De golpe, advertí que esa necesidad imperiosa de agradar a otros, aunque no nos agraden, no es tanto una enfermedad como un rasgo específico de quienes nacemos y vivimos aquí. A la sombra de Monserrate y de un pasado colonial mezquino, se gestan los hábitos que nos han alejado de lo esencial de nuestra naturaleza y nos han llevado irremediablemente a renegar de la ciudad, de la vida misma. A continuación me permito hablar de algunos, sabiendo de antemano la trampa a la que están expuestos los aspirantes a catálogos: pretender decirlo todo de todo. Consciente de este problema me lanzo a mi primer asalto, intentando responder en el fondo la pregunta que más allá de las pésimas administraciones me estoy haciendo todos los días: ¿por qué me resulta cada vez más insoportable vivir en Bogotá?
Vicio número uno, la envidia. Como bien lo dice Ricardo Silva en su Libro de la envidia, el disgusto por el bien ajeno que otros disfrutan se convierte en un sentimiento que zahiere el juicio de la más sensata de las personas, al punto de envidiar lo que ya se tiene por el simple hecho de que el otro lo tiene también. La envidia lesiona nuestro sentido de humanidad, afectando la manera en que nos relacionamos y la capacidad de disfrutar la felicidad propia y la del vecino. En una ciudad envidiosa la felicidad ni puede ser el fin político primoridal, porque apenas nos acerquemos a ella siempre estaremos dispuestos a estropearla para evitar que otro la goce, aún cuando eso también me beneficie. Vicio número dos, la mediocridad. A menudo me preguntan, particularmente estudiantes universitarios, por qué deben hacer las cosas correctamente si los demás no lo hacen así y siempre les va bien en la vida. Derivado de la envidia, este hábito se gesta en la aptitud para vivir a imagen y semejanza del prójimo, incluso cuando a todas luces sus métodos resulten incompatibles con los principios o las consideraciones que estimamos más valiosas. El popular dicho si a Roma fueres haz lo que vieres toma aquí unas perversas proporciones, denunciando nuestro rechazo a la autonomía y confirmando que el alcance del propio esfuerzo va hasta donde termina el del otro,
Vicio número tres, la cobardía. La cotidianidad de Transmilenio, por nombrar sólo un escenario, me ha mostrado hasta la saciedad el efecto nefasto de este vicio, que muy a mi pesar me ha dejado inmóvil frente a todo tipo de actos que van en contra de la integridad de las personas y del patrimonio público. Jóvenes pateándose orgullosos por pertenecer a equipos enemigos, robos, injurias, gente arriesgando su vida por entrar al sistema sin pagar... la lista es larga. Empero, cuando soy testigo no puedo sustraerme del temor real a ser violentada si hago patente mi rechazo, si intervengo o si busco ayuda para hacer algo. En los rostros de otros percibo el dolor por esa cobardía adaptativa y alcanzo a escuchar en sus gestos la voz reprobatoria que al menos reconoce que está mal, que no deberíamos actuar así, que alguien debería hacer algo para detenerlo. La comunidad de cobardes se pacta con un ligero movimiento de cabeza y la contracción de los labios, en los que nos amparamos para seguir nuestro camino y hacer como que no vivimos en una ciudad donde la posibilidad de cambios genuinos parece más lejana.
Vicio número cinco, el resentimiento. Como resultado de la insoslayable necesidad de fingir cualquier cosa [que no me importa, que no me duele, que no me da envidia, que soy de mejor familia, que me las sé todas, que no me dejo, que aprovecho el papayazo, que soy perfecto, que soy fino, que nunca pierdo, que no veo nada, que lo veo todo, que lo puedo todo...] conduce a la acumulación de un sentimiento viscoso que termina alimentando todo lo que hacemos, todo lo que somos. El resentimiento nos hace mezquinos en todas sus acepciones, nos nubla los sentidos, contamina nuestros más sinceros sentimientos, mina nuestra fe en la vida. El resentimiento, las más de las veces motivado, infecta sobre todo nuestra capacidad para cuidar y respetar al semejante, porque en virtud de nuestra rabia asumimos que los otros también tienen que pagar y pasar por el camino que nos ha traído a ese pantano emocional donde nos hemos quedado atrapados, porque si a mi me tocó a usted también... y de malas chino, porque así es la vida. Los hábitos están detrás del vicio y de la virtud, ambos son resultado de la decisión humana. ¿Cómo hacer para que esa decisión que solo depende de cada uno movilice una bogotanidad de verdad más humana?

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