sábado, 11 de octubre de 2014

Vicios Bogotanos

La tentación de tipificar los rasgos invisibles que hacen de la bogotanidad una especie tan profundamente contradictoria y mojigata inspiró este escrito, destinado en principio a denunciar un grave problema de salud pública, también muy característico del bogotano promedio: la búsqueda de aprobación. En efecto, esa persecución insaciable del gesto afirmativo se extiende a todos los ámbitos de la vida, corriendo paralela con una envidia recalcitrante que nos hace incapaces de valorar con justeza el logro ajeno [Todo lo del pobre (otro) es robado]. Nos preparan para conjugar el verbo lisonjear de todas las formas posibles con un sólo objetivo: conseguir aprobación, conquistando de paso el poder de murmurar de los otros, reprobar a los otros.
De golpe, advertí que esa necesidad imperiosa de agradar a otros, aunque no nos agraden, no es tanto una enfermedad como un rasgo específico de quienes nacemos y vivimos aquí. A la sombra de Monserrate y de un pasado colonial mezquino, se gestan los hábitos que nos han alejado de lo esencial de nuestra naturaleza y nos han llevado irremediablemente a renegar de la ciudad, de la vida misma. A continuación me permito hablar de algunos, sabiendo de antemano la trampa a la que están expuestos los aspirantes a catálogos: pretender decirlo todo de todo. Consciente de este problema me lanzo a mi primer asalto, intentando responder en el fondo la pregunta que más allá de las pésimas administraciones me estoy haciendo todos los días: ¿por qué me resulta cada vez más insoportable vivir en Bogotá?

Vicio número uno, la envidia. Como bien lo dice Ricardo Silva en su Libro de la envidia, el disgusto por el bien ajeno que otros disfrutan se convierte en un sentimiento que zahiere el juicio de la más sensata de las personas, al punto de envidiar lo que ya se tiene por el simple hecho de que el otro lo tiene también. La envidia lesiona nuestro sentido de humanidad, afectando la manera en que nos relacionamos y la capacidad de disfrutar la felicidad propia y la del vecino. En una ciudad envidiosa la felicidad ni puede ser el fin político primoridal, porque apenas nos acerquemos a ella siempre estaremos dispuestos a estropearla para evitar que otro la goce, aún cuando eso también me beneficie.

    

Vicio número dos, la mediocridad. A menudo me preguntan, particularmente estudiantes universitarios, por qué deben hacer las cosas correctamente si los demás no lo hacen así y siempre les va bien en la vida. Derivado de la envidia, este hábito se gesta en la aptitud para vivir a imagen y semejanza del prójimo, incluso cuando a todas luces sus métodos resulten incompatibles con los principios o las consideraciones que estimamos más valiosas. El popular dicho si a Roma fueres haz lo que vieres toma aquí unas perversas proporciones, denunciando nuestro rechazo a la autonomía y confirmando que el alcance del  propio esfuerzo va hasta donde termina el del otro,


Vicio número tres, la cobardía. La cotidianidad de Transmilenio, por nombrar sólo un escenario, me ha mostrado hasta la saciedad el efecto nefasto de este vicio, que muy a mi pesar me ha dejado inmóvil frente a todo tipo de actos que van en contra de la integridad de las personas y del patrimonio público. Jóvenes pateándose orgullosos por pertenecer a equipos enemigos, robos, injurias, gente arriesgando su vida por entrar al sistema sin pagar... la lista es larga. Empero, cuando soy testigo no puedo sustraerme del temor real a ser violentada si hago patente mi rechazo, si intervengo o si busco ayuda para hacer algo. En los rostros de otros percibo el dolor por esa cobardía adaptativa y alcanzo a escuchar en sus gestos la voz reprobatoria que al menos reconoce que está mal, que no deberíamos actuar así, que alguien debería hacer algo para detenerlo. La comunidad de cobardes se pacta con un ligero movimiento de cabeza y la contracción de los labios, en los que nos amparamos para seguir nuestro camino y hacer como que no vivimos en una ciudad donde la posibilidad de cambios genuinos parece más lejana.

Vicio número cuatro, la vanidad. Declarado por excelencia como uno de mis vicios personales, la vanidad adquiere unas formas absolutamente desproporcionadas, capaces de desafiar a cualquier principio de realidad. Nos envanecemos por pequeñeces y sin pudor las vestimos de grandes hazañas, recurriendo a argumentos nimios, alimentados por nuestro secreto deseo de parecernos a los otros [en nuestra fantasía siempre más elegantes, finos y cultos]. Así, basta decir que "es una moda en Europa" o asumir que "eso es lo que los extranjeros hacen" para inflar el valor de nuestros trajes de emperador y presumir de una desnudez miserable como si estuviéramos exhibiendo el artefacto más precioso. Felicitarnos por victorias exiguas nos convierte en seres profundamente conformistas, acogidos a la ley del menor esfuerzo y adictos a las justificaciones autocomplacientes [porque fue gol de Yepes, o porque la culpa siempre es de la vaca].

Vicio número cinco, el resentimiento. Como resultado de la insoslayable necesidad de fingir cualquier cosa [que no me importa, que no me duele, que no me da envidia, que soy de mejor familia, que me las sé todas, que no me dejo, que aprovecho el papayazo, que soy perfecto, que soy fino, que nunca pierdo, que no veo nada, que lo veo todo, que lo puedo todo...] conduce a la acumulación de un sentimiento viscoso que termina alimentando todo lo que hacemos, todo lo que somos. El resentimiento nos hace mezquinos en todas sus acepciones, nos nubla los sentidos, contamina nuestros más sinceros sentimientos, mina nuestra fe en la vida. El resentimiento, las más de las veces motivado, infecta sobre todo nuestra capacidad para cuidar y respetar al semejante, porque en virtud de nuestra rabia asumimos que los otros también tienen que pagar y pasar por el camino que nos ha traído a ese pantano emocional donde nos hemos quedado atrapados, porque si a mi me tocó a usted también... y de malas chino, porque así es la vida. 

