viernes, 19 de junio de 2015

El deseo de aprobación: una enfermedad silenciosa

La cotidianidad bogotana es, en muchos sentidos, un terreno fértil para la identificación de esos gestos mínimos en los que yacen las claves de nuestro dolor y nuestra miseria. Más allá de los grander cánceres que desangran al país, se dejan ver actitudes y acciones silenciosas con las cuales se teje un complicado lazo social. En ese panorama, el deseo de aprobación se perfila como uno de los lunares más negros de nuestra forma de hacer vínculo; algunas veces toma la forma de una actitud regalada y sumisa, dispuesta al sacrificio de todos los valores y las creencias propias para poner en el podio más alto a cualquiera que ostente un signo de supuerioridad, otras veces de imposición, de frases hechas y agresividad ramplona materializada en los famosos "¿usted no sabe quien soy yo?". Si hay una actitud más característica de nuestra colombianidad, esta es la expresa la necesidad enfermiza de ser aceptados sin que haya ninguna sombra de crítica o de desacuerdo. Por eso el deseo de aprobación se convierte en una fuerza secreta que media nuestros comportamientos en cualquier contexto; una cabeza moviéndose afirmativamente, una sonrisa de oreja a oreja o el popular pulgar arriba son unos refuerzos exiguos con los que se alimenta nuestra frágil autoestima y autoafirmación.

Miremos el caso más patético, la actitud regalada. El sujeto en cuestión se deshace en halagos y regalos cuando aquel a quien desea impresionar baja de su nube para dirigirle la palabra. Sin importar si lo están humillando u ofendiendo, o mejor por eso mismo, el sujeto se limita a asentir, justificar y sancionar a los que se atreven a interrogar la escena. El encuentro con un extranjero o un compañero con mejor sueldo, con el padre de familia, la mujer de la casa, el jefe, el jefe del jefe, el secretario del jefe del jefe del jefe.... mejor dicho cualquier pelagato, termina siendo una ocasión para pobretearse y entregarse al ejercicio adulatorio mendigando cualquier gesto que nos haga sentir parte de la invisible comunidad de zalameros. Terminamos encumbrando a gente que ni lo merece sólo para evitar que piense mal de nosotros y no caer del podio de sus preferidos. Acaso lo más patético sea que estos lameculos se jactan de autoridad, señalando a otros lameculos como ellos con la mayor dureza e indignación.

Una variación de esta versión es la del indiferente social, que aparentemente tiene estructura de teflon (todo le resbala) pero que se esconde tras su imparcialidad para evitar tener problemas con alguién y perder su aprobación. Más vale que todos le tomen por un sujeto tranquilo a que alguno le reclame algo o descubra su incapacidad para asumir un punto de vista hasta las últimas consecuencias. El indiferente social tiene miedo de cualquier confrontación y por eso se escabulle, quedando bien con todos y guardando silencio todo el tiempo.

El otro caso, el caso extremo es del pretencioso violento, que se convence de usar la fuerza para imponerse sobre los demás, a veces simplemente con sus puños otras con inventos. Se trata del caso más peligroso pero también el más vulnerable, porque expone a flor de piel sus necesidades y su incapacidad para lograr lo que quiere por medios que dejen ver la calidad de sus talentos. Imponer la aprobación para evitar consecuencias negativas o ganar algún beneficio al final solo es síntoma del vacío que habita la tiranía y la extrema necesidad de un público para ser alguien en la vida.

Sea uno o sea el otro, lo cierto es que nacer, crecer y vivir en el deseo de aprobación no ha hecho más que convertirnos a la religión de la hipocresía y la acriticidad, muy lejanas de la tolerancia y el respeto, pero terríblemente cercanas al fundamentalismo, la violencia, el clasismo y la exclusión. Tanto tenemos que aprender de quienes se han librado de esta enfermedad silenciosa, que pueden aceptar y dar una crítica sin intenciones de dañar a nadie y viven su felicidad sin esperar que el guiño de cualquiera les de la seguridad y la firmeza para hacerlo.


martes, 24 de febrero de 2015

Una cuestión de conciencia ciudadana

En año de elecciones, con un proceso de paz que no parece avanzar, hundidos en una difícil situación económica y con crisis en salud, educación y desarrollo social, el panorama pinta desalentador. Cada vez toma más consistencia la sensación de inmovilidad, de decadencia, que termina por legitimar actos de violencia de todo tipo, haciéndolos parte del paisaje. La muerte violenta de niños, jóvenes, adultos y ancianos, la inseguridad, la pobreza y el hambre no son hechos naturales a los que tenemos que acostumbrarnos; son realidades inaceptables que podemos transformar. Pero esta verdad se hace humo en los desfiladeros de la cotidianidad, que termina siendo el argumento indiscutible para reivindicar una amplia gama de prácticas en las que se sostiene la corrupción, la desigualdad, el rechazo a la alteridad y el borramiento efectivo del otro. Porque la vida es dura hay que colarse en Transmilenio, terminar de dañar el sistema de transporte público, botar basura donde caiga, empujar al vecino, insultar al conductor que se me atraviese, apuñalear y robar al que pueda, hacer "conejo", quedarme con unos pesos de mas, incumplir los pactos, etc., etc., etc. La costumbre de hacer pasar por el ojo de la aguja una voluntad del tamaño de un camello cuando hay maneras más fáciles y conciliadoras de funcionar, se instala como la manera predilecta de resolver nuestros problemas.

