domingo, 22 de noviembre de 2020

Colegajes posibles y el quehacer cotidiano de los psicólogos. A propósito del día del psicólogo en Colombia.

A mis grandes amigos y colegas 

Con ocasión del día del psicólogo, que en Colombia conmemora la apertura del Instituto de Psicología Aplicada en la Universidad Nacional el 20 de noviembre de 1947, pongo sobre la mesa algunas ideas en torno al ejercicio de la psicología en esta época. Una suerte de formalización de la experiencia que se escribe como preguntas ¿Cómo es mi ejercicio cotidiano de la psicología? ¿Qué lo hace posible?
  
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La modernidad nos legó una imagen individualista del ejercicio de las llamadas "artes liberales",  que tiene en el despacho o consultorio privado su símbolo por excelencia. Los "artistas", hombres (casi siempre) educados en la universidad, forjaban con su título académico una carrera de prestigio que les permitía conquistar un lugar en la sociedad. La literatura decimonónica y de principios de siglo XX los retrata acomodados, con presencia grave, afecto por la buena mesa y un saber especializado bajo el brazo. Siempre solos. En esta imagen la vida gremial, el encuentro con los colegas, parece más una excepción; el eco de los congresos o los colegios profesionales donde también se juega la carrera del prestigio y las demostraciones de saber que sostienen la vida privada de la consulta. El colegaje toma las formas de una interacción cordial que en el contexto médico suponen la figura de no interferencia con matices cristianos: "El médico debe comportarse hacia sus colegas como él desearía que ellos se comportasen con él", "no debe dañar la relación médico-paciente de los colegas con el fin de atraer pacientes" "El médico debe cuando sea médicamente necesario comunicarse con los colegas que atienden el mismo paciente" (Código Internacional de Ética Médica citado por Franco Ruíz, 2018).  En la épica de los profesionales liberales los colegas son ante todo competencia potencial y las buenas maneras, los límites y las distancias hacen parte de una serie de prácticas que privilegian relaciones asimétricas y/o paradójicas. Franco Ruiz (2018) señala que con la intención de conformar una base moral para el intercambio entre los médicos la Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial juramenta como deber del médico “considerar como hermanos y hermanas a los colegas”.

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El ejercicio profesional de la psicología, influido en gran medida por el modelo médico, se consolidó principalmente en Estados Unidos como resultado de la definición de un saber técnico capaz de responder a una serie de necesidades sociales del estado moderno*. Si bien como lo destaca Gallegos (2014) ya desde mitad del siglo XIX la psicología como disciplina científica estaba incluida en la escena académica de países como Alemania, Italia, Francia y los mismos Estados Unidos, su profesionalización se dio tiempo después, tomando cierta distancia de la visión del psicólogo investigador proyectada por el modelo germánico. La necesidad de reconocimiento conllevó un énfasis aplicado que legitimó el quehacer del psicólogo en los ámbitos clínico, del trabajo y educativo incluso antes de las guerras mundiales. Aunque históricamente la psicología ha mantenido su compromiso con una apuesta formativa que articula lo académico con lo profesional, en la medida en que el sistema capitalista ha cooptado cada vez con más fuerza todos los ámbitos de la sociedad es evidente que el empuje profesionalizante ha prevalecido, abriendo una brecha la Universidad y el resto del mundo que en cierto sentido desvirtúa el ideal de un ejercicio psicológico sostenido en la investigación y la ciencia. Este divorcio ha impulsado, entre otras, la emergencia  de saberes y titulaciones que disputan permanentemente su hegemonía sobre el saber técnico conquistado. Una amplia gama de ofertas que van desde la religión y los saberes ancestrales hasta el coaching compiten de igual a igual con la disciplina psicológica, ganando más usuarios y adeptos cada vez a pesar de los esfuerzos de los gremios y la ortodoxia psicológica por imponerse por la vía de la autoridad. Pareciera que la falta de evidencia científica no es argumento suficiente para frenar el avance de las llamadas pseudociencias (categoría que también incluye al psicoanálisis y dónde seguramente caerán algunos modelos de psicoterapia ). Mientras la psicología no pueda dar cuenta de qué y cómo hacen cada una de las prácticas y saberes que cuestiona no entenderá por qué la legitimidad acumulada ya no le alcanza para garantizar su lugar social. 

