viernes, 15 de abril de 2022

El valor ético de la muerte

Hoy 14 de abril de 2022 amanece con la noticia de la muerte del exfutbolista colombiano Freddy Rincón. Recientemente Netflix presenta un documental que reconstruye el asesinato de Doris Adriana Niño sucedido hace 25 años. 11 personas murieron el 28 de marzo en la vereda el Alto Remanso del Putumayo, en un fallido operativo del ejército colombiano sobre un bazar comunitario. El diario El País edición América del 9 de abril reporta la masacre y las inconsistencias de la respuesta del gobierno sobre la llamada operación Bruno. Medios independientes que informaron la situación fueron estigmatizados como aliados del terrorismo. Hace 8 días el ESMAD agredió a la población indígena que desde hace mas o menos 7 meses permanece en el Parque Nacional. Hay guerra en Ucrania Y en Siria. Y en el Chocó. Y no sé en cuántas más partes del planeta. El hambre, la miseria, el poder, la violencia. La fragilidad humana.  

De todo este horror, se impone una pregunta por la muerte como destino inevitable para todo lo vivo. ¿Debería conmovernos la muerte? ¿Todas las muertes nos tocan de la misma manera? ¿Tendríamos qué responder igual en cada caso? Hasta donde sé somos la única especie que es consciente de su propia muerte y desde ese reconocimiento ha dotado a la vida de un significado especial. Podría decirse que el estatuto de la vida propia, la sensación de que eso que se posee es absolutamente valioso, ha determinado la manera en que como especie y como individuos hemos entendido la muerte. Todos los rituales que hemos creado para organizar el curso vital hasta llegar al momento del último aliento, de la finitud convertida en un viaje soñado como eternidad, testimonian el apego que profesamos a la vida, incluso si se trata de la mera repetición de los actos cotidianos más triviales. 

Una vez accedemos a la conciencia de lo que somos, de lo que experimentamos y de que lo podemos perder en cualquier momento entramos en una carrera por extender la vida, intentando disponer de la mayor cantidad de placeres y bienes posible y/o garantizando que la muerte sea lo más parecido a aquello que conocimos previamente. Por supuesto, también hay posturas que llaman a la aceptación de la muerte como una lección moral, recordando su inevitable coexistencia con la vida y su función como “momento culminante de la existencia, la escena definitiva de la tragedia de ésta, y que por lo mismo le da su sentido a la tragedia entera” (García Borrón, citado por Frutis Guadarrama, 2013; p. 47). En cualquier caso confrontarnos con la muerte – la muerte humana en primera instancia y cada vez más de otras especies– pone en primer plano nuestra relación con la vida y en esa medida tiene un estatuto ético; tiene el poder de conmovernos, de cuestionar nuestras acciones e impulsarnos a tomar otras decisiones. Actuar de maneras más acordes con la vida puede ser, en efecto, una consecuencia 
 de esta confrontación. 

¿Por qué entonces nuestra reacción frente a la muerte es diferente según las coyunturas, los bandos y las distancias? ¿Por qué los muertos pesan distinto? ¿Será que esa función moral de la muerte solo tiene lugar cuando lo que se pone en juego es la propia experiencia, la propia muerte? Más acá o más allá de los afectos que nos unan o no a los fallecidos, de nuestra capacidad para identificarnos con ellos y ver en sus cuerpos el rostro del semejante, resulta fundamental afirmar lo más real de la muerte, poner en el centro de la existencia esa conciencia de la muerte como fin de la existencia para revalorizar la vida de todos, de cada ser vivo en su individualidad y activar el reconocimiento de las implicaciones de tomar la vida de otro, o incluso la propia vida, por muchos aparatos mecánicos, simbólicos o digitales que nos hayamos inventado para producir la muerte en masa. 

Las muertes de ayer, las de hoy y las de todos los días me hacen pensar en las vidas de cada una de esas personas, de sus momentos de tristeza y alegría, de los que definieron su camino o recogen en una imagen instantes de una trascendencia insospechada. Pienso en esa postal inolvidable del gol de Rincón a Alemania en el mundial de Italia 90 que sacudió a todo el país y me hizo llorar de emoción a los 9 años. Trato de imaginar el momento en que el destino de Doris Adriana Niño se cruzó con el de Diomedes y sueño con estar ahí para advertirle del peligro, aun temiendo que las alarmas no fueran suficientes para atajar la amenaza. Siento en la piel la angustia de las 11 personas muertas en el Remanso y el dolor y la rabia de sus familias, hartas de la indolencia y el cinismo de un gobierno acostumbrado a
cubrirse los crímenes a punta de impudicia retórica. 

Asumir a la muerte en toda su contundencia, tomarla en serio, extraerla de la serie de las mercancías y las palabras vacías puede abrir la puerta a una reconsideración del sentido de la vida y tal vez a decisiones más conscientes tanto en el plano personal como en el plano colectivo. 
 

Referencia
Frutis Guadarrama, O. (2013). La muerte en el pensamiento de Séneca: una lección moral. La Colmena 78 abril-junio, 45-52. Recuperado de la fuente http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_78/Aguijon/7_La_muerte_en_el_pensamiento_de_Seneca.pdf
* Imágenes tomadas de El País https://elpais.com/internacional/2022-04-10/el-fallido-operativo-del-gobierno-colombiano-que-dejo-varios-civiles-muertos.html
https://www.elvallenato.com/noticias/14151/Esto-Pas%C3%B3-Realmente-Con-Doris-Adriana-Ni%C3%B1o.htm
https://colombia.as.com/futbol/el-gol-de-freddy-rincon-a-alemania-un-capitulo-imborrable-n/

domingo, 14 de marzo de 2021

La bondad de las cosas


“No es el olor

sino la bondad de las cosas

al exhibir su derrota”. 

