aliento, de la finitud convertida en un viaje soñado como eternidad, testimonian el apego que profesamos a la vida, incluso si se trata de la mera repetición de los actos cotidianos más triviales. 

Una vez accedemos a la conciencia de lo que somos, de lo que experimentamos y de que lo podemos perder en cualquier momento entramos en una carrera por extender la vida, intentando disponer de la mayor cantidad de placeres y bienes posible y/o garantizando que la muerte sea lo más parecido a aquello que conocimos previamente. Por supuesto, también hay posturas que llaman a la aceptación de la muerte como una lección moral, recordando su inevitable coexistencia con la vida y su función como “momento culminante de la existencia, la escena definitiva de la tragedia de ésta, y que por lo mismo le da su sentido a la tragedia entera” (García Borrón, citado por Frutis Guadarrama, 2013; p. 47). En cualquier caso confrontarnos con la muerte – la muerte humana en primera instancia y cada vez más de otras especies– pone en primer plano nuestra relación con la vida y en esa medida tiene un estatuto ético; tiene el poder de conmovernos, de cuestionar nuestras acciones e impulsarnos a tomar otras decisiones. Actuar de maneras más acordes con la vida puede ser, en efecto, una consecuencia 
 de esta confrontación. 

¿Por qué entonces nuestra reacción frente a la muerte es diferente según las coyunturas, los bandos y las distancias? ¿Por qué los muertos pesan distinto? ¿Será que esa función moral de la muerte solo tiene lugar cuando lo que se pone en juego es la propia experiencia, la propia muerte? Más acá o más allá de los afectos que nos unan o no a los fallecidos, de nuestra capacidad para identificarnos con ellos y ver en sus cuerpos el rostro del semejante, resulta fundamental afirmar lo más real de la muerte, poner en el centro de la existencia esa conciencia de la muerte como fin de la existencia para revalorizar la vida de todos, de cada ser vivo en su individualidad y activar el reconocimiento de las implicaciones de tomar la vida de otro, o incluso la propia vida, por muchos aparatos mecánicos, simbólicos o digitales que nos hayamos inventado para producir la muerte en masa. 

Las muertes de ayer, las de hoy y las de todos los días me hacen pensar en las vidas de cada una de esas personas, de sus momentos de tristeza y alegría, de los que definieron su camino o recogen en una imagen instantes de una trascendencia insospechada. Pienso en esa postal inolvidable del gol de Rincón a Alemania en el mundial de Italia 90 que sacudió a todo el país y me hizo llorar de emoción a los 9 años. Trato de imaginar el momento en que el destino de Doris Adriana Niño se cruzó con el de Diomedes y sueño con estar ahí para advertirle del peligro, aun temiendo que las alarmas no fueran suficientes para atajar la amenaza. Siento en la piel la angustia de las 11 personas muertas en el Remanso y el dolor y la rabia de sus familias, hartas de la indolencia y el cinismo de un gobierno acostumbrado a
cubrirse los crímenes a punta de impudicia retórica. 

Asumir a la muerte en toda su contundencia, tomarla en serio, extraerla de la serie de las mercancías y las palabras vacías puede abrir la puerta a una reconsideración del sentido de la vida y tal vez a decisiones más conscientes tanto en el plano personal como en el plano colectivo. 
 

Referencia
Frutis Guadarrama, O. (2013). La muerte en el pensamiento de Séneca: una lección moral. La Colmena 78 abril-junio, 45-52. Recuperado de la fuente http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_78/Aguijon/7_La_muerte_en_el_pensamiento_de_Seneca.pdf
* Imágenes tomadas de El País https://elpais.com/internacional/2022-04-10/el-fallido-operativo-del-gobierno-colombiano-que-dejo-varios-civiles-muertos.html
https://www.elvallenato.com/noticias/14151/Esto-Pas%C3%B3-Realmente-Con-Doris-Adriana-Ni%C3%B1o.htm
https://colombia.as.com/futbol/el-gol-de-freddy-rincon-a-alemania-un-capitulo-imborrable-n/

domingo, 14 de marzo de 2021

La bondad de las cosas


“No es el olor

sino la bondad de las cosas

al exhibir su derrota”. 