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¿Podrá la psicología leer al sujeto y las dinámicas sociales de esta época con sus condiciones actuales? ¿Escuchará la disonancia entre su discurso oficial y la práctica real de los psicólogos, muchas veces repetición de lugares comunes? ¿Se actuará en consecuencia con ello? ¿Se renovará la psicología reformulando la relación con el estado y la sociedad que impulsó su desarrollo? ¿Entenderemos los efectos de la psicologización de la sociedad agenciada en gran medida por la psicología aplicada? Sin duda las respuestas a estas y otras preguntas pasan por la reflexión sobre el ejercicio profesional de la psicología, no sólo desde la definición de las competencias requeridas y su evaluación sino especialmente sobre el quehacer cotidiano de los psicólogos, su relación con la sociedad y/o las instituciones en las que se desempeñan, los profesionales con los que interactúan y  los recursos en los que pueden apoyarse más allá de las capacitaciones y las formaciones académicas. Es aquí donde la pregunta por las relaciones entre psicólogos y el fundamento de las dinámicas gremiales cobra relevancia justamente porque brilla por su ausencia. Aunque en la academia puedan darse más fácilmente sinergias colaborativas que impulsan las tareas de investigación, docencia y publicación en general puede verse una tendencia al individualismo, la atomización o incluso la segregación entre psicólogos acaso como efecto del abordaje individual que prima en su trabajo y en la enseñanza del deber ser del psicólogo. 
En este panorama el colegaje, entendido genéricamente como solidaridad o ayuda mutua entre personas que ejercen un mismo oficio o profesión, parece más bien una forma de mantener distancias y evitar conflictos, en especial cuando el precario mercado laboral promueve la competencia salvaje entre colegas. Hablar de colegaje es hablar de compañerismo, colaboración mutua y camaradería lo cual contrasta con una realidad marcada por diferencias radicales que tienen que ver con el enfoque, el campo de aplicación en incluso con la cercanía a otros campos disciplinares.  Poco se reconoce el valor del intercambio entre psicólogos en su práctica cotidiana y nada se habla de la importancia de promover el colegaje como un aspecto central de la construcción del lazo social que pueda sostener en lo práctico la existencia de los psicólogos (más allá o más acá de su relación con La Psicología). 
El affectio societatis hace referencia a la voluntad de colaborar en una empresa en común y puede traducirse como afecto social o afecto asociativo. En otras épocas el affectio societatis se consideraba un aspecto fundamental para el establecimiento de contratos y cualquier forma de asociatividad social. Aunque hoy en día este concepto no tenga especial relevancia, cabe tomarlo como referencia para pensar en la (re) invención del colegaje entre psicólogos, entendiendo que si bien cada uno está confrontado con la soledad de su ejercicio (y de su sobrevivencia) también es posible "reunir soledades", juntarnos para poder discutir con los otros, enriquecer el trabajo propio y de los demás en el marco del respeto y la confidencialidad. 