Andrea Cote


Abrir los ojos a la realidad en la que vivimos y estirar el cuerpo luego de meses de confinamiento supone ante todo liberar la mirada del estrecho círculo de la inmediatez. Si bien el año 1 de la era Post covid no tiene un único guion y no para todos el encierro marcó la pauta de estos meses, resulta evidente que la expansión del virus transformó la cotidianidad en muchos niveles, poniendo en cuestión aspectos esenciales de nuestra humanidad encarnados principalmente en la relación que cultivamos con los objetos. El escaso conocimiento del coronavirus nos alertó sobre la amenaza de contagio palpitante en el aire y todo tipo de superficies: nos cubrimos la cara y el cuerpo con máscaras y trajes especializados, los alimentos pasaron por arduos protocolos de limpieza, las innumerables ceremonias de desinfección dejaron su marca en las manos de los angustiados. Un velo se dispuso entre nosotros y el mundo, distorsionando las formas, ocultando el horror y la miseria con una sensación de irrealidad acentuada por la dimensión de la tragedia y los medios de comunicación. 

 ¿Qué es lo que cambió en esa relación con los objetos? ¿Cuáles son los efectos en la intimidad cotidiana que habíamos establecido con las cosas y las personas? ¿Cómo esto cambia nuestra concepción del mundo? Más allá del debate de los alcances del capitalismo, el consumo y la construcción de formas de vida sostenibles y dignas para todos -que sigue siendo un tema necesario-, cabe reflexionar sobre los avatares de nuestro hacer y deshacer con los objetos en los espacios cercanos. Y es que no son solamente pedazos de mundo dispuestos en los estantes de unos coleccionistas voraces; los objetos son concreciones materiales de las intenciones, las necesidades y las aspiraciones creadas por la potencia tecnológica de nuestra especie. En cada época las cosas que producimos, seleccionamos y atesoramos nos interpretan, se vuelven extensiones de nuestros cuerpos, son espejos con los que construimos identidad. Aunque algunos son altamente peligrosos y según su uso pueden amplificar las disposiciones mortíferas que nos habitan, la mayoría configuran el paisaje de nuestro círculo próximo, llenan el vacío, facilitan nuestras tareas cotidianas o simplemente nos hacen compañía.

Con la llegada de la COVID-19 se produce una profunda transformación en esta dinámica. Las disposiciones y sugerencias de evitación del contacto con superficies potencialmente contaminadas hicieron a todos los objetos sospechosos frente a los cuales fue necesario implementar estrategias de defensa para conjurar su amenaza. Los mejor librados fueron las pantallas, celulares y ordenadores que confirmaron su carácter de imprescindibles al ser instrumentos principales de trabajo y comunicación. La atmósfera entrañable en la que solían converger la huella de objetos de propios y ajenos fue reemplazada por una gigantesca nube de alcohol y las cosas nuevas sólo fueron admitidas al comprobar su condición estéril, sea por haber superado la aduana de la limpieza o por venir empacadas en montones de plástico desechable para evitar contaminaciones en el camino. 

No es un dato menor que uno de los síntomas más singulares de la COVID-19 sean la pérdida del gusto y del olfato. Estos sentidos, que están conectados a las partes mas primitivas del cerebro, han jugado un papel fundamental en la evolución siendo claves para identificar sustancias y situaciones peligrosas. Ambos configuran el sabor, están íntimamente ligados a la memoria emocional y el placer y son altamente sensibles a las costumbres y las nuevas experiencias. De acuerdo con John McQuaid, ganador del Premio Pullitzer por el libro Tasty: The Art and Science of What We Eat, el gusto y el olfato han contribuido en gran medida a la invención de la cultura evidenciando la importancia de aprender a disfrutar alimentos y sustancias nuevas para asegurar la supervivencia. La alteración de las fuentes de esta intuición sensorial afecta el universo de nuestros recuerdos y emociones más profundos, no sólo porque distorsiona el disfrute conocido de las cosas sino porque nos priva de la orientación necesaria para aventurarnos a navegar en el océano de nuevas sensaciones.   

Tal vez la pandemia haya trivializado nuestra relación con esas cosas que antes sentíamos necesarias porque podíamos tomarlas, olerlas y saborearlas desprevenidamente, porque tenían sentido en el contexto de los rituales cotidianos que nos vinculaban estrechamente con otras personas y otros mundos. Tal vez vivimos tiempos de nostalgia en los que buscamos esas sensaciones tan escasas en la seguridad de la casa, a la que hemos tenido que adaptarnos y que sin embargo sigue sin sustituir la emoción del exterior. En cualquier caso, las condiciones actuales de la manipulación de los objetos y las cosas no son solo imponen la ampliación de los tiempos o de los procedimientos requeridos para utilizarlos; estas van produciendo cambios en nuestra sensibilidad que incluso impactan en nuestra disposición a interactuar con lo desconocido y/o lo diferente, reforzando actitudes de xenofobia o rechazo frente a quienes también se nos vuelven amenazantes porque no podemos sentirlos directamente

Acaso intuimos que en esta pandemia hemos perdido algo de la bondad de las cosas, que en su precariedad y evanescencia nos ha mantenido asombrados y despiertos...
hasta ahora. 



domingo, 21 de febrero de 2021

Temor de dios

 La consistencia es una exigencia delicada, que toma por sorpresa al escritor cuando es indicada su ausencia en el corazón de su producto. Es un principio de todo texto bien hecho, no solo por su cercanía semántica con las dos propiedades que articulan como bisagra su estructura profunda y superficial (la coherencia y la cohesión), sino porque pone en acto la intención más secreta del autor al servirse de las palabras y los símbolos para nombrar sus ideas: hacer existir en el mundo algo que hasta ahora solo daba vueltas en el estrecho universo del propio pensamiento. 