Los hábitos están detrás del vicio y de la virtud, ambos son resultado de la decisión humana. ¿Cómo hacer para que esa decisión que solo depende de cada uno movilice una bogotanidad de verdad más humana?

 

domingo, 17 de agosto de 2014

Las Contra-dicciones de la Enseñanza Universitaria

A propósito de los recientes debates sobre la educación en Colombia, muchas han sido las voces críticas y los análisis formulados, en especial con respecto a lo que sucede en la Educación Superior. Bajo el lente de los medios de comunicación y los servicios de estadísticas globales emergen con diversos grados de nitidez situaciones otrora naturalizadas, que inauguran un juicio a la educación articulado al cuestionamiento de  creencias, imaginarios y prácticas incrustados en el centro de nuestras contradictorias identidades. En este contexto, cabe retomar la discusión sobre la relación causal entre educación y desarrollo (con todos los matices que implica esta última categoría), en virtud de la cual el sistema educativo pasó a ser objeto de un escrutinio público,con resultados no siempre favorables a la transformación deseada. 
Desde la perspectiva del desarrollo, que en nuestras sociedades ha sido un asunto meramente económico, la educación asume el estatuto de un servicio que es al mismo tiempo producto e insumo para la conservación del sistema capitalista. Los informes de los organismos internacionales y las instituciones estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX evidencian de manera concreta la apuesta y la exigencia de sostener un modo de producción que funda su éxito en el vínculo formal con la plusvalía. Así, al identificar la utilidad del histórico papel de la educación como reproductora de valores y normas sociales (como es el caso de los medios de comunicación, la religión y el arte), la educación empezó a vislumbrarse como un instrumento que, calibrado del modo correcto, proporcionaría los medios adecuados para garantizar la revitalización del mercado siempre que fuese necesario. 
El discurso de las competencias, hecho modelo educativo y criterio de habilitación ocupacional, es tan sólo la punta de lanza de un programa político transnacional que ha logrado culminar la aspiración cientifista de la modernidad. Al hacer medible y cuantificable todo lo relacionado con el fenómeno educativo es posible pasar de la episteme a la técnica, estándarizando el conocimiento, los recursos y las estrategias de enseñanza y aprendizaje en continuidad con los objetivos de las empresas y gobiernos. Sin ánimo de satanizar la incorporación de las competencias como elemento rector de la planificación educativa, llaman la atención las formas y los alcances que toma este discurso, que incluye su propia crítica (lanzadas tanto al sistema, como a sus operadores y a la misma concepción de desarrollo) y que encuentra en la virtualidad al mejor aliado. Si bien lo que se espera es que con este tipo de referentes fuera posible controlar todas las variables involucradas para hacer de la educación institucionalizada un verdadero trampolín de la economía, esto no ha sucedido. Desde la Primera Conferencia de la UNESCO sobre Educación Superior en 1998 hasta hoy, los resultados no han supuesto ni el fortalecimiento de la economía mundial ni la solución de los tres retos claves establecidos en aquella ocasión: calidad, gestión y financiación y pertinencia. Lo anterior es particularmente signiticativo para los llamados países en sub y vías de desarrollo. En el caso colombiano, los avances en calidad y pertinencia se ven opacados por las consecuencias de la ampliación de la cobertura que sobrecarga al sistema, haciendo insostenible una verdadera reforma, que reconozca a profundidad las coordenadas socioculturales y económicas que implica. 
En este contexto, estudiantes y profesores se erigen como los grandes responsables de los malos resultados académicos obtenidos tras décadas de trabajo, compromisos gubernamentales, generación de políticas públicas e inyección de recursos. Junto con la promoción de los trastornos de aprendizaje, la disfuncionalidad de las familias, las alteraciones neurológicas y los problemas de comportamiento, se amplía el rosario de quejas que pone en la mira a los profesores, señalando su incompetencia, sus características personales o su desconocimiento sobre las técnicas y los saberes idóneos para el desarrollo de las sociedades contemporáneas. Se constituye entonces un ideal de profesor, forjado a partir de modelos más propios del ámbito empresarial. Por supuesto, un análisis amplio de esta situación seguramente ya ha sido trabajado, planteando desde una perspectiva sistémica y sociocultural un abordaje que no se centra en los productos, sino en los actores, el contexto, los medios y el sentido de lo que se enseña. Empero, cabe señalar algunos puntos con respecto a la situación de la educación superior que evidencian la contra-dicción del sistema, precisamente en lo que se supone debe ser uno de los pilares fundamentales: los docentes. 
Es cierto que las coordenadas de la enseñanza universitaria han cambiado radicalmente en los últimos años, pero ¿serán esas transformaciones (en parte) síntomas del modo perverso en que se moviliza el sistema? El catedrático de hoy debe ser formador, resolver las necesidades de su estudiante, ser atractivo, vendedor, amable, paciente, actualizado y emprendedor. Atrás quedaron las concesiones a la genialidad del investigador o el interés por hacer del estudiante un sujeto responsable de su proceso académico. En presencia de la falla es el docente quien debe hacerse con las herramientas de la gestión de la calidad para arreglar el desperfecto y garantizar el acceso del estudiante a su titulación. Padres, estudiantes, gobierno e instituciones encuentran en aquel que no materializa el ideal un chivo expiatorio para justificar lo que los medios llaman una catástrofe. 
Por un lado, entonces, están los aspectos inherentes al rol y (por qué no) el ser del profesor. Quien enseña se ubica en ese lugar porque tiene qué enseñar, maneja-crea-modula los medios para hacer realidad el aprendizaje de sus estudiantes y mantiene vivo el deseo de aprender y de enseñar, teniendo como referente lo que sucede en el mundo a nivel económico, político y social. Ese es, al menos, uno de los axiomas de las instituciones, que en sintonía con las demandas de la calidad y la pertinencia, buscan en el profesor un gestor-investigador-consejero capaz de conectar al estudiante con las dinámicas de su comunidad y de su tiempo. En sí misma es una afirmación plena de sentido y buenas intenciones, que desafortunadamente pierde oportunidad y verosimilitud cuando se pone en práctica, en medio de una relación contractual donde el estudiante tiene el privilegio de ser el cliente mientras que el docente es mano de obra en sobre oferta, que ante todo debe procurar mantener un puesto. Es en este escenario que el ideal de un docente modelo es el exitoso conferenciante de TED o donde cientos de profesionales insisten en hacerse docentes aunque no tengan vocación ni ningún interés pedagógico. El precio no se hace esperar: las quejas, las enfermedades laborales, las frustraciones, la indiferencia: la precariedad de la carrera docente y la mediocridad, que en muchos casos surge de condiciones socioeconómicas específicas que aceleran el desprestigio y la banalización de la educación. 
Trabajemos por ser mejores educadores, pero también cuestionemos la deontología mercantil del docente y hagamos resistencia a las imposiciones empresariales que ponen en entredicho el sentido de la formación teórica y humana. Que las apuestas de la educación universitaria no se conviertan en su propia negación y que el parámetro de un ejercicio docente de excelencia no sea sólo la popularidad o la simplificación del conocimiento que proporciona. Si algo debe mantener el ejercicio docente y la enseñanza universitaria es el desafío, suscrito por cada uno de los actores, de trascender el espacio de su propia comodidad para hacer del viaje del conocimiento algo grande. 

