“Es un paraíso”, “una tierra
virgen”- me dijeron-. La aproximación dialogada a Providencia, una pequeña isla
al norte del país no hizo más que anticipar para mí un encuentro mágico, tal
vez idealizado por la necesidad de conservar un espacio limpio en una geografía
desangrada por la violencia, la injusticia y la pobreza. Cautivada por el
atractivo imaginado de sus playas, sus aguas cristalinas y sus verdes parajes,
me embarqué en procura de una promesa de descanso absoluto, que además de
cumplirse me abrió los ojos a la realidad con muchos matices. Al llegar allí me
impactó de entrada la comparación que sus mismos pobladores hacen con San
Andrés, su hermana mayor. El acelerado crecimiento demográfico (de las motos,
de los carros, de las basuras) y la desmesurada explotación económica de la
isla, han devenido en una terrible enfermedad que Providencia espera mantener a
75 km de distancia. San Andrés está corrompida, es ruidosa, insegura,
decadente. Providencia, bastante más pequeña, pretende preservarse de esa
contaminación repitiendo como un mantra que no es como San Andrés, no es como San Andrés. De eso no se sabe
nada en la capital o más bien se intuye, se afirma de manera superficial.
El viaje comenzó en el puente
aéreo, en la silla de un avión, cuando puse a rodar el video promocional de los
sitios turísticos del país, siendo Providencia uno de los primeros en lista.
Hermosos corales y una fauna marina polícroma invitan al viajero a ponerse la careta
para descubrir una riqueza natural sin igual en el Caribe. Con poco
conocimiento de causa –apenas he visitado un par de playas en Santa Marta- me
entregué a la fantasía, declinando la oferta de San Andrés para dedicarle todo
mi tiempo a Providencia, preguntándome qué haría yo si me quedara allá para
siempre. Así, sin desconocer los encantos de mi destino, la cuestión de lo que
puede ser la vida en aquella isla para quien se queda –no para el turista- se
convirtió en un interrogante mudo, que sin darme cuenta orientó todos mis
movimientos y observaciones durante la estadía.
Llegué en la mañana, muy temprano,
luego de más o menos dos horas y media de vuelo con escala en San Andrés. Desde
el aire se apreciaba el colorido del mar y el verde magnífico de la isla, dispuesto
como un tapete de diversas texturas sobre dos picos de baja estatura. En el
extremo noroccidental despuntaba Santa Catalina con su cabeza de Morgan en uno
de sus extremos. creole, que como me dijo la
taxista que me llevó al hotel “no lo hablamos con ustedes”. La frontera
lingüística que percibí, y que dice mucho de cierta condición de extranjería
que los mismos isleños tienen con respecto a la Colombia continental, me evocó
un cierto sentimiento de intimidad que aprecié y que me recordó la importancia
de la lengua en la constitución de la identidad de un pueblo. Me alegró sentir
que la diferencia no es, en este caso, un motivo para el rechazo o la
beligerancia. Durante el tiempo que estuve allí su gente fue ejemplo de
calidez, de apertura y de confianza, incluso cuando se mostraban
particularmente serios o ensimismados en sus labores cotidianas. Ese primer día
me sirvió además para confrontar algunos de mis prejuicios de turista que iban
desde el temor a ser tumbada, hasta
ser orientada inadecuadamente o a resultar involucrada en la adquisición de un
servicio sin interés. También tuve que lidiar con cierto rechazo a la estética
afroamericana de las amplias gorras y camisetas con logos de equipos de beisbol
y básquetbol. Un paseo por un camino cercano a la playa de South West me sirvió
para descartar los temores infundados por las largas horas de exposición a la
televisión por cable, reconociendo de paso cierto clima de hastío en los
jóvenes que me puso a reflexionar. Los
veía sentados en las aceras o en los frontones de las casas bebiendo con música
a todo volumen o exigiendo sus motos en el óvalo pavimentado que rodea la isla.
No pude evitar sentir un poco de ternura por esas almas inquietas, que al calor
de sus hormonas y del ávido deseo de conquista se veían como felinos encerrados
en una celda, andando de un lado para otro.
Ya en la pista advertí la belleza de aves desconocidas,
tentadas a espiar el aterrizaje de la avioneta de Satena mientras el sol se
preparaba para elevarse y calentar con toda su fuerza. Después de un buen
descenso, el primer gran descubrimiento para mí tuvo que ver con el lenguaje,
el
Luego del paseo y del primer
contacto con el mar, empecé a disfrutar de un espectáculo del que pocas veces
puedo disfrutar en mi ciudad natal. Atravesando la pantalla de Discovery y National geographic pude gozar de la emergencia de la vida
silvestre, conviviendo con la huella humana con cierto grado de libertad.