Andrea Cote


Abrir los ojos a la realidad en la que vivimos y estirar el cuerpo luego de meses de confinamiento supone ante todo liberar la mirada del estrecho círculo de la inmediatez. Si bien el año 1 de la era Post covid no tiene un único guion y no para todos el encierro marcó la pauta de estos meses, resulta evidente que la expansión del virus transformó la cotidianidad en muchos niveles, poniendo en cuestión aspectos esenciales de nuestra humanidad encarnados principalmente en la relación que cultivamos con los objetos. El escaso conocimiento del coronavirus nos alertó sobre la amenaza de contagio palpitante en el aire y todo tipo de superficies: nos cubrimos la cara y el cuerpo con máscaras y trajes especializados, los alimentos pasaron por arduos protocolos de limpieza, las innumerables ceremonias de desinfección dejaron su marca en las manos de los angustiados. Un velo se dispuso entre nosotros y el mundo, distorsionando las formas, ocultando el horror y la miseria con una sensación de irrealidad acentuada por la dimensión de la tragedia y los medios de comunicación. 

 ¿Qué es lo que cambió en esa relación con los objetos? ¿Cuáles son los efectos en la intimidad cotidiana que habíamos establecido con las cosas y las personas? ¿Cómo esto cambia nuestra concepción del mundo? Más allá del debate de los alcances del capitalismo, el consumo y la construcción de formas de vida sostenibles y dignas para todos -que sigue siendo un tema necesario-, cabe reflexionar sobre los avatares de nuestro hacer y deshacer con los objetos en los espacios cercanos. Y es que no son solamente pedazos de mundo dispuestos en los estantes de unos coleccionistas voraces; los objetos son concreciones materiales de las intenciones, las necesidades y las aspiraciones creadas por la potencia tecnológica de nuestra especie. En cada época las cosas que producimos, seleccionamos y atesoramos nos interpretan, se vuelven extensiones de nuestros cuerpos, son espejos con los que construimos identidad. Aunque algunos son altamente peligrosos y según su uso pueden amplificar las disposiciones mortíferas que nos habitan, la mayoría configuran el paisaje de nuestro círculo próximo, llenan el vacío, facilitan nuestras tareas cotidianas o simplemente nos hacen compañía.

Con la llegada de la COVID-19 se produce una profunda transformación en esta dinámica. Las disposiciones y sugerencias de evitación del contacto con superficies potencialmente contaminadas hicieron a todos los objetos sospechosos frente a los cuales fue necesario implementar estrategias de defensa para conjurar su amenaza. Los mejor librados fueron las pantallas, celulares y ordenadores que confirmaron su carácter de imprescindibles al ser instrumentos principales de trabajo y comunicación. La atmósfera entrañable en la que solían converger la huella de objetos de propios y ajenos fue reemplazada por una gigantesca nube de alcohol y las cosas nuevas sólo fueron admitidas al comprobar su condición estéril, sea por haber superado la aduana de la limpieza o por venir empacadas en montones de plástico desechable para evitar contaminaciones en el camino. 

No es un dato menor que uno de los síntomas más singulares de la COVID-19 sean la pérdida del gusto y del olfato. Estos sentidos, que están conectados a las partes mas primitivas del cerebro, han jugado un papel fundamental en la evolución siendo claves para identificar sustancias y situaciones peligrosas. Ambos configuran el sabor, están íntimamente ligados a la memoria emocional y el placer y son altamente sensibles a las costumbres y las nuevas experiencias. De acuerdo con John McQuaid, ganador del Premio Pullitzer por el libro Tasty: The Art and Science of What We Eat, el gusto y el olfato han contribuido en gran medida a la invención de la cultura evidenciando la importancia de aprender a disfrutar alimentos y sustancias nuevas para asegurar la supervivencia. La alteración de las fuentes de esta intuición sensorial afecta el universo de nuestros recuerdos y emociones más profundos, no sólo porque distorsiona el disfrute conocido de las cosas sino porque nos priva de la orientación necesaria para aventurarnos a navegar en el océano de nuevas sensaciones.   

Tal vez la pandemia haya trivializado nuestra relación con esas cosas que antes sentíamos necesarias porque podíamos tomarlas, olerlas y saborearlas desprevenidamente, porque tenían sentido en el contexto de los rituales cotidianos que nos vinculaban estrechamente con otras personas y otros mundos. Tal vez vivimos tiempos de nostalgia en los que buscamos esas sensaciones tan escasas en la seguridad de la casa, a la que hemos tenido que adaptarnos y que sin embargo sigue sin sustituir la emoción del exterior. En cualquier caso, las condiciones actuales de la manipulación de los objetos y las cosas no son solo imponen la ampliación de los tiempos o de los procedimientos requeridos para utilizarlos; estas van produciendo cambios en nuestra sensibilidad que incluso impactan en nuestra disposición a interactuar con lo desconocido y/o lo diferente, reforzando actitudes de xenofobia o rechazo frente a quienes también se nos vuelven amenazantes porque no podemos sentirlos directamente

Acaso intuimos que en esta pandemia hemos perdido algo de la bondad de las cosas, que en su precariedad y evanescencia nos ha mantenido asombrados y despiertos...
hasta ahora.