miércoles, 1 de enero de 2020

Las voces de nuestro tiempo. Algunas reflexiones sobre la opinión pública y las redes sociales

El momento que vivimos como país, la masacre de los líderes sociales sin atender, los efectos de la convocatoria al Paro Nacional y el curso del proceso de paz con las FARC, entre otras cosas, exigen la emergencia de espacios de reflexión y debate que aviven la disposición crítica, expandan nuestra sensibilidad frente a la situación del otro y legitimen los sentimientos de indignación y rechazo al horror. En un país en el que la atrocidad y la miseria no tienen límites, donde el cinismo es el común denominador del discurso de periodistas, empresarios, políticos y otras figuras públicas, son necesarias voces que apalabren lo que está pasando y exalten la imaginación.  



El surgimiento de las redes sociales y la diversificación de las fuentes de información sobre los alcances de la violencia en todo el territorio colombiano han abierto la posibilidad de distanciarnos de los pronunciamientos oficiales, apurando la caída de los semblantes de la gente de bien de siempre y resignificando un compromiso político todavía irregular. Estas transformaciones, sin duda lentas e inestables, han dado lugar a un incipiente movimiento social que, en las calles, en las redes y en la cotidianidad sostienen la esperanza y el deseo de un futuro distinto. A pesar de las derrotas y las frustraciones, millones de colombianos seguimos insistiendo en participar de la vida política a sabiendas del uso perverso de la institucionalidad por parte de los políticos corruptos, los señores de la guerra y todos aquellos aferrados a sus intereses económicos.  

En este escenario llama la atención que ni los políticos ni los “expertos” en la materia sean las voces de referencia; sus intervenciones suenan falsas y convenientes, oportunistas y parcializadas. Sea porque sus nombres están involucrados en aquello que se rechaza o por la profunda desconfianza que despierta la dirigencia política, sus voces no representan una lectura pertinente de las circunstancias sociales, económicas y culturales que vivimos como colombianos.  En la coyuntura, son los artistas y deportistas quienes concentran una credibilidad genuina, sostenida en el compromiso voluntario que muchos de ellos han asumido en el desarrollo de su labor con el destino del país y el logro de la paz tan anhelada. Reconocidos por su carisma, excelencia, disciplina y valor, los artistas y deportistas representan el ideal de un pueblo carente de referencias morales y políticas en la vía de sostener alguna suerte de sentimiento patrio.  


Llama la atención el caso de los escritores que, desde columnas de opinión, comentarios en las redes, artículos en medios tradicionales y alternativos, pero también desde las calles, en las marchas, tertulias, eventos culturales y académicos, han hecho eco del movimiento y han contribuido significativamente al surgimiento de nuevas formas de lazo social. Sus textos excitan la imaginación moral de los lectores, movilizan la compasión y el deseo, plantean lecturas alternativas de los hechos, historian los acontecimientos y las tendencias sociales. A contracorriente de la indiferencia y el rebajamiento de la protesta agenciado por los sectores clasistas y excluyentes, los escritores se han hecho voz de nuestro tiempo, inspirando un ejercicio reflexivo y crítico que hoy mas que nunca debe incentivarse, extenderse y sostenerse para despertar cuantas veces sea necesario.  Por supuesto también podríamos invocar aquí el caso de líderes y lideresas, músicos, antropólogos y otros académicos que también encienden la esperanza con su profundo compromiso social, su trabajo de años y sus aportes a la construcción de memoria histórica y la comprensión del panorama actual. Acaso el destacar esta incidencia particular de los escritores en el proceso de construcción de una opinión pública más participativa y atenta sea una forma de defender la apuesta por la dignidad de la palabra y la sensibilidad, en un país donde el vivo vive del bobo y todo se toma por la fuerza.

