miércoles, 1 de enero de 2020

Las voces de nuestro tiempo. Algunas reflexiones sobre la opinión pública y las redes sociales

El momento que vivimos como país, la masacre de los líderes sociales sin atender, los efectos de la convocatoria al Paro Nacional y el curso del proceso de paz con las FARC, entre otras cosas, exigen la emergencia de espacios de reflexión y debate que aviven la disposición crítica, expandan nuestra sensibilidad frente a la situación del otro y legitimen los sentimientos de indignación y rechazo al horror. En un país en el que la atrocidad y la miseria no tienen límites, donde el cinismo es el común denominador del discurso de periodistas, empresarios, políticos y otras figuras públicas, son necesarias voces que apalabren lo que está pasando y exalten la imaginación.  



El surgimiento de las redes sociales y la diversificación de las fuentes de información sobre los alcances de la violencia en todo el territorio colombiano han abierto la posibilidad de distanciarnos de los pronunciamientos oficiales, apurando la caída de los semblantes de la gente de bien de siempre y resignificando un compromiso político todavía irregular. Estas transformaciones, sin duda lentas e inestables, han dado lugar a un incipiente movimiento social que, en las calles, en las redes y en la cotidianidad sostienen la esperanza y el deseo de un futuro distinto. A pesar de las derrotas y las frustraciones, millones de colombianos seguimos insistiendo en participar de la vida política a sabiendas del uso perverso de la institucionalidad por parte de los políticos corruptos, los señores de la guerra y todos aquellos aferrados a sus intereses económicos.  

En este escenario llama la atención que ni los políticos ni los “expertos” en la materia sean las voces de referencia; sus intervenciones suenan falsas y convenientes, oportunistas y parcializadas. Sea porque sus nombres están involucrados en aquello que se rechaza o por la profunda desconfianza que despierta la dirigencia política, sus voces no representan una lectura pertinente de las circunstancias sociales, económicas y culturales que vivimos como colombianos.  En la coyuntura, son los artistas y deportistas quienes concentran una credibilidad genuina, sostenida en el compromiso voluntario que muchos de ellos han asumido en el desarrollo de su labor con el destino del país y el logro de la paz tan anhelada. Reconocidos por su carisma, excelencia, disciplina y valor, los artistas y deportistas representan el ideal de un pueblo carente de referencias morales y políticas en la vía de sostener alguna suerte de sentimiento patrio.  


Llama la atención el caso de los escritores que, desde columnas de opinión, comentarios en las redes, artículos en medios tradicionales y alternativos, pero también desde las calles, en las marchas, tertulias, eventos culturales y académicos, han hecho eco del movimiento y han contribuido significativamente al surgimiento de nuevas formas de lazo social. Sus textos excitan la imaginación moral de los lectores, movilizan la compasión y el deseo, plantean lecturas alternativas de los hechos, historian los acontecimientos y las tendencias sociales. A contracorriente de la indiferencia y el rebajamiento de la protesta agenciado por los sectores clasistas y excluyentes, los escritores se han hecho voz de nuestro tiempo, inspirando un ejercicio reflexivo y crítico que hoy mas que nunca debe incentivarse, extenderse y sostenerse para despertar cuantas veces sea necesario.  Por supuesto también podríamos invocar aquí el caso de líderes y lideresas, músicos, antropólogos y otros académicos que también encienden la esperanza con su profundo compromiso social, su trabajo de años y sus aportes a la construcción de memoria histórica y la comprensión del panorama actual. Acaso el destacar esta incidencia particular de los escritores en el proceso de construcción de una opinión pública más participativa y atenta sea una forma de defender la apuesta por la dignidad de la palabra y la sensibilidad, en un país donde el vivo vive del bobo y todo se toma por la fuerza.

He dicho que las redes sociales tienen un papel clave en estas transformaciones y esto sin duda obedece a la ilusión de cercanía que generan con respecto a las figuras públicas. El poder de difusión que hoy por hoy tienen Twitter, Facebook e Instagram, por mencionar algunas, no sólo le da notoriedad casi instantánea a quien apenas ayer era un hijo de vecino; también proporciona una sensación de saber sobre la cual los seguidores de uno u otro personaje edifican el derecho ficticio a enjuiciarlo o idealizarlo. Resulta difícil no ceder al señuelo que agita el interés o la antipatía.  Lo que empieza con un like termina fundando el engaño de una familiaridad peligrosa. Espiamos su vida privada, les endilgamos responsabilidades que no les corresponden, nos frustramos por sus decisiones y prioridades, nunca son suficientes para nuestras expectativas. Esto aplica tanto para los ídolos como para los seguidores; me ha pasado que escritores cuyo trabajo respeto y he seguido con atención no han dudado en tratarme de “tibia” o mandarme a leer la revista carrusel por criticar sus opiniones.

El punto es que todo esto no es más que una falacia. Leemos sus palabras y sus opiniones, pero no los conocemos, no somos sus amigos ni sus enemigos. Vale recordar esta distancia justo ahora, no sólo en este caso sino en todos, como posibilidad de resignificación de lo que se ha venido llamando polarización política y como resistencia al empuje deslegitimador que desde los comienzos de la civilización occidental ha venido excluyendo todo aquello que quepa en el apelativo de irracional. Que la observación, la imaginación y la curiosidad pongan freno a la identificación desbocada y abran espacio a la creatividad y el pensamiento.

Las voces de nuestro tiempo, los resonadores de las inquietudes de un pueblo cansado de perderlo todo han vivido cambios interesantes que abren la puerta a alguna esperanza. Ojalá que estas pequeñas mutaciones, que no son cualquier cosa, hagan perdurables estos nuevos tejidos ciudadanos y esta activación de la sensibilidad de todos los colombianos.










  

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