domingo, 4 de enero de 2015

Crónicas de viaje: La Divina Providencia

“Es un paraíso”, “una tierra virgen”- me dijeron-. La aproximación dialogada a Providencia, una pequeña isla al norte del país no hizo más que anticipar para mí un encuentro mágico, tal vez idealizado por la necesidad de conservar un espacio limpio en una geografía desangrada por la violencia, la injusticia y la pobreza. Cautivada por el atractivo imaginado de sus playas, sus aguas cristalinas y sus verdes parajes, me embarqué en procura de una promesa de descanso absoluto, que además de cumplirse me abrió los ojos a la realidad con muchos matices. Al llegar allí me impactó de entrada la comparación que sus mismos pobladores hacen con San Andrés, su hermana mayor. El acelerado crecimiento demográfico (de las motos, de los carros, de las basuras) y la desmesurada explotación económica de la isla, han devenido en una terrible enfermedad que Providencia espera mantener a 75 km de distancia. San Andrés está corrompida, es ruidosa, insegura, decadente. Providencia, bastante más pequeña, pretende preservarse de esa contaminación repitiendo como un mantra que no es como San Andrés, no es como San Andrés. De eso no se sabe nada en la capital o más bien se intuye, se afirma de manera superficial.

El viaje comenzó en el puente aéreo, en la silla de un avión, cuando puse a rodar el video promocional de los sitios turísticos del país, siendo Providencia uno de los primeros en lista. Hermosos corales y una fauna marina polícroma invitan al viajero a ponerse la careta para descubrir una riqueza natural sin igual en el Caribe. Con poco conocimiento de causa –apenas he visitado un par de playas en Santa Marta- me entregué a la fantasía, declinando la oferta de San Andrés para dedicarle todo mi tiempo a Providencia, preguntándome qué haría yo si me quedara allá para siempre. Así, sin desconocer los encantos de mi destino, la cuestión de lo que puede ser la vida en aquella isla para quien se queda –no para el turista- se convirtió en un interrogante mudo, que sin darme cuenta orientó todos mis movimientos y observaciones durante la estadía.
Llegué en la mañana, muy temprano, luego de más o menos dos horas y media de vuelo con escala en San Andrés. Desde el aire se apreciaba el colorido del mar y el verde magnífico de la isla, dispuesto como un tapete de diversas texturas sobre dos picos de baja estatura. En el extremo noroccidental despuntaba Santa Catalina con su cabeza de Morgan en uno de sus extremos. creole, que como me dijo la taxista que me llevó al hotel “no lo hablamos con ustedes”. La frontera lingüística que percibí, y que dice mucho de cierta condición de extranjería que los mismos isleños tienen con respecto a la Colombia continental, me evocó un cierto sentimiento de intimidad que aprecié y que me recordó la importancia de la lengua en la constitución de la identidad de un pueblo. Me alegró sentir que la diferencia no es, en este caso, un motivo para el rechazo o la beligerancia. Durante el tiempo que estuve allí su gente fue ejemplo de calidez, de apertura y de confianza, incluso cuando se mostraban particularmente serios o ensimismados en sus labores cotidianas. Ese primer día me sirvió además para confrontar algunos de mis prejuicios de turista que iban desde el temor a ser tumbada, hasta ser orientada inadecuadamente o a resultar involucrada en la adquisición de un servicio sin interés. También tuve que lidiar con cierto rechazo a la estética afroamericana de las amplias gorras y camisetas con logos de equipos de beisbol y básquetbol. Un paseo por un camino cercano a la playa de South West me sirvió para descartar los temores infundados por las largas horas de exposición a la televisión por cable, reconociendo de paso cierto clima de hastío en los jóvenes que me puso a reflexionar.  Los veía sentados en las aceras o en los frontones de las casas bebiendo con música a todo volumen o exigiendo sus motos en el óvalo pavimentado que rodea la isla. No pude evitar sentir un poco de ternura por esas almas inquietas, que al calor de sus hormonas y del ávido deseo de conquista se veían como felinos encerrados en una celda, andando de un lado para otro.
Ya en la pista advertí la belleza de aves desconocidas, tentadas a espiar el aterrizaje de la avioneta de Satena mientras el sol se preparaba para elevarse y calentar con toda su fuerza. Después de un buen descenso, el primer gran descubrimiento para mí tuvo que ver con el lenguaje, el
Luego del paseo y del primer contacto con el mar, empecé a disfrutar de un espectáculo del que pocas veces puedo disfrutar en mi ciudad natal. Atravesando la pantalla de Discovery y National geographic pude gozar de la emergencia de la vida silvestre, conviviendo con la huella humana con cierto grado de libertad. Saurios de diversos colores, cangrejos y aves se me presentaron en el camino, facilitado el proceso de desarme de mis temores urbanos. Estos se fueron desgajando como pétalos hasta permitirme nadar en coexistencia con peces y otros animales que no vi, pero que seguramente hacían parte del tranquilo paisaje. Coronó la experiencia de aquel día el despliegue de una hermosa noche estrellada, como hace mucho tiempo no veía. El cinturón de Orión y la luna saliendo de su fase oscura inauguraron un clima agradable, que según los nativos no se había visto en doce días por cuenta de la presencia de dos frentes fríos en la costa. “Ya se están notando los efectos del cambio climático”, me alcanzó a decir la taxista al referirse a los días de lluvia que precedieron mi llegada. Ese comentario, junto a la apreciación de que en la isla son las mujeres las que más perseveran en alcanzar una formación profesional y en consolidar patrimonio me hizo pensar que me estaba acercando a una realidad social configurada de un modo más consciente, más abierto a la alteridad. La observación me confirmaría después que en esa consciencia convergen prácticas contradictorias, gobernadas por la necesidad de sobrevivencia, el ritmo del tiempo en la isla y las influencias de estereotipos de diversa procedencia que determinan los valores otorgados tanto a sus recursos naturales como al dinero y las posesiones materiales.    
Lo del tiempo es importante. Vivir en el tiempo de las voluntades, marcado fundamentalmente por la pauta de la naturaleza, deriva en una existencia cíclica, relajada, determinada por el retorno de lo real al mismo lugar. En contraste con el tiempo convulso, reducido y fragmentario de la ciudad, los segundos y los minutos allí se hacen eternos, a tal punto que resulta deseable que el reloj ande más rápido y el día se acabe. Al amanecer la jornada se perfilaba como una llanura soleada dispuesta a la imaginación, al atardecer la interminable extensión de su superficie terminaba asfixiándome. Mientras elegía al dormir como salida expedita a semejante estado de parsimonia -que sin embargo me permitió todo el descanso que en la ajetreada cotidianidad no me concedo-, pensé en las sensaciones que puede experimentar una persona que nunca ha salido de la isla, pero a quien la visita de los turistas le habla de un mundo vertiginoso donde el aburrimiento es imposible. La idea de los efectos de la tranquilidad en las personas rápidamente se convirtió en un tema de conversación, que en la voz de una artesana terminó articulándose a una realidad evidente en gran parte de la población nativa sin importar la edad: la obesidad. Tal vez tanta tranquilidad, el uso excesivo de la moto, la posibilidad de almorzar en casa al medio día o la abundancia de dulces y fritos en la dieta isleña sean factores que terminan haciéndose fuertes rasgos de carácter.       