He dicho que las redes sociales tienen un papel clave en estas transformaciones y esto sin duda obedece a la ilusión de cercanía que generan con respecto a las figuras públicas. El poder de difusión que hoy por hoy tienen Twitter, Facebook e Instagram, por mencionar algunas, no sólo le da notoriedad casi instantánea a quien apenas ayer era un hijo de vecino; también proporciona una sensación de saber sobre la cual los seguidores de uno u otro personaje edifican el derecho ficticio a enjuiciarlo o idealizarlo. Resulta difícil no ceder al señuelo que agita el interés o la antipatía.  Lo que empieza con un like termina fundando el engaño de una familiaridad peligrosa. Espiamos su vida privada, les endilgamos responsabilidades que no les corresponden, nos frustramos por sus decisiones y prioridades, nunca son suficientes para nuestras expectativas. Esto aplica tanto para los ídolos como para los seguidores; me ha pasado que escritores cuyo trabajo respeto y he seguido con atención no han dudado en tratarme de “tibia” o mandarme a leer la revista carrusel por criticar sus opiniones.

El punto es que todo esto no es más que una falacia. Leemos sus palabras y sus opiniones, pero no los conocemos, no somos sus amigos ni sus enemigos. Vale recordar esta distancia justo ahora, no sólo en este caso sino en todos, como posibilidad de resignificación de lo que se ha venido llamando polarización política y como resistencia al empuje deslegitimador que desde los comienzos de la civilización occidental ha venido excluyendo todo aquello que quepa en el apelativo de irracional. Que la observación, la imaginación y la curiosidad pongan freno a la identificación desbocada y abran espacio a la creatividad y el pensamiento.

Las voces de nuestro tiempo, los resonadores de las inquietudes de un pueblo cansado de perderlo todo han vivido cambios interesantes que abren la puerta a alguna esperanza. Ojalá que estas pequeñas mutaciones, que no son cualquier cosa, hagan perdurables estos nuevos tejidos ciudadanos y esta activación de la sensibilidad de todos los colombianos.










  

domingo, 10 de marzo de 2019

El día de las mujeres

Cada año la conmemoración del 8 de marzo se convierte en un vendaval de opiniones de todas las facturas, como si hubiera mucho que debatir sobre la legitimidad de la lucha por la equidad de género o como si fuera un concurso para definir qué sexo resulta más agraviado por las condiciones sociales del momento. Es increíble que todavía nos preguntemos por qué celebrar este día. A estas alturas del partido es insensato desconocer las grandes brechas en el acceso a derechos y la distribución justa de recursos en función del género,  la reconstitución del discurso machista y los efectos nefastos de las violencias de género en la vida de millones de seres humanos. Es claro que la equidad de género se asocia con el desarrollo social y económico sustentable, la convivencia, el diálogo y la participación ciudadana y política y que en esa dirección es necesario contar con el compromiso genuino de toda la sociedad en su conjunto. La sanción de leyes que garantizan cuotas de participación por género son un primer paso, pero para avanzar se requiere del debate y el cuestionamiento constante a las actitudes y las justificaciones machistas validadas por el peso de la tradición o la costumbre.

El feminismo es una apuesta ideológica y política por ese camino, que además de reclamar el reconocimiento de los derechos de las mujeres, interroga el binarismo y busca abrir espacio social y discursivo a la diferencia. Temer el escarnio público (así sea en el ágora de las redes sociales) por el simple hecho de reivindicarse feminista, usar un lenguaje edulcorado y artificioso para poner a cielo abierto las inquietudes personales y colectivas sin ser tachada de feminazi o apegarse al protocolo de lo políticamente correcto para evitar el conflicto son algunos efectos de la campaña de desprestigio al que el feminismo ha sido sometido, cercenando su poder transformador y consolidando la subordinación de lo femenino a la aplanadora patriarcal y androcéntrica que está en el corazón de la civilización. Nadie dice que no haya mujeres machistas, hombres tolerantes y comunidades abiertas a la diferencia. Hombres y mujeres sufrimos por la exclusión, el desamor y la violencia, y hablar de la equidad de género la defensa de los derechos de las mujeres es una cuestión ética que involucra a toda la humanidad, no un asunto de quién es más o menos víctima.

Creo que la censura, la creciente tensión social y el individualismo nos está llevando a una cobardía política generalizada, a un posicionamiento acrítico y tibio frente a cuestiones fundamentales por miedo a ser vistos como demasiado radicales o pendencieros.  Rehuir al disenso se ha llevado al nivel de un imperativo que sanciona implícita y explícitamente la disputa entre argumentos distintos, tolerando la diferencia siempre y cuando no se vea.