De acuerdo con la RAE consistencia se define como "Duración, estabilidad y solidez" o como "trabazón, coherencia entre las partículas de una masa o los elementos del conjunto".En la red también se define consistencia como "valor lógico de aquellas fórmulas de las que no se puede afirmar que sean verdaderas ni falsas", como propiedad de un sistema donde "no existe una proposición φ tal que se puede demostrar o deducir simultáneamente la proposición φ y su contraria ¬φ o no-φ", o simplemente como "dar cuerpo". Sea en el campo de la química, de las matemáticas, de la estadística o de las letras, parece que dar consistencia se constituye en un poder y una necesidad fundamental para cualquier creador que pretenda dar una vida "adecuada" a lo que pretende instaurar, reconocer, nombrar o decir. En el mundo de los humanos la concepción del cuerpo, verdadera tarea de alquimistas, se hace en el marco de un sistema de reglas que garantiza un mínimo de organización, de legibilidad, tal vez con una aspiración primitiva de normalidad orientada a la naturalización de lo extranjero y lo desconocido. Se le pide a un cuerpo solidez y estabilidad, se le impone una forma a aquello que se hace cuerpo y se le demanda que mantenga dicha forma, al menos en sus rasgos esenciales, para ser reconocido; una y otra vez recordamos que al principio de los tiempos Dios creó el mundo en un ejercicio de consistencia, y nos decimos que todo lo nuevo engendrado por el hombre es posible y legítimo en tanto esté en los límites de sus leyes y/o las de la naturaleza.
No obstante lo anterior, y el esfuerzo socio-educativo para inculcárnoslo, el mundo muestra todos los días formas inimaginables de brevedad, de irracionalidad, de inconsistencia que desafían a cualquier sistema y revelan el engaño de la tan anhelada estabilidad. Acaso la forma más digna de estas demostraciones sea el arte en general, y la muerte del poeta en particular. Este fin de semana la vida del cuerpo de Saramago ha hecho gala de inconsistencia, la misma que hacía estallar la locura en sus escritos con ese estilo mordaz, reflexivo, cotidiano y crítico, en el seno de miles de imágenes de la coherencia, tan preciadas para nuestro pensamiento inevitablemente religioso. Por sus manos pasaron la identidad, la propia imagen, el evangelio, el sistema político, entre otros.... la ignorancia sobre la totalidad de su obra me priva de hacer un comentario más profundo, pero la creencia en la banalidad del todo me hace creer que justamente esa condición me permite apreciar el cuño tremendo de su poesía y su ataque decidido a los pilares de lo que suponemos más humanos nos hace.    
Anoche leí que Saramago no creía en dios, consideraba nefasta la creencia en dios y aseguraba que la religión tal vez era uno de esas condiciones que más nos envilecía. Entonces me lo imaginé en una banca cercana al agua en Ginebra, tejiendo ideas nuevas con el dios de Borges para romper los espejos del mundo o abriendo una sucursal subversiva en el imposible ojo del aleph. Si hablar de nuevas ideas, si pensar y escribir no pueden ser más que efectos de la aplicación de la estructura de la consistencia, entonces entendemos por qué Saramago decía que nos hacía falta filosofía, y por qué la violencia de las palabras ya no nos alcanza para domesticar un poco el retorno de lo que no consiste en la imagen ni en la acción. Nacemos con el imperativo de crear un lugar, un cuerpo, un nombre, una identidad. Nos esforzamos por hacernos familiares, forjamos hábitos, aprendemos una lengua, ensayamos las tablas de multiplicar (y de mortificar), sacamos nuestra tarjeta o nuestra cédula de ciudadanía... entre tanto un monstruo a veces pequeño, a veces enorme empieza a habitar y a contaminar las entrañas de nuestra estabilidad química. Un dolor, una tensión, un vacío intenso y pulsátil, empieza a forjar una delgada fisura entre el espejo y yo, cuya causa siempre aparece opaca ante mis ojos pero que siento retornar en los ojos de los otros como juicio implacable por mi imperdonable crimen a la consistencia. No sé cuantas mujeres he creado en la loca carrera de demostrar mi aceptación a la consistencia y no sé cuantas veces he terminado rompiendo el corazón de ese concepto con la distancia inefable entre lo que pienso, digo, deseo, gozo y hago a pesar de mis esfuerzos genuinos por aceptarlo. Así empezó el temor de dios, que todos los días y las noches se instala en la aduana voraz de mi estómago para perforar con el filo de la angustia la tranquilidad de mis cienes y el caos de mi cerebro. A veces simplemente huyo, evito o me cierro tras la coraza defensiva de la combatividad, otras veces hiperventilo, me muevo a mil, maldigo y me desbarato por la intensidad. Lo cierto es que temo, y si temo sin la visión del peligro circundante es porque reconozco en la inconsistencia un peligro mayor que me acecha entre el sistema límbico y la corteza cerebral, y que en múltiples ocasiones se apoya en mi capacidad infinita para olvidar. Saramago insistía en la importancia de la memoria. Una compañera me lo recordó con esta cita: "somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir". El temor de dios, más que el miedo a la venganza irrestricta del padre nuestro o de mi padre imaginario, es el temor a la propia disolución cuando la memoria está en declive y la responsabilidad sólo puede expresarse a título de culpa. Por eso Saramago no tenía temor de dios, no lo conoció o no le pareció que valiera la pena. 
Por mi parte, estoy cansada de temerle a dios. Anoche pensaba que las dos únicas salidas están en la evitación del acto o de los actos que de antemano sé que me darán temor, o simplemente hacerme inmune a los efectos de mis actuaciones, desvalorizando ese supuesto brillo acusador en la mirada y desembarazándome de esa necesidad de obtener la consistencia que no tengo en la aprobación de los otros. 
Ni la inhibición, ni el cinismo. Debe haber otra salida. La poesía, y con ella cualquier expresión decidida de valentía es un ejercicio posible en ausencia de temor de dios. 

sábado, 13 de febrero de 2021

Los (d)efectos del exceso de fuerza


Todo uso de la fuerza tiene el riesgo de devenir excesivo. Con demasiada facilidad se cruza la línea de lo justo y el mismo impulso que usamos para poner a andar el mundo se convierte en el motor de la destrucción. En una sociedad como la nuestra este deslizamiento se convierte en norma porque los mecanismos de ordenamiento siempre fallan y la palabra no alcanza para regular la intensidad de nuestras urgencias. Sin ninguna instancia disponible para dirimir con eficacia los impases del encuentro cotidiano, descargamos en el vecino nuestro malestar con vehemencia exponiéndonos al riesgo de multiplicarlo a expensas de lo impredecible de su respuesta. Sea el exceso de fuerza verbal o físico, nada asegura que el resultado de una situación así de tranquilidad y apaciguamiento a alguna de las partes. Al pretender un reconocimiento que se pide en el lugar y con las personas equivocadas, la oportunidad de reivindicar un derecho o hacer valer una opinión termina convirtiéndose en una disputa de la que todos salen mal librados. 