¿Qué hay para hacer en Providencia? El segundo día elegí el recorrido por los alrededores de la isla, la visita a Santa Catalina, Cayo Cangrejo y el avistamiento a la distancia de la barrera de coral de 32 kilómetros que la protege. Fue un hermoso paseo para acercarse a las bellezas del mar y sus siete colores que generó en mí la consciencia de cuidar la fauna y flora del lugar, abandonando la idea de quedarme con algún recuerdo vivo. Nuevamente la amabilidad de su gente, el contacto con los animales y la imponencia del paisaje fueron la nota más alta de la excursión.  Al día siguiente me decanté por la caminata, que ya había ensayado con desplazamientos cortos, pero que esa mañana tenía un propósito preciso: llegar desde mi hotel hasta el centro y ver de cerca las playas de Santa Catalina. Me tomó dos horas cubrir esa distancia. En el primer kilómetro encontré posadas y hoteles de todo tipo a lado y lado del camino, un mercadito operado por una familia de Boyacá pero propiedad de un paisa, alquileres de carros, motos y bicicletas, todo dentro de lo esperado. Letreros en inglés más que en español reiteraron la realidad lingüística de la isla. Uno de esos, que indicaba venta de artesanías, dirigió mi atención hacia una pintoresca casa de madera con un batallón de gatos tomando el sol frente a la puerta. Quise entrar pero el negocio estaba cerrado y en su ventana había un anuncio de venta, que pronto vería repetirse en diferentes propiedades a lo largo del trayecto recorrido.
Tome nota del asunto y seguí, encontrándome luego con el cementerio del sector, muy pequeño y casi abandonado. Las escasas tumbas que vi allí dieron cuenta de una misma característica, que da cuenta de las diferencias de la isla con respecto a la realidad del resto del país: la longevidad de sus habitantes.  La sorpresa que me causó el hecho sencillo de que en este lugar la gente muriera de vieja me dio luego la medida exacta de la banalización de la muerte y de la vida que la cultura de la violencia ha extendido en Colombia. Rato después tendría ocasión de conocer por voz a voz que tampoco esa es una generalización absoluta y que los accidentes también pasan en Providencia; apenas un mes antes de mi visita un muchacho había muerto en la carretera por exceso de velocidad. Mientras caminaba varias veces presencié pequeños piques declarados entre jóvenes, que me dieron alguna idea de las circunstancias en que se dio aquel siniestro.