Acaso por esto último me choca tanto que conmemoremos el día de la mujer y no de las mujeres, como si la lucha por los derechos en nuestra diversidad y pluralidad fuera sustituida por una reivindicación indefinida en nombre de un ideal abstracto y perfecto, que condensa afirmaciones sobre el ser femenino a todas luces derivadas de la interpretación patriarcal. El problema en sí no son las rosas ni los chocolates; el problema es la consistencia de ese ideal que todas esas manifestaciones reafirman, reproducen y mantienen. No existimos ni por ni para el día de la mujer; somos mujeres independientemente de un pretendido arquetipo pasivo, imperfecto, demente o maternal creado para uniformarnos a todas. Citando a Joan Copjec (2006) habría que decir: "solo hay personas y cosas particulares a pesar de que la cultura continuamente construye y deconstruye - haciéndolas pasar por dadas- series de universales arbitrarios y alterables, ya se trate de naciones, instituciones, identidades o leyes morales" (p. 13).

Referencia
Copje, J. (2006). Imaginemos que la mujer no existe. Ética y sublimación. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

La locura de los años dorados. El cuidado de adultos mayores con trastorno neurocognitivo

El aumento de la población de adultos mayores del país es una realidad. Los diagnósticos y los reportajes de la prensa hablan de una inminente inversión de la pirámide poblacional en Colombia, con aproximadamente 6,5 millones de personas mayores de 60 años, que desde ya se plantea como un gigantesco problema para los sistemas de salud y protección para los años venideros. Por supuesto esta preocupación adquiere un tinte dramático por las condiciones precarias en las que viven la mayoría de adultos mayores, la falta de recursos para su sostenimiento y la alta prevalencia de enfermedades crónicas y trastornos mentales. Se trata de una situación que pudo haberse prevenido o manejado adecuadamente, evitando las complicaciones, los gastos elevados y las demandas asistenciales que hoy por hoy supone su cuidado (Portafolio, 22 de mayo de 2018).

En este contexto, temas como la depresión, las enfermedades cardiovasculares y osteomusculares, el abandono, el apoyo familiar y la dependencia económica se convierten en tópicos frecuentes, generalmente analizados por enfermeros, médicos y gerontólogos, que expresan sus inquietudes y conclusiones desde un lugar de suficiencia y formalismo. Un rosario de imperativos se esgrime como solución al difícil panorama del cuidado de la población adulto mayor: "debemos ponerlos en el centro de la sociedad", "hay que resignificar la vejez", "la familia debe asumir la responsabilidad social y legal de su cuidado", "hay que garantizar su independencia", "las familias los dejan solos y por eso de deprimen".  La cuestión es que en medio de tanta preocupación no hay mayores recursos, ni orientación ni acompañamiento para las personas, familias y comunidades que afrontan el envejecimiento de sus seres queridos y empiezan a lidiar con los avatares de su cuidado. 

Todo comienza con la constatación de fallas en la rutina diaria del personaje en cuestión, que son signo de su progresiva incapacidad para atenderse por si solo. Un olvido, una pérdida, la imposibilidad de llegar a casa o el descuido del aseo personal son generalmente las primeras alertas de un estado que con seguridad ya se ha venido gestando, pero que por temor, angustia o desconocimiento se ha negado o se ha ocultado. En nuestro caso, la jubilación fue lo que precipitó el descubrimiento de toda una serie de problemas cotidianas que hasta el momento mamá había logrado maquillar acudiendo a sus extraordinarias habilidades sociales. Primero fueron las palabras, luego los procedimientos y finalmente las historias, los eventos y las personas. Poco a poco las limitaciones de su memoria se fueron extendiendo, hasta que fue absolutamente necesario contar con un acompañamiento permanente. Ya no pudo volver a salir sola y actividades tan sencillas como cocinar o usar el celular se hicieron casi imposibles. Muchos de sus amigos dejaron de visitarla o llamarla. Cada vez se hizo más dependiente. 

