Resulta incomprensible la
insistencia acrítica en seguir hablando del día
de la mujer en singular, cuando la experiencia cotidiana nos muestra una y
otra vez la imposibilidad de sostener una única versión de lo femenino. Incluso
cuando se aclara que esta fecha es la conmemoración de la lucha por la igualdad
de sus derechos y no una celebración de su esencia cándida y bondadosa, hablar
de La mujer como si fuese un prototipo
o un conjunto cerrado al que sólo es posible acceder si se cuenta con determinadas
características, está en contradicción con todos los debates y las discusiones
sobre la necesidad de romper con el androcentrismo dominante y garantizar la
equidad de géneros en todos los niveles y escenarios. Ni siquiera desde el punto de vista de la biología podría hablarse estrictamente de uniformidad de los sexos, en especial a la luz de las evidencias sobre la flexibilidad y el desarrollo de los mecanismos de determinación sexual, que supone la interacción de aspectos génicos, cromosómicos y ambientales (Van Doorn, 2014) en la definición de las combinatorias responsables de los fenotipos machos y hembras.La afirmación de La mujer en abstracto es tan lesiva como cualquiera de los intentos por reducir el significado de la feminidad a un ícono o una fórmula fija. ¿Por qué todavía hoy resulta tan inaceptable la pluralización de lo que es y/o debe ser una mujer? ¿Cuál es el peligro de la diversidad femenina para el tejido social? ¿Qué saldo positivo ha dejado para la historia la institucionalización de una identidad de género ejemplar? ¿Qué está en la base del control de los géneros y de la violencia que experimentan hombres y mujeres en el proceso de hacerse un lugar en el mundo? Grandes preguntas con respuestas difíciles que todavía hoy no calan en nuestras sociedades, que corren paralelas a las realidades de millones de seres humanos condenados a hacerse caber en los moldes establecidos o a ser parte del desecho.
Dos películas de las ganadoras en
los premios Óscar de este 2018 muestran el peor lado de esta misoginia mundial,
que tiene entre sus más destacados efectos la estigmatización del feminismo (entendido
por obra de la lógica binaria como rechazo y desvalorización de lo masculino,
en lugar de asumirse como un movimiento de lucha por la igualdad de derechos para
todos), la saturación del ideal femenino con roles y significados tan exigentes
como contradictorios (ser al mismo tiempo virgen, mujer fatal, madre ejemplar,
ama de casa, trabajadora exitosa, relajada, controladora, con la apariencia
perfecta, que sepa de todo, que sea frágil, dependiente, resignada, silenciosa,
paciente, atrevida, apasionada, etc.) y la devaluación del sentido de la propia
existencia como resultado del juicio público frente a la manera de ser y mostrarse
mujer.
En I, Tonya (Gillespie, Rogers, Unkeless, Robbie & Ackerley; 2017)
la primera patinadora en el mundo capaz de hacer un triple giro, cuenta en
primera persona el drama del maltrato físico y psicológico del que fue víctima,
su pobreza, la marginalidad y el rechazo de la Asociación Americana de Patinaje
por su apariencia y carácter. La pregunta que hace a uno de los jurados, luego
de una velada en la cual nuevamente es calificada por debajo de la calidad de
su desempeño, es la misma que hacemos muchas en el contexto de nuestros
trabajos, nuestras comunidades o nuestras familias. ¿Por qué no puede tratarse
solo de patinaje? ¿Por qué no sólo se trata de mérito sino de encajar? La
frustración de Tonya es el símbolo del sentimiento de impotencia y desolación
de las niñas que nunca resultaron suficientes para sus madres y maestras, niñas
cuyos cuerpos siempre eran demasiado mucho o demasiado poco, niñas que nunca se
sintieron valiosas por sí mismas y se pusieron en la primera línea de fuego
social, ansiosas por ser amadas, culpabilizadas por la tiranía que creyeron
normal aceptar, sancionadas por no hacer lo necesario para adaptarse y resistir
en silencio.