Bogotá y el suspiro de la belleza

La pregunta desprevenida de un viejo amigo, ahora argentino residente, dio en el blanco de mi "bogotanidad", poniendo en evidencia lo que a veces siento como una tendencia generalizada: la negación de nuestra ciudad como objeto de interés. -¿Qué hay para ver en Bogotá?- me tomó por sorpresa, no sólo por la falta de recursos para responder sino porque sinceramente no creí que esta urbe caótica y desigual despertara algún tipo de goce vouyerista. En sus entrañas, gestadas por el automatón solar y el metrónomo del atasco, de las enormes filas de carros, transmilenio, la pobreza, la basura, las obras inconclusas, la inseguridad... ¿es posible encontrar algo de belleza?
Luego de las recomendaciones habituales, hechas más a partir de internet que de la propia experiencia, dejé el asunto de mi amigo para aplicarme en resolver esa pregunta, que como todo significante me llevaba a otra y a otra, hasta poner contra la pared todas mis certezas existenciales.Y es que cuando el lugar de residencia se hace función de las circunstancias del nacimiento, la familia o el trabajo, termina uno viviendo por inercia, dejándose llevar por la corriente de la queja, el desencanto o la vergüenza, sin asumir un poco de la responsabilidad que implica la elección forzada de vivir aquí. En la rutina y sus variaciones se anida una experiencia estética rebelde a los lugares comunes, pulsátil, febril, espontánea, que sin alardes va echando raíces en las subjetividades y los cuerpos que habitan (habitamos)  la ciudad.
En eso me doy cuenta de la imposibilidad de construir un catálogo turístico que le haga justicia a Bogotá. Más allá de Monserrate, de la Candelaria, de las zonas de rumba o los buenos restaurantes se asoma una miriada de imágenes capaz de conmover al exigente visitante, ya predispuesto por sus propios avatares cotidianos, las noticias, las estadísticas, los políticos. A los ojos de quien ofrezca una disposición genuina la ciudad se abre generosa, proyectando en sus retinas un inabarcable collage de construcciones de todas las épocas; lo divino, lo natural y el artificio se dan la mano, jugando a crear en diferentes registros, materiales e ideologías.
La impresionante fuerza del paisaje sorprende en cualquiera de sus puntos cardinales, pasando de la suma paz del páramo a la intensidad cromática de los jardines, la variedad de especímenes vegetales o el agónico leimotiv de los últimos urapanes. De los humedales y los ecos ancestrales del occidente remontan a los cerros una legión de seres fantásticos, recorriendo las marcas de los hilos de agua que otrora viajaran en sentido contrario, empeñados en entregar al vigoroso río Bogotá sus cuerpos cristalinos. Estas trayectorias, prófugas en una ciudad traumatizada con su ser de agua, proyectan en el plano puntos verdes en los que todavía puede sentirse la fuerza eterna de la naturaleza y su rechazo a la urbanización progresista.
Junto a los cerros, sean verdes o de ladrillo, están las piedras, las de los monumentos y las de los lienzos, tanto de los orgullosos murales como de los grafitis improvisados. La oportunidad del arte no sólo pasa por los heroicos museos o las exclusivas galerías; está en las esquinas, en el circuito arquitectónico que resiste a la construcción ecléctica y desmedida de los últimos cincuenta años, en el mensaje de un individuo o un colectivo apasionado por el color y los simbolismos, en los instantes preciosos del encuentro, la música, la escultura, la poesía. Del ignorado monumento de Banderas hasta la estoica Rebeca, los testigos de Salmona, las iglesias coloniales, las bibliotecas, el tejido, la artesanía, de los alambres de la 100 con 18, emergen con desenfado decenas de presencias geniales todas conscientes de lo perecedero de su destino.