Su salud física también estaba afectada. De hecho, pronto entendimos que su discapacidad mental era un efecto de su condición física. Al revisar sus registros médicos vimos como la causa de su estado actual nació, creció y se instaló en el cuerpo, supimos que pudo haberse controlado y nos dimos cuenta que ni ella ni nosotros hicimos nada porque no le pusimos especial atención a sus síntomas. La creímos invencible o eso quisimos creer. Cuando preguntábamos cómo le había ido en el médico siempre nos decía: divinamente. Debimos estar más pendientes. Pensamos que seguiría su vida como lo había hecho hasta el momento y nos concentramos en la nuestra sin prever lo que vendría. 

Nadie nos dice que un día tendremos que cuidar a nuestros padres, probablemente porque no los vimos cuidar a los suyos, porque creímos que cuando la gente se muere de vieja el proceso es automático o porque pensamos que lo que le pasa a los demás nunca nos pasará a nosotros. Para cuando nos damos cuenta que ninguna de estas suposiciones es cierta y que tendremos que aprender a acompañarlos en ese camino de deterioro continuo, ya nos hemos tropezado con el primer gran muro del proceso: la historia compartida de dolores y resentimientos. Tendremos que dejar de lado nuestras quejas infantiles y aceptar que ha llegado el momento de cuidarlos como ellos nos cuidaron a nosotros; serán el centro de nuestras vidas, velaremos su sueño, los llevaremos al médico, los acompañaremos al baño, los cambiaremos, los alimentaremos. Solo cuando hayamos pasado la página podremos cuidarlos sin rabia, entendiendo que eso que les pasa no es su culpa y que no lo hacen para molestarnos. 

Los expertos nos hablarán de estimulación cognitiva y recorreremos decenas de sitios especializados para buscar que los cuiden y reciban atención a diario. Nos dirán que deben hacer rompecabezas, tener pasatiempos, hacer ejercicio, escuchar música. Insistirán en que ellos también aprenden. Lo que no nos dirán es que no podremos obligarlos a hacerlo si nunca les ha gustado, que su hobby y su ocupación a tiempo completo era trabajar y cuidar de nosotros, que aprenden pero que no lo hacen de la manera en que estamos acostumbrados, que parecen pero no son niños, que cambiarán de gustos abruptamente y que en ocasiones solo veremos en ellos una sombra de lo que otrora conocimos. 

Intentaremos cuidarlos sin ayuda y tendremos que levantar los brazos. Sus emociones y comportamientos llegarán a ser extremos, nos gritarán e incluso golpearán, se resistirán, se negarán a cooperar. Pasaremos noches sin dormir, tendremos que pedir permiso en el trabajo para atenderlos, nos enloquecerán, los gritaremos, los sacudiremos, estaremos desesperados por las mil quinientas veces que nos repetirán y les repetiremos información simple e irrelevante. Si tenemos suerte compartiremos la responsabilidad con algún hermano, pero la mayoría de nuestros familiares darán un paso atrás aunque nos quieran y realmente deseen apoyarnos. Será muy difícil conciliar cualquier cosa y aprenderemos, a veces duramente, que ser un equipo es mejor que tener la razón y que al final del día solo nos tendremos a nosotros para resolver las tragedias cotidianas.

Los médicos ayudarán, pero a veces serán un obstáculo. Nunca pensamos que mamá necesitaría un plan complementario o una medicina prepagada, pero si pudiéramos hacerlo en este momento no dudaríamos en tomarlo. Pagamos un montón por un servicio médico que apenas le da lo básico y la somete a terribles condiciones cuando debemos acudir a urgencias. Por su estado nos exigen acompañante las 24 horas y muchas veces esperan que nosotros seamos la enfermera de la paciente. Pasamos horas al teléfono intentando sacar una cita para la cual solo hay agenda hasta tres meses después. Debemos soportar el ego de los especialistas y a duras penas hacemos escuchar nuestra voz cuando le ordenan medicamentos o sugieren procedimientos que ya sabemos que para ella no funcionan. A veces nos va bien y nos entienden; otras no tanto. Para ellos los familiares somos culpables por exceso o por defecto, y desde su lugar de poder saben cómo pueden manejarnos. Los necesitamos y lo tienen claro. 

