Y seguimos en la pandemia. En medio de los anuncios sobre los planes de vacunación, las nuevas cepas y el endurecimiento de las restricciones para contener nuevos picos de contagio muchos hemos pasado el fin de semana entre las paredes de nuestras casas, siguiendo con resignación la rutina de unos días extraños. Ya es un lugar común decir que vivimos la reproducción interminable de un domingo cada vez más desprovisto de emociones; la parsimonia de la repetición acumulada en los tendones y articulaciones se expresa como cansancio inmotivado, con una reducción de fuerzas y motivación que desanima cualquier proyecto. Con casi diez meses de restricciones e incertidumbres a cuestas, vagamos entre las adaptaciones logradas para mantener el deseo de vivir, el temor al contagio y los problemas de la convivencia, la escasez y los imprevistos. En estas circunstancias dan ganas de desconectarse del mundo: no pensar en el covid ni en las desgracias que arrastra, no escuchar las noticias de más muertos, desaparecidos o asesinados ni tener noticia de la maldad y el cinismo de los gobiernos y dirigentes. Apagarse casi por completo, caer bajo el sopor de las cobijas calientes o la urgencia de evadirse, abrazarse a un simulacro de muerte del que a veces no quisiéramos volver y que por un tiempo nos protege del temor a la muerte verdadera. Olvidar que estamos aquí y ahora y despertar en la rutina que creímos inmutable, corriendo para llegar a clase o al trabajo, midiendo las calles con amigos, metidos en algún bar, un concierto, un cine, en el mercado, viajando por el mundo. Cerrar los ojos para acogerse a la ilusión de que el mundo puede seguir andando sin que participemos de su desgracia, como si pudiéramos parar la máquina y bajarnos porque no nos gustó.
La vida, por supuesto, no funciona de esa manera. La vida es el espasmo de la carne, la sangre irrigando los tejidos, cada célula bullendo de actividad y energía, conectadas entre sí, conectadas con otros, con los elementos, con el universo, la vida haciendo parte de los fenómenos que tienen lugar en tiempo y espacio, la vida resonando con otras vidas. Aunque estemos inmóviles, confinados, paralizados, la vida no deja de ser, sigue a pesar de nosotros y nos convoca a asumirla, a aprovecharla en las condiciones que tengamos, a disfrutarla, a romper con la inercia, a responsabilizarnos de ella. Es verdad que sólo cuando falta o creemos que nos va a faltar valoramos su potencia y anhelamos tenerla a disposición; apreciamos la vida por el contraste que representa el conocimiento de la muerte. Sin embargo, en momentos en que la pregunta por lo que vale la pena vivir nos hace un nudo en la garganta es más que necesario hacernos cargo de su defensa, mantener los ojos bien abiertos y asumir que la pandemia no es un tiempo muerto. Vivimos en este tiempo y en este planeta, convivimos con otros fenómenos que nos afectan. cada cosa que hacemos o dejamos de hacer influye en la vida de todos y las cosas que pasan en las diferentes dimensiones de la realidad tarde o temprano tienen que ver con nosotros. Las desgracias y las alegrías planetarias no dejan de confrontarnos con los efectos de nuestra participación en El Todo y hoy, como siempre, la manera en que nos posicionemos frente a lo que pasa y lo que no es absolutamente decisiva.
Mantener los ojos abiertos como posición ética y política nos permite atender al cuidado propio y de nuestros seres queridos, aportar a las necesidades de otros, servirnos de sus saberes y experiencias, encontrar anclajes inesperados para sostener y movilizar nuestro deseo, anticipar en la medida de lo posible situaciones difíciles, entender mejor los bemoles de la convivencia, defender el bien común, no ceder ante el cinismo de los corruptos o los aprovechados, leer las implicaciones del sistema y sus grandes explotadores, poner límite a la voracidad del consumo, mantener la intensidad de los afectos, sentirse vivo. Mantener los ojos abiertos, que no tiene nada que ver con la paranoia y/o la desconfianza generalizada, se trata nada más y nada menos estar atentos y comprometernos con el impulso mismo de la vida de formas que cuestionen la entropía y la aniquilación.

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