En días pasados, a propósito de la invitación del NYT a varios personajes de la farándula en torno a la pregunta ¿a qué le temes?, la cantautora Silvana Estrada (@silvanaestradab) habló sobre el poder protector del miedo que advierte del peligros y lo diferenció del miedo opresor que roba la tranquilidad y la libertad. Esta reflexión me llevó a pensar sobre la experiencia del miedo, el significado que le podemos dar y su trascendencia en nuestra vida cotidiana. ¿Qué tal si la pregunta no es tanto por el qué sino por el cómo? ¿Cómo vivimos el mundo que nos correspondió y le corresponderá, por ejemplo, a nuestros hijos? ¿Cómo algo que en cierto momento fue seguro se vuelve amenazante? ¿Cómo hacemos cuando el miedo ya se ha instalado en nuestra cama?
En efecto, existen teorías que enfatizan en el objeto como el aspecto determinante en la evaluación y el abordaje del miedo. Por un lado, está el conjunto de los objetos que en el presente o a lo largo de la historia de la humanidad han representado peligro para la existencia; por el otro, los objetos que no son una amenaza real pero que para algunos se convierten en nefastas apariciones que cortan la respiración. A este segundo grupo corresponderían los miedos irracionales, los que deben eliminarse para gozar de una existencia plena y segura.
Desde esta perspectiva, el universo del terror tal vez podría dividirse en el lado de los buenos y los malos miedos y eso tal vez podría orientarnos cuando nos preguntamos si es normal o no estar tan asustados, si estas sensaciones y esta persistencia del pensamiento no son sinónimo de locura, si hay una vida sin el temor constante a que todo se desmorone. La cuestión es que incluso los buenos miedos pueden resultar insoportables. El mundo en que vivimos supone al mismo tiempo tantos riesgos como oportunidades, lo que en un momento resulta adaptativo en otro es un obstáculo mayor para hacer lo básico de la vida cotidiana. Ahí es cuando pienso en el valor de cómo vivimos los miedos, cómo significamos la incertidumbre y si acaso lo que esos objetos o situaciones representan en sí son el umbral que tenemos que enfrentar para encontrarnos con nosotros mismos.
Claro que existe la realidad, las catástrofes naturales, la banalidad del mal, la burocracia. Hay mucho de nuestras vivencias que no dependen directamente de nuestro poder y a veces el no reconocerlo nos lleva a profundas frustraciones y auto reproches. Nos enseñan a buscar permanentemente el control pero no nos dicen que por ese camino nos enfrentamos a lo imposible. Consultamos los consejos de expertos, amigos y/o profesionales pero olvidamos la posibilidad de escuchar la voz de la intuición. Desconocemos nuestros propios recursos y cuando estamos frente al abismo nos aferramos a la tierra sin considerar la posibilidad de que saltar de buena manera pueda dar espacio para recordar que tenemos alas y podemos volar sobre nuestras dificultades.
Si el reverso del control es la confianza, y si el control nos deja de frente a una sin salida, tal vez la confianza pueda ser una alternativa para enfrentar eso que tememos de una manera que vivir no resulte angustiante. La confianza no es precipitarse ni lanzarse de cualquier acantilado; la confianza implica conocimiento (de sí y de los otros), trabajo, paciencia y permitirse sentir incomodidad sin esperar llegar al extremo para pedir ayuda. Mientras el control nos enseña a evitar lo que nos asusta, desde la confianza podemos enfrentar lo que tememos, contar con los demás y con nuestros recursos, asumir lo que nos corresponde y no enloquecer con aquello que no está en nuestras manos.
Muchas veces lo que tememos tiene que ver con lo humanos que somos: miedo a la soledad, al rechazo, al desamor, a perder nuestros seres queridos, a no poder lograr algo en la vida. Entender los miedos como lo que son, verlos con los ojos de lo que puedo y no puedo modificar, movilizar lo que está de mi lado poco a poco viendo los matices puede ser una forma de significarlos y vivir de una manera más liviana.
Aunque queramos no hay una receta para resolver los miedos de inmediato. En algún punto la evitación se vuelve un problema y la vida nos propone encontrar otras formas de asumir lo insoportable.

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