Hoy tuve tres momentos de molestia que me confrontaron con los avatares del exceso de fuerza con tres resultados muy distintos. El primero tuvo lugar con una persona muy querida a la que le reclamé su descuido conmigo cuando nos despedimos, en un momento en que no tenía dinero y las piernas me dolían terriblemente. Le escribí manifestándole mi enfado y al rato me contestó con una disculpa. Sus palabras no cambiaron las cosas, pero me hicieron sentir mejor. 

El segundo sucedió con mi gata, un animalito precioso y noble que no pierde ocasión para morder lo que se le atraviesa. Yo estaba muy cansada y adolorida por las marcas de sus últimas embestidas y no me aguanté su juego: le pegué una palmada y la regañé. La gata lo intentó una vez más y una vez más le pegué increpándole que eso no se debía hacer. La gatica se acostó en frente de mi, dándome la espalda, se fue con un gesto que interpreté como de molestia y al rato regresó, se acostó a mi lado y se quedó dormida. En ese momento sentí que era el animalito mas noble del mundo y yo la humana más ruin. Mi rabia, justificada o no, fue exagerada y probablemente después de esto la gata no va a dejar de morderme cuando tenga el chance. El caso es que mi intento por disciplinar al animalito terminé llenándome de una culpa que a posteriori puso en evidencia mi deseo de ser reconocida como amo. 

El tercer momento fue el peor. Salí a pagar unos medicamentos a la puerta del edificio y una señora me pidió que le abriera la puerta porque no tenía el chip electrónico y la persona a la que buscaba no había llegado al apartamento. En ese momento me disgustó la solicitud de la señora y mientras le abría me puse a reclamarle por entrar de manera irregular, haciendo memoria de todas las personas que alguna vez han golpeado mi puerta pidiéndome -a veces con cortesía y otros con altanería- que les abra la puerta. Me descargué excesivamente con la señora, que además venía a visitar a una vecina que estimamos mucho y que entró en escena poco después de que ella se negara a salir. La señora no acogió mi molestia, me echó en cara la suya reteniendo la respuesta de salir y finalmente quedé como una persona odiosa con mi vecina, que siempre ha sido muy especial con nosotras. Es verdad que su pedido fue una gota que rebasó la copa y que estaba esperando la ocasión para desquitarme por tener que aguantar una romería de desconocidos golpeando mi puerta para que les abra. 

La cuestión es: ¿era este el momento? ¿Qué esperaba de esa mujer? ¿Qué se aguantara? ¿Qué me pidiera perdón? Intentar resolver mi fastidio en el contexto equivocado no me dejó más que esta sensación de haber sido un desecho, un malestar en el cuerpo que no tendrá otra posibilidad si sigo recurriendo al exceso de fuerza como único camino para hacer con lo que no entra en el lazo social. 

domingo, 10 de enero de 2021

Mantener los ojos abiertos


Y seguimos en la pandemia. En medio de los anuncios sobre los planes de vacunación, las nuevas cepas y el endurecimiento de las restricciones para contener nuevos picos de contagio muchos hemos pasado el fin de semana entre las paredes de nuestras casas, siguiendo con resignación la rutina de unos días extraños. Ya es un lugar común decir que vivimos la reproducción interminable de un domingo cada vez más desprovisto de emociones; la parsimonia de la repetición acumulada en los tendones y articulaciones se expresa como cansancio inmotivado, con una reducción de fuerzas y motivación que desanima cualquier proyecto. Con casi diez meses de restricciones e incertidumbres a cuestas, vagamos entre las adaptaciones logradas para mantener el deseo de vivir, el temor al contagio y los problemas de la convivencia, la escasez y los imprevistos.  En estas circunstancias dan ganas de desconectarse del mundo: no pensar en el covid ni en las desgracias que arrastra, no escuchar las noticias de más muertos, desaparecidos o asesinados ni tener noticia de la maldad y el cinismo de los gobiernos y dirigentes. Apagarse casi por completo, caer bajo el sopor de las cobijas calientes o la urgencia de evadirse, abrazarse a un simulacro de muerte del que a veces no quisiéramos volver y que por un tiempo nos protege del temor a la muerte verdadera. Olvidar que estamos aquí y ahora y despertar en la rutina que creímos inmutable, corriendo para llegar a clase o al trabajo, midiendo las calles con amigos, metidos en algún bar, un concierto, un cine, en el mercado, viajando por el mundo. Cerrar los ojos para acogerse a la ilusión de que el mundo puede seguir andando sin que participemos de su desgracia, como si pudiéramos parar la máquina y bajarnos porque no nos gustó.  