De otro lado está Marina Vidal, la Mujer Fantástica de Chile (Lelio,
Larraín, Larraín y Maza; 2017), quien protagoniza la odisea de una mujer trans víctima
de la persecución de una familia de clase media alta, de las autoridades y de la
sociedad en su conjunto, incapaces de perdonar su “maricada original” o de
reconocer las posibilidades del amor diverso. La película plantea de manera
descarnada la pregunta por la fuente y el sostén de lo femenino, más allá de la
presencia o ausencia del miembro viril como marca de legitimación y asignación
de género. ¿Qué es y en qué se funda esa experiencia femenina desde donde nos comunicamos
con nuestro cuerpo y con el mundo? ¿Quién la certifica? ¿Quién la valida? La
antagonista de Marina, la ex de su novio fallecido, concreta en una escena toda
esta tensión, reclamándole desde su lugar de madre y viuda por el sentido de su
ser, que considera desviado y malsano: “te veo y no sé qué eres, eres una
quimera, eso eres”.
Entonces Marina lanza esa mirada de derrota que no se agota
en su digna retirada, y que a lo largo de la cinta retornará en la insistencia
de buscarse en un reflejo, en esa lucha perdida frente al vendaval de mugre de
la sociedad que la juzga y que pone todo su empeño en sacarla de la imagen, en
excluirla del juego.La veo con ese espejo pequeñito dispuesto en sus genitales y no puedo evitar pensar en las horas interminables de contemplación, en la intimidad del baño, en el transporte, en los ojos de compañeros y amigos, en la reprobación de los jefes, los hijos, las parejas, los padres y las madres, en los anuncios publicitarios, en los mensajes que nos criminalizan y nos sorprenden en cualquier parte. ¿Acaso ser mujer es consustancial a esa sensación de ser convicta por principio, como si la posibilidad real de vivir en femenino estuviera permitida a condición de estarse poniendo en duda permanentemente?
El sufrimiento de Marina y de
Tonya es, desde esta perspectiva, el sufrimiento de todas, de cada una, la
urgencia continua de sabernos quimeras, buscando un contrapeso cualquiera para
poder desplazar las angustias en otras. Tristemente esta dinámica, que no hace
sino redoblar la vulnerabilidad y la sensación de inutilidad que a muchas nos
habita, termina siendo defendida por otras mujeres, a la larga igual de
asustadas y violentadas, cerradas por diversas razones a las demandas de cambio,
enemigas del conflicto y de todas aquellas subversiones a la primacía fálica
que suelen interpretarse como anomalías. Marina y Tonya nos muestran esta cruda
realidad, pero también nos recuerdan que todas y cada una somos mujeres
fantásticas, que incluso estando en el rango de lo políticamente correcto somos
distintas y que en la diversidad que podemos hacer existir hacemos justicia y belleza.
Sin duda el camino sigue siendo muy largo, con retos cada vez más complejos y
muchas veces sin recursos para plantar cara a la aplanadora de la sociedad y
sus reproches subliminales. Que el esfuerzo de los realizadores de estos
filmes, el coraje de estas mujeres y de tantas personas comprometidas en este
reto valga la pena, que caigan los ideales en todo su peso, que pierdan valor
los modelos femeninos y que la diferencia deje de ser motivo de destrucción y
sea motivo de orgullo.
Referencias
Gillespie, C.; Rogers, S.; Robbie,
M. ; Ackerley, T. & Unkeless, B. (2017). I, Tonya. LuckyChap Entertainment,
Clubhouse Pictures y Al Film. USA.
Lelio, S.; Larraín, J.; Larraín,
P. & Maza, G. (2017). Una mujer
fantástica. Fábula. Komplizem Film. Chile.
Van Doorn, G. S. (2014). Patterns and Mechanisms of Evolutionary
Transitions between Genetic Sex-Determining Systems. Cold Spring Harb Perspect Biology. Doi: 10.1101/cshperspect.a017681. Recuperado
dela fuente https://www.rug.nl/research/gelifes/tres/_pdf/vandoorn_cshpb_2014.pdf





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