Una estación de Transmilenio, un día laboral cualquiera, hora pico-hora
valle. De vuelta a casa, una mujer de mediana edad espera el articulado con el temor de quien ha cruzado
la frontera de lo desconocido. El trabajo laha llevado a un sector de la
ciudad estigmatizado y marginado, un lugar de paso necesario instalado en el
imaginario de los bogotanos como una insaciable fuente de terribles mitologías.
Es una escena corriente pero compleja. Sobre el lienzo del millón setecientos
mil de usuarios que se transportan por este medio diariamente se trazan las
marcas de los prejuicios, las preocupaciones, las indiferencias y las
fragilidades que hacen a la realidad de la ciudad.
La pobreza es evidente y se viste de ladrillo; los batallones de
vigilantes, personal de servicio, parches
urbanos y algunos escolares se disputan el mínimo espacio vital disponible,
paladeando la angustia de las horas que todavía los separa de su destino. Es
una cotidianidad ajena, aunque las tensiones y las incomodidades tengan los
mismos efectos para todos. Son esos los matices propios de un sistema construido
para atravesar sin distinciones lo largo y ancho de la ciudad. Aunque el
porcentaje de bogotanos pudientes que usan transporte público no
es comparable con el de usuarios de estratos 2 y 3 (Cámara de Comercio, 2012),
la opción de circular sin restricciones abre la puerta a la mezcla. Cuando son
ellos las respuestas de los que se consideran ciudadanos bien van desde la indignación hasta la indiferencia. Tal vez el miedo a contaminarse del fantasma terrible de la pobreza alimente las
reacciones más virulentas e inhumanas. Los extranjeros,
en todo caso, han aprendido a camuflarse o a servirse del golpe de efecto
de su presencia. Saben de su punto débil y algunos lo aprovechan. Hacen valer
su experiencia de vida, no se dejan; la
consciencia de que el espacio no está por
natura parcelado por estratos -más allá de lo que el Departamento de
planeación diga- anima una re/des-colonización socialmente censurada que le lleva la
delantera al ritmo lento de las anquilosadas mentalidades capitalinas.
Las reglas del sistema señalan el reverso de la moneda, el de los que
abandonan sus barrios confortables para acceder a sus puestos de estudio y de
trabajo, ubicados a su pesar en medio de la verdadera jungla de asfalto. La
prohibición de personas en actividades que den
sensación de inseguridad nombra con justeza el sentimiento que embarga a
los que pasan el cerco, quienes independientemente de su real situación
económica no tienen ningún interés en camuflarse. Su aparente autoconfianza
proviene de una superioridad inexistente, una dignidad imaginaria forjada por
los discursos de segregación que estructuran nuestra realidad social desde la
colonia. Como bien lo subraya Quijano (2000) a propósito de "la
colonialidad del poder y la clasificación social", fue en la conquista
donde las diferencias fenotípicas se interpretaron como diferencias raciales,
morales e intelectuales, extendiéndose como ideología por todo el mundo;
traducido a nuestra realidad más de cinco siglos después, esto implica todavía hoy la asociación entre color de piel, vestimenta
y aspectos como la forma de la cara con una supuesta pulcritud moral y una
pureza social. El transgresor obligado se aferra a las diferencias mínimas,
otea la maldad en los rostros bronceados y oculta sus insignificantes
pertenencias diciéndose a sí mismo que si estuviera en su zona no le pasaría nada. Este viajero se
ofende con los colados que se suben
sin pagar a la estación, critica a los vendedores, se aflige con los cantantes
que piden limosna, se cree habitante de una ciudad imaginaria con un código de
urbanidad impoluto, donde estas prácticas no existen.
Cuando regresan a sus casas unos y otros, ustedes y nosotros, recobran
el flujo de sus habituales identidades políticas, centradas en los intereses
particulares y fundadas en el rechazo visceral a la diferencia. Las fronteras urbanas
se hacen más visibles al abrigo de la noche, reiterando un orden ficticio que
ni la economía, ni la administración distrital ni el Estado se interesan por
impugnar. La movilidad, el transporte público, el aumento exponencial de
carros, el estado de la malla vial, entre otros, se revelan como temas
prioritarios con la potencialidad de horadar o fortificar las profundas brechas sociales
que hacen la cotidianidad de la ciudad que en el abandono todavía se resiste a
la debilidad mental e insiste en encararnos de múltiples maneras con lo más
real del lazo social.
Referencias
Cámara de Comercio de Bogotá (2012). Resultados de la encuesta de percepción de usuarios sobre las condiciones del servicio y la calidad de transporte público en Bogotá. Recuperado de la fuente: http://camara.ccb.org.co/documentos/11180_percepciondeltransportepublicoenbogota2011.pdf
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder y clasificación social. Journal of world-systems research, vi, 2, summer/fall 2000, 342-386. Special Issue: Festchrift for Immanuel Wallerstein – Part I.

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