Acudir a las mismas estrategias y esperar resultados distintos se suma a otras formas de locura que son en últimas una suma de condiciones sociales estructurales bajo las cuales se hace difícil (por no hablar de imposibles) vislumbrar un cambio real. La incapacidad de autocrítica constructiva, la necesidad de buscar chivos expiatorios para no asumir responsabilidades, el desconocimiento de otros puntos de vista y la poca argumentación de los propios son algunos de los yerros constitutivos de nuestra sociedad, claves para entender el recurso a la violencia, la trampa y la indiferencia como maniobras de supervivencia. Desde los más ricos hasta los más pobres, casi siempre bajo la invocación de algún refrán divino o simplemente en su nombre, asumimos como códigos de vida prácticas relacionadas con alguno de estos aspectos, defendiendo con justificaciones amañadas su ejercicio en toda situación que nos desfavorezca. Esto en el marco de una situación socioeconómica tan compleja como la nuestra hace más engorrosa la tarea de plantear cambios fundamentales que no sólo le apunten a una distribución de los recursos más justa y la restitución nuestros derechos, sino que le den lugar a la diferencia, a la convivencia, al reconocimiento del otro.  
¿Qué hacer con un país, con una sociedad en estas condiciones? ¿Cómo construir vínculos y escenarios sociales más vivibles si no encontramos en los mecanismos institucionales caminos para movilizar liderazgos animados por el interés común? Si la política no parece ser la vía para generar las transformaciones sociales que requerimos con urgencia, entonces ¿qué hacer? Frente a estas preguntas, como bogotana promedio que trabaja, invierte al menos cuatro horas diarias en transporte y no está vinculada a organizaciones sociales la única respuesta que se me ocurre es volver a la autoconciencia, liberada de promesas paradisiacas y tormentos religiosos como respuesta. Fomentar la reflexión interior y apostarle al reconocimiento de la responsabilidad subjetiva en la construcción del país que queremos hasta hoy se me plantea como una opción real de cambio, que si bien no tiene efectos de gran magnitud al menos me permiten tomar la palabra frente al rosario de atropellos y sinrazones que vivimos y vemos todos los días.
No puedo mentir, cada vez que oigo de un asesinato, veo a un habitante de calle o a cualquier persona removiendo la basura buscando algo de comer o algo que vender convulsiono del dolor y de la ira. Me duele caminar entre tanta basura, sufrir la trituradora humana que es Transmilenio, temer un atraco en cualquier esquina, ver como policías y bachilleres se saltan las reglas, asumen sobornos como si nada y fomentan la ilegalidad. No soporto el maltrato cotidiano a las mujeres, a todo lo que suene diferente, la indolencia de las instituciones, la doble moral de una sociedad que habla de calidad y busca cualquier táctica para ahorrar dinero. Me duele la ciudad, el país, la gente.

Por eso mismo, sabiendo que si me dejo inundar de tanta oscuridad e impotencia me muero, le apuesto a la conciencia, a la conciencia ciudadana como mi bandera para contribuir a las transformaciones que espero algún día materialicemos: trato de conocer diferentes puntos de vista, hago lo posible por defender la integridad del sistema de transporte, no boto basura y a veces recojo la que puedo, no doy limosna, pago impuestos aunque me torture la corrupción, no compro carro... no voto por interés, no tomo el camino más fácil si eso implica pasar por encima de otro, ayudo cuando puedo sin reservas. Se trata de acciones concretas en las que cifro mi compromiso, sin esperar que me premien ni que me imiten, pero tampoco haciendo porque sí lo que otros hacen o lo que siempre han hecho para obtener beneficios. 
No es fácil e incluso puede sonar demagógico apostarle a la conciencia ciudadana; no es una solución mágica, es una alternativa más. Sea cual sea la que usted elija, ojalá escoja una. Hacer resistencia a este entramado invisible es hoy, como todos los días, una necesidad, una urgencia y una responsabilidad que nos debemos -nos merecemos-. 
   

domingo, 4 de enero de 2015

Crónicas de viaje: La Divina Providencia

“Es un paraíso”, “una tierra virgen”- me dijeron-. La aproximación dialogada a Providencia, una pequeña isla al norte del país no hizo más que anticipar para mí un encuentro mágico, tal vez idealizado por la necesidad de conservar un espacio limpio en una geografía desangrada por la violencia, la injusticia y la pobreza. Cautivada por el atractivo imaginado de sus playas, sus aguas cristalinas y sus verdes parajes, me embarqué en procura de una promesa de descanso absoluto, que además de cumplirse me abrió los ojos a la realidad con muchos matices. Al llegar allí me impactó de entrada la comparación que sus mismos pobladores hacen con San Andrés, su hermana mayor. El acelerado crecimiento demográfico (de las motos, de los carros, de las basuras) y la desmesurada explotación económica de la isla, han devenido en una terrible enfermedad que Providencia espera mantener a 75 km de distancia. San Andrés está corrompida, es ruidosa, insegura, decadente. Providencia, bastante más pequeña, pretende preservarse de esa contaminación repitiendo como un mantra que no es como San Andrés, no es como San Andrés. De eso no se sabe nada en la capital o más bien se intuye, se afirma de manera superficial.