Seguí caminando. A mi paso, al menos cuatro salidas de agua bajaban de la montaña hacia el mar, estancadas y con aspecto turbio, a todas luces contaminadas. Resultó que Providencia no hay acueducto y desde hace dos años están esperando la conclusión de las obras para tenerlo. La preocupación por las basuras y las aguas residuales me confrontó con uno de los grandes problemas potenciales de la isla. Además de las aguas -no todos los hoteles cuentan con pozo séptico para su manejo- fue evidente la gran cantidad de basura, una parte amontonada en las aceras, otra en las canecas con indicaciones para separar la materia reciclable y otra camuflada con el follaje. Existe allí un relleno sanitario –lo vi- donde se depositan los residuos recogidos por un par de camiones de basura. Empero, me quedó la duda sobre la política municipal frente al tema, ya que a pesar de los mensajes que promueven el cuidado del medio ambiente y del agua no es claro si hay efectivamente reciclaje en Providencia, si la gente asume la importancia de la clasificación de las basuras y si existe algún proyecto para limpiar los residuos arrojados. Como lo dice uno de las inscripciones de los muros de concreto sembrados a lo largo del anillo vial, Providencia es un ecosistema muy frágil y es necesario el concurso de todos para protegerlo.
Seguí caminando. Llegué a uno de los asentamientos más tradicionales de la isla, donde además de perros, motos, carros, pequeñas ventas de víveres, la escuela, talleres y marqueterías encontré iglesias. Primero vi la iglesia católica, luego la protestante al lado de la cual se erigía un centro juvenil. Recordé entonces las observaciones que una mujer nativa me hizo cuando llegué, “¿vas a la iglesia? ¿A cuál? Yo voy a la iglesia protestante, que es más alegre, tiene más sabor. No es como esos católicos que se la pasan cantando el ave maría. Nosotros lo hacemos con más alegría”. Sin saber muy bien en qué consiste la diferencia ideológica entre ambas propuestas, pude advertir que en la comunidad en general está extendido un fuerte sentido de religiosidad. En 17 kilómetros cuadrados existen seis iglesias, lo cual da una idea del papel que pueden tener estas (diría más bien el cura) en las dinámicas de la población.

