domingo, 11 de mayo de 2014

La depresión (electoral): Un peligroso estado del alma.

Decir que hoy por hoy no hay una opción convincente en la parrilla de candidatos a las presidenciales es llover sobre mojado. Desde múltiples sectores a lo ancho y largo de la opinión pública, se insiste en la falta de apuestas sólidas y diferentes al artificioso tejido de promesas que unos y otras exhiben con escuetos discursos populistas alejados de la realidad o del más mínimo sentido de la coherencia. En el show de circo en que se ha convertido la pugna política más importante del país, el uso indiscriminado del sintagma para la gente sin duda plantea más interrogantes que certidumbres; ¿para cuál gente? ¿Cuándo? ¿De qué manera? El paso del tiempo y la percepción cada vez más pobre de nuestro proyecto de país pone las cartas sobre una mesa construida con la madera de la impotencia y la desidia. Si como dice William Ospina, sólo tuvimos una época feliz el siglo pasado, donde el aparente ocaso de la violencia permitió a una sociedad cansada e injustificadamente envanecida soñar con una vida corriente, ¿podremos asumir después de tanto tiempo una existencia en paz donde la muerte sea un fenómeno natural o sólo un accidente? ¿Podremos permitirnos la ilusión del verdadero desarrollo y de una vida con condiciones dignas?

El siglo XX ha sido todo resultado de una versión del progreso, empecinada en adorar a la técnica y al crecimiento económico como únicas alternativas para alcanzar la cima de lo que solía llamarse felicidad y ahora se llama éxito. Para un país campesino, desangrado, abandonado por los proyectos ideológicos que prometieron su redención, el progreso llegó a pie pero se quedó atascado en la locomotora. El rechazo en lo simbólico de las sempiternas desigualdades socioeconómicas -y la vergüenza por su constitución como país de todos los colores- retornó en lo real de la violencia, a título de una respuesta que a pesar de la inocencia siempre se ha encontrado con el límite de la impotencia. Paradójicamente, el intento por no caer en las manos de los depredadores de siempre terminó siendo la principal plataforma para la inmersión del país en unas lógicas del consumo, el despilfarro, la explotación y la tecnificación de la vida que hoy nos tienen en un profundo estado de desesperanza. Es difícil cerrar los ojos a la emergencia de una industria como la de la droga o la de la guerra, que pasó de ser una contraconducta orientada a liberar el centenario monopolio de la riqueza a ser generador y albacea de sus enemigos iniciales.
La sensación de haber llegado a un límite no sólo corresponde al pico natural de producción de cualquier mercado, que se agudiza en el contexto global de una insostenible situación financiera, sino al cansancio producido de tanto mirar las infamias a las que somos capaces de llegar. En efecto, detrás de la generación engañada ideológicamente y reprimida por el pie de fuerza del estado, llegó otra, temerosa y vouyerista, bombardeada por la danza incesante de masacres, de atentados y tragedias. Esa generación, la nuestra, es sin duda una generación perdida, acaso silenciada, decidida a concentrarse en la supervivencia para no perder en la lucha por la vida el derecho a morir y ser enterrada en lápidas marcadas con su propio nombre. Si les llegó el buen tiempo a los delfines no fue exclusivamente por su esfuerzo o su comprometida respuesta frente al reto histórico de dar el golpe de timón al devenir político de la nación. Una sentida autocrítica puede confrontarnos con la terrible revelación de que la sin salida electoral de hoy es producto de la indiferencia de esta mañana, de nuestra mañana, toda ella empleada en el insufrible ejercicio de conseguir trabajo, mantener a los propios, defenderse del gobierno y pasar desapercibidos ante los ojos del crimen (re) organizado. Esperamos que los jóvenes de ahora sirvan de combustible para los cambios que debimos traer nosotros, mirando con recelo las consecuencias de la explotación, dosificando el apoyo a los protagonistas de una protesta que independientemente de las infiltraciones sigue estando justificada.
Esos jóvenes tienen la posibilidad de hablar con sus padres, con sus abuelos, con sus bisabuelos; tienen la opción de hacer juicios históricos, de reanimar el espíritu de esa época feliz (los sesentas en palabras de Ospina) y de purgar las prácticas obstinadamente acomodaticias en las que insisten los acostumbrados al caudillismo y la corrupción. Empero, en la medida en que nosotros no asumimos nuestro lugar en la cadena de generaciones, ellos lo hacen a medias, si es que lo hacen. Ellos, ustedes y nosotros vemos cada vez menos luz en el horizonte, nos sentimos cada vez menos capaces de transformar algo de esta temible realidad, resignándonos a asumir que no estamos en una larga pesadilla, aceptando lo que hay como única verdad posible. ¡Cuantas caras largas se dejan ir por los vagones apretados del espacio público, desconociendo a propósito nuestro papel en el entramado social que sostiene las prácticas políticas que tanto denigramos!

No vale la pena culpabilizarnos con estas y otras afirmaciones, cuya franqueza demoledora siempre se estrella con el muro de las exigencias cotidianas o los peligros inminentes que acechan el temerario ejercicio de vivir en Colombia. El espectáculo de la celebración del día de la madre en Bogotá, estructurado alrededor de filas de autos ensartados en un atasco interminable, bajo un cielo plomizo y contaminado, con batallones proletarios al servicio de un consumo que lejos está de preguntarse por la actualidad del paro agrario o el proceso de paz, es sólo uno de los paisajes en los que se escenifican el rosario de contradicciones propio de la sociedad colombiana. El quid de la cuestión está más bien en la existencia o no de condiciones que nos permitan sostener una versión de cambio, de progreso, distinta a la que hemos vivido hasta ahora, más eficaz, más incluyente. Nada más peligroso que la depresión como estado del alma, de cara a lo que deberían ser unas transformaciones históricas para el país. Identificados a lo peor, encantados en la labor de rebajarnos y denigrarnos como colectivo, asentados en la creencia de que nada va a cambiar. Parece que estamos peor, ¿lo estaremos mucho más?

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