La vida, por supuesto, no funciona de esa manera. La vida es el espasmo de la carne, la sangre irrigando los tejidos, cada célula bullendo de actividad y energía, conectadas entre sí, conectadas con otros, con los elementos, con el universo, la vida haciendo parte de los fenómenos que tienen lugar en tiempo y espacio, la vida resonando con otras vidas. Aunque estemos inmóviles, confinados, paralizados, la vida no deja de ser, sigue a pesar de nosotros y nos convoca a asumirla, a aprovecharla en las condiciones que tengamos, a disfrutarla, a romper con la inercia, a responsabilizarnos de ella. Es verdad que sólo cuando falta  o creemos que nos va a faltar valoramos su potencia y anhelamos tenerla a disposición; apreciamos la vida por el contraste que representa el conocimiento de la muerte. Sin embargo, en momentos en que la pregunta por lo que vale la pena vivir nos hace un nudo en la garganta es más que necesario hacernos cargo de su defensa, mantener los ojos bien abiertos y asumir que la pandemia no es un tiempo muerto. Vivimos en este tiempo y en este planeta, convivimos con otros fenómenos que nos afectan. cada cosa que hacemos o dejamos de hacer influye en la vida de todos y las cosas que pasan en las diferentes dimensiones de la realidad tarde o temprano tienen que ver con nosotros. Las desgracias y las alegrías planetarias no dejan de confrontarnos con los efectos de nuestra participación en El Todo y hoy, como siempre, la manera en que nos posicionemos frente a lo que pasa y lo que no es absolutamente decisiva. 

Mantener los ojos abiertos como posición ética y política nos permite atender al cuidado propio y de nuestros seres queridos, aportar a las necesidades de otros, servirnos de sus saberes y experiencias, encontrar anclajes inesperados para sostener y movilizar nuestro deseo, anticipar en la medida de lo posible situaciones difíciles, entender mejor los bemoles de la convivencia, defender el bien común, no ceder ante el cinismo de los corruptos o los aprovechados, leer las implicaciones del sistema y sus grandes explotadores, poner límite a la voracidad del consumo, mantener la intensidad de los afectos, sentirse vivo. Mantener los ojos abiertos, que no tiene nada que ver con la paranoia y/o la desconfianza generalizada, se trata nada más y nada menos estar atentos y comprometernos con el impulso mismo de la vida de formas que cuestionen la entropía y la aniquilación. 

domingo, 22 de noviembre de 2020

Colegajes posibles y el quehacer cotidiano de los psicólogos. A propósito del día del psicólogo en Colombia.

A mis grandes amigos y colegas 

Con ocasión del día del psicólogo, que en Colombia conmemora la apertura del Instituto de Psicología Aplicada en la Universidad Nacional el 20 de noviembre de 1947, pongo sobre la mesa algunas ideas en torno al ejercicio de la psicología en esta época. Una suerte de formalización de la experiencia que se escribe como preguntas ¿Cómo es mi ejercicio cotidiano de la psicología? ¿Qué lo hace posible?
  
1
La modernidad nos legó una imagen individualista del ejercicio de las llamadas "artes liberales",  que tiene en el despacho o consultorio privado su símbolo por excelencia. Los "artistas", hombres (casi siempre) educados en la universidad, forjaban con su título académico una carrera de prestigio que les permitía conquistar un lugar en la sociedad. La literatura decimonónica y de principios de siglo XX los retrata acomodados, con presencia grave, afecto por la buena mesa y un saber especializado bajo el brazo. Siempre solos. En esta imagen la vida gremial, el encuentro con los colegas, parece más una excepción; el eco de los congresos o los colegios profesionales donde también se juega la carrera del prestigio y las demostraciones de saber que sostienen la vida privada de la consulta. El colegaje toma las formas de una interacción cordial que en el contexto médico suponen la figura de no interferencia con matices cristianos: "El médico debe comportarse hacia sus colegas como él desearía que ellos se comportasen con él", "no debe dañar la relación médico-paciente de los colegas con el fin de atraer pacientes" "El médico debe cuando sea médicamente necesario comunicarse con los colegas que atienden el mismo paciente" (Código Internacional de Ética Médica citado por Franco Ruíz, 2018).  En la épica de los profesionales liberales los colegas son ante todo competencia potencial y las buenas maneras, los límites y las distancias hacen parte de una serie de prácticas que privilegian relaciones asimétricas y/o paradójicas. Franco Ruiz (2018) señala que con la intención de conformar una base moral para el intercambio entre los médicos la Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial juramenta como deber del médico “considerar como hermanos y hermanas a los colegas”.

2
El ejercicio profesional de la psicología, influido en gran medida por el modelo médico, se consolidó principalmente en Estados Unidos como resultado de la definición de un saber técnico capaz de responder a una serie de necesidades sociales del estado moderno*. Si bien como lo destaca Gallegos (2014) ya desde mitad del siglo XIX la psicología como disciplina científica estaba incluida en la escena académica de países como Alemania, Italia, Francia y los mismos Estados Unidos, su profesionalización se dio tiempo después, tomando cierta distancia de la visión del psicólogo investigador proyectada por el modelo germánico. La necesidad de reconocimiento conllevó un énfasis aplicado que legitimó el quehacer del psicólogo en los ámbitos clínico, del trabajo y educativo incluso antes de las guerras mundiales. Aunque históricamente la psicología ha mantenido su compromiso con una apuesta formativa que articula lo académico con lo profesional, en la medida en que el sistema capitalista ha cooptado cada vez con más fuerza todos los ámbitos de la sociedad es evidente que el empuje profesionalizante ha prevalecido, abriendo una brecha la Universidad y el resto del mundo que en cierto sentido desvirtúa el ideal de un ejercicio psicológico sostenido en la investigación y la ciencia. Este divorcio ha impulsado, entre otras, la emergencia  de saberes y titulaciones que disputan permanentemente su hegemonía sobre el saber técnico conquistado. Una amplia gama de ofertas que van desde la religión y los saberes ancestrales hasta el coaching compiten de igual a igual con la disciplina psicológica, ganando más usuarios y adeptos cada vez a pesar de los esfuerzos de los gremios y la ortodoxia psicológica por imponerse por la vía de la autoridad. Pareciera que la falta de evidencia científica no es argumento suficiente para frenar el avance de las llamadas pseudociencias (categoría que también incluye al psicoanálisis y dónde seguramente caerán algunos modelos de psicoterapia ). Mientras la psicología no pueda dar cuenta de qué y cómo hacen cada una de las prácticas y saberes que cuestiona no entenderá por qué la legitimidad acumulada ya no le alcanza para garantizar su lugar social. 