Al fin llegué al centro, donde mi mayor descubrimiento fue una pequeña tienda de artesanías promovidas y elaboradas por una asociación de artesanos locales. A diferencia de los supermercados, donde los recuerdos con motivos isleños son made in China, allí encontré todo tipo de adornos, llaveros y objetos hechos en totumo y coco que dieron testimonio del oficio y el esfuerzo que implica la elaboración de artesanías. La conversación con la persona que me atendió fue sin duda lo más valioso. A través de sus ojos y sus experiencias pude encontrarme con otros elementos que fueron complementando mi mosaico mental sobre Providencia, aportando lecturas e impresiones muy sentidas sobre el pasado, el presente y el futuro de este enclave paradisiaco. Ahí entendí por qué tantas propiedades en venta y construcciones sin terminar, por qué todo resultaba tan costoso y cuáles eran las tribulaciones cotidianas de los nativos. La vida en la isla no es fácil. La falta de agua (que se recoge de la lluvia), de líneas telefónicas cortadas por la obra inconclusa del acueducto, el coste de la importación de bienes (más baratos si vienen de Miami o de Costa Rica que de Colombia), los precarios servicios de salud y en general los recursos naturales limitados son realidades con la que se estrellan quienes desean quedarse en el paraíso para-siempre. Tampoco la educación es de calidad, los salarios no son suficientes para costear los gastos diarios y las oportunidades de trabajo son escasas. Como en el resto del país la ineficiencia administrativa, la corrupción, el nepotismo se han convertido en prácticas legitimadas subrepticiamente, afectando los derechos de las personas y las posibilidades de desarrollo real con equidad.
Siendo profesora de oficio, me impactó las dificultades que atraviesan los jóvenes que con mucho esfuerzo de sus padres y el apoyo del gobierno viajan a estudiar a universidades en la Colombia continental. El testimonio de la mujer con la que conversé expresó con contundencia la barrera que deben afrontar estos muchachos para poder ingresar en igualdad de condiciones académicas a sus respectivas carreras. “Mi hijo me decía que en primer semestre no entendía nada. Lo que el profesor presentaba como un repaso era algo totalmente nuevo para él, se cogía la cabeza porque nada de eso le habían enseñado en la escuela. Fueron meses muy duros. Tuvo que estudiar por su cuenta y trasnochar mucho para poder ponerse al día”. También allá se vive la sobrepoblación de psicólogos que en los últimos años es tendencia en el territorio nacional; “hay mucho psicólogo, haciendo cosas que no son [psicología]. Mi hija quiere estudiar psicología, pero especializarse en niños, porque aquí de eso no hay”. Finalmente, un consejo de esta madre a sus hijos, deja entrever el pesimismo con que avizora el futuro en la isla, “yo les digo que no se queden aquí, que se vayan, que no hagan su tesis aquí que aquí se estancan”. En su opinión, aunque ahora se tiene acceso a más cosas la situación era mejor antes: “hoy los muchachos quieren cosas de marca y los papás dejan de comer por comprarles lo más caro. Antes no era así, no teníamos eso, pero éramos más unidos. En el colegio, por ejemplo, a mi hija la molestan que porque yo no tengo plata para comprarle nada, que todo lo que ella tiene es viejo y feo. Hay gente que se ha hecho con la política y el narcotráfico y que de un día para otro tienen plata, carros y casas grandes”.
El lado oscuro del asunto se filtra en estas últimas palabras, que evidencian como a pesar de la distancia de los grandes problemas nacionales algunas cosas llegan y contaminan. En un territorio tan pequeño como lo es Providencia también hay riñas, pobreza, contrabando, drogas y alcohol, inseguridad. Por supuesto, en contraste con lo que vivimos al interior se trata de problemas menores que difícilmente enturbian la paz y la dulce sensación de calma de la isla. La impresión del visitante es que si bien estas situaciones se dan como en un plano disociado de lo que son las imágenes turísticas del lugar, todas ellas son aristas de una realidad compleja que amerita acciones, compromiso y respeto por parte de sus protagonistas.   


Ya de regreso hubo muchas reflexiones y mucho que conectar. Saber las limitaciones en lo que refiere a las cosechas me permitió entender por qué casi no encontré jugos de frutas en la isla (no es como en los supermercados, la cosecha del mango se da una vez al año); aguzando la vista advertí los claros en la montaña y las huellas de la tala; viendo un video en youtube supe del chucunguña, escuché a los lugareños hablar de sus casos y los relacioné con el agua posada y la nube de mosquitos que constelaba el aire a todas horas. En resumen, en el paraíso me encontré con la vida y sus problemas reales, esos que siempre se soslayan en los cuentos de hadas pero que son parte fundamental de todas historias, las hace más humanas. Volví a mi realidad al tercer día, feliz de haberme encontrado en ese nivel con un sitio tan hermoso, absolutamente relajada y definitivamente enamorada de Providencia. Con razones de sobra para volver, con la necesidad de contar y agradecida por cada cosa vivida tomé el avión de regreso, horas antes de la explosión de la fiesta de navidad que ya se estaba preparando y que seguramente se extendió hasta el día siguiente con toda la buena energía, el goce, el calipso, el cariño y la calidez de su gente, enriquecida por múltiples influencias culturales que en su diferencia nos unen sinceramente.
   

No hay comentarios:

Publicar un comentario