Saurios de diversos colores, cangrejos y aves se me presentaron en el camino,
facilitado el proceso de desarme de mis temores urbanos. Estos se fueron
desgajando como pétalos hasta permitirme nadar en coexistencia con peces y
otros animales que no vi, pero que seguramente hacían parte del tranquilo
paisaje. Coronó la experiencia de aquel día el despliegue de una hermosa noche
estrellada, como hace mucho tiempo no veía. El cinturón de Orión y la luna
saliendo de su fase oscura inauguraron un clima agradable, que según los
nativos no se había visto en doce días por cuenta de la presencia de dos
frentes fríos en la costa. “Ya se están notando los efectos del cambio
climático”, me alcanzó a decir la taxista al referirse a los días de lluvia que
precedieron mi llegada. Ese comentario, junto a la apreciación de que en la
isla son las mujeres las que más perseveran en alcanzar una formación
profesional y en consolidar patrimonio me hizo pensar que me estaba acercando a
una realidad social configurada de un modo más consciente, más abierto a la
alteridad. La observación me confirmaría después que en esa consciencia
convergen prácticas contradictorias, gobernadas por la necesidad de
sobrevivencia, el ritmo del tiempo en la isla y las influencias de estereotipos
de diversa procedencia que determinan los valores otorgados tanto a sus
recursos naturales como al dinero y las posesiones materiales.
Lo del tiempo es importante.
Vivir en el tiempo de las voluntades, marcado fundamentalmente por la pauta de
la naturaleza, deriva en una existencia cíclica, relajada, determinada por el
retorno de lo real al mismo lugar. En contraste con el tiempo convulso,
reducido y fragmentario de la ciudad, los segundos y los minutos allí se hacen
eternos, a tal punto que resulta deseable que el reloj ande más rápido y el día
se acabe. Al amanecer la jornada se perfilaba como una llanura soleada
dispuesta a la imaginación, al atardecer la interminable extensión de su
superficie terminaba asfixiándome. Mientras elegía al dormir como salida
expedita a semejante estado de parsimonia -que sin embargo me permitió todo el
descanso que en la ajetreada cotidianidad no me concedo-, pensé en las
sensaciones que puede experimentar una persona que nunca ha salido de la isla,
pero a quien la visita de los turistas le habla de un mundo vertiginoso donde
el aburrimiento es imposible. La idea de los efectos de la tranquilidad en las
personas rápidamente se convirtió en un tema de conversación, que en la voz de
una artesana terminó articulándose a una realidad evidente en gran parte de la
población nativa sin importar la edad: la obesidad. Tal vez tanta tranquilidad,
el uso excesivo de la moto, la posibilidad de almorzar en casa al medio día o
la abundancia de dulces y fritos en la dieta isleña sean factores que terminan
haciéndose fuertes rasgos de carácter.
¿Qué hay para hacer en
Providencia? El segundo día elegí el recorrido por los alrededores de la isla, la
visita a Santa Catalina, Cayo Cangrejo y el avistamiento a la distancia de la
barrera de coral de 32 kilómetros que la protege. Fue un hermoso paseo para
acercarse a las bellezas del mar y sus siete colores que generó en mí la
consciencia de cuidar la fauna y flora del lugar, abandonando la idea de
quedarme con algún recuerdo vivo. Nuevamente la amabilidad de su gente, el contacto
con los animales y la imponencia del paisaje fueron la nota más alta de la
excursión. Al día siguiente me decanté
por la caminata, que ya había ensayado con desplazamientos cortos, pero que esa
mañana tenía un propósito preciso: llegar desde mi hotel hasta el centro y ver
de cerca las playas de Santa Catalina. Me tomó dos horas cubrir esa distancia. En
el primer kilómetro encontré posadas y hoteles de todo tipo a lado y lado del
camino, un mercadito operado por una familia de Boyacá pero propiedad de un paisa, alquileres de carros, motos y
bicicletas, todo dentro de lo esperado. Letreros en inglés más que en español
reiteraron la realidad lingüística de la isla. Uno de esos, que indicaba venta
de artesanías, dirigió mi atención hacia una pintoresca casa de madera con un batallón
de gatos tomando el sol frente a la puerta. Quise entrar pero el negocio estaba
cerrado y en su ventana había un anuncio de venta, que pronto vería repetirse
en diferentes propiedades a lo largo del trayecto recorrido.
