A mis grandes amigos y colegas
Con ocasión del día del psicólogo, que en Colombia conmemora la apertura del Instituto de Psicología Aplicada en la Universidad Nacional el 20 de noviembre de 1947, pongo sobre la mesa algunas ideas en torno al ejercicio de la psicología en esta época. Una suerte de formalización de la experiencia que se escribe como preguntas ¿Cómo es mi ejercicio cotidiano de la psicología? ¿Qué lo hace posible?
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La modernidad nos legó una imagen individualista del ejercicio de las llamadas "artes liberales", que tiene en el despacho o consultorio privado su símbolo por excelencia. Los "artistas", hombres (casi siempre) educados en la universidad, forjaban con su título académico una carrera de prestigio que les permitía conquistar un lugar en la sociedad. La literatura decimonónica y de principios de siglo XX los retrata acomodados, con presencia grave, afecto por la buena mesa y un saber especializado bajo el brazo. Siempre solos. En esta imagen la vida gremial, el encuentro con los colegas, parece más una excepción; el eco de los congresos o los colegios profesionales donde también se juega la carrera del prestigio y las demostraciones de saber que sostienen la vida privada de la consulta. El colegaje toma las formas de una interacción cordial que en el contexto médico suponen la figura de no interferencia con matices cristianos: "El médico debe comportarse hacia sus colegas como él desearía que ellos se comportasen con él", "no debe dañar la relación médico-paciente de los colegas con el fin de atraer pacientes" "El médico debe cuando sea médicamente necesario comunicarse con los colegas que atienden el mismo paciente" (Código Internacional de Ética Médica citado por Franco Ruíz, 2018). En la épica de los profesionales liberales los colegas son ante todo competencia potencial y las buenas maneras, los límites y las distancias hacen parte de una serie de prácticas que privilegian relaciones asimétricas y/o paradójicas. Franco Ruiz (2018) señala que con la intención de conformar una base moral para el intercambio entre los médicos la Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial juramenta como deber del médico “considerar como hermanos y hermanas a los colegas”.
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El ejercicio profesional de la psicología, influido en gran medida por el modelo médico, se consolidó principalmente en Estados Unidos como resultado de la definición de un saber técnico capaz de responder a una serie de necesidades sociales del estado moderno*. Si bien como lo destaca Gallegos (2014) ya desde mitad del siglo XIX la psicología como disciplina científica estaba incluida en la escena académica de países como Alemania, Italia, Francia y los mismos Estados Unidos, su profesionalización se dio tiempo después, tomando cierta distancia de la visión del psicólogo investigador proyectada por el modelo germánico. La necesidad de reconocimiento conllevó un énfasis aplicado que legitimó el quehacer del psicólogo en los ámbitos clínico, del trabajo y educativo incluso antes de las guerras mundiales. Aunque históricamente la psicología ha mantenido su compromiso con una apuesta formativa que articula lo académico con lo profesional, en la medida en que el sistema capitalista ha cooptado cada vez con más fuerza todos los ámbitos de la sociedad es evidente que el empuje profesionalizante ha prevalecido, abriendo una brecha la Universidad y el resto del mundo que en cierto sentido desvirtúa el ideal de un ejercicio psicológico sostenido en la investigación y la ciencia. Este divorcio ha impulsado, entre otras, la emergencia de saberes y titulaciones que disputan permanentemente su hegemonía sobre el saber técnico conquistado. Una amplia gama de ofertas que van desde la religión y los saberes ancestrales hasta el coaching compiten de igual a igual con la disciplina psicológica, ganando más usuarios y adeptos cada vez a pesar de los esfuerzos de los gremios y la ortodoxia psicológica por imponerse por la vía de la autoridad. Pareciera que la falta de evidencia científica no es argumento suficiente para frenar el avance de las llamadas pseudociencias (categoría que también incluye al psicoanálisis y dónde seguramente caerán algunos modelos de psicoterapia ). Mientras la psicología no pueda dar cuenta de qué y cómo hacen cada una de las prácticas y saberes que cuestiona no entenderá por qué la legitimidad acumulada ya no le alcanza para garantizar su lugar social.
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¿Podrá la psicología leer al sujeto y las dinámicas sociales de esta época con sus condiciones actuales? ¿Escuchará la disonancia entre su discurso oficial y la práctica real de los psicólogos, muchas veces repetición de lugares comunes? ¿Se actuará en consecuencia con ello? ¿Se renovará la psicología reformulando la relación con el estado y la sociedad que impulsó su desarrollo? ¿Entenderemos los efectos de la psicologización de la sociedad agenciada en gran medida por la psicología aplicada? Sin duda las respuestas a estas y otras preguntas pasan por la reflexión sobre el ejercicio profesional de la psicología, no sólo desde la definición de las competencias requeridas y su evaluación sino especialmente sobre el quehacer cotidiano de los psicólogos, su relación con la sociedad y/o las instituciones en las que se desempeñan, los profesionales con los que interactúan y los recursos en los que pueden apoyarse más allá de las capacitaciones y las formaciones académicas. Es aquí donde la pregunta por las relaciones entre psicólogos y el fundamento de las dinámicas gremiales cobra relevancia justamente porque brilla por su ausencia. Aunque en la academia puedan darse más fácilmente sinergias colaborativas que impulsan las tareas de investigación, docencia y publicación en general puede verse una tendencia al individualismo, la atomización o incluso la segregación entre psicólogos acaso como efecto del abordaje individual que prima en su trabajo y en la enseñanza del deber ser del psicólogo.
