A propósito de los recientes debates sobre la educación en Colombia, muchas han sido las voces críticas y los análisis formulados, en especial con respecto a lo que sucede en la Educación Superior. Bajo el lente de los medios de comunicación y los servicios de estadísticas globales emergen con diversos grados de nitidez situaciones otrora naturalizadas, que inauguran un juicio a la educación articulado al cuestionamiento de creencias, imaginarios y prácticas incrustados en el centro de nuestras contradictorias identidades. En este contexto, cabe retomar la discusión sobre la relación causal entre educación y desarrollo (con todos los matices que implica esta última categoría), en virtud de la cual el sistema educativo pasó a ser objeto de un escrutinio público,con resultados no siempre favorables a la transformación deseada.
Desde la perspectiva del desarrollo, que en nuestras sociedades ha sido un asunto meramente económico, la educación asume el estatuto de un servicio que es al mismo tiempo producto e insumo para la conservación del sistema capitalista. Los informes de los organismos internacionales y las instituciones estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX evidencian de manera concreta la apuesta y la exigencia de sostener un modo de producción que funda su éxito en el vínculo formal con la plusvalía. Así, al identificar la utilidad del histórico papel de la educación como reproductora de valores y normas sociales (como es el caso de los medios de comunicación, la religión y el arte), la educación empezó a vislumbrarse como un instrumento que, calibrado del modo correcto, proporcionaría los medios adecuados para garantizar la revitalización del mercado siempre que fuese necesario.
El discurso de las competencias, hecho modelo educativo y criterio de habilitación ocupacional, es tan sólo la punta de lanza de un programa político transnacional que ha logrado culminar la aspiración cientifista de la modernidad. Al hacer medible y cuantificable todo lo relacionado con el fenómeno educativo es posible pasar de la episteme a la técnica, estándarizando el conocimiento, los recursos y las estrategias de enseñanza y aprendizaje en continuidad con los objetivos de las empresas y gobiernos. Sin ánimo de satanizar la incorporación de las competencias como elemento rector de la planificación educativa, llaman la atención las formas y los alcances que toma este discurso, que incluye su propia crítica (lanzadas tanto al sistema, como a sus operadores y a la misma concepción de desarrollo) y que encuentra en la virtualidad al mejor aliado. Si bien lo que se espera es que con este tipo de referentes fuera posible controlar todas las variables involucradas para hacer de la educación institucionalizada un verdadero trampolín de la economía, esto no ha sucedido. Desde la Primera Conferencia de la UNESCO sobre Educación Superior en 1998 hasta hoy, los resultados no han supuesto ni el fortalecimiento de la economía mundial ni la solución de los tres retos claves establecidos en aquella ocasión: calidad, gestión y financiación y pertinencia. Lo anterior es particularmente signiticativo para los llamados países en sub y vías de desarrollo. En el caso colombiano, los avances en calidad y pertinencia se ven opacados por las consecuencias de la ampliación de la cobertura que sobrecarga al sistema, haciendo insostenible una verdadera reforma, que reconozca a profundidad las coordenadas socioculturales y económicas que implica.
En este contexto, estudiantes y profesores se erigen como los grandes responsables de los malos resultados académicos obtenidos tras décadas de trabajo, compromisos gubernamentales, generación de políticas públicas e inyección de recursos. Junto con la promoción de los trastornos de aprendizaje, la disfuncionalidad de las familias, las alteraciones neurológicas y los problemas de comportamiento, se amplía el rosario de quejas que pone en la mira a los profesores, señalando su incompetencia, sus características personales o su desconocimiento sobre las técnicas y los saberes idóneos para el desarrollo de las sociedades contemporáneas. Se constituye entonces un ideal de profesor, forjado a partir de modelos más propios del ámbito empresarial. Por supuesto, un análisis amplio de esta situación seguramente ya ha sido trabajado, planteando desde una perspectiva sistémica y sociocultural un abordaje que no se centra en los productos, sino en los actores, el contexto, los medios y el sentido de lo que se enseña. Empero, cabe señalar algunos puntos con respecto a la situación de la educación superior que evidencian la contra-dicción del sistema, precisamente en lo que se supone debe ser uno de los pilares fundamentales: los docentes.
Es cierto que las coordenadas de la enseñanza universitaria han cambiado radicalmente en los últimos años, pero ¿serán esas transformaciones (en parte) síntomas del modo perverso en que se moviliza el sistema? El catedrático de hoy debe ser formador, resolver las necesidades de su estudiante, ser atractivo, vendedor, amable, paciente, actualizado y emprendedor. Atrás quedaron las concesiones a la genialidad del investigador o el interés por hacer del estudiante un sujeto responsable de su proceso académico. En presencia de la falla es el docente quien debe hacerse con las herramientas de la gestión de la calidad para arreglar el desperfecto y garantizar el acceso del estudiante a su titulación. Padres, estudiantes, gobierno e instituciones encuentran en aquel que no materializa el ideal un chivo expiatorio para justificar lo que los medios llaman una catástrofe.
Por un lado, entonces, están los aspectos inherentes al rol y (por qué no) el ser del profesor. Quien enseña se ubica en ese lugar porque tiene qué enseñar, maneja-crea-modula los medios para hacer realidad el aprendizaje de sus estudiantes y mantiene vivo el deseo de aprender y de enseñar, teniendo como referente lo que sucede en el mundo a nivel económico, político y social. Ese es, al menos, uno de los axiomas de las instituciones, que en sintonía con las demandas de la calidad y la pertinencia, buscan en el profesor un gestor-investigador-consejero capaz de conectar al estudiante con las dinámicas de su comunidad y de su tiempo. En sí misma es una afirmación plena de sentido y buenas intenciones, que desafortunadamente pierde oportunidad y verosimilitud cuando se pone en práctica, en medio de una relación contractual donde el estudiante tiene el privilegio de ser el cliente mientras que el docente es mano de obra en sobre oferta, que ante todo debe procurar mantener un puesto. Es en este escenario que el ideal de un docente modelo es el exitoso conferenciante de TED o donde cientos de profesionales insisten en hacerse docentes aunque no tengan vocación ni ningún interés pedagógico. El precio no se hace esperar: las quejas, las enfermedades laborales, las frustraciones, la indiferencia: la precariedad de la carrera docente y la mediocridad, que en muchos casos surge de condiciones socioeconómicas específicas que aceleran el desprestigio y la banalización de la educación.
Trabajemos por ser mejores educadores, pero también cuestionemos la deontología mercantil del docente y hagamos resistencia a las imposiciones empresariales que ponen en entredicho el sentido de la formación teórica y humana. Que las apuestas de la educación universitaria no se conviertan en su propia negación y que el parámetro de un ejercicio docente de excelencia no sea sólo la popularidad o la simplificación del conocimiento que proporciona. Si algo debe mantener el ejercicio docente y la enseñanza universitaria es el desafío, suscrito por cada uno de los actores, de trascender el espacio de su propia comodidad para hacer del viaje del conocimiento algo grande.
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