El viaje comenzó en el puente aéreo, en la silla de un avión, cuando puse a rodar el video promocional de los sitios turísticos del país, siendo Providencia uno de los primeros en lista. Hermosos corales y una fauna marina polícroma invitan al viajero a ponerse la careta para descubrir una riqueza natural sin igual en el Caribe. Con poco conocimiento de causa –apenas he visitado un par de playas en Santa Marta- me entregué a la fantasía, declinando la oferta de San Andrés para dedicarle todo mi tiempo a Providencia, preguntándome qué haría yo si me quedara allá para siempre. Así, sin desconocer los encantos de mi destino, la cuestión de lo que puede ser la vida en aquella isla para quien se queda –no para el turista- se convirtió en un interrogante mudo, que sin darme cuenta orientó todos mis movimientos y observaciones durante la estadía.
Llegué en la mañana, muy temprano, luego de más o menos dos horas y media de vuelo con escala en San Andrés. Desde el aire se apreciaba el colorido del mar y el verde magnífico de la isla, dispuesto como un tapete de diversas texturas sobre dos picos de baja estatura. En el extremo noroccidental despuntaba Santa Catalina con su cabeza de Morgan en uno de sus extremos. creole, que como me dijo la taxista que me llevó al hotel “no lo hablamos con ustedes”. La frontera lingüística que percibí, y que dice mucho de cierta condición de extranjería que los mismos isleños tienen con respecto a la Colombia continental, me evocó un cierto sentimiento de intimidad que aprecié y que me recordó la importancia de la lengua en la constitución de la identidad de un pueblo. Me alegró sentir que la diferencia no es, en este caso, un motivo para el rechazo o la beligerancia. Durante el tiempo que estuve allí su gente fue ejemplo de calidez, de apertura y de confianza, incluso cuando se mostraban particularmente serios o ensimismados en sus labores cotidianas. Ese primer día me sirvió además para confrontar algunos de mis prejuicios de turista que iban desde el temor a ser tumbada, hasta ser orientada inadecuadamente o a resultar involucrada en la adquisición de un servicio sin interés. También tuve que lidiar con cierto rechazo a la estética afroamericana de las amplias gorras y camisetas con logos de equipos de beisbol y básquetbol. Un paseo por un camino cercano a la playa de South West me sirvió para descartar los temores infundados por las largas horas de exposición a la televisión por cable, reconociendo de paso cierto clima de hastío en los jóvenes que me puso a reflexionar.  Los veía sentados en las aceras o en los frontones de las casas bebiendo con música a todo volumen o exigiendo sus motos en el óvalo pavimentado que rodea la isla. No pude evitar sentir un poco de ternura por esas almas inquietas, que al calor de sus hormonas y del ávido deseo de conquista se veían como felinos encerrados en una celda, andando de un lado para otro.
Ya en la pista advertí la belleza de aves desconocidas, tentadas a espiar el aterrizaje de la avioneta de Satena mientras el sol se preparaba para elevarse y calentar con toda su fuerza. Después de un buen descenso, el primer gran descubrimiento para mí tuvo que ver con el lenguaje, el
Luego del paseo y del primer contacto con el mar, empecé a disfrutar de un espectáculo del que pocas veces puedo disfrutar en mi ciudad natal. Atravesando la pantalla de Discovery y National geographic pude gozar de la emergencia de la vida silvestre, conviviendo con la huella humana con cierto grado de libertad. Saurios de diversos colores, cangrejos y aves se me presentaron en el camino, facilitado el proceso de desarme de mis temores urbanos. Estos se fueron desgajando como pétalos hasta permitirme nadar en coexistencia con peces y otros animales que no vi, pero que seguramente hacían parte del tranquilo paisaje. Coronó la experiencia de aquel día el despliegue de una hermosa noche estrellada, como hace mucho tiempo no veía. El cinturón de Orión y la luna saliendo de su fase oscura inauguraron un clima agradable, que según los nativos no se había visto en doce días por cuenta de la presencia de dos frentes fríos en la costa. “Ya se están notando los efectos del cambio climático”, me alcanzó a decir la taxista al referirse a los días de lluvia que precedieron mi llegada. Ese comentario, junto a la apreciación de que en la isla son las mujeres las que más perseveran en alcanzar una formación profesional y en consolidar patrimonio me hizo pensar que me estaba acercando a una realidad social configurada de un modo más consciente, más abierto a la alteridad. La observación me confirmaría después que en esa consciencia convergen prácticas contradictorias, gobernadas por la necesidad de sobrevivencia, el ritmo del tiempo en la isla y las influencias de estereotipos de diversa procedencia que determinan los valores otorgados tanto a sus recursos naturales como al dinero y las posesiones materiales.    
Lo del tiempo es importante. Vivir en el tiempo de las voluntades, marcado fundamentalmente por la pauta de la naturaleza, deriva en una existencia cíclica, relajada, determinada por el retorno de lo real al mismo lugar. En contraste con el tiempo convulso, reducido y fragmentario de la ciudad, los segundos y los minutos allí se hacen eternos, a tal punto que resulta deseable que el reloj ande más rápido y el día se acabe. Al amanecer la jornada se perfilaba como una llanura soleada dispuesta a la imaginación, al atardecer la interminable extensión de su superficie terminaba asfixiándome. Mientras elegía al dormir como salida expedita a semejante estado de parsimonia -que sin embargo me permitió todo el descanso que en la ajetreada cotidianidad no me concedo-, pensé en las sensaciones que puede experimentar una persona que nunca ha salido de la isla, pero a quien la visita de los turistas le habla de un mundo vertiginoso donde el aburrimiento es imposible. La idea de los efectos de la tranquilidad en las personas rápidamente se convirtió en un tema de conversación, que en la voz de una artesana terminó articulándose a una realidad evidente en gran parte de la población nativa sin importar la edad: la obesidad. Tal vez tanta tranquilidad, el uso excesivo de la moto, la posibilidad de almorzar en casa al medio día o la abundancia de dulces y fritos en la dieta isleña sean factores que terminan haciéndose fuertes rasgos de carácter.       

¿Qué hay para hacer en Providencia? El segundo día elegí el recorrido por los alrededores de la isla, la visita a Santa Catalina, Cayo Cangrejo y el avistamiento a la distancia de la barrera de coral de 32 kilómetros que la protege. Fue un hermoso paseo para acercarse a las bellezas del mar y sus siete colores que generó en mí la consciencia de cuidar la fauna y flora del lugar, abandonando la idea de quedarme con algún recuerdo vivo. Nuevamente la amabilidad de su gente, el contacto con los animales y la imponencia del paisaje fueron la nota más alta de la excursión.  Al día siguiente me decanté por la caminata, que ya había ensayado con desplazamientos cortos, pero que esa mañana tenía un propósito preciso: llegar desde mi hotel hasta el centro y ver de cerca las playas de Santa Catalina. Me tomó dos horas cubrir esa distancia. En el primer kilómetro encontré posadas y hoteles de todo tipo a lado y lado del camino, un mercadito operado por una familia de Boyacá pero propiedad de un paisa, alquileres de carros, motos y bicicletas, todo dentro de lo esperado. Letreros en inglés más que en español reiteraron la realidad lingüística de la isla. Uno de esos, que indicaba venta de artesanías, dirigió mi atención hacia una pintoresca casa de madera con un batallón de gatos tomando el sol frente a la puerta. Quise entrar pero el negocio estaba cerrado y en su ventana había un anuncio de venta, que pronto vería repetirse en diferentes propiedades a lo largo del trayecto recorrido.
Tome nota del asunto y seguí, encontrándome luego con el cementerio del sector, muy pequeño y casi abandonado. Las escasas tumbas que vi allí dieron cuenta de una misma característica, que da cuenta de las diferencias de la isla con respecto a la realidad del resto del país: la longevidad de sus habitantes.  La sorpresa que me causó el hecho sencillo de que en este lugar la gente muriera de vieja me dio luego la medida exacta de la banalización de la muerte y de la vida que la cultura de la violencia ha extendido en Colombia. Rato después tendría ocasión de conocer por voz a voz que tampoco esa es una generalización absoluta y que los accidentes también pasan en Providencia; apenas un mes antes de mi visita un muchacho había muerto en la carretera por exceso de velocidad. Mientras caminaba varias veces presencié pequeños piques declarados entre jóvenes, que me dieron alguna idea de las circunstancias en que se dio aquel siniestro.