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Asumir la pregunta por el desarrollo de mi ejercicio profesional y aquello que lo hace posible, me exige reconocer que desde mi formación como psicoanalista y la apuesta que hago por el psicoanálisis como disciplina permanentemente estoy en relación con  los psicólogos y la psicología, no sólo por los colegas y los amigos que han estudiado y/o ejercen la profesión sino por los estudiantes de psicología y los programas de pregrado donde he trabajado. Mi ejercicio como psicoanalista no está desvinculado de la psicología y me interrogan los problemas, los retos y los conflictos que la atraviesan, me atañen directamente. Con esa premisa parto de la idea de que hay intercambio posible a pesar del empuje a categorizar al interlocutor como igual o como enemigo, con las dinámicas de aprobación o sospecha que esto implica. Aunque no es fácil y muchas veces reconozco mi fracaso, advierto las prevenciones y los estigmas que me ha dejado el pregrado e incluso la experiencia. Valorar en el colega un saber, aunque no sea el mismo, es fundamental para contar con el otro, soportar su alteridad y permitirme poner en cuestión mis maneras de pensar y hacer. Franquear ese límite da lugar a una conversación que desde la supervisión de casos, pasando por la asesoría, la reflexión teórica, la circulación de material relevante, hasta la construcción conjunta, la confrontación o el comentario me han permitido tejer un lazo que considero esencial en mi quehacer cotidiano. Para conversar no tenemos que coincidir (ni en la misma idea ni en el mismo espacio-tiempo) pero si estar abiertos al encuentro.
Para concluir, quiero destacar el papel de los grupos de facebook, WhatsApp y otras aplicaciones que aunque también pueden ser escenarios de segregación y descalificación también pueden albergar intercambios genuinos, solidaridades y colaboraciones. Por estos y otros lugares pasa la opción de nuevos lazos que en estos tiempos tan inciertos hagan viable un ejercicio profesional responsable, cuidadoso y sensible.
* Acaso el fracaso del estado en Latinoamérica haya abierto la puerta a otras formas de hacer, pensar y usar la psicología como puede verse en la historia de la psicología comunitaria, política, ambiental y rural.

Referencias
Franco Ruiz, C.A. (2018). Del colegaje y otras buenas costumbres. Editorial. En: Acta Neurológica Colombiana, 35 (1). Recuperado de la fuente https://acnweb.org/es/acta-neurologica/volumen-34-2018/193-volumen-34-2018-no-1-enero-marzo-2018/1545-del-colegaje-y-otras-buenas-costumbres.html
Gallegos, M. (2014). La génesis de la profesión psicológica. Eureka 11(1):134-148. Asunción (Paraguay). Recuperado de la fuente: https://psicoeureka.com.py/sites/default/files/articulos/eureka-11-1-19.pdf
Miller, J-A. (1998). Elucidación de Lacan. Charlas brasileñas. Buenos Aires: Paidós. 

domingo, 9 de agosto de 2020

Detrás del idioma del virus está el cuerpo. Lo que insiste en el corazón de la pandemia

Después del día enecientos de la era después del tapabocas parece imposible decir algo nuevo sobre la compleja urdimbre de fenómenos subjetivos y sociales que se ha tejido en torno al contagioso virus nacido en Wuhan. Y es que el virus ha dejado de ser un hecho puramente biológico para comportarse como un hecho de lenguaje que tiene efectos en los cuerpos, en las ciudades, en los gobiernos, en la economía. Hablamos de nueva normalidad sin advertir suficientemente el proceso de construcción de los artefactos discursivos y simbólicos que la hacen posible, asumiendo que su despliegue es homogéneo, estándar y automático, un guión ya dado por la dictadura material de la evidencia médica. El alto nivel de contagio y su creciente nivel de mortalidad han dado una nueva forma al significante que históricamente ha sido convocado para justificar la emergencia de toda una serie de condiciones asociada a la consolidación o derrumbe de las estructuras de poder: la amenaza. El rumor de la amenaza del coronavirus se expandió desde China y hoy por hoy nos tiene hablando en un idioma que hace rato agotó las imágenes de otras épocas para intentar representar las implicaciones de una pandemia. Esa lengua es una mixtura que como todo lenguaje es creación, simulacro y casi siempre aparece desconectada de cualquier función de verdad. No es azaroso que una de las cuestiones que más esté en entredicho en estos tiempos sea la veracidad de la información y la autenticidad de quienes las encarnan y las difunden. Fe ciega o descreimiento absoluto, O las dos, como aquellos que burlándose de la angustia generalizada por el virus tomaron al pie de la letra las palabras de su presidente y se intoxicaron con desinfectante.