Fue cuando tocamos fondo que empezamos a recuperarnos. Aceptamos la condición de mi mamá, empezamos a observar qué era de ella y qué de la enfermedad, pedimos ayuda y nos ajustamos el cinturón lo más que pudimos, nos concentramos en los logros y no en las frustraciones, tratamos de anticiparnos a sus crisis, empezamos a escucharla y a buscar el equilibrio entre lo que ella quiere y lo que necesita. Entendimos que teníamos que leer y buscar por nuestra cuenta, preguntar y preguntar, buscar opciones, partir de nuestra experiencia y de la persona que sigue siendo ella: mi mamá, la mujer amorosa que poco a poco también se va adaptando y va entendiendo que lo que hacemos lo hacemos por su bien. La mamá que tiene limitaciones pero que también sabe cosas y ha hecho del humor el mejor recurso para seguir adelante con la vida. La mujer para la cual sus hijas son su polo a tierra y lo único cierto que tiene.

Todos los días son un nuevo día, una oportunidad y una fuente de incertidumbre. Hoy por hoy no sabemos qué pase mañana, cuánto durará esto o cuándo ella se pondrá mal. Ya no planeamos cosas a largo plazo y todo el tiempo sufrimos por el cansancio en el que vivimos, porque no damos abasto con nuestras obligaciones y porque nuestra vida ha sufrido un cambio de 180 grados. A pesar de todo sabemos que estamos mejor y que batallamos con lo que nos pasa con todo el cariño y la paciencia de la que somos capaces. También sabemos que como nosotros hay muchos que están empezando o que ya llevan cierto tiempo en este viaje. Entre todos tendremos que construir las maneras de darles a nuestros seres queridos el mejor cuidado sin naufragar en el intento.

Referencias
Portafolio (22 de mayo de 2018). El desalentador panorama del adulto mayor en Colombia. Recuperado de la fuente https://www.portafolio.co/economia/panorama-del-adulto-mayor-en-colombia-2018-517356.  

lunes, 19 de marzo de 2018

Las mujeres fantásticas


Resulta incomprensible la insistencia acrítica en seguir hablando del día de la mujer en singular, cuando la experiencia cotidiana nos muestra una y otra vez la imposibilidad de sostener una única versión de lo femenino. Incluso cuando se aclara que esta fecha es la conmemoración de la lucha por la igualdad de sus derechos y no una celebración de su esencia cándida y bondadosa, hablar de La mujer como si fuese un prototipo o un conjunto cerrado al que sólo es posible acceder si se cuenta con determinadas características, está en contradicción con todos los debates y las discusiones sobre la necesidad de romper con el androcentrismo dominante y garantizar la equidad de géneros en todos los niveles y escenarios. Ni siquiera desde el punto de vista de la biología podría hablarse estrictamente de uniformidad de los sexos, en especial a la luz de las evidencias sobre la flexibilidad y el desarrollo de los mecanismos de determinación sexual, que supone la interacción de aspectos génicos, cromosómicos y ambientales (Van Doorn, 2014) en la definición de las combinatorias responsables de los fenotipos machos y hembras.