Seguí caminando. A mi paso, al menos cuatro salidas de agua bajaban de la montaña hacia el mar, estancadas y con aspecto turbio, a todas luces contaminadas. Resultó que Providencia no hay acueducto y desde hace dos años están esperando la conclusión de las obras para tenerlo. La preocupación por las basuras y las aguas residuales me confrontó con uno de los grandes problemas potenciales de la isla. Además de las aguas -no todos los hoteles cuentan con pozo séptico para su manejo- fue evidente la gran cantidad de basura, una parte amontonada en las aceras, otra en las canecas con indicaciones para separar la materia reciclable y otra camuflada con el follaje. Existe allí un relleno sanitario –lo vi- donde se depositan los residuos recogidos por un par de camiones de basura. Empero, me quedó la duda sobre la política municipal frente al tema, ya que a pesar de los mensajes que promueven el cuidado del medio ambiente y del agua no es claro si hay efectivamente reciclaje en Providencia, si la gente asume la importancia de la clasificación de las basuras y si existe algún proyecto para limpiar los residuos arrojados. Como lo dice uno de las inscripciones de los muros de concreto sembrados a lo largo del anillo vial, Providencia es un ecosistema muy frágil y es necesario el concurso de todos para protegerlo.
Seguí caminando. Llegué a uno de los asentamientos más tradicionales de la isla, donde además de perros, motos, carros, pequeñas ventas de víveres, la escuela, talleres y marqueterías encontré iglesias. Primero vi la iglesia católica, luego la protestante al lado de la cual se erigía un centro juvenil. Recordé entonces las observaciones que una mujer nativa me hizo cuando llegué, “¿vas a la iglesia? ¿A cuál? Yo voy a la iglesia protestante, que es más alegre, tiene más sabor. No es como esos católicos que se la pasan cantando el ave maría. Nosotros lo hacemos con más alegría”. Sin saber muy bien en qué consiste la diferencia ideológica entre ambas propuestas, pude advertir que en la comunidad en general está extendido un fuerte sentido de religiosidad. En 17 kilómetros cuadrados existen seis iglesias, lo cual da una idea del papel que pueden tener estas (diría más bien el cura) en las dinámicas de la población.

Al fin llegué al centro, donde mi mayor descubrimiento fue una pequeña tienda de artesanías promovidas y elaboradas por una asociación de artesanos locales. A diferencia de los supermercados, donde los recuerdos con motivos isleños son made in China, allí encontré todo tipo de adornos, llaveros y objetos hechos en totumo y coco que dieron testimonio del oficio y el esfuerzo que implica la elaboración de artesanías. La conversación con la persona que me atendió fue sin duda lo más valioso. A través de sus ojos y sus experiencias pude encontrarme con otros elementos que fueron complementando mi mosaico mental sobre Providencia, aportando lecturas e impresiones muy sentidas sobre el pasado, el presente y el futuro de este enclave paradisiaco. Ahí entendí por qué tantas propiedades en venta y construcciones sin terminar, por qué todo resultaba tan costoso y cuáles eran las tribulaciones cotidianas de los nativos. La vida en la isla no es fácil. La falta de agua (que se recoge de la lluvia), de líneas telefónicas cortadas por la obra inconclusa del acueducto, el coste de la importación de bienes (más baratos si vienen de Miami o de Costa Rica que de Colombia), los precarios servicios de salud y en general los recursos naturales limitados son realidades con la que se estrellan quienes desean quedarse en el paraíso para-siempre. Tampoco la educación es de calidad, los salarios no son suficientes para costear los gastos diarios y las oportunidades de trabajo son escasas. Como en el resto del país la ineficiencia administrativa, la corrupción, el nepotismo se han convertido en prácticas legitimadas subrepticiamente, afectando los derechos de las personas y las posibilidades de desarrollo real con equidad.
Siendo profesora de oficio, me impactó las dificultades que atraviesan los jóvenes que con mucho esfuerzo de sus padres y el apoyo del gobierno viajan a estudiar a universidades en la Colombia continental. El testimonio de la mujer con la que conversé expresó con contundencia la barrera que deben afrontar estos muchachos para poder ingresar en igualdad de condiciones académicas a sus respectivas carreras. “Mi hijo me decía que en primer semestre no entendía nada. Lo que el profesor presentaba como un repaso era algo totalmente nuevo para él, se cogía la cabeza porque nada de eso le habían enseñado en la escuela. Fueron meses muy duros. Tuvo que estudiar por su cuenta y trasnochar mucho para poder ponerse al día”. También allá se vive la sobrepoblación de psicólogos que en los últimos años es tendencia en el territorio nacional; “hay mucho psicólogo, haciendo cosas que no son [psicología]. Mi hija quiere estudiar psicología, pero especializarse en niños, porque aquí de eso no hay”. Finalmente, un consejo de esta madre a sus hijos, deja entrever el pesimismo con que avizora el futuro en la isla, “yo les digo que no se queden aquí, que se vayan, que no hagan su tesis aquí que aquí se estancan”. En su opinión, aunque ahora se tiene acceso a más cosas la situación era mejor antes: “hoy los muchachos quieren cosas de marca y los papás dejan de comer por comprarles lo más caro. Antes no era así, no teníamos eso, pero éramos más unidos. En el colegio, por ejemplo, a mi hija la molestan que porque yo no tengo plata para comprarle nada, que todo lo que ella tiene es viejo y feo. Hay gente que se ha hecho con la política y el narcotráfico y que de un día para otro tienen plata, carros y casas grandes”.
El lado oscuro del asunto se filtra en estas últimas palabras, que evidencian como a pesar de la distancia de los grandes problemas nacionales algunas cosas llegan y contaminan. En un territorio tan pequeño como lo es Providencia también hay riñas, pobreza, contrabando, drogas y alcohol, inseguridad. Por supuesto, en contraste con lo que vivimos al interior se trata de problemas menores que difícilmente enturbian la paz y la dulce sensación de calma de la isla. La impresión del visitante es que si bien estas situaciones se dan como en un plano disociado de lo que son las imágenes turísticas del lugar, todas ellas son aristas de una realidad compleja que amerita acciones, compromiso y respeto por parte de sus protagonistas.   