Tome nota del asunto y seguí, encontrándome
luego con el cementerio del sector, muy pequeño y casi abandonado. Las escasas
tumbas que vi allí dieron cuenta de una misma característica, que da cuenta de
las diferencias de la isla con respecto a la realidad del resto del país: la
longevidad de sus habitantes. La
sorpresa que me causó el hecho sencillo de que en este lugar la gente muriera
de vieja me dio luego la medida exacta de la banalización de la muerte y de la
vida que la cultura de la violencia ha extendido en Colombia. Rato después
tendría ocasión de conocer por voz a voz que tampoco esa es una generalización
absoluta y que los accidentes también pasan en Providencia; apenas un mes antes
de mi visita un muchacho había muerto en la carretera por exceso de velocidad. Mientras
caminaba varias veces presencié pequeños piques
declarados entre jóvenes, que me dieron alguna idea de las circunstancias
en que se dio aquel siniestro.
Seguí caminando. A mi paso, al
menos cuatro salidas de agua bajaban de la montaña hacia el mar, estancadas y
con aspecto turbio, a todas luces contaminadas. Resultó que Providencia no hay
acueducto y desde hace dos años están esperando la conclusión de las obras para
tenerlo. La preocupación por las basuras y las aguas residuales me confrontó
con uno de los grandes problemas potenciales de la isla. Además de las aguas -no
todos los hoteles cuentan con pozo séptico para su manejo- fue evidente la gran
cantidad de basura, una parte amontonada en las aceras, otra en las canecas con
indicaciones para separar la materia reciclable y otra camuflada con el
follaje. Existe allí un relleno sanitario –lo vi- donde se depositan los
residuos recogidos por un par de camiones de basura. Empero, me quedó la duda
sobre la política municipal frente al tema, ya que a pesar de los mensajes que
promueven el cuidado del medio ambiente y del agua no es claro si hay
efectivamente reciclaje en Providencia, si la gente asume la importancia de la
clasificación de las basuras y si existe algún proyecto para limpiar los
residuos arrojados. Como lo dice uno de las inscripciones de los muros de
concreto sembrados a lo largo del anillo vial, Providencia es un ecosistema muy
frágil y es necesario el concurso de todos para protegerlo.
Seguí caminando. Llegué a uno de
los asentamientos más tradicionales de la isla, donde además de perros, motos,
carros, pequeñas ventas de víveres, la escuela, talleres y marqueterías
encontré iglesias. Primero vi la iglesia católica, luego la protestante al lado
de la cual se erigía un centro juvenil. Recordé entonces las observaciones que
una mujer nativa me hizo cuando llegué, “¿vas a la iglesia? ¿A cuál? Yo voy a
la iglesia protestante, que es más alegre, tiene más sabor. No es como esos
católicos que se la pasan cantando el ave maría. Nosotros lo hacemos con más alegría”.
Sin saber muy bien en qué consiste la diferencia ideológica entre ambas
propuestas, pude advertir que en la comunidad en general está extendido un
fuerte sentido de religiosidad. En 17 kilómetros cuadrados existen seis
iglesias, lo cual da una idea del papel que pueden tener estas (diría más bien
el cura) en las dinámicas de la población.
Al fin llegué al centro, donde mi
mayor descubrimiento fue una pequeña tienda de artesanías promovidas y
elaboradas por una asociación de artesanos locales. A diferencia de los supermercados,
donde los recuerdos con motivos isleños son made
in China, allí encontré todo tipo de adornos, llaveros y objetos hechos en
totumo y coco que dieron testimonio del oficio y el esfuerzo que implica la
elaboración de artesanías. La conversación con la persona que me atendió fue
sin duda lo más valioso. A través de sus ojos y sus experiencias pude
encontrarme con otros elementos que fueron complementando mi mosaico mental
sobre Providencia, aportando lecturas e impresiones muy sentidas sobre el
pasado, el presente y el futuro de este enclave paradisiaco. Ahí entendí por
qué tantas propiedades en venta y construcciones sin terminar, por qué todo
resultaba tan costoso y cuáles eran las tribulaciones cotidianas de los nativos.