La afirmación de La mujer en abstracto es tan lesiva como cualquiera de los intentos por reducir el significado de la feminidad a un ícono o una fórmula fija. ¿Por qué todavía hoy resulta tan inaceptable la pluralización de lo que es y/o debe ser una mujer? ¿Cuál es el peligro de la diversidad femenina para el tejido social? ¿Qué saldo positivo ha dejado para la historia la institucionalización de una identidad de género ejemplar? ¿Qué está en la base del control de los géneros y de la violencia que experimentan hombres y mujeres en el proceso de hacerse un lugar en el mundo? Grandes preguntas con respuestas difíciles que todavía hoy no calan en nuestras sociedades, que corren paralelas a las realidades de millones de seres humanos condenados a hacerse caber en los moldes establecidos o a ser parte del desecho.
Dos películas de las ganadoras en los premios Óscar de este 2018 muestran el peor lado de esta misoginia mundial, que tiene entre sus más destacados efectos la estigmatización del feminismo (entendido por obra de la lógica binaria como rechazo y desvalorización de lo masculino, en lugar de asumirse como un movimiento de lucha por la igualdad de derechos para todos), la saturación del ideal femenino con roles y significados tan exigentes como contradictorios (ser al mismo tiempo virgen, mujer fatal, madre ejemplar, ama de casa, trabajadora exitosa, relajada, controladora, con la apariencia perfecta, que sepa de todo, que sea frágil, dependiente, resignada, silenciosa, paciente, atrevida, apasionada, etc.) y la devaluación del sentido de la propia existencia como resultado del juicio público frente a la manera de ser y mostrarse mujer.
En I, Tonya (Gillespie, Rogers, Unkeless, Robbie & Ackerley; 2017) la primera patinadora en el mundo capaz de hacer un triple giro, cuenta en primera persona el drama del maltrato físico y psicológico del que fue víctima, su pobreza, la marginalidad y el rechazo de la Asociación Americana de Patinaje por su apariencia y carácter. La pregunta que hace a uno de los jurados, luego de una velada en la cual nuevamente es calificada por debajo de la calidad de su desempeño, es la misma que hacemos muchas en el contexto de nuestros trabajos, nuestras comunidades o nuestras familias. ¿Por qué no puede tratarse solo de patinaje? ¿Por qué no sólo se trata de mérito sino de encajar? La frustración de Tonya es el símbolo del sentimiento de impotencia y desolación de las niñas que nunca resultaron suficientes para sus madres y maestras, niñas cuyos cuerpos siempre eran demasiado mucho o demasiado poco, niñas que nunca se sintieron valiosas por sí mismas y se pusieron en la primera línea de fuego social, ansiosas por ser amadas, culpabilizadas por la tiranía que creyeron normal aceptar, sancionadas por no hacer lo necesario para adaptarse y resistir en silencio.

De otro lado está Marina Vidal, la Mujer Fantástica de Chile (Lelio, Larraín, Larraín y Maza; 2017), quien protagoniza la odisea de una mujer trans víctima de la persecución de una familia de clase media alta, de las autoridades y de la sociedad en su conjunto, incapaces de perdonar su “maricada original” o de reconocer las posibilidades del amor diverso. La película plantea de manera descarnada la pregunta por la fuente y el sostén de lo femenino, más allá de la presencia o ausencia del miembro viril como marca de legitimación y asignación de género. ¿Qué es y en qué se funda esa experiencia femenina desde donde nos comunicamos con nuestro cuerpo y con el mundo? ¿Quién la certifica? ¿Quién la valida? La antagonista de Marina, la ex de su novio fallecido, concreta en una escena toda esta tensión, reclamándole desde su lugar de madre y viuda por el sentido de su ser, que considera desviado y malsano: “te veo y no sé qué eres, eres una quimera, eso eres”. 
Entonces Marina lanza esa mirada de derrota que no se agota en su digna retirada, y que a lo largo de la cinta retornará en la insistencia de buscarse en un reflejo, en esa lucha perdida frente al vendaval de mugre de la sociedad que la juzga y que pone todo su empeño en sacarla de la imagen, en excluirla del juego.

La veo con ese espejo pequeñito dispuesto en sus genitales y no puedo evitar pensar en las horas interminables de contemplación, en la intimidad del baño, en el transporte, en los ojos de compañeros y amigos, en la reprobación de los jefes, los hijos, las parejas, los padres y las madres, en los anuncios publicitarios, en los mensajes que nos criminalizan y nos sorprenden en cualquier parte. ¿Acaso ser mujer es consustancial a esa sensación de ser convicta por principio, como si la posibilidad real de vivir en femenino estuviera permitida a condición de estarse poniendo en duda permanentemente?
El sufrimiento de Marina y de Tonya es, desde esta perspectiva, el sufrimiento de todas, de cada una, la urgencia continua de sabernos quimeras, buscando un contrapeso cualquiera para poder desplazar las angustias en otras. Tristemente esta dinámica, que no hace sino redoblar la vulnerabilidad y la sensación de inutilidad que a muchas nos habita, termina siendo defendida por otras mujeres, a la larga igual de asustadas y violentadas, cerradas por diversas razones a las demandas de cambio, enemigas del conflicto y de todas aquellas subversiones a la primacía fálica que suelen interpretarse como anomalías. Marina y Tonya nos muestran esta cruda realidad, pero también nos recuerdan que todas y cada una somos mujeres fantásticas, que incluso estando en el rango de lo políticamente correcto somos distintas y que en la diversidad que podemos hacer existir hacemos justicia y belleza. Sin duda el camino sigue siendo muy largo, con retos cada vez más complejos y muchas veces sin recursos para plantar cara a la aplanadora de la sociedad y sus reproches subliminales. Que el esfuerzo de los realizadores de estos filmes, el coraje de estas mujeres y de tantas personas comprometidas en este reto valga la pena, que caigan los ideales en todo su peso, que pierdan valor los modelos femeninos y que la diferencia deje de ser motivo de destrucción y sea motivo de orgullo.  