Ya de regreso hubo muchas reflexiones y mucho que conectar. Saber las limitaciones en lo que refiere a las cosechas me permitió entender por qué casi no encontré jugos de frutas en la isla (no es como en los supermercados, la cosecha del mango se da una vez al año); aguzando la vista advertí los claros en la montaña y las huellas de la tala; viendo un video en youtube supe del chucunguña, escuché a los lugareños hablar de sus casos y los relacioné con el agua posada y la nube de mosquitos que constelaba el aire a todas horas. En resumen, en el paraíso me encontré con la vida y sus problemas reales, esos que siempre se soslayan en los cuentos de hadas pero que son parte fundamental de todas historias, las hace más humanas. Volví a mi realidad al tercer día, feliz de haberme encontrado en ese nivel con un sitio tan hermoso, absolutamente relajada y definitivamente enamorada de Providencia. Con razones de sobra para volver, con la necesidad de contar y agradecida por cada cosa vivida tomé el avión de regreso, horas antes de la explosión de la fiesta de navidad que ya se estaba preparando y que seguramente se extendió hasta el día siguiente con toda la buena energía, el goce, el calipso, el cariño y la calidez de su gente, enriquecida por múltiples influencias culturales que en su diferencia nos unen sinceramente.
   

sábado, 11 de octubre de 2014

Vicios Bogotanos

La tentación de tipificar los rasgos invisibles que hacen de la bogotanidad una especie tan profundamente contradictoria y mojigata inspiró este escrito, destinado en principio a denunciar un grave problema de salud pública, también muy característico del bogotano promedio: la búsqueda de aprobación. En efecto, esa persecución insaciable del gesto afirmativo se extiende a todos los ámbitos de la vida, corriendo paralela con una envidia recalcitrante que nos hace incapaces de valorar con justeza el logro ajeno [Todo lo del pobre (otro) es robado]. Nos preparan para conjugar el verbo lisonjear de todas las formas posibles con un sólo objetivo: conseguir aprobación, conquistando de paso el poder de murmurar de los otros, reprobar a los otros.
De golpe, advertí que esa necesidad imperiosa de agradar a otros, aunque no nos agraden, no es tanto una enfermedad como un rasgo específico de quienes nacemos y vivimos aquí. A la sombra de Monserrate y de un pasado colonial mezquino, se gestan los hábitos que nos han alejado de lo esencial de nuestra naturaleza y nos han llevado irremediablemente a renegar de la ciudad, de la vida misma. A continuación me permito hablar de algunos, sabiendo de antemano la trampa a la que están expuestos los aspirantes a catálogos: pretender decirlo todo de todo. Consciente de este problema me lanzo a mi primer asalto, intentando responder en el fondo la pregunta que más allá de las pésimas administraciones me estoy haciendo todos los días: ¿por qué me resulta cada vez más insoportable vivir en Bogotá?

Vicio número uno, la envidia. Como bien lo dice Ricardo Silva en su Libro de la envidia, el disgusto por el bien ajeno que otros disfrutan se convierte en un sentimiento que zahiere el juicio de la más sensata de las personas, al punto de envidiar lo que ya se tiene por el simple hecho de que el otro lo tiene también. La envidia lesiona nuestro sentido de humanidad, afectando la manera en que nos relacionamos y la capacidad de disfrutar la felicidad propia y la del vecino. En una ciudad envidiosa la felicidad ni puede ser el fin político primoridal, porque apenas nos acerquemos a ella siempre estaremos dispuestos a estropearla para evitar que otro la goce, aún cuando eso también me beneficie.

    

Vicio número dos, la mediocridad. A menudo me preguntan, particularmente estudiantes universitarios, por qué deben hacer las cosas correctamente si los demás no lo hacen así y siempre les va bien en la vida. Derivado de la envidia, este hábito se gesta en la aptitud para vivir a imagen y semejanza del prójimo, incluso cuando a todas luces sus métodos resulten incompatibles con los principios o las consideraciones que estimamos más valiosas. El popular dicho si a Roma fueres haz lo que vieres toma aquí unas perversas proporciones, denunciando nuestro rechazo a la autonomía y confirmando que el alcance del  propio esfuerzo va hasta donde termina el del otro,


Vicio número tres, la cobardía. La cotidianidad de Transmilenio, por nombrar sólo un escenario, me ha mostrado hasta la saciedad el efecto nefasto de este vicio, que muy a mi pesar me ha dejado inmóvil frente a todo tipo de actos que van en contra de la integridad de las personas y del patrimonio público. Jóvenes pateándose orgullosos por pertenecer a equipos enemigos, robos, injurias, gente arriesgando su vida por entrar al sistema sin pagar... la lista es larga. Empero, cuando soy testigo no puedo sustraerme del temor real a ser violentada si hago patente mi rechazo, si intervengo o si busco ayuda para hacer algo. En los rostros de otros percibo el dolor por esa cobardía adaptativa y alcanzo a escuchar en sus gestos la voz reprobatoria que al menos reconoce que está mal, que no deberíamos actuar así, que alguien debería hacer algo para detenerlo. La comunidad de cobardes se pacta con un ligero movimiento de cabeza y la contracción de los labios, en los que nos amparamos para seguir nuestro camino y hacer como que no vivimos en una ciudad donde la posibilidad de cambios genuinos parece más lejana.

Vicio número cuatro, la vanidad. Declarado por excelencia como uno de mis vicios personales, la vanidad adquiere unas formas absolutamente desproporcionadas, capaces de desafiar a cualquier principio de realidad. Nos envanecemos por pequeñeces y sin pudor las vestimos de grandes hazañas, recurriendo a argumentos nimios, alimentados por nuestro secreto deseo de parecernos a los otros [en nuestra fantasía siempre más elegantes, finos y cultos]. Así, basta decir que "es una moda en Europa" o asumir que "eso es lo que los extranjeros hacen" para inflar el valor de nuestros trajes de emperador y presumir de una desnudez miserable como si estuviéramos exhibiendo el artefacto más precioso. Felicitarnos por victorias exiguas nos convierte en seres profundamente conformistas, acogidos a la ley del menor esfuerzo y adictos a las justificaciones autocomplacientes [porque fue gol de Yepes, o porque la culpa siempre es de la vaca].