A la mitad de este ejercicio, que lejos está de la pretensión de los grandes monumentos o las postales portentosas, entiendo que incluso con la mejor de las intenciones cualquier apuesta por contar la ciudad desde una aspiración a la totalidad es una traición. Por el contrario, siendo lo singular y lo finito del propio deseo el único medio real para vivir su ambajes la experiencia de Bogotá, resulta necesario aferrarse a lo inconcluso y relanzar en la soledad de cada uno el impulso de tragarse cada lugar hasta la última de sus miserias. Muy a mi pesar, enseñado a imprecar los mil defectos de esta ciudad de nadie y a lamentarse por la descarada explotación político-administrativa a la que ha estado sometida, encuentro en mis itinerarios al agalma del que me enamoro y me desenamoro. Una urbe F (fractal, frágil-fantasmagórica)  que en el suspiro y en el resuello de los casi 10.000 millones de almas exhala lo más parecido a la belleza, con lo doloroso y lo mágico que ella me trae.  


domingo, 11 de mayo de 2014

La depresión (electoral): Un peligroso estado del alma.

Decir que hoy por hoy no hay una opción convincente en la parrilla de candidatos a las presidenciales es llover sobre mojado. Desde múltiples sectores a lo ancho y largo de la opinión pública, se insiste en la falta de apuestas sólidas y diferentes al artificioso tejido de promesas que unos y otras exhiben con escuetos discursos populistas alejados de la realidad o del más mínimo sentido de la coherencia. En el show de circo en que se ha convertido la pugna política más importante del país, el uso indiscriminado del sintagma para la gente sin duda plantea más interrogantes que certidumbres; ¿para cuál gente? ¿Cuándo? ¿De qué manera? El paso del tiempo y la percepción cada vez más pobre de nuestro proyecto de país pone las cartas sobre una mesa construida con la madera de la impotencia y la desidia. Si como dice William Ospina, sólo tuvimos una época feliz el siglo pasado, donde el aparente ocaso de la violencia permitió a una sociedad cansada e injustificadamente envanecida soñar con una vida corriente, ¿podremos asumir después de tanto tiempo una existencia en paz donde la muerte sea un fenómeno natural o sólo un accidente? ¿Podremos permitirnos la ilusión del verdadero desarrollo y de una vida con condiciones dignas?

El siglo XX ha sido todo resultado de una versión del progreso, empecinada en adorar a la técnica y al crecimiento económico como únicas alternativas para alcanzar la cima de lo que solía llamarse felicidad y ahora se llama éxito. Para un país campesino, desangrado, abandonado por los proyectos ideológicos que prometieron su redención, el progreso llegó a pie pero se quedó atascado en la locomotora. El rechazo en lo simbólico de las sempiternas desigualdades socioeconómicas -y la vergüenza por su constitución como país de todos los colores- retornó en lo real de la violencia, a título de una respuesta que a pesar de la inocencia siempre se ha encontrado con el límite de la impotencia. Paradójicamente, el intento por no caer en las manos de los depredadores de siempre terminó siendo la principal plataforma para la inmersión del país en unas lógicas del consumo, el despilfarro, la explotación y la tecnificación de la vida que hoy nos tienen en un profundo estado de desesperanza. Es difícil cerrar los ojos a la emergencia de una industria como la de la droga o la de la guerra, que pasó de ser una contraconducta orientada a liberar el centenario monopolio de la riqueza a ser generador y albacea de sus enemigos iniciales.
La sensación de haber llegado a un límite no sólo corresponde al pico natural de producción de cualquier mercado, que se agudiza en el contexto global de una insostenible situación financiera, sino al cansancio producido de tanto mirar las infamias a las que somos capaces de llegar. En efecto, detrás de la generación engañada ideológicamente y reprimida por el pie de fuerza del estado, llegó otra, temerosa y vouyerista, bombardeada por la danza incesante de masacres, de atentados y tragedias. Esa generación, la nuestra, es sin duda una generación perdida, acaso silenciada, decidida a concentrarse en la supervivencia para no perder en la lucha por la vida el derecho a morir y ser enterrada en lápidas marcadas con su propio nombre. Si les llegó el buen tiempo a los delfines no fue exclusivamente por su esfuerzo o su comprometida respuesta frente al reto histórico de dar el golpe de timón al devenir político de la nación. Una sentida autocrítica puede confrontarnos con la terrible revelación de que la sin salida electoral de hoy es producto de la indiferencia de esta mañana, de nuestra mañana, toda ella empleada en el insufrible ejercicio de conseguir trabajo, mantener a los propios, defenderse del gobierno y pasar desapercibidos ante los ojos del crimen (re) organizado. Esperamos que los jóvenes de ahora sirvan de combustible para los cambios que debimos traer nosotros, mirando con recelo las consecuencias de la explotación, dosificando el apoyo a los protagonistas de una protesta que independientemente de las infiltraciones sigue estando justificada.
Esos jóvenes tienen la posibilidad de hablar con sus padres, con sus abuelos, con sus bisabuelos; tienen la opción de hacer juicios históricos, de reanimar el espíritu de esa época feliz (los sesentas en palabras de Ospina) y de purgar las prácticas obstinadamente acomodaticias en las que insisten los acostumbrados al caudillismo y la corrupción. Empero, en la medida en que nosotros no asumimos nuestro lugar en la cadena de generaciones, ellos lo hacen a medias, si es que lo hacen. Ellos, ustedes y nosotros vemos cada vez menos luz en el horizonte, nos sentimos cada vez menos capaces de transformar algo de esta temible realidad, resignándonos a asumir que no estamos en una larga pesadilla, aceptando lo que hay como única verdad posible. ¡Cuantas caras largas se dejan ir por los vagones apretados del espacio público, desconociendo a propósito nuestro papel en el entramado social que sostiene las prácticas políticas que tanto denigramos!

