La pregunta desprevenida de un viejo amigo, ahora argentino residente, dio en el blanco de mi "bogotanidad", poniendo en evidencia lo que a veces siento como una tendencia generalizada: la negación de nuestra ciudad como objeto de interés. -¿Qué hay para ver en Bogotá?- me tomó por sorpresa, no sólo por la falta de recursos para responder sino porque sinceramente no creí que esta urbe caótica y desigual despertara algún tipo de goce vouyerista. En sus entrañas, gestadas por el automatón solar y el metrónomo del atasco, de las enormes filas de carros, transmilenio, la pobreza, la basura, las obras inconclusas, la inseguridad... ¿es posible encontrar algo de belleza?
Luego de las recomendaciones habituales, hechas más a partir de internet que de la propia experiencia, dejé el asunto de mi amigo para aplicarme en resolver esa pregunta, que como todo significante me llevaba a otra y a otra, hasta poner contra la pared todas mis certezas existenciales.Y es que cuando el lugar de residencia se hace función de las circunstancias del nacimiento, la familia o el trabajo, termina uno viviendo por inercia, dejándose llevar por la corriente de la queja, el desencanto o la vergüenza, sin asumir un poco de la responsabilidad que implica la elección forzada de vivir aquí. En la rutina y sus variaciones se anida una experiencia estética rebelde a los lugares comunes, pulsátil, febril, espontánea, que sin alardes va echando raíces en las subjetividades y los cuerpos que habitan (habitamos) la ciudad.
La impresionante fuerza del paisaje sorprende en cualquiera de sus puntos cardinales, pasando de la suma paz del páramo a la intensidad cromática de los jardines, la variedad de especímenes vegetales o el agónico leimotiv de los últimos urapanes. De los humedales y los ecos ancestrales del occidente remontan a los cerros una legión de seres fantásticos, recorriendo las marcas de los hilos de agua que otrora viajaran en sentido contrario, empeñados en entregar al vigoroso río Bogotá sus cuerpos cristalinos. Estas trayectorias, prófugas en una ciudad traumatizada con su ser de agua, proyectan en el plano puntos verdes en los que todavía puede sentirse la fuerza eterna de la naturaleza y su rechazo a la urbanización progresista.
Junto a los cerros, sean verdes o de ladrillo, están las piedras, las de los monumentos y las de los lienzos, tanto de los orgullosos murales como de los grafitis improvisados. La oportunidad del arte no sólo pasa por los heroicos museos o las exclusivas galerías; está en las esquinas, en el circuito arquitectónico que resiste a la construcción ecléctica y desmedida de los últimos cincuenta años, en el mensaje de un individuo o un colectivo apasionado por el color y los simbolismos, en los instantes preciosos del encuentro, la música, la escultura, la poesía. Del ignorado monumento de Banderas hasta la estoica Rebeca, los testigos de Salmona, las iglesias coloniales, las bibliotecas, el tejido, la artesanía, de los alambres de la 100 con 18, emergen con desenfado decenas de presencias geniales todas conscientes de lo perecedero de su destino.
A la mitad de este ejercicio, que lejos está de la pretensión de los grandes monumentos o las postales portentosas, entiendo que incluso con la mejor de las intenciones cualquier apuesta por contar la ciudad desde una aspiración a la totalidad es una traición. Por el contrario, siendo lo singular y lo finito del propio deseo el único medio real para vivir su ambajes la experiencia de Bogotá, resulta necesario aferrarse a lo inconcluso y relanzar en la soledad de cada uno el impulso de tragarse cada lugar hasta la última de sus miserias. Muy a mi pesar, enseñado a imprecar los mil defectos de esta ciudad de nadie y a lamentarse por la descarada explotación político-administrativa a la que ha estado sometida, encuentro en mis itinerarios al agalma del que me enamoro y me desenamoro. Una urbe F (fractal, frágil-fantasmagórica) que en el suspiro y en el resuello de los casi 10.000 millones de almas exhala lo más parecido a la belleza, con lo doloroso y lo mágico que ella me trae.


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