Vicio número cinco, el resentimiento. Como resultado de la insoslayable necesidad de fingir cualquier cosa [que no me importa, que no me duele, que no me da envidia, que soy de mejor familia, que me las sé todas, que no me dejo, que aprovecho el papayazo, que soy perfecto, que soy fino, que nunca pierdo, que no veo nada, que lo veo todo, que lo puedo todo...] conduce a la acumulación de un sentimiento viscoso que termina alimentando todo lo que hacemos, todo lo que somos. El resentimiento nos hace mezquinos en todas sus acepciones, nos nubla los sentidos, contamina nuestros más sinceros sentimientos, mina nuestra fe en la vida. El resentimiento, las más de las veces motivado, infecta sobre todo nuestra capacidad para cuidar y respetar al semejante, porque en virtud de nuestra rabia asumimos que los otros también tienen que pagar y pasar por el camino que nos ha traído a ese pantano emocional donde nos hemos quedado atrapados, porque si a mi me tocó a usted también... y de malas chino, porque así es la vida. 

Los hábitos están detrás del vicio y de la virtud, ambos son resultado de la decisión humana. ¿Cómo hacer para que esa decisión que solo depende de cada uno movilice una bogotanidad de verdad más humana?

 

domingo, 17 de agosto de 2014

Las Contra-dicciones de la Enseñanza Universitaria

A propósito de los recientes debates sobre la educación en Colombia, muchas han sido las voces críticas y los análisis formulados, en especial con respecto a lo que sucede en la Educación Superior. Bajo el lente de los medios de comunicación y los servicios de estadísticas globales emergen con diversos grados de nitidez situaciones otrora naturalizadas, que inauguran un juicio a la educación articulado al cuestionamiento de  creencias, imaginarios y prácticas incrustados en el centro de nuestras contradictorias identidades. En este contexto, cabe retomar la discusión sobre la relación causal entre educación y desarrollo (con todos los matices que implica esta última categoría), en virtud de la cual el sistema educativo pasó a ser objeto de un escrutinio público,con resultados no siempre favorables a la transformación deseada. 
Desde la perspectiva del desarrollo, que en nuestras sociedades ha sido un asunto meramente económico, la educación asume el estatuto de un servicio que es al mismo tiempo producto e insumo para la conservación del sistema capitalista. Los informes de los organismos internacionales y las instituciones estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX evidencian de manera concreta la apuesta y la exigencia de sostener un modo de producción que funda su éxito en el vínculo formal con la plusvalía. Así, al identificar la utilidad del histórico papel de la educación como reproductora de valores y normas sociales (como es el caso de los medios de comunicación, la religión y el arte), la educación empezó a vislumbrarse como un instrumento que, calibrado del modo correcto, proporcionaría los medios adecuados para garantizar la revitalización del mercado siempre que fuese necesario. 
El discurso de las competencias, hecho modelo educativo y criterio de habilitación ocupacional, es tan sólo la punta de lanza de un programa político transnacional que ha logrado culminar la aspiración cientifista de la modernidad. Al hacer medible y cuantificable todo lo relacionado con el fenómeno educativo es posible pasar de la episteme a la técnica, estándarizando el conocimiento, los recursos y las estrategias de enseñanza y aprendizaje en continuidad con los objetivos de las empresas y gobiernos. Sin ánimo de satanizar la incorporación de las competencias como elemento rector de la planificación educativa, llaman la atención las formas y los alcances que toma este discurso, que incluye su propia crítica (lanzadas tanto al sistema, como a sus operadores y a la misma concepción de desarrollo) y que encuentra en la virtualidad al mejor aliado. Si bien lo que se espera es que con este tipo de referentes fuera posible controlar todas las variables involucradas para hacer de la educación institucionalizada un verdadero trampolín de la economía, esto no ha sucedido. Desde la Primera Conferencia de la UNESCO sobre Educación Superior en 1998 hasta hoy, los resultados no han supuesto ni el fortalecimiento de la economía mundial ni la solución de los tres retos claves establecidos en aquella ocasión: calidad, gestión y financiación y pertinencia. Lo anterior es particularmente signiticativo para los llamados países en sub y vías de desarrollo. En el caso colombiano, los avances en calidad y pertinencia se ven opacados por las consecuencias de la ampliación de la cobertura que sobrecarga al sistema, haciendo insostenible una verdadera reforma, que reconozca a profundidad las coordenadas socioculturales y económicas que implica. 
En este contexto, estudiantes y profesores se erigen como los grandes responsables de los malos resultados académicos obtenidos tras décadas de trabajo, compromisos gubernamentales, generación de políticas públicas e inyección de recursos. Junto con la promoción de los trastornos de aprendizaje, la disfuncionalidad de las familias, las alteraciones neurológicas y los problemas de comportamiento, se amplía el rosario de quejas que pone en la mira a los profesores, señalando su incompetencia, sus características personales o su desconocimiento sobre las técnicas y los saberes idóneos para el desarrollo de las sociedades contemporáneas. Se constituye entonces un ideal de profesor, forjado a partir de modelos más propios del ámbito empresarial. Por supuesto, un análisis amplio de esta situación seguramente ya ha sido trabajado, planteando desde una perspectiva sistémica y sociocultural un abordaje que no se centra en los productos, sino en los actores, el contexto, los medios y el sentido de lo que se enseña. Empero, cabe señalar algunos puntos con respecto a la situación de la educación superior que evidencian la contra-dicción del sistema, precisamente en lo que se supone debe ser uno de los pilares fundamentales: los docentes. 
Es cierto que las coordenadas de la enseñanza universitaria han cambiado radicalmente en los últimos años, pero ¿serán esas transformaciones (en parte) síntomas del modo perverso en que se moviliza el sistema? El catedrático de hoy debe ser formador, resolver las necesidades de su estudiante, ser atractivo, vendedor, amable, paciente, actualizado y emprendedor. Atrás quedaron las concesiones a la genialidad del investigador o el interés por hacer del estudiante un sujeto responsable de su proceso académico. En presencia de la falla es el docente quien debe hacerse con las herramientas de la gestión de la calidad para arreglar el desperfecto y garantizar el acceso del estudiante a su titulación. Padres, estudiantes, gobierno e instituciones encuentran en aquel que no materializa el ideal un chivo expiatorio para justificar lo que los medios llaman una catástrofe. 
Por un lado, entonces, están los aspectos inherentes al rol y (por qué no) el ser del profesor. Quien enseña se ubica en ese lugar porque tiene qué enseñar, maneja-crea-modula los medios para hacer realidad el aprendizaje de sus estudiantes y mantiene vivo el deseo de aprender y de enseñar, teniendo como referente lo que sucede en el mundo a nivel económico, político y social. Ese es, al menos, uno de los axiomas de las instituciones, que en sintonía con las demandas de la calidad y la pertinencia, buscan en el profesor un gestor-investigador-consejero capaz de conectar al estudiante con las dinámicas de su comunidad y de su tiempo. En sí misma es una afirmación plena de sentido y buenas intenciones, que desafortunadamente pierde oportunidad y verosimilitud cuando se pone en práctica, en medio de una relación contractual donde el estudiante tiene el privilegio de ser el cliente mientras que el docente es mano de obra en sobre oferta, que ante todo debe procurar mantener un puesto. Es en este escenario que el ideal de un docente modelo es el exitoso conferenciante de TED o donde cientos de profesionales insisten en hacerse docentes aunque no tengan vocación ni ningún interés pedagógico. El precio no se hace esperar: las quejas, las enfermedades laborales, las frustraciones, la indiferencia: la precariedad de la carrera docente y la mediocridad, que en muchos casos surge de condiciones socioeconómicas específicas que aceleran el desprestigio y la banalización de la educación. 
Trabajemos por ser mejores educadores, pero también cuestionemos la deontología mercantil del docente y hagamos resistencia a las imposiciones empresariales que ponen en entredicho el sentido de la formación teórica y humana. Que las apuestas de la educación universitaria no se conviertan en su propia negación y que el parámetro de un ejercicio docente de excelencia no sea sólo la popularidad o la simplificación del conocimiento que proporciona. Si algo debe mantener el ejercicio docente y la enseñanza universitaria es el desafío, suscrito por cada uno de los actores, de trascender el espacio de su propia comodidad para hacer del viaje del conocimiento algo grande. 