 

La amenaza del virus contrajo el consumo y con ello la economía. Los gobiernos que tuvieron que recordar a las malas el sentido de la política como el ejercicio de tomar decisiones en función del bien común y se plantearon falsos dilemas como el de la economía o la vida y casi todas las esferas articuladas al desarrollo social fueron súbitamente fracturadas. Y es que como en función del capitalismo todas las actividades humanas están pensadas en términos de plusvalía, de entrada, resultaba casi imposible mantener una presencialidad cimentada en el exceso y masividad. Esto fue advertido rápidamente por filósofos e intelectuales, que vieron en la coyuntura del virus una oportunidad para cuestionar el imperio de una forma de discurso y de producción a todas luces mezquina y precarizante. Pronto asistimos al milagro de su permanencia, que ha prevalecido a todas las catástrofes y parece seguirlo haciendo, esta vez bajo el signo de la reinvención. Porque el capitalismo también obedece las leyes del lenguaje y ante nuevos obstáculos hace gala de su dinamismo y performatividad: Hágase la reinvención dijeron, y todo empezó a reinventarse.

 

Entender el vigor del capitalismo en términos del goce que produce es clave para discernir por qué hasta las ideas más loables terminan entregándose a la tentación del capital, porque como ya lo dijo Freud en el malestar en la cultura no renunciamos a un placer ya conocido, simplemente lo sustituimos por otro. Consumimos más de lo que necesitamos e incluso más de lo que nuestro deseo puede alcanzar a soñar. El confinamiento, el control y el distanciamiento social articulan la respuesta global frente a lo real del virus, enunciado como amenaza. En principio esta cadena hizo más tangible el velo del consumo y develó la miseria en la que se sostiene. El virus no elige, pero es sensible a las condiciones de confort y bienestar de las personas susceptibles de alojarlo y alimentarlo. Los pobres no sólo han puesto el grueso de los muertos, sino que han sufrido con más rigor las limitaciones económicas y sociales que trajo la pandemia, señalados además con el estigma de no asumir suficientemente los cuidados y las recomendaciones indicadas para protegerse del virus. Son las clases habladas por el idioma del virus, cuya enunciación es monopolizada por los Otros que sí conocen las reglas, se han hecho expertos en su uso y se autorizan sus infracciones sin problemas. El idioma del virus ha creado nuevas fronteras y ha reforzado unas antiguas, definiendo cuerpos sociales que sólo se ven en la web y encerrando en una bolsa negra todo aquello que no pueda ser reproducido o capturado en una pantalla.

 

En el idioma del virus se articularon nuestras preguntas en torno a la muerte y las aspiraciones a la inmortalidad. La posibilidad real de morir de una gripe que puede ser contagiada por cualquiera fue la premisa que formulamos en este idioma, con el que nos preguntamos qué pasaría si muriéramos mañana, qué sentido tiene la vida si no es plausible llenar la libreta de planes, cuál es la importancia de las cosas que hacemos o tenemos cuando estamos de frente a la muerte, qué pasa con la vida cuando morimos, qué hay más allá, en el valle de la muerte. Entre el temor a contagiar a nuestros seres queridos, la conmoción suscitada por las cifras de muertos, los testimonios y las imágenes de los entierros se fueron tejiendo nuevas formas retóricas que en muchos momentos parecieron borrar las otras muertes y pusieron en suspenso la percepción del resto de males que azotan este mundo. En contraste, la vuelta a la naturaleza, los retratos de animales tomando el control de un planeta reverdecido se convirtió en un remanso, un espacio de esperanza al cual conectarse para compartir simbólicamente algo de esa inmortalidad. La nostalgia y la belleza adormecieron la angustia y en el idioma del virus se compusieron elegías variopintas que desactivaron el potencial subversivo desatado por la constatación de los alcances de la pandemia. Seguimos siendo los mismos, acaso peores.