Referencias
Gillespie, C.; Rogers, S.; Robbie, M. ; Ackerley, T. & Unkeless, B. (2017). I, Tonya. LuckyChap Entertainment, Clubhouse Pictures y Al Film. USA.
Lelio, S.; Larraín, J.; Larraín, P. & Maza, G. (2017). Una mujer fantástica. Fábula. Komplizem Film. Chile.
Van Doorn, G. S. (2014).  Patterns and Mechanisms of Evolutionary Transitions between Genetic Sex-Determining Systems. Cold Spring Harb Perspect Biology.  Doi: 10.1101/cshperspect.a017681. Recuperado dela fuente https://www.rug.nl/research/gelifes/tres/_pdf/vandoorn_cshpb_2014.pdf

domingo, 11 de marzo de 2018

¿Y estas elecciones qué? Avatares de la construcción de ciudadanía en Colombia.



Como en ningún otro momento, el calendario electoral del país se ha convertido en tema de conversación del colombiano de a pie, que, en el contexto de una avalancha de cambios socioeconómicos y políticos todavía sin metabolizar, advierte un nexo entre las votaciones y los problemas a los que se enfrenta diariamente. Esta observación sorprende en un país cuya historia constitucional incluye el reconocimiento del derecho al voto casi desde el grito de independencia de 1810. ¿Por qué tan larga trayectoria en los tejemanejes del sufragio no se ha materializado en el desarrollo de una sólida cultura política de participación y una consciencia clara del papel del ciudadano en el establecimiento de los poderes públicos que lo gobiernan? ¿Cuál es la particularidad del actual panorama electoral en Colombia?
Una mirada rápida a la historia constitucional de nuestro país pone en evidencia algunos de los principales vicios del establecimiento del Estado colombiano, que, desde sus inicios, se sostiene en una adopción parcializada de los ideales ilustrados y liberales en los que se basa la construcción de ciudadanía. Partiendo de ahí, el lado más oscuro del vínculo entre control político y acceso a la riqueza tomará la forma de un imperativo de exclusión que pautará el ritmo de las dinámicas sociales del país hasta nuestros días. En ausencia del reconocimiento genuino de la igualdad, la libertad de pensamiento o la voluntad popular como sustrato de la soberanía nacional, el derecho al voto se planteará como un formalismo más, reservado para hombres con determinadas rentas y prestigio social que eligen y son elegidos en representación de un cierto número de habitantes a quienes escasamente conoce o ha visto.
La contradicción entre los ideales de la independencia y la acumulación de beneficios particulares fue rápidamente advertida por las clases privilegiadas de la sociedad criolla de todo el continente, que en el escenario de la decadencia española se enfrentaron a la disyuntiva de incrementar sus riquezas o generar sociedades más justas e igualitarias.  En países como Argentina, Chile y Brasil la Independencia dio lugar a un importante flujo de dinero proveniente de las exportaciones y la explotación de materias primas, lo que permitió mantener las aspiraciones de las clases privilegiadas y garantizar derechos universales a sus habitantes. En México las guerras con Estados Unidos y Francia facilitaron la consolidación de un fuerte nacionalismo mexicano que dinamizó la adopción de los ideales ilustrados. En Perú y Venezuela la inmigración se consolidó en un factor clave en el desarrollo de sus sociedades y sus economías.  Por el contrario, en Colombia no sólo se mantuvieron las condiciones de exclusión, sino que se institucionalizaron prácticas de explotación y despojo como estrategias para la conformación de un Estado que no contaba con medios económicos para desarrollarse, no tenía control de su territorio, no ejercía el monopolio de la fuerza y no ponía límite a los alcances de las ambiciones particulares. En este contexto no hubo oportunidad para la conformación real de ciudadanía. El Estado se institucionalizó como instrumento de control de las clases populares sin contraprestación alguna (por ejemplo, el reconocimiento de derechos fundamentales o la generación de mejores condiciones de vida como sucedió en otros países de la región), constituyéndose incluso en su principal explotador.