Bogotá y el suspiro de la belleza

La pregunta desprevenida de un viejo amigo, ahora argentino residente, dio en el blanco de mi "bogotanidad", poniendo en evidencia lo que a veces siento como una tendencia generalizada: la negación de nuestra ciudad como objeto de interés. -¿Qué hay para ver en Bogotá?- me tomó por sorpresa, no sólo por la falta de recursos para responder sino porque sinceramente no creí que esta urbe caótica y desigual despertara algún tipo de goce vouyerista. En sus entrañas, gestadas por el automatón solar y el metrónomo del atasco, de las enormes filas de carros, transmilenio, la pobreza, la basura, las obras inconclusas, la inseguridad... ¿es posible encontrar algo de belleza?
Luego de las recomendaciones habituales, hechas más a partir de internet que de la propia experiencia, dejé el asunto de mi amigo para aplicarme en resolver esa pregunta, que como todo significante me llevaba a otra y a otra, hasta poner contra la pared todas mis certezas existenciales.Y es que cuando el lugar de residencia se hace función de las circunstancias del nacimiento, la familia o el trabajo, termina uno viviendo por inercia, dejándose llevar por la corriente de la queja, el desencanto o la vergüenza, sin asumir un poco de la responsabilidad que implica la elección forzada de vivir aquí. En la rutina y sus variaciones se anida una experiencia estética rebelde a los lugares comunes, pulsátil, febril, espontánea, que sin alardes va echando raíces en las subjetividades y los cuerpos que habitan (habitamos)  la ciudad.
En eso me doy cuenta de la imposibilidad de construir un catálogo turístico que le haga justicia a Bogotá. Más allá de Monserrate, de la Candelaria, de las zonas de rumba o los buenos restaurantes se asoma una miriada de imágenes capaz de conmover al exigente visitante, ya predispuesto por sus propios avatares cotidianos, las noticias, las estadísticas, los políticos. A los ojos de quien ofrezca una disposición genuina la ciudad se abre generosa, proyectando en sus retinas un inabarcable collage de construcciones de todas las épocas; lo divino, lo natural y el artificio se dan la mano, jugando a crear en diferentes registros, materiales e ideologías.
La impresionante fuerza del paisaje sorprende en cualquiera de sus puntos cardinales, pasando de la suma paz del páramo a la intensidad cromática de los jardines, la variedad de especímenes vegetales o el agónico leimotiv de los últimos urapanes. De los humedales y los ecos ancestrales del occidente remontan a los cerros una legión de seres fantásticos, recorriendo las marcas de los hilos de agua que otrora viajaran en sentido contrario, empeñados en entregar al vigoroso río Bogotá sus cuerpos cristalinos. Estas trayectorias, prófugas en una ciudad traumatizada con su ser de agua, proyectan en el plano puntos verdes en los que todavía puede sentirse la fuerza eterna de la naturaleza y su rechazo a la urbanización progresista.
Junto a los cerros, sean verdes o de ladrillo, están las piedras, las de los monumentos y las de los lienzos, tanto de los orgullosos murales como de los grafitis improvisados. La oportunidad del arte no sólo pasa por los heroicos museos o las exclusivas galerías; está en las esquinas, en el circuito arquitectónico que resiste a la construcción ecléctica y desmedida de los últimos cincuenta años, en el mensaje de un individuo o un colectivo apasionado por el color y los simbolismos, en los instantes preciosos del encuentro, la música, la escultura, la poesía. Del ignorado monumento de Banderas hasta la estoica Rebeca, los testigos de Salmona, las iglesias coloniales, las bibliotecas, el tejido, la artesanía, de los alambres de la 100 con 18, emergen con desenfado decenas de presencias geniales todas conscientes de lo perecedero de su destino.

A la mitad de este ejercicio, que lejos está de la pretensión de los grandes monumentos o las postales portentosas, entiendo que incluso con la mejor de las intenciones cualquier apuesta por contar la ciudad desde una aspiración a la totalidad es una traición. Por el contrario, siendo lo singular y lo finito del propio deseo el único medio real para vivir su ambajes la experiencia de Bogotá, resulta necesario aferrarse a lo inconcluso y relanzar en la soledad de cada uno el impulso de tragarse cada lugar hasta la última de sus miserias. Muy a mi pesar, enseñado a imprecar los mil defectos de esta ciudad de nadie y a lamentarse por la descarada explotación político-administrativa a la que ha estado sometida, encuentro en mis itinerarios al agalma del que me enamoro y me desenamoro. Una urbe F (fractal, frágil-fantasmagórica)  que en el suspiro y en el resuello de los casi 10.000 millones de almas exhala lo más parecido a la belleza, con lo doloroso y lo mágico que ella me trae.  


domingo, 11 de mayo de 2014

La depresión (electoral): Un peligroso estado del alma.