 

Con esta versión de lo humano escrita en el idioma del virus fue necesario poblar la interioridad vaciada previamente por la publicidad y el pragmatismo, que habían promovido hasta el cansancio la conquista del exterior y el valor estético de la experiencia como elementos indispensables para alcanzar la felicidad. Nuevas formas de consumo fueron legitimadas. En esta lengua la salud mental, el sueño y la gestión de las emociones se convirtieron en significantes privilegiados en una narrativa condescendiente y desprovista de condiciones suficientes para materializarse en mejoras decisivas de la situación sanitaria, social, política y económica. Control, automotivación, eficiencia, organización, aprendizaje, emprendimiento, solidaridad se hicieron parte del discurso dominante y pautaron una nueva interioridad, Florecieron los intereses artísticos: la cocina, la escritura, la lectura de poemas en voz alta, los conciertos con instrumentos en recuadros, la pintura. Bajo el supuesto de que la creatividad y el arte transmutan mágicamente el interior caótico y aterrado en un espacio iluminado, regulado y saludable muchos se volcaron a esas alternativas ávidos de encontrar un objeto o una excusa con la cual hacerse representar en la pantalla. La interioridad de la pandemia volvió a ser la del espectáculo vía la cámara de zoom, meet y las tantas redes sociales. Este exceso de intimidad y la necesidad imperiosa de decir algo, de tener algo que decir, también saturó la agenda. Se multiplicaron los lives, las videollamadas, los encuentros con los viejos amigos; en el nuevo idioma del virus amigo es equivalente a espectador o seguidor porque comentar, dar un like o conectarse (aunque sea con el micrófono silenciado o la cámara apagada) se convirtió de golpe en la única manera de testimoniar y hacer visible el vínculo.

 

De diversas formas el idioma del virus forjó la manera en que los cuerpos empezaron a presentarse, primero con tapabocas quirúrgicos, ordenados en filas con 1,5 metros de distancia entre cada uno, luego con mascarillas y vestimentas personalizadas y finalmente como collages: blusas elegantes combinados con pantalones de pijama y chancletas; tinturas sin retoque; uñas sin manicura; pieles pálidas y sin maquillaje. El temor a tener el virus, los cambios de rutina por el confinamiento y la negación de la fragilidad del cuerpo humano completaron esta nueva fenomenología corporal con diversas formas de hipocondría coronavírica, sedentarización, abulia, desidia y el cuestionamiento cínico de la real mortalidad de la COVID-19. ¿Cómo saber si se tiene el virus? ¿Cómo diferenciar entre sus síntomas leves y una rinitis? ¿Cómo sostener el dinamismo cuando se está encerrado en casa tanto tiempo? ¿Qué hacer con el deseo sexual? ¿Cómo verificar que lo que está sucediendo es real?

 

Pasado el tiempo y sin certeza de cuánto tardará en difundirse una vacuna eficaz para conjurar la amenaza el COVID, como ocurriera con el latín, ya se ha degradado en otras tantas versiones y segundas o terceras oleadas de contagio que resulta difícil reconocer su carácter de coyuntura. Lejos está el misticismo de los momentos más duros de la crisis en España y en Italia, en esta nueva lengua poco nos sorprenden los muertos diarios o el aumento de los contagiados. Empero, la impudicia de esta normalidad no ha logrado erradicar absolutamente las huellas del pasado, como la ciencia no pudo eliminar la potencia de las religiones y los mitos en el sujeto moderno o el desarrollo lingüístico del niño pequeño no prescinde de la fuerza emotiva del grito o del llanto en la comunicación humana. Las formas de representación, simbolización y enunciación del cuerpo en clave del virus y sus efectos sociales no han terminado de capturar lo esencial de la vivencia corporal. En el corazón de la pandemia el cuerpo reacciona, insiste como real que agujerea la construcción simbólica y narrativa armada en función del virus y nos advierte, como lo ha hecho siempre, que no, que esto no es normal, que en las civilizaciones humanas nada es del todo natural.