No vale la pena culpabilizarnos con estas y otras afirmaciones, cuya franqueza demoledora siempre se estrella con el muro de las exigencias cotidianas o los peligros inminentes que acechan el temerario ejercicio de vivir en Colombia. El espectáculo de la celebración del día de la madre en Bogotá, estructurado alrededor de filas de autos ensartados en un atasco interminable, bajo un cielo plomizo y contaminado, con batallones proletarios al servicio de un consumo que lejos está de preguntarse por la actualidad del paro agrario o el proceso de paz, es sólo uno de los paisajes en los que se escenifican el rosario de contradicciones propio de la sociedad colombiana. El quid de la cuestión está más bien en la existencia o no de condiciones que nos permitan sostener una versión de cambio, de progreso, distinta a la que hemos vivido hasta ahora, más eficaz, más incluyente. Nada más peligroso que la depresión como estado del alma, de cara a lo que deberían ser unas transformaciones históricas para el país. Identificados a lo peor, encantados en la labor de rebajarnos y denigrarnos como colectivo, asentados en la creencia de que nada va a cambiar. Parece que estamos peor, ¿lo estaremos mucho más?

domingo, 23 de marzo de 2014

La colombianidad: Nuestro saco de boxeo

Con cierta perplejidad reviso las entradas de redes sociales, comentarios de lectores y artículos periodísticos de las últimas semanas, admirada del inagotable acervo de insultos, quejas y reproches contra la absoluta incapacidad de los colombianos, única y exclusivamente por ser tan colombianos. Cualquier situación, independientemente de su calibre, es excusa para extender un memorial de agravios, que lejos de detenerse en nuestras fronteras parece hincharse y encarnarse en los problemas de los vecinos, al punto de achacar la torpeza política de algunos a su probable y oscuro origen colombiano. Nuestra capacidad de disociación es tan efectiva, que sin problema podemos incluirnos como objeto de la serie de improperios, sin siquiera tocar una fibra de responsabilidad o propiciar un mínimo de conciencia de enfermedad frente a lo que nos pasa. ¡Es que los colombianos sí somos brutos! ¿no?
Precisamente esa "brutalidad" plena de sarcasmo fue lo que me puso en guardia frente al placer masoquista de la degradación, deber patriótico por excelencia. La mirada al espejo de nuestra precaria identidad política no sólo interroga la solidez de un proyecto de nación que se ha cosido a retazos de sombreros vuelteados, niños jesuses, tigres, monos, tintos y amapolas; en el fondo, tanto odio taquigrafiado no hace mas sino denunciar la terrible aversión que tenemos por nosotros mismos, por nuestra desidia, por nuestras negligencias cotidianas.

Ya Aristóteles anunciaba lo que nosotros parecemos distinguir con precisión, a saber, que lo extranjero es objeto de admiración y sólo su aire puede apartarnos de lo que creemos común y ordinario. Con esa lección, acaso insertada a golpes desde la conquista, ponemos en el centro de nuestro círculo de racionalidad y capacidad reflexiva aquello que no entra dentro del ajuar de la perfección moral y política, lapidando con todas las fuerzas los errores, los fracasos, los infortunios, las deudas, los rencores, las intrigas y los desengaños que jamás padecerán nuestros parientes civilizados. Incapaces de perdonar la vileza de nuestra propia estampa nos arrojamos al ágora pública como carne de cañon, mientras soñamos con la opulencia de la corte y el carruaje del príncipe que algún día vendrá para salvarnos. Hartos de sufrir por la furia implacable de la miseria, preferimos desgranar nuestras frustraciones cerrando los ojos a los efectos devastadores de un discurso, que hace de esta realidad un destino ineludible. Cada intento de cambio certifica la impotencia, legitimando el poder de las instituciones tradicionales, la explotación de las multinacionales y garantizando la existencia de nuestro colectivo como un grupo de individuos sin lazo alguno entregado a la negación y la indiferencia. Al final del día lo que duele no es que haya corrupción en la política; al final lo que duele es la envidia y el agravio de no ser el elegido para gozar del mejor pasto, que siempre está del otro lado de la cerca.
En efecto, la negación y la proyección son mecanismos de defensa que utilizamos todos los seres humanos para enfrentar la desgracia y el conflicto. No somos los únicos que denigramos, ni seremos los últimos en identificarnos a lo peor como estrategia para evitar la terrible confrontación, esperando ser reconocidos en tanto víctimas de unas circunstancias frente a las cuales no tuvimos ningún control. No somos los únicos. No obstante, ad portas de un proceso de paz que ha sufrido todo tipo de cuestionamientos, el caos rampante en la mayoría de ciudades del país, la muerte de decenas de animales causada por la sequía en el Casanare, el inevitable nuevo paro campesino, el descubrimiento de petróleo en la Tota y otras genialidades se hace necesario plantear si coger nuestra colombianidad como saco de boxeo va a ser suficiente para pasar por encima de este panorama de adversidades. ¿No es el momento de tomar una posición alternativa, a sabiendas de que escupir la cara de nuestras vergüenzas cada vez que algo sale mal no hace la diferencia?
Por supuesto que la crítica es bienvenida y sana, especialmente cuando nuestra capacidad de contarnos mentiras y de "echar globos" nos llevan de lo peor a lo mejor sin siquiera intervención del principio de realidad. Quedarnos en silencio es tan complaciente como cogernos a piedra, con el agravante de que ni siquiera nos tomaríamos el tiempo de hacer un alto y reconocernos en nuestra fragilidad. Visibilizar las condiciones y los determinantes que están detrás de los flagelos estructurales y coyunturales de nuestra sociedad nos acerca un poquitico a esa ideal función de control político que deberíamos asumir como ciudadanía, de tal suerte que podamos velar por el uso adecuado de los recursos de la nación sin esperar que esa proeza redunde en la obtención de algún beneficio personal. En ese sentido, debemos permitirnos mirar más allá y más acá de nuestras manos cansadas de luchar contra la corriente, quitarnos los guantes y la pose de santos para dejarnos sensibilizar por nuestras propias desgracias, arriesgarnos a ser consecuentes con los trinos altisonantes y las predicas morales que publicamos cada día, darle la pelea a la indiferencia sempiterna en la que se asienta nuestra colombianidad. Pueda ser que con las manos más desocupadas y una valoración más justa de nosotros mismos  enfrentem
os la tarea de construir un país capaz de soportar la diferencia, solidario, confiado en sus propias capacidades, que se merece tanto y más de lo que podemos aportar sus habitantes.