3
¿Podrá la psicología leer al sujeto y las dinámicas sociales de esta época con sus condiciones actuales? ¿Escuchará la disonancia entre su discurso oficial y la práctica real de los psicólogos, muchas veces repetición de lugares comunes? ¿Se actuará en consecuencia con ello? ¿Se renovará la psicología reformulando la relación con el estado y la sociedad que impulsó su desarrollo? ¿Entenderemos los efectos de la psicologización de la sociedad agenciada en gran medida por la psicología aplicada? Sin duda las respuestas a estas y otras preguntas pasan por la reflexión sobre el ejercicio profesional de la psicología, no sólo desde la definición de las competencias requeridas y su evaluación sino especialmente sobre el quehacer cotidiano de los psicólogos, su relación con la sociedad y/o las instituciones en las que se desempeñan, los profesionales con los que interactúan y  los recursos en los que pueden apoyarse más allá de las capacitaciones y las formaciones académicas. Es aquí donde la pregunta por las relaciones entre psicólogos y el fundamento de las dinámicas gremiales cobra relevancia justamente porque brilla por su ausencia. Aunque en la academia puedan darse más fácilmente sinergias colaborativas que impulsan las tareas de investigación, docencia y publicación en general puede verse una tendencia al individualismo, la atomización o incluso la segregación entre psicólogos acaso como efecto del abordaje individual que prima en su trabajo y en la enseñanza del deber ser del psicólogo. 
En este panorama el colegaje, entendido genéricamente como solidaridad o ayuda mutua entre personas que ejercen un mismo oficio o profesión, parece más bien una forma de mantener distancias y evitar conflictos, en especial cuando el precario mercado laboral promueve la competencia salvaje entre colegas. Hablar de colegaje es hablar de compañerismo, colaboración mutua y camaradería lo cual contrasta con una realidad marcada por diferencias radicales que tienen que ver con el enfoque, el campo de aplicación en incluso con la cercanía a otros campos disciplinares.  Poco se reconoce el valor del intercambio entre psicólogos en su práctica cotidiana y nada se habla de la importancia de promover el colegaje como un aspecto central de la construcción del lazo social que pueda sostener en lo práctico la existencia de los psicólogos (más allá o más acá de su relación con La Psicología). 
El affectio societatis hace referencia a la voluntad de colaborar en una empresa en común y puede traducirse como afecto social o afecto asociativo. En otras épocas el affectio societatis se consideraba un aspecto fundamental para el establecimiento de contratos y cualquier forma de asociatividad social. Aunque hoy en día este concepto no tenga especial relevancia, cabe tomarlo como referencia para pensar en la (re) invención del colegaje entre psicólogos, entendiendo que si bien cada uno está confrontado con la soledad de su ejercicio (y de su sobrevivencia) también es posible "reunir soledades", juntarnos para poder discutir con los otros, enriquecer el trabajo propio y de los demás en el marco del respeto y la confidencialidad. 

4
Asumir la pregunta por el desarrollo de mi ejercicio profesional y aquello que lo hace posible, me exige reconocer que desde mi formación como psicoanalista y la apuesta que hago por el psicoanálisis como disciplina permanentemente estoy en relación con  los psicólogos y la psicología, no sólo por los colegas y los amigos que han estudiado y/o ejercen la profesión sino por los estudiantes de psicología y los programas de pregrado donde he trabajado. Mi ejercicio como psicoanalista no está desvinculado de la psicología y me interrogan los problemas, los retos y los conflictos que la atraviesan, me atañen directamente. Con esa premisa parto de la idea de que hay intercambio posible a pesar del empuje a categorizar al interlocutor como igual o como enemigo, con las dinámicas de aprobación o sospecha que esto implica. Aunque no es fácil y muchas veces reconozco mi fracaso, advierto las prevenciones y los estigmas que me ha dejado el pregrado e incluso la experiencia. Valorar en el colega un saber, aunque no sea el mismo, es fundamental para contar con el otro, soportar su alteridad y permitirme poner en cuestión mis maneras de pensar y hacer. Franquear ese límite da lugar a una conversación que desde la supervisión de casos, pasando por la asesoría, la reflexión teórica, la circulación de material relevante, hasta la construcción conjunta, la confrontación o el comentario me han permitido tejer un lazo que considero esencial en mi quehacer cotidiano. Para conversar no tenemos que coincidir (ni en la misma idea ni en el mismo espacio-tiempo) pero si estar abiertos al encuentro.
Para concluir, quiero destacar el papel de los grupos de facebook, WhatsApp y otras aplicaciones que aunque también pueden ser escenarios de segregación y descalificación también pueden albergar intercambios genuinos, solidaridades y colaboraciones. Por estos y otros lugares pasa la opción de nuevos lazos que en estos tiempos tan inciertos hagan viable un ejercicio profesional responsable, cuidadoso y sensible.
* Acaso el fracaso del estado en Latinoamérica haya abierto la puerta a otras formas de hacer, pensar y usar la psicología como puede verse en la historia de la psicología comunitaria, política, ambiental y rural.

