sábado, 25 de enero de 2014

Del transporte público y otras fronteras urbanas. Algunas reflexiones.

Una estación de Transmilenio, un día laboral cualquiera, hora pico-hora valle. De vuelta a casa, una mujer de mediana edad espera el articulado con el temor de quien ha cruzado la frontera de lo desconocido. El trabajo laha llevado a un sector de la ciudad estigmatizado y marginado, un lugar de paso necesario instalado en el imaginario de los bogotanos como una insaciable fuente de terribles mitologías. Es una escena corriente pero compleja. Sobre el lienzo del millón setecientos mil de usuarios que se transportan por este medio diariamente se trazan las marcas de los prejuicios, las preocupaciones, las indiferencias y las fragilidades que hacen a la realidad de la ciudad.

La pobreza es evidente y se viste de ladrillo; los batallones de vigilantes, personal de servicio, parches urbanos y algunos escolares se disputan el mínimo espacio vital disponible, paladeando la angustia de las horas que todavía los separa de su destino. Es una cotidianidad ajena, aunque las tensiones y las incomodidades tengan los mismos efectos para todos. Son esos los matices propios de un sistema construido para atravesar sin distinciones lo largo y ancho de la ciudad. Aunque el porcentaje de bogotanos pudientes que usan transporte público no es comparable con el de usuarios de estratos 2 y 3 (Cámara de Comercio, 2012), la opción de circular sin restricciones abre la puerta a la mezcla. Cuando son ellos las respuestas de los que se consideran ciudadanos bien van desde la indignación hasta la indiferencia. Tal vez el miedo a contaminarse del fantasma terrible de la pobreza alimente las reacciones más virulentas e inhumanas. Los extranjeros, en todo caso, han aprendido a camuflarse o a servirse del golpe de efecto de su presencia. Saben de su punto débil y algunos lo aprovechan. Hacen valer su experiencia de vida, no se dejan; la consciencia de que el espacio no está por natura parcelado por estratos -más allá de lo que el Departamento de planeación diga- anima una re/des-colonización socialmente censurada que le lleva la delantera al ritmo lento de las anquilosadas mentalidades capitalinas.


Las reglas del sistema señalan el reverso de la moneda, el de los que abandonan sus barrios confortables para acceder a sus puestos de estudio y de trabajo, ubicados a su pesar en medio de la verdadera jungla de asfalto. La prohibición de personas en actividades que den sensación de inseguridad nombra con justeza el sentimiento que embarga a los que pasan el cerco, quienes independientemente de su real situación económica no tienen ningún interés en camuflarse. Su aparente autoconfianza proviene de una superioridad inexistente, una dignidad imaginaria forjada por los discursos de segregación que estructuran nuestra realidad social desde la colonia. Como bien lo subraya Quijano (2000) a propósito de "la colonialidad del poder y la clasificación social", fue en la conquista donde las diferencias fenotípicas se interpretaron como diferencias raciales, morales e intelectuales, extendiéndose como ideología por todo el mundo; traducido a  nuestra realidad más de cinco siglos después, esto implica todavía hoy la asociación entre color de piel, vestimenta y aspectos como la forma de la cara con una supuesta pulcritud moral y una pureza social. El transgresor obligado se aferra a las diferencias mínimas, otea la maldad en los rostros bronceados y oculta sus insignificantes pertenencias diciéndose a sí mismo que si estuviera en su zona no le pasaría nada. Este viajero se ofende con los colados que se suben sin pagar a la estación, critica a los vendedores, se aflige con los cantantes que piden limosna, se cree habitante de una ciudad imaginaria con un código de urbanidad impoluto, donde estas prácticas no existen.


Cuando regresan a sus casas unos y otros, ustedes y nosotros, recobran el flujo de sus habituales identidades políticas, centradas en los intereses particulares y fundadas en el rechazo visceral a la diferencia. Las fronteras urbanas se hacen más visibles al abrigo de la noche, reiterando un orden ficticio que ni la economía, ni la administración distrital ni el Estado se interesan por impugnar. La movilidad, el transporte público, el aumento exponencial de carros, el estado de la malla vial, entre otros, se revelan como temas prioritarios con la potencialidad de horadar  o fortificar las profundas brechas sociales que hacen la cotidianidad de la ciudad que en el abandono todavía se resiste a la debilidad mental e insiste en encararnos de múltiples maneras con lo más real del lazo social.

Referencias
Cámara de Comercio de Bogotá (2012). Resultados de la encuesta de percepción de usuarios sobre las condiciones del servicio y la calidad de transporte público en Bogotá. Recuperado de la fuente: http://camara.ccb.org.co/documentos/11180_percepciondeltransportepublicoenbogota2011.pdf

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder y clasificación social. Journal of world-systems research, vi, 2, summer/fall 2000, 342-386. Special Issue: Festchrift for Immanuel Wallerstein – Part I.

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