domingo, 23 de marzo de 2014

La colombianidad: Nuestro saco de boxeo

Con cierta perplejidad reviso las entradas de redes sociales, comentarios de lectores y artículos periodísticos de las últimas semanas, admirada del inagotable acervo de insultos, quejas y reproches contra la absoluta incapacidad de los colombianos, única y exclusivamente por ser tan colombianos. Cualquier situación, independientemente de su calibre, es excusa para extender un memorial de agravios, que lejos de detenerse en nuestras fronteras parece hincharse y encarnarse en los problemas de los vecinos, al punto de achacar la torpeza política de algunos a su probable y oscuro origen colombiano. Nuestra capacidad de disociación es tan efectiva, que sin problema podemos incluirnos como objeto de la serie de improperios, sin siquiera tocar una fibra de responsabilidad o propiciar un mínimo de conciencia de enfermedad frente a lo que nos pasa. ¡Es que los colombianos sí somos brutos! ¿no?
Precisamente esa "brutalidad" plena de sarcasmo fue lo que me puso en guardia frente al placer masoquista de la degradación, deber patriótico por excelencia. La mirada al espejo de nuestra precaria identidad política no sólo interroga la solidez de un proyecto de nación que se ha cosido a retazos de sombreros vuelteados, niños jesuses, tigres, monos, tintos y amapolas; en el fondo, tanto odio taquigrafiado no hace mas sino denunciar la terrible aversión que tenemos por nosotros mismos, por nuestra desidia, por nuestras negligencias cotidianas.

Ya Aristóteles anunciaba lo que nosotros parecemos distinguir con precisión, a saber, que lo extranjero es objeto de admiración y sólo su aire puede apartarnos de lo que creemos común y ordinario. Con esa lección, acaso insertada a golpes desde la conquista, ponemos en el centro de nuestro círculo de racionalidad y capacidad reflexiva aquello que no entra dentro del ajuar de la perfección moral y política, lapidando con todas las fuerzas los errores, los fracasos, los infortunios, las deudas, los rencores, las intrigas y los desengaños que jamás padecerán nuestros parientes civilizados. Incapaces de perdonar la vileza de nuestra propia estampa nos arrojamos al ágora pública como carne de cañon, mientras soñamos con la opulencia de la corte y el carruaje del príncipe que algún día vendrá para salvarnos. Hartos de sufrir por la furia implacable de la miseria, preferimos desgranar nuestras frustraciones cerrando los ojos a los efectos devastadores de un discurso, que hace de esta realidad un destino ineludible. Cada intento de cambio certifica la impotencia, legitimando el poder de las instituciones tradicionales, la explotación de las multinacionales y garantizando la existencia de nuestro colectivo como un grupo de individuos sin lazo alguno entregado a la negación y la indiferencia. Al final del día lo que duele no es que haya corrupción en la política; al final lo que duele es la envidia y el agravio de no ser el elegido para gozar del mejor pasto, que siempre está del otro lado de la cerca.
En efecto, la negación y la proyección son mecanismos de defensa que utilizamos todos los seres humanos para enfrentar la desgracia y el conflicto. No somos los únicos que denigramos, ni seremos los últimos en identificarnos a lo peor como estrategia para evitar la terrible confrontación, esperando ser reconocidos en tanto víctimas de unas circunstancias frente a las cuales no tuvimos ningún control. No somos los únicos. No obstante, ad portas de un proceso de paz que ha sufrido todo tipo de cuestionamientos, el caos rampante en la mayoría de ciudades del país, la muerte de decenas de animales causada por la sequía en el Casanare, el inevitable nuevo paro campesino, el descubrimiento de petróleo en la Tota y otras genialidades se hace necesario plantear si coger nuestra colombianidad como saco de boxeo va a ser suficiente para pasar por encima de este panorama de adversidades. ¿No es el momento de tomar una posición alternativa, a sabiendas de que escupir la cara de nuestras vergüenzas cada vez que algo sale mal no hace la diferencia?
Por supuesto que la crítica es bienvenida y sana, especialmente cuando nuestra capacidad de contarnos mentiras y de "echar globos" nos llevan de lo peor a lo mejor sin siquiera intervención del principio de realidad. Quedarnos en silencio es tan complaciente como cogernos a piedra, con el agravante de que ni siquiera nos tomaríamos el tiempo de hacer un alto y reconocernos en nuestra fragilidad. Visibilizar las condiciones y los determinantes que están detrás de los flagelos estructurales y coyunturales de nuestra sociedad nos acerca un poquitico a esa ideal función de control político que deberíamos asumir como ciudadanía, de tal suerte que podamos velar por el uso adecuado de los recursos de la nación sin esperar que esa proeza redunde en la obtención de algún beneficio personal. En ese sentido, debemos permitirnos mirar más allá y más acá de nuestras manos cansadas de luchar contra la corriente, quitarnos los guantes y la pose de santos para dejarnos sensibilizar por nuestras propias desgracias, arriesgarnos a ser consecuentes con los trinos altisonantes y las predicas morales que publicamos cada día, darle la pelea a la indiferencia sempiterna en la que se asienta nuestra colombianidad. Pueda ser que con las manos más desocupadas y una valoración más justa de nosotros mismos  enfrentem
os la tarea de construir un país capaz de soportar la diferencia, solidario, confiado en sus propias capacidades, que se merece tanto y más de lo que podemos aportar sus habitantes.





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