sábado, 25 de enero de 2014

Del transporte público y otras fronteras urbanas. Algunas reflexiones.

Una estación de Transmilenio, un día laboral cualquiera, hora pico-hora valle. De vuelta a casa, una mujer de mediana edad espera el articulado con el temor de quien ha cruzado la frontera de lo desconocido. El trabajo laha llevado a un sector de la ciudad estigmatizado y marginado, un lugar de paso necesario instalado en el imaginario de los bogotanos como una insaciable fuente de terribles mitologías. Es una escena corriente pero compleja. Sobre el lienzo del millón setecientos mil de usuarios que se transportan por este medio diariamente se trazan las marcas de los prejuicios, las preocupaciones, las indiferencias y las fragilidades que hacen a la realidad de la ciudad.

La pobreza es evidente y se viste de ladrillo; los batallones de vigilantes, personal de servicio, parches urbanos y algunos escolares se disputan el mínimo espacio vital disponible, paladeando la angustia de las horas que todavía los separa de su destino. Es una cotidianidad ajena, aunque las tensiones y las incomodidades tengan los mismos efectos para todos. Son esos los matices propios de un sistema construido para atravesar sin distinciones lo largo y ancho de la ciudad. Aunque el porcentaje de bogotanos pudientes que usan transporte público no es comparable con el de usuarios de estratos 2 y 3 (Cámara de Comercio, 2012), la opción de circular sin restricciones abre la puerta a la mezcla. Cuando son ellos las respuestas de los que se consideran ciudadanos bien van desde la indignación hasta la indiferencia. Tal vez el miedo a contaminarse del fantasma terrible de la pobreza alimente las reacciones más virulentas e inhumanas. Los extranjeros, en todo caso, han aprendido a camuflarse o a servirse del golpe de efecto de su presencia. Saben de su punto débil y algunos lo aprovechan. Hacen valer su experiencia de vida, no se dejan; la consciencia de que el espacio no está por natura parcelado por estratos -más allá de lo que el Departamento de planeación diga- anima una re/des-colonización socialmente censurada que le lleva la delantera al ritmo lento de las anquilosadas mentalidades capitalinas.


Las reglas del sistema señalan el reverso de la moneda, el de los que abandonan sus barrios confortables para acceder a sus puestos de estudio y de trabajo, ubicados a su pesar en medio de la verdadera jungla de asfalto. La prohibición de personas en actividades que den sensación de inseguridad nombra con justeza el sentimiento que embarga a los que pasan el cerco, quienes independientemente de su real situación económica no tienen ningún interés en camuflarse. Su aparente autoconfianza proviene de una superioridad inexistente, una dignidad imaginaria forjada por los discursos de segregación que estructuran nuestra realidad social desde la colonia. Como bien lo subraya Quijano (2000) a propósito de "la colonialidad del poder y la clasificación social", fue en la conquista donde las diferencias fenotípicas se interpretaron como diferencias raciales, morales e intelectuales, extendiéndose como ideología por todo el mundo; traducido a  nuestra realidad más de cinco siglos después, esto implica todavía hoy la asociación entre color de piel, vestimenta y aspectos como la forma de la cara con una supuesta pulcritud moral y una pureza social. El transgresor obligado se aferra a las diferencias mínimas, otea la maldad en los rostros bronceados y oculta sus insignificantes pertenencias diciéndose a sí mismo que si estuviera en su zona no le pasaría nada. Este viajero se ofende con los colados que se suben sin pagar a la estación, critica a los vendedores, se aflige con los cantantes que piden limosna, se cree habitante de una ciudad imaginaria con un código de urbanidad impoluto, donde estas prácticas no existen.