En este panorama el colegaje, entendido genéricamente como solidaridad o ayuda mutua entre personas que ejercen un mismo oficio o profesión, parece más bien una forma de mantener distancias y evitar conflictos, en especial cuando el precario mercado laboral promueve la competencia salvaje entre colegas. Hablar de colegaje es hablar de compañerismo, colaboración mutua y camaradería lo cual contrasta con una realidad marcada por diferencias radicales que tienen que ver con el enfoque, el campo de aplicación en incluso con la cercanía a otros campos disciplinares. Poco se reconoce el valor del intercambio entre psicólogos en su práctica cotidiana y nada se habla de la importancia de promover el colegaje como un aspecto central de la construcción del lazo social que pueda sostener en lo práctico la existencia de los psicólogos (más allá o más acá de su relación con La Psicología).
El affectio societatis hace referencia a la voluntad de colaborar en una empresa en común y puede traducirse como afecto social o afecto asociativo. En otras épocas el affectio societatis se consideraba un aspecto fundamental para el establecimiento de contratos y cualquier forma de asociatividad social. Aunque hoy en día este concepto no tenga especial relevancia, cabe tomarlo como referencia para pensar en la (re) invención del colegaje entre psicólogos, entendiendo que si bien cada uno está confrontado con la soledad de su ejercicio (y de su sobrevivencia) también es posible "reunir soledades", juntarnos para poder discutir con los otros, enriquecer el trabajo propio y de los demás en el marco del respeto y la confidencialidad.
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Asumir la pregunta por el desarrollo de mi ejercicio profesional y aquello que lo hace posible, me exige reconocer que desde mi formación como psicoanalista y la apuesta que hago por el psicoanálisis como disciplina permanentemente estoy en relación con los psicólogos y la psicología, no sólo por los colegas y los amigos que han estudiado y/o ejercen la profesión sino por los estudiantes de psicología y los programas de pregrado donde he trabajado. Mi ejercicio como psicoanalista no está desvinculado de la psicología y me interrogan los problemas, los retos y los conflictos que la atraviesan, me atañen directamente. Con esa premisa parto de la idea de que hay intercambio posible a pesar del empuje a categorizar al interlocutor como igual o como enemigo, con las dinámicas de aprobación o sospecha que esto implica. Aunque no es fácil y muchas veces reconozco mi fracaso, advierto las prevenciones y los estigmas que me ha dejado el pregrado e incluso la experiencia. Valorar en el colega un saber, aunque no sea el mismo, es fundamental para contar con el otro, soportar su alteridad y permitirme poner en cuestión mis maneras de pensar y hacer. Franquear ese límite da lugar a una conversación que desde la supervisión de casos, pasando por la asesoría, la reflexión teórica, la circulación de material relevante, hasta la construcción conjunta, la confrontación o el comentario me han permitido tejer un lazo que considero esencial en mi quehacer cotidiano. Para conversar no tenemos que coincidir (ni en la misma idea ni en el mismo espacio-tiempo) pero si estar abiertos al encuentro.
Para concluir, quiero destacar el papel de los grupos de facebook, WhatsApp y otras aplicaciones que aunque también pueden ser escenarios de segregación y descalificación también pueden albergar intercambios genuinos, solidaridades y colaboraciones. Por estos y otros lugares pasa la opción de nuevos lazos que en estos tiempos tan inciertos hagan viable un ejercicio profesional responsable, cuidadoso y sensible.
* Acaso el fracaso del estado en Latinoamérica haya abierto la puerta a otras formas de hacer, pensar y usar la psicología como puede verse en la historia de la psicología comunitaria, política, ambiental y rural.
Referencias
Franco Ruiz, C.A. (2018). Del colegaje y otras buenas costumbres. Editorial. En: Acta Neurológica Colombiana, 35 (1). Recuperado de la fuente https://acnweb.org/es/acta-neurologica/volumen-34-2018/193-volumen-34-2018-no-1-enero-marzo-2018/1545-del-colegaje-y-otras-buenas-costumbres.html
Gallegos, M. (2014). La génesis de la profesión psicológica. Eureka 11(1):134-148. Asunción (Paraguay). Recuperado de la fuente: https://psicoeureka.com.py/sites/default/files/articulos/eureka-11-1-19.pdf
Miller, J-A. (1998). Elucidación de Lacan. Charlas brasileñas. Buenos Aires: Paidós.
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