El momento que vivimos
como país, la masacre de los líderes sociales sin atender, los efectos de la
convocatoria al Paro Nacional y el curso del proceso de paz con las FARC, entre
otras cosas, exigen la emergencia de espacios de reflexión y debate que aviven
la disposición crítica, expandan nuestra sensibilidad frente a la situación del
otro y legitimen los sentimientos de indignación y rechazo al horror. En un
país en el que la atrocidad y la miseria no tienen límites, donde el cinismo es
el común denominador del discurso de periodistas, empresarios, políticos y
otras figuras públicas, son necesarias voces que apalabren lo que está pasando
y exalten la imaginación.
El surgimiento de las
redes sociales y la diversificación de las fuentes de información sobre los
alcances de la violencia en todo el territorio colombiano han abierto la
posibilidad de distanciarnos de los pronunciamientos oficiales, apurando la
caída de los semblantes de la gente de bien de siempre y
resignificando un compromiso político todavía irregular. Estas
transformaciones, sin duda lentas e inestables, han dado lugar a un incipiente
movimiento social que, en las calles, en las redes y en la cotidianidad
sostienen la esperanza y el deseo de un futuro distinto. A pesar de las
derrotas y las frustraciones, millones de colombianos seguimos insistiendo en
participar de la vida política a sabiendas del uso perverso de la
institucionalidad por parte de los políticos corruptos, los señores de la
guerra y todos aquellos aferrados a sus intereses económicos.
En este escenario llama
la atención que ni los políticos ni los “expertos” en la materia sean las voces
de referencia; sus intervenciones suenan falsas y convenientes, oportunistas y
parcializadas. Sea porque sus nombres están involucrados en aquello que se
rechaza o por la profunda desconfianza que despierta la dirigencia política,
sus voces no representan una lectura pertinente de las circunstancias sociales,
económicas y culturales que vivimos como colombianos. En la
coyuntura, son los artistas y deportistas quienes concentran una credibilidad genuina,
sostenida en el compromiso voluntario que muchos de ellos han asumido en el
desarrollo de su labor con el destino del país y el logro de la paz tan
anhelada. Reconocidos por su carisma, excelencia, disciplina y valor, los
artistas y deportistas representan el ideal de un pueblo carente de referencias
morales y políticas en la vía de sostener alguna suerte de sentimiento
patrio.
Llama la atención el caso
de los escritores que, desde columnas de opinión, comentarios en las redes,
artículos en medios tradicionales y alternativos, pero también desde las
calles, en las marchas, tertulias, eventos culturales y académicos, han hecho
eco del movimiento y han contribuido significativamente al surgimiento de
nuevas formas de lazo social. Sus textos excitan la imaginación moral de los
lectores, movilizan la compasión y el deseo, plantean lecturas alternativas de
los hechos, historian los acontecimientos y las tendencias sociales. A
contracorriente de la indiferencia y el rebajamiento de la protesta agenciado
por los sectores clasistas y excluyentes, los escritores se han hecho voz de
nuestro tiempo, inspirando un ejercicio reflexivo y crítico que hoy mas que
nunca debe incentivarse, extenderse y sostenerse para despertar cuantas veces
sea necesario. Por supuesto también podríamos invocar aquí el caso
de líderes y lideresas, músicos, antropólogos y otros académicos que también
encienden la esperanza con su profundo compromiso social, su trabajo de años y
sus aportes a la construcción de memoria histórica y la comprensión del
panorama actual. Acaso el destacar esta incidencia particular de los escritores
en el proceso de construcción de una opinión pública más participativa y atenta
sea una forma de defender la apuesta por la dignidad de la palabra y la
sensibilidad, en un país donde el vivo vive del bobo y todo se toma
por la fuerza.
He dicho que las redes
sociales tienen un papel clave en estas transformaciones y esto sin duda obedece
a la ilusión de cercanía que generan con respecto a las figuras públicas. El
poder de difusión que hoy por hoy tienen Twitter, Facebook e Instagram, por
mencionar algunas, no sólo le da notoriedad casi instantánea a quien apenas
ayer era un hijo de vecino; también proporciona una sensación de saber sobre la
cual los seguidores de uno u otro personaje edifican el derecho ficticio a
enjuiciarlo o idealizarlo. Resulta difícil no ceder al señuelo que agita el
interés o la antipatía. Lo que empieza con un like termina
fundando el engaño de una familiaridad peligrosa. Espiamos su vida privada, les
endilgamos responsabilidades que no les corresponden, nos frustramos por sus
decisiones y prioridades, nunca son suficientes para nuestras expectativas.
Esto aplica tanto para los ídolos como para los seguidores; me ha pasado que
escritores cuyo trabajo respeto y he seguido con atención no han dudado en
tratarme de “tibia” o mandarme a leer la revista carrusel por
criticar sus opiniones.
El punto es que todo esto
no es más que una falacia. Leemos sus palabras y sus opiniones, pero no
los conocemos, no somos sus amigos ni sus enemigos. Vale recordar esta
distancia justo ahora, no sólo en este caso sino en todos, como posibilidad de
resignificación de lo que se ha venido llamando polarización
política y como resistencia al empuje deslegitimador que desde los
comienzos de la civilización occidental ha venido excluyendo todo aquello que
quepa en el apelativo de irracional. Que la observación, la
imaginación y la curiosidad pongan freno a la identificación desbocada y abran
espacio a la creatividad y el pensamiento.
Las voces de nuestro
tiempo, los resonadores de las inquietudes de un pueblo cansado de perderlo
todo han vivido cambios interesantes que abren la puerta a alguna esperanza.
Ojalá que estas pequeñas mutaciones, que no son cualquier cosa, hagan
perdurables estos nuevos tejidos ciudadanos y esta activación de la
sensibilidad de todos los colombianos.




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