La vida en la isla no es fácil. La falta de agua (que se recoge de la lluvia),
de líneas telefónicas cortadas por la obra inconclusa del acueducto, el coste
de la importación de bienes (más baratos si vienen de Miami o de Costa Rica que
de Colombia), los precarios servicios de salud y en general los recursos naturales
limitados son realidades con la que se estrellan quienes desean quedarse en el
paraíso para-siempre. Tampoco la educación es de calidad, los salarios no son
suficientes para costear los gastos diarios y las oportunidades de trabajo son
escasas. Como en el resto del país la ineficiencia administrativa, la
corrupción, el nepotismo se han convertido en prácticas legitimadas
subrepticiamente, afectando los derechos de las personas y las posibilidades de
desarrollo real con equidad.
Siendo profesora de oficio, me
impactó las dificultades que atraviesan los jóvenes que con mucho esfuerzo de
sus padres y el apoyo del gobierno viajan a estudiar a universidades en la
Colombia continental. El testimonio de la mujer con la que conversé expresó con
contundencia la barrera que deben afrontar estos muchachos para poder ingresar en igualdad de condiciones académicas a
sus respectivas carreras. “Mi hijo me decía que en primer semestre no entendía
nada. Lo que el profesor presentaba como un repaso era algo totalmente nuevo
para él, se cogía la cabeza porque nada de eso le habían enseñado en la
escuela. Fueron meses muy duros. Tuvo que estudiar por su cuenta y trasnochar
mucho para poder ponerse al día”. También allá se vive la sobrepoblación de psicólogos
que en los últimos años es tendencia en el territorio nacional; “hay mucho
psicólogo, haciendo cosas que no son [psicología]. Mi hija quiere estudiar
psicología, pero especializarse en niños, porque aquí de eso no hay”. Finalmente,
un consejo de esta madre a sus hijos, deja entrever el pesimismo con que
avizora el futuro en la isla, “yo les digo que no se queden aquí, que se vayan,
que no hagan su tesis aquí que aquí se estancan”. En su opinión, aunque ahora
se tiene acceso a más cosas la situación era mejor antes: “hoy los muchachos
quieren cosas de marca y los papás dejan de comer por comprarles lo más caro.
Antes no era así, no teníamos eso, pero éramos más unidos. En el colegio, por
ejemplo, a mi hija la molestan que porque yo no tengo plata para comprarle
nada, que todo lo que ella tiene es viejo y feo. Hay gente que se ha hecho con
la política y el narcotráfico y que de un día para otro tienen plata, carros y
casas grandes”.
El lado oscuro del asunto se
filtra en estas últimas palabras, que evidencian como a pesar de la distancia
de los grandes problemas nacionales algunas cosas llegan y contaminan. En un
territorio tan pequeño como lo es Providencia también hay riñas, pobreza,
contrabando, drogas y alcohol, inseguridad. Por supuesto, en contraste con lo
que vivimos al interior se trata de problemas menores que difícilmente
enturbian la paz y la dulce sensación de calma de la isla. La impresión del
visitante es que si bien estas situaciones se dan como en un plano disociado de
lo que son las imágenes turísticas del lugar, todas ellas son aristas de una
realidad compleja que amerita acciones, compromiso y respeto por parte de sus
protagonistas.
Ya de regreso hubo muchas
reflexiones y mucho que conectar. Saber
las limitaciones en lo que refiere a las cosechas me permitió entender por qué
casi no encontré jugos de frutas en la isla (no es como en los supermercados,
la cosecha del mango se da una vez al año); aguzando la vista advertí los
claros en la montaña y las huellas de la tala; viendo un video en youtube supe
del chucunguña, escuché a los lugareños hablar de sus casos y los relacioné con
el agua posada y la nube de mosquitos que constelaba el aire a todas horas. En
resumen, en el paraíso me encontré con la vida y sus problemas reales, esos que
siempre se soslayan en los cuentos de hadas pero que son parte fundamental de
todas historias, las hace más humanas. Volví a mi realidad al tercer día, feliz
de haberme encontrado en ese nivel con un sitio tan hermoso, absolutamente
relajada y definitivamente enamorada de Providencia. Con razones de sobra para
volver, con la necesidad de contar y agradecida por cada cosa vivida tomé el
avión de regreso, horas antes de la explosión de la fiesta de navidad que ya se
estaba preparando y que seguramente se extendió hasta el día siguiente con toda
la buena energía, el goce, el calipso, el cariño y la calidez de su gente,
enriquecida por múltiples influencias culturales que en su diferencia nos unen
sinceramente.







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