Cuando regresan a sus casas unos y otros, ustedes y nosotros, recobran el flujo de sus habituales identidades políticas, centradas en los intereses particulares y fundadas en el rechazo visceral a la diferencia. Las fronteras urbanas se hacen más visibles al abrigo de la noche, reiterando un orden ficticio que ni la economía, ni la administración distrital ni el Estado se interesan por impugnar. La movilidad, el transporte público, el aumento exponencial de carros, el estado de la malla vial, entre otros, se revelan como temas prioritarios con la potencialidad de horadar  o fortificar las profundas brechas sociales que hacen la cotidianidad de la ciudad que en el abandono todavía se resiste a la debilidad mental e insiste en encararnos de múltiples maneras con lo más real del lazo social.

Referencias
Cámara de Comercio de Bogotá (2012). Resultados de la encuesta de percepción de usuarios sobre las condiciones del servicio y la calidad de transporte público en Bogotá. Recuperado de la fuente: http://camara.ccb.org.co/documentos/11180_percepciondeltransportepublicoenbogota2011.pdf

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder y clasificación social. Journal of world-systems research, vi, 2, summer/fall 2000, 342-386. Special Issue: Festchrift for Immanuel Wallerstein – Part I.

miércoles, 8 de enero de 2014

La función social del paseo de fin de año

Como muchos colombianos -perdón por el excesivo localismo, pero la ocasión lo amerita-, terminé el año embarcada en una tradicional peregrinación rodante que en menos de 15 días me llevó y me trajo por medio país. Había olvidado ya las agitaciones de los viajes familiares, la desagradable mixtura del bloqueador y el repelente, el drama de organizar a la tropa para cualquier movimiento, la inmersión con camiseta, los chascos agridulces del viaje. Y tuve de todo eso, y de mucho más, mientras encontrábamos nuestro lugar en el batallón de asalariados que con ingentes esfuerzos se da unas añoradas vacaciones en el balneario de su medida.
Arrancamos justo después de navidad, luego de las revisiones técnico-mecánicas de rigor y la titánica tarea de compactar el "insuficiente" ajuar veraniego (acecinado desde el último y ya lejano paseo a Melgar o Girardot) en menos de una decena de maletas. El saldo de la operación, y el tema de tertulia en el primer cuarto de trayecto, nos llevó directo a los efectos de años de tráfico infernal, inagotables cráteres y calles sin mantenimiento sobre la estructura del cacharrito familiar, que dejan su marca en las llantas, la latonería, en el balance y demás propiedades de la máquina en cuestión. He aquí el primer gran logro del paseo en carro: saber qué tengo para decidir a dónde voy. La aparente idoneidad de nuestro vehículo por poco nos enceguece frente a los problemas de estructura. Este sin duda es un gran aprendizaje en época electoral; ¿será que la seductora jactancia de las estadísticas y la publicidad encubrirá las grietas y las abolladuras de la politiquería que tanto daño le hace al país?
De la mecánica pasamos a la economía, como cuando se hacen sumas y restas sobre el valor y el número de peajes que debe asumir el viajero para poder ir-venir y trascender su destino. Entre esto y el valor de la gasolina necesaria para desplazarse, la libre circulación de objetos, dinero y personas no viene siendo más que un concepto nebuloso de imposible realización, no sólo por la explotación del espacio y de los recursos en la cual basamos los humanos nuestra relación con la supervivencia sino por la dimensión temporal de dicha vivencia (al respecto recomendadísima la lectura del ensayo de Jorge Riechman, Tiempo para la vida. La crisis ecológica en su dimensión temporal. Taller de edición Rocca). He ahí uno de los nudos por donde la problemática del sector del transporte se ensancha y se sostiene el confinamiento en los enclaves urbanos de las personas, las ideas, los proyectos y los productos (al menos así lo entendí yo). El recorrido me dejaría echar otro vistazo al asunto, esta vez más desde la perspectiva del negocio de la gasolina.
Más temprano que tarde la distancia cura el dolor del gasto, permitiéndole al  pasajero disfrutar de los hermosos paisajes colombianos, que deleitan el alma y logran inflar el orgullo de patria, más sensible a los influjos de los resultados en fútbol u otra disciplina deportiva. La generosidad del suelo cundiboyacense lo lleva de la mano, hasta dejarlo en uno de sus pueblitos emblema (Villa de Leyva, por decir alguno), casi siempre a la hora del almuerzo o del postre. Hay que decirlo, Villa de Leyva es una excepción. Hablar de la belleza de los pueblos colombianos es desconocer el estado de pobreza, desidia y olvido en el que se encuentran gran parte de estos asentamientos, donde poco o nada se evidencia la puesta en marcha de políticas consistentes en materia de conservación del patrimonio. Una cosa son las fiestas, que sí se promueven y se mantienen, otra es el manejo del espacio y la proyección de los municipios. El éxito de Villa de Leyva capitaliza una visión de hace casi 50 años, cuando se reconstruye la plaza mayor tal y como era, y se alienta la recuperación del acervo cultural, religioso y arqueológico de la región. ¡Qué maravilla no encontrar un Éxito por ahí! ¡Qué sorpresa me llevé al encontrar una oferta turística tan amplia en la zona! Pero también ¡qué costosa resulta una visita a Villa de Leyva!
