domingo, 21 de febrero de 2021

Temor de dios

 La consistencia es una exigencia delicada, que toma por sorpresa al escritor cuando es indicada su ausencia en el corazón de su producto. Es un principio de todo texto bien hecho, no solo por su cercanía semántica con las dos propiedades que articulan como bisagra su estructura profunda y superficial (la coherencia y la cohesión), sino porque pone en acto la intención más secreta del autor al servirse de las palabras y los símbolos para nombrar sus ideas: hacer existir en el mundo algo que hasta ahora solo daba vueltas en el estrecho universo del propio pensamiento. 

De acuerdo con la RAE consistencia se define como "Duración, estabilidad y solidez" o como "trabazón, coherencia entre las partículas de una masa o los elementos del conjunto".En la red también se define consistencia como "valor lógico de aquellas fórmulas de las que no se puede afirmar que sean verdaderas ni falsas", como propiedad de un sistema donde "no existe una proposición φ tal que se puede demostrar o deducir simultáneamente la proposición φ y su contraria ¬φ o no-φ", o simplemente como "dar cuerpo". Sea en el campo de la química, de las matemáticas, de la estadística o de las letras, parece que dar consistencia se constituye en un poder y una necesidad fundamental para cualquier creador que pretenda dar una vida "adecuada" a lo que pretende instaurar, reconocer, nombrar o decir. En el mundo de los humanos la concepción del cuerpo, verdadera tarea de alquimistas, se hace en el marco de un sistema de reglas que garantiza un mínimo de organización, de legibilidad, tal vez con una aspiración primitiva de normalidad orientada a la naturalización de lo extranjero y lo desconocido. Se le pide a un cuerpo solidez y estabilidad, se le impone una forma a aquello que se hace cuerpo y se le demanda que mantenga dicha forma, al menos en sus rasgos esenciales, para ser reconocido; una y otra vez recordamos que al principio de los tiempos Dios creó el mundo en un ejercicio de consistencia, y nos decimos que todo lo nuevo engendrado por el hombre es posible y legítimo en tanto esté en los límites de sus leyes y/o las de la naturaleza.
No obstante lo anterior, y el esfuerzo socio-educativo para inculcárnoslo, el mundo muestra todos los días formas inimaginables de brevedad, de irracionalidad, de inconsistencia que desafían a cualquier sistema y revelan el engaño de la tan anhelada estabilidad. Acaso la forma más digna de estas demostraciones sea el arte en general, y la muerte del poeta en particular. Este fin de semana la vida del cuerpo de Saramago ha hecho gala de inconsistencia, la misma que hacía estallar la locura en sus escritos con ese estilo mordaz, reflexivo, cotidiano y crítico, en el seno de miles de imágenes de la coherencia, tan preciadas para nuestro pensamiento inevitablemente religioso. Por sus manos pasaron la identidad, la propia imagen, el evangelio, el sistema político, entre otros.... la ignorancia sobre la totalidad de su obra me priva de hacer un comentario más profundo, pero la creencia en la banalidad del todo me hace creer que justamente esa condición me permite apreciar el cuño tremendo de su poesía y su ataque decidido a los pilares de lo que suponemos más humanos nos hace.    
Anoche leí que Saramago no creía en dios, consideraba nefasta la creencia en dios y aseguraba que la religión tal vez era uno de esas condiciones que más nos envilecía. Entonces me lo imaginé en una banca cercana al agua en Ginebra, tejiendo ideas nuevas con el dios de Borges para romper los espejos del mundo o abriendo una sucursal subversiva en el imposible ojo del aleph. Si hablar de nuevas ideas, si pensar y escribir no pueden ser más que efectos de la aplicación de la estructura de la consistencia, entonces entendemos por qué Saramago decía que nos hacía falta filosofía, y por qué la violencia de las palabras ya no nos alcanza para domesticar un poco el retorno de lo que no consiste en la imagen ni en la acción. Nacemos con el imperativo de crear un lugar, un cuerpo, un nombre, una identidad. Nos esforzamos por hacernos familiares, forjamos hábitos, aprendemos una lengua, ensayamos las tablas de multiplicar (y de mortificar), sacamos nuestra tarjeta o nuestra cédula de ciudadanía... entre tanto un monstruo a veces pequeño, a veces enorme empieza a habitar y a contaminar las entrañas de nuestra estabilidad química. Un dolor, una tensión, un vacío intenso y pulsátil, empieza a forjar una delgada fisura entre el espejo y yo, cuya causa siempre aparece opaca ante mis ojos pero que siento retornar en los ojos de los otros como juicio implacable por mi imperdonable crimen a la consistencia. No sé cuantas mujeres he creado en la loca carrera de demostrar mi aceptación a la consistencia y no sé cuantas veces he terminado rompiendo el corazón de ese concepto con la distancia inefable entre lo que pienso, digo, deseo, gozo y hago a pesar de mis esfuerzos genuinos por aceptarlo. Así empezó el temor de dios, que todos los días y las noches se instala en la aduana voraz de mi estómago para perforar con el filo de la angustia la tranquilidad de mis cienes y el caos de mi cerebro. A veces simplemente huyo, evito o me cierro tras la coraza defensiva de la combatividad, otras veces hiperventilo, me muevo a mil, maldigo y me desbarato por la intensidad. Lo cierto es que temo, y si temo sin la visión del peligro circundante es porque reconozco en la inconsistencia un peligro mayor que me acecha entre el sistema límbico y la corteza cerebral, y que en múltiples ocasiones se apoya en mi capacidad infinita para olvidar. Saramago insistía en la importancia de la memoria. Una compañera me lo recordó con esta cita: "somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir". El temor de dios, más que el miedo a la venganza irrestricta del padre nuestro o de mi padre imaginario, es el temor a la propia disolución cuando la memoria está en declive y la responsabilidad sólo puede expresarse a título de culpa. Por eso Saramago no tenía temor de dios, no lo conoció o no le pareció que valiera la pena. 
Por mi parte, estoy cansada de temerle a dios. Anoche pensaba que las dos únicas salidas están en la evitación del acto o de los actos que de antemano sé que me darán temor, o simplemente hacerme inmune a los efectos de mis actuaciones, desvalorizando ese supuesto brillo acusador en la mirada y desembarazándome de esa necesidad de obtener la consistencia que no tengo en la aprobación de los otros. 
Ni la inhibición, ni el cinismo. Debe haber otra salida. La poesía, y con ella cualquier expresión decidida de valentía es un ejercicio posible en ausencia de temor de dios. 

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