Referencias
Franco Ruiz, C.A. (2018). Del colegaje y otras buenas costumbres. Editorial. En: Acta Neurológica Colombiana, 35 (1). Recuperado de la fuente https://acnweb.org/es/acta-neurologica/volumen-34-2018/193-volumen-34-2018-no-1-enero-marzo-2018/1545-del-colegaje-y-otras-buenas-costumbres.html
Gallegos, M. (2014). La génesis de la profesión psicológica. Eureka 11(1):134-148. Asunción (Paraguay). Recuperado de la fuente: https://psicoeureka.com.py/sites/default/files/articulos/eureka-11-1-19.pdf
Miller, J-A. (1998). Elucidación de Lacan. Charlas brasileñas. Buenos Aires: Paidós. 

domingo, 9 de agosto de 2020

Detrás del idioma del virus está el cuerpo. Lo que insiste en el corazón de la pandemia

Después del día enecientos de la era después del tapabocas parece imposible decir algo nuevo sobre la compleja urdimbre de fenómenos subjetivos y sociales que se ha tejido en torno al contagioso virus nacido en Wuhan. Y es que el virus ha dejado de ser un hecho puramente biológico para comportarse como un hecho de lenguaje que tiene efectos en los cuerpos, en las ciudades, en los gobiernos, en la economía. Hablamos de nueva normalidad sin advertir suficientemente el proceso de construcción de los artefactos discursivos y simbólicos que la hacen posible, asumiendo que su despliegue es homogéneo, estándar y automático, un guión ya dado por la dictadura material de la evidencia médica. El alto nivel de contagio y su creciente nivel de mortalidad han dado una nueva forma al significante que históricamente ha sido convocado para justificar la emergencia de toda una serie de condiciones asociada a la consolidación o derrumbe de las estructuras de poder: la amenaza. El rumor de la amenaza del coronavirus se expandió desde China y hoy por hoy nos tiene hablando en un idioma que hace rato agotó las imágenes de otras épocas para intentar representar las implicaciones de una pandemia. Esa lengua es una mixtura que como todo lenguaje es creación, simulacro y casi siempre aparece desconectada de cualquier función de verdad. No es azaroso que una de las cuestiones que más esté en entredicho en estos tiempos sea la veracidad de la información y la autenticidad de quienes las encarnan y las difunden. Fe ciega o descreimiento absoluto, O las dos, como aquellos que burlándose de la angustia generalizada por el virus tomaron al pie de la letra las palabras de su presidente y se intoxicaron con desinfectante.

 

La amenaza del virus contrajo el consumo y con ello la economía. Los gobiernos que tuvieron que recordar a las malas el sentido de la política como el ejercicio de tomar decisiones en función del bien común y se plantearon falsos dilemas como el de la economía o la vida y casi todas las esferas articuladas al desarrollo social fueron súbitamente fracturadas. Y es que como en función del capitalismo todas las actividades humanas están pensadas en términos de plusvalía, de entrada, resultaba casi imposible mantener una presencialidad cimentada en el exceso y masividad. Esto fue advertido rápidamente por filósofos e intelectuales, que vieron en la coyuntura del virus una oportunidad para cuestionar el imperio de una forma de discurso y de producción a todas luces mezquina y precarizante. Pronto asistimos al milagro de su permanencia, que ha prevalecido a todas las catástrofes y parece seguirlo haciendo, esta vez bajo el signo de la reinvención. Porque el capitalismo también obedece las leyes del lenguaje y ante nuevos obstáculos hace gala de su dinamismo y performatividad: Hágase la reinvención dijeron, y todo empezó a reinventarse.

 

Entender el vigor del capitalismo en términos del goce que produce es clave para discernir por qué hasta las ideas más loables terminan entregándose a la tentación del capital, porque como ya lo dijo Freud en el malestar en la cultura no renunciamos a un placer ya conocido, simplemente lo sustituimos por otro. Consumimos más de lo que necesitamos e incluso más de lo que nuestro deseo puede alcanzar a soñar. El confinamiento, el control y el distanciamiento social articulan la respuesta global frente a lo real del virus, enunciado como amenaza. En principio esta cadena hizo más tangible el velo del consumo y develó la miseria en la que se sostiene. El virus no elige, pero es sensible a las condiciones de confort y bienestar de las personas susceptibles de alojarlo y alimentarlo. Los pobres no sólo han puesto el grueso de los muertos, sino que han sufrido con más rigor las limitaciones económicas y sociales que trajo la pandemia, señalados además con el estigma de no asumir suficientemente los cuidados y las recomendaciones indicadas para protegerse del virus. Son las clases habladas por el idioma del virus, cuya enunciación es monopolizada por los Otros que sí conocen las reglas, se han hecho expertos en su uso y se autorizan sus infracciones sin problemas. El idioma del virus ha creado nuevas fronteras y ha reforzado unas antiguas, definiendo cuerpos sociales que sólo se ven en la web y encerrando en una bolsa negra todo aquello que no pueda ser reproducido o capturado en una pantalla.

 

En el idioma del virus se articularon nuestras preguntas en torno a la muerte y las aspiraciones a la inmortalidad. La posibilidad real de morir de una gripe que puede ser contagiada por cualquiera fue la premisa que formulamos en este idioma, con el que nos preguntamos qué pasaría si muriéramos mañana, qué sentido tiene la vida si no es plausible llenar la libreta de planes, cuál es la importancia de las cosas que hacemos o tenemos cuando estamos de frente a la muerte, qué pasa con la vida cuando morimos, qué hay más allá, en el valle de la muerte. Entre el temor a contagiar a nuestros seres queridos, la conmoción suscitada por las cifras de muertos, los testimonios y las imágenes de los entierros se fueron tejiendo nuevas formas retóricas que en muchos momentos parecieron borrar las otras muertes y pusieron en suspenso la percepción del resto de males que azotan este mundo. En contraste, la vuelta a la naturaleza, los retratos de animales tomando el control de un planeta reverdecido se convirtió en un remanso, un espacio de esperanza al cual conectarse para compartir simbólicamente algo de esa inmortalidad. La nostalgia y la belleza adormecieron la angustia y en el idioma del virus se compusieron elegías variopintas que desactivaron el potencial subversivo desatado por la constatación de los alcances de la pandemia. Seguimos siendo los mismos, acaso peores.