De mi corta estadía en este municipio quedaron preguntas sobre el andar del sector artesanal en el país. Con estas inquietudes (que me acompañaron por Santander, Caldas, César, el Magdalena, Cundinamarca y de nuevo Boyacá) enfilamos a San Gil, cuna del turismo de aventura en el nororiente del país. A esa altura, la paranoia capitalina por el robo potencial baja la guardia, aunque permanece con un ojo abierto por si las moscas. El temor a perder el carro o la cartera en un pestañeo se sustituye por el miedo a ser timado o engañado, a dar "papaya" y ser sorprendido por la mala fe que habita el corazón de los comerciantes. Tal prejuicio, que evoca al antiquísimo imaginario del comerciante judío, parece legitimarse con las prácticas de quienes suponen en el turista una gran piñata de dinero dispuesta a ser vaciada. Desafortunadamente todavía no reconocemos el papel del visitante ni cuidamos su trato, sea por idolatría o por disimulado recelo; el rechazo a la diferencia encuentra su expresión bajo formas aparentemente opuestas y sin embargo profundamente solidarias.
La imponencia del paisaje contrastó con lo que a la final terminó siendo mi más profunda preocupación: el manejo de los desechos, la negligencia con nuestros recursos naturales y la infundada idea de que son eternos. Flotando en las aguas cristalinas de las fuentes, en los intersticios de las rocas o enredada en alguna rama, allí estaban: bolsas de plástico, trozos de botellas, colillas de cigarrillo. Algún compañero de viaje pregunto. ¿Por qué en Estados Unidos los ríos son tan claritos y aquí son tan sucios? Sin agotar la respuesta, creo que esas evidencias contestan por sí solas.
Siguiendo hacia el norte nos recibió el cada vez más popular Parque Nacional de Chicamocha, obra del expresidente Uribe y con el patrocinio de una importante entidad bancaria antioqueña. Precioso lugar, bien pensado para todos los públicos, con espacios acordes con el volumen de visitantes, un ejemplo de industria turística bien organizada. Llamó la atención aquí un detalle que tal vez me dé pistas (en el futuro) del manejo de las relaciones entre departamentos o entre instituciones: ¿por qué casi todo (por no decir todo) el personal del parque sería de origen paisa? ¿No es lógico que sea una fuente de empleo para la gente del departamento también? Ningún comentario.
Dejamos atrás el parque impresionados por la majestuosidad de la naturaleza y seguimos hacia el norte en un larguísimo viaje en carretera, salpicado por vallas publicitarias de antes y después, convenientemente dispuestas para las elecciones. En efecto, la carretera estuvo muy bien y avanza rápidamente la construcción de la ruta del sol, que conectaría a Bogotá con Santa Marta en tan solo 10 horas. No obstante estos avances, queda en el aire la pregunta ¿acaso la gestión pública se haya quedado en el puro nivel del semblante, devaluando el impacto efectivo de las obras en pro de la exhibición, de la publicidad?
Todavía pensaba en eso, cuando me sorprendió la envergadura del contrabando de gasolina, ya en Cesar y Magdalena. Por los Cuatro vientos vimos decenas de casetas, bidones y barriles de gasolina y ACPM, extra, corriente... de todas las facturas posibles. Con la noticia del descongelamiento del precio de los combustibles y la sensación del orgullo camionero burlado, supuse lo exitoso y boyante que debe resultar ese tráfico, a expensas de lo que mi fantasía me mostró como un dramático final posible en medio de las llamas. Hay más cosas entre el cielo y el infierno de las que puede explicar nuestra filosofía, y seguro mucho de corrupción debe haber allí, la misma que circula en la tradición oral cuando casi con gracia se habla de carreteras intransitables supuestamente construidas hasta diez veces en los libros de contabilidad del Departamento. Se roban la plata, me respondieron con serena resignación.
Ahora bien, ¿de qué vive la gente si no es de la carretera? ¿Cómo mueven sus puñados de frutas los pequeños agricultores si no es a través de los toldos y los expendios improvisados a lado y lado de la vía? ¿Cómo es la cotidianidad de hombres, mujeres, jóvenes, niños, ancianos, que parecen flotar allí, como dejados en el medio de la nada?
Por fin el paseo. La familia. La playa. El hormiguero de "cachacos" tendiéndonos al sol, habitados por el síndrome del turista, tomando mil fotos. embelesados con masas de agua salada y dulce que casi nunca podemos disfrutar, borrachos de vallenato y ron. Más allá de las pintorescas imágenes y de la increíble cantidad de gente (nos fuimos para allá con trancón y todo), queda la huella de un maravilloso tiempo juntos, un ejercicio increíble de tolerancia y ese sentimiento de familia que muchas veces el ajetreo diario obnubila en favor de la urgencia. Los diversos paisajes que concede la tutela de la Sierra Nevada y experiencias que quedan por descubrir fueron también la gran riqueza de esa ración de oxígeno necesaria para seguir habitando la capital sin desesperarse. La gran decepción, para mí al menos, fue Taganga, plan que abracé con demasiadas expectativas y que sembró todo tipo de preocupaciones ambientales; lo que más recordaré, el agua clara de los ríos bajan de la montaña y se funden con el mar; lo que siempre se agradece, la calidez de la gente que nos recibió.
Luego de maravillosos días de sol de regreso a la realidad... pero no como dicen los noticieros y el tan publicitado "martes azul", sino como solemos empezar el año, con renovadas energías, propósitos y varias deudas esperando en el call center de los centros de cobranza. El paseo sirvió, al menos para alzar la cabeza de avestruz y advertir el país en donde nos inscribimos y que no pasa en las noticias. Los rituales íntimos se hacen públicos y políticos, tocándose espontáneamente con el sentir de pueblos como Curimaní, al parecer destinado al aislamiento por el nuevo trazado de la ruta del sol, viendo el avance del cultivo de palma, o reflexionando sobre nuestros grados de insensibilidad mientras pasamos las ruinas de algún accidente en carretera. Tal vez sea esa la verdadera función social del paseo de fin de año, o una de sus tantas, que esperará otra vuelta de tuerca para reeditarse, vivirse y gozarse.