Todo uso de la fuerza tiene el riesgo de devenir excesivo. Con demasiada facilidad se cruza la línea de lo justo y el mismo impulso que usamos para poner a andar el mundo se convierte en el motor de la destrucción. En una sociedad como la nuestra este deslizamiento se convierte en norma porque los mecanismos de ordenamiento siempre fallan y la palabra no alcanza para regular la intensidad de nuestras urgencias. Sin ninguna instancia disponible para dirimir con eficacia los impases del encuentro cotidiano, descargamos en el vecino nuestro malestar con vehemencia exponiéndonos al riesgo de multiplicarlo a expensas de lo impredecible de su respuesta. Sea el exceso de fuerza verbal o físico, nada asegura que el resultado de una situación así de tranquilidad y apaciguamiento a alguna de las partes. Al pretender un reconocimiento que se pide en el lugar y con las personas equivocadas, la oportunidad de reivindicar un derecho o hacer valer una opinión termina convirtiéndose en una disputa de la que todos salen mal librados.
Hoy tuve tres momentos de molestia que me confrontaron con los avatares del exceso de fuerza con tres resultados muy distintos. El primero tuvo lugar con una persona muy querida a la que le reclamé su descuido conmigo cuando nos despedimos, en un momento en que no tenía dinero y las piernas me dolían terriblemente. Le escribí manifestándole mi enfado y al rato me contestó con una disculpa. Sus palabras no cambiaron las cosas, pero me hicieron sentir mejor.
El segundo sucedió con mi gata, un animalito precioso y noble que no pierde ocasión para morder lo que se le atraviesa. Yo estaba muy cansada y adolorida por las marcas de sus últimas embestidas y no me aguanté su juego: le pegué una palmada y la regañé. La gata lo intentó una vez más y una vez más le pegué increpándole que eso no se debía hacer. La gatica se acostó en frente de mi, dándome la espalda, se fue con un gesto que interpreté como de molestia y al rato regresó, se acostó a mi lado y se quedó dormida. En ese momento sentí que era el animalito mas noble del mundo y yo la humana más ruin. Mi rabia, justificada o no, fue exagerada y probablemente después de esto la gata no va a dejar de morderme cuando tenga el chance. El caso es que mi intento por disciplinar al animalito terminé llenándome de una culpa que a posteriori puso en evidencia mi deseo de ser reconocida como amo.
El tercer momento fue el peor. Salí a pagar unos medicamentos a la puerta del edificio y una señora me pidió que le abriera la puerta porque no tenía el chip electrónico y la persona a la que buscaba no había llegado al apartamento. En ese momento me disgustó la solicitud de la señora y mientras le abría me puse a reclamarle por entrar de manera irregular, haciendo memoria de todas las personas que alguna vez han golpeado mi puerta pidiéndome -a veces con cortesía y otros con altanería- que les abra la puerta. Me descargué excesivamente con la señora, que además venía a visitar a una vecina que estimamos mucho y que entró en escena poco después de que ella se negara a salir. La señora no acogió mi molestia, me echó en cara la suya reteniendo la respuesta de salir y finalmente quedé como una persona odiosa con mi vecina, que siempre ha sido muy especial con nosotras. Es verdad que su pedido fue una gota que rebasó la copa y que estaba esperando la ocasión para desquitarme por tener que aguantar una romería de desconocidos golpeando mi puerta para que les abra.
La cuestión es: ¿era este el momento? ¿Qué esperaba de esa mujer? ¿Qué se aguantara? ¿Qué me pidiera perdón? Intentar resolver mi fastidio en el contexto equivocado no me dejó más que esta sensación de haber sido un desecho, un malestar en el cuerpo que no tendrá otra posibilidad si sigo recurriendo al exceso de fuerza como único camino para hacer con lo que no entra en el lazo social.

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