Decir que hoy por hoy no hay una opción convincente en la parrilla de candidatos a las presidenciales es llover sobre mojado. Desde múltiples sectores a lo ancho y largo de la opinión pública, se insiste en la falta de apuestas sólidas y diferentes al artificioso tejido de promesas que unos y otras exhiben con escuetos discursos populistas alejados de la realidad o del más mínimo sentido de la coherencia. En el show de circo en que se ha convertido la pugna política más importante del país, el uso indiscriminado del sintagma para la gente sin duda plantea más interrogantes que certidumbres; ¿para cuál gente? ¿Cuándo? ¿De qué manera? El paso del tiempo y la percepción cada vez más pobre de nuestro proyecto de país pone las cartas sobre una mesa construida con la madera de la impotencia y la desidia. Si como dice William Ospina, sólo tuvimos una época feliz el siglo pasado, donde el aparente ocaso de la violencia permitió a una sociedad cansada e injustificadamente envanecida soñar con una vida corriente, ¿podremos asumir después de tanto tiempo una existencia en paz donde la muerte sea un fenómeno natural o sólo un accidente? ¿Podremos permitirnos la ilusión del verdadero desarrollo y de una vida con condiciones dignas?

El siglo XX ha sido todo resultado de una versión del progreso, empecinada en adorar a la técnica y al crecimiento económico como únicas alternativas para alcanzar la cima de lo que solía llamarse felicidad y ahora se llama éxito. Para un país campesino, desangrado, abandonado por los proyectos ideológicos que prometieron su redención, el progreso llegó a pie pero se quedó atascado en la locomotora. El rechazo en lo simbólico de las sempiternas desigualdades socioeconómicas -y la vergüenza por su constitución como país de todos los colores- retornó en lo real de la violencia, a título de una respuesta que a pesar de la inocencia siempre se ha encontrado con el límite de la impotencia. Paradójicamente, el intento por no caer en las manos de los depredadores de siempre terminó siendo la principal plataforma para la inmersión del país en unas lógicas del consumo, el despilfarro, la explotación y la tecnificación de la vida que hoy nos tienen en un profundo estado de desesperanza. Es difícil cerrar los ojos a la emergencia de una industria como la de la droga o la de la guerra, que pasó de ser una contraconducta orientada a liberar el centenario monopolio de la riqueza a ser generador y albacea de sus enemigos iniciales.
La sensación de haber llegado a un límite no sólo corresponde al pico natural de producción de cualquier mercado, que se agudiza en el contexto global de una insostenible situación financiera, sino al cansancio producido de tanto mirar las infamias a las que somos capaces de llegar. En efecto, detrás de la generación engañada ideológicamente y reprimida por el pie de fuerza del estado, llegó otra, temerosa y vouyerista, bombardeada por la danza incesante de masacres, de atentados y tragedias. Esa generación, la nuestra, es sin duda una generación perdida, acaso silenciada, decidida a concentrarse en la supervivencia para no perder en la lucha por la vida el derecho a morir y ser enterrada en lápidas marcadas con su propio nombre. Si les llegó el buen tiempo a los delfines no fue exclusivamente por su esfuerzo o su comprometida respuesta frente al reto histórico de dar el golpe de timón al devenir político de la nación. Una sentida autocrítica puede confrontarnos con la terrible revelación de que la sin salida electoral de hoy es producto de la indiferencia de esta mañana, de nuestra mañana, toda ella empleada en el insufrible ejercicio de conseguir trabajo, mantener a los propios, defenderse del gobierno y pasar desapercibidos ante los ojos del crimen (re) organizado. Esperamos que los jóvenes de ahora sirvan de combustible para los cambios que debimos traer nosotros, mirando con recelo las consecuencias de la explotación, dosificando el apoyo a los protagonistas de una protesta que independientemente de las infiltraciones sigue estando justificada.
Esos jóvenes tienen la posibilidad de hablar con sus padres, con sus abuelos, con sus bisabuelos; tienen la opción de hacer juicios históricos, de reanimar el espíritu de esa época feliz (los sesentas en palabras de Ospina) y de purgar las prácticas obstinadamente acomodaticias en las que insisten los acostumbrados al caudillismo y la corrupción. Empero, en la medida en que nosotros no asumimos nuestro lugar en la cadena de generaciones, ellos lo hacen a medias, si es que lo hacen. Ellos, ustedes y nosotros vemos cada vez menos luz en el horizonte, nos sentimos cada vez menos capaces de transformar algo de esta temible realidad, resignándonos a asumir que no estamos en una larga pesadilla, aceptando lo que hay como única verdad posible. ¡Cuantas caras largas se dejan ir por los vagones apretados del espacio público, desconociendo a propósito nuestro papel en el entramado social que sostiene las prácticas políticas que tanto denigramos!

No vale la pena culpabilizarnos con estas y otras afirmaciones, cuya franqueza demoledora siempre se estrella con el muro de las exigencias cotidianas o los peligros inminentes que acechan el temerario ejercicio de vivir en Colombia. El espectáculo de la celebración del día de la madre en Bogotá, estructurado alrededor de filas de autos ensartados en un atasco interminable, bajo un cielo plomizo y contaminado, con batallones proletarios al servicio de un consumo que lejos está de preguntarse por la actualidad del paro agrario o el proceso de paz, es sólo uno de los paisajes en los que se escenifican el rosario de contradicciones propio de la sociedad colombiana. El quid de la cuestión está más bien en la existencia o no de condiciones que nos permitan sostener una versión de cambio, de progreso, distinta a la que hemos vivido hasta ahora, más eficaz, más incluyente. Nada más peligroso que la depresión como estado del alma, de cara a lo que deberían ser unas transformaciones históricas para el país. Identificados a lo peor, encantados en la labor de rebajarnos y denigrarnos como colectivo, asentados en la creencia de que nada va a cambiar. Parece que estamos peor, ¿lo estaremos mucho más?