Bajo estas condiciones, la emergencia de grupos armados, fenómenos como el bandolerismo y la capacidad de influencia de gamonales y sacerdotes testimonian el fracaso de la noción de ciudadanía y la ineficiencia del Estado para garantizar los derechos que esta supone. Esta dinámica da lugar a formas mediadas de participación, construidas al amparo de la lógica del don, en las cuales lo que correspondería a cada ciudadano por el simple hecho de serlo (la vida, la libertad, la igualdad, el trabajo, la propiedad, la salud, etc.) es otorgado como favor personal.
En 1991 la instalación de la Asamblea Constituyente abrió las puertas a una resignificación del ejercicio ciudadano, que a pesar de las limitaciones ha representado para muchos la posibilidad de hacer valer su dignidad humana pasando incluso por encima del aparato estatal, financiero y militar. Empero, el alcance de estos esfuerzos ha estado y está acechado por la puesta en juego de una amplia gama de intereses particulares y hábitos sociales que siguen marcando la relación del colombiano de a pie con la política. De la mano con la voracidad de la globalización, el discurso del consumo y la ideología neoliberal fenómenos como el narcotráfico, las bandas criminales, el desplazamiento forzado y la corrupción, entre otros, se constituyen en dispositivos de control orientados a desalentar cualquier intento por hacer efectivos los derechos correspondientes a la condición de ciudadano. En esta línea se inscribe también la famosa práctica de “la mermelada” hecha ley por el gobierno del presidente Santos, que ha terminado con la ya poca credibilidad de la opinión pública en las corporaciones legislativas. Las dádivas del ejecutivo acabaron ramplonamente con el equilibrio de poderes, fundamental en cualquier estado democrático, poniendo en cuestión los fundamentos de la soberanía y develando la banalidad de la representación política y su distancia de la voluntad popular que supuestamente es fuente de su legitimidad. 
Ahora bien, es importante subrayar como un efecto consustancial a esta historia la significación perversa de los derechos ciudadanos, cuyo reconocimiento sólo es válido cuando supone un beneficio personal. Bajo este prisma, lo que constituyen acciones reparadoras y de restitución de derechos a amplios sectores sociales, históricamente vulnerados por el Estado, son entendidas como caridad o soborno y terminan instituyéndose en fuente de polarización y conflicto social. El colombiano de a pie no entiende que se otorguen subsidios a actores armados en proceso de reinserción, a los venezolanos inmigrantes o a los habitantes de calle porque en tanto no ha gozado de la dignidad de un sujeto de derecho no logra atribuir esa condición a otros.
Este año de elecciones es tristemente terreno fértil para la confrontación, principalmente por las condiciones de pobreza e inequidad que afectan a casi toda la población y que favorecen el clima de rivalidad sostenido por la ilusión de acceder a la riqueza que a otro le están dando.  Al no contar con el referente de unas condiciones de igualdad para el disfrute de los derechos, la adhesión a uno u otro candidato, el (des)conocimiento de las instituciones políticas, la degradación de los considerados opositores y la valoración de las propuestas y/o las opciones en función de la experiencia particular se erigen moneda corriente y dan lugar a verdaderas batallas campales de las que salimos perdiendo todos.  
Colombia no será como Venezuela, ni como Cuba, Bolivia o Ecuador porque nunca ha contado ni con los derechos y las garantías que allí se han instituido, ni con un estado fuerte capaz de sostener un orden basado en la legalidad para todos. Se hace urgente partir de la conciencia de estas particularidades de nuestro devenir político, concentrar nuestros esfuerzos en la defensa de la ciudadanía de todos por encima de las personalidades mesiánicas de nuestros gobernantes, nuestros miedos históricos y la naturalización de las prácticas clientelistas. Que el calendario electoral sea una excusa para poner esta necesidad común en primer plano y que podamos encontrar en el dédalo de nuestra actualidad política el camino para generar verdaderas y profundas transformaciones en nuestro proyecto de país, de sociedad y de ciudadanía.