 

Con esta versión de lo humano escrita en el idioma del virus fue necesario poblar la interioridad vaciada previamente por la publicidad y el pragmatismo, que habían promovido hasta el cansancio la conquista del exterior y el valor estético de la experiencia como elementos indispensables para alcanzar la felicidad. Nuevas formas de consumo fueron legitimadas. En esta lengua la salud mental, el sueño y la gestión de las emociones se convirtieron en significantes privilegiados en una narrativa condescendiente y desprovista de condiciones suficientes para materializarse en mejoras decisivas de la situación sanitaria, social, política y económica. Control, automotivación, eficiencia, organización, aprendizaje, emprendimiento, solidaridad se hicieron parte del discurso dominante y pautaron una nueva interioridad, Florecieron los intereses artísticos: la cocina, la escritura, la lectura de poemas en voz alta, los conciertos con instrumentos en recuadros, la pintura. Bajo el supuesto de que la creatividad y el arte transmutan mágicamente el interior caótico y aterrado en un espacio iluminado, regulado y saludable muchos se volcaron a esas alternativas ávidos de encontrar un objeto o una excusa con la cual hacerse representar en la pantalla. La interioridad de la pandemia volvió a ser la del espectáculo vía la cámara de zoom, meet y las tantas redes sociales. Este exceso de intimidad y la necesidad imperiosa de decir algo, de tener algo que decir, también saturó la agenda. Se multiplicaron los lives, las videollamadas, los encuentros con los viejos amigos; en el nuevo idioma del virus amigo es equivalente a espectador o seguidor porque comentar, dar un like o conectarse (aunque sea con el micrófono silenciado o la cámara apagada) se convirtió de golpe en la única manera de testimoniar y hacer visible el vínculo.

 

De diversas formas el idioma del virus forjó la manera en que los cuerpos empezaron a presentarse, primero con tapabocas quirúrgicos, ordenados en filas con 1,5 metros de distancia entre cada uno, luego con mascarillas y vestimentas personalizadas y finalmente como collages: blusas elegantes combinados con pantalones de pijama y chancletas; tinturas sin retoque; uñas sin manicura; pieles pálidas y sin maquillaje. El temor a tener el virus, los cambios de rutina por el confinamiento y la negación de la fragilidad del cuerpo humano completaron esta nueva fenomenología corporal con diversas formas de hipocondría coronavírica, sedentarización, abulia, desidia y el cuestionamiento cínico de la real mortalidad de la COVID-19. ¿Cómo saber si se tiene el virus? ¿Cómo diferenciar entre sus síntomas leves y una rinitis? ¿Cómo sostener el dinamismo cuando se está encerrado en casa tanto tiempo? ¿Qué hacer con el deseo sexual? ¿Cómo verificar que lo que está sucediendo es real?

 

Pasado el tiempo y sin certeza de cuánto tardará en difundirse una vacuna eficaz para conjurar la amenaza el COVID, como ocurriera con el latín, ya se ha degradado en otras tantas versiones y segundas o terceras oleadas de contagio que resulta difícil reconocer su carácter de coyuntura. Lejos está el misticismo de los momentos más duros de la crisis en España y en Italia, en esta nueva lengua poco nos sorprenden los muertos diarios o el aumento de los contagiados. Empero, la impudicia de esta normalidad no ha logrado erradicar absolutamente las huellas del pasado, como la ciencia no pudo eliminar la potencia de las religiones y los mitos en el sujeto moderno o el desarrollo lingüístico del niño pequeño no prescinde de la fuerza emotiva del grito o del llanto en la comunicación humana. Las formas de representación, simbolización y enunciación del cuerpo en clave del virus y sus efectos sociales no han terminado de capturar lo esencial de la vivencia corporal. En el corazón de la pandemia el cuerpo reacciona, insiste como real que agujerea la construcción simbólica y narrativa armada en función del virus y nos advierte, como lo ha hecho siempre, que no, que esto no es normal, que en las civilizaciones humanas nada es del todo natural.

 

Y es que no se trata simplemente de adaptarse y desconocer las condiciones de sufrimiento que todo esto ha traído para la sociedad, para la masa o para la especie. Uno por uno, cada uno valioso por sí mismo, estorba con la insistencia de su cuerpo la aplanadora en que se convirtió esta lengua del virus, poniendo de presente en su síntoma la verdad que no se cuenta en las redes ni en los análisis sociológicos de lo que nos está pasando. Una mujer se ahoga en chocolates cuando la pantalla del computador y el celular se apagan y el desespero de ser mamá de tiempo completo no la dejan respirar. Un joven agota a escondidas los medicamentos para evitar que su familia lo acuse de ser sospechoso de COVID y sea estigmatizado de por vida. Otro no deja de pensar en masturbarse, pero el temor a la mirada de su madre no lo deja acabar. Un hombre no logra concentrarse en su trabajo, no soporta la piquiña ni la facilidad con la que se queda mirando al vacío, como hipnotizado. Para otros es la migraña, los terribles dolores de espalda o de piernas, el miedo a despertar, la incertidumbre resignada de otro día sin encontrar trabajo, la desazón generalizada, la soledad. Incluso la respuesta biológica al contraer el virus y luego al ganar la batalla contra él testimonian la singularidad de las marcas en el cuerpo que señalan el límite de esta maquinaria que nos hemos inventado y con la cual pretendemos llenar de sentido esto terrible que estamos viviendo.

 

Empecé este escrito señalando al virus como un hecho de lenguaje y llamando la atención sobre su funcionamiento, nada distinto al de cualquier producto simbólico. Entenderlo así no sólo permite advertir el alcance del artificio construido como respuesta al virus en términos de las profundas transformaciones que introduce en la concepción de lo humano, la realidad, los vínculos y el cuerpo. Precisamente trascender la noción del cuerpo en tanto representación nos confronta con lo que insiste en el corazón de las tinieblas, el sufrimiento y el sinsentido desde los cuales resuena la verdad de la experiencia de cada uno. Serán estos efectos en la subjetividad el insumo con los cuales pueda elaborarse un saber hacer más allá de este “discurso nuevo” que por momentos se pone en evidencia como simulacro y en el que muchas veces nos sentimos desechados.