 

Y es que no se trata simplemente de adaptarse y desconocer las condiciones de sufrimiento que todo esto ha traído para la sociedad, para la masa o para la especie. Uno por uno, cada uno valioso por sí mismo, estorba con la insistencia de su cuerpo la aplanadora en que se convirtió esta lengua del virus, poniendo de presente en su síntoma la verdad que no se cuenta en las redes ni en los análisis sociológicos de lo que nos está pasando. Una mujer se ahoga en chocolates cuando la pantalla del computador y el celular se apagan y el desespero de ser mamá de tiempo completo no la dejan respirar. Un joven agota a escondidas los medicamentos para evitar que su familia lo acuse de ser sospechoso de COVID y sea estigmatizado de por vida. Otro no deja de pensar en masturbarse, pero el temor a la mirada de su madre no lo deja acabar. Un hombre no logra concentrarse en su trabajo, no soporta la piquiña ni la facilidad con la que se queda mirando al vacío, como hipnotizado. Para otros es la migraña, los terribles dolores de espalda o de piernas, el miedo a despertar, la incertidumbre resignada de otro día sin encontrar trabajo, la desazón generalizada, la soledad. Incluso la respuesta biológica al contraer el virus y luego al ganar la batalla contra él testimonian la singularidad de las marcas en el cuerpo que señalan el límite de esta maquinaria que nos hemos inventado y con la cual pretendemos llenar de sentido esto terrible que estamos viviendo.

 

Empecé este escrito señalando al virus como un hecho de lenguaje y llamando la atención sobre su funcionamiento, nada distinto al de cualquier producto simbólico. Entenderlo así no sólo permite advertir el alcance del artificio construido como respuesta al virus en términos de las profundas transformaciones que introduce en la concepción de lo humano, la realidad, los vínculos y el cuerpo. Precisamente trascender la noción del cuerpo en tanto representación nos confronta con lo que insiste en el corazón de las tinieblas, el sufrimiento y el sinsentido desde los cuales resuena la verdad de la experiencia de cada uno. Serán estos efectos en la subjetividad el insumo con los cuales pueda elaborarse un saber hacer más allá de este “discurso nuevo” que por momentos se pone en evidencia como simulacro y en el que muchas veces nos sentimos desechados. 

 

 

lunes, 20 de julio de 2020

Creo que (no) hay solución

"Para el silencio, una palabra
Para la oreja, un caracol
Un columpio pa' la infancia
Y al oído un acordeón
Para la guerra, nada". 
Martha Gómez.


Día de cifras desesperanzadoras y futuro incierto, careos en redes sociales sobre cuándo llegará el pico de la pandemia y a qué tanta distancia estamos de los peores días de Italia o España, retorno descarado de la violencia en gran parte del territorio nacional, caída en picada de los indicadores económicos, inseguridad, desempleo, bajos niveles de aceptación del ejecutivo, escándalos en el gobierno. A pocos minutos de iniciarse la conmemoración del grito de independencia, proclamado un 20 de julio de 1810 en ocasión de la famosa querella por el florero de Llorente, Colombia asiste a uno de sus peores momentos de la historia reciente y nosotros los colombianos, los que todavía vivimos aquí pero también los que ya migraron, vemos con aterradora impotencia una patria en decadencia para la que simplemente ya no hay solución. ¿Cómo pensar algo diferente si los dispositivos para controlar la pandemia resultan inaplicables e inaccesibles? ¿Qué hacer para ponerle límite a las banalidades de este gobierno y hacer efectiva la rectificación del proceder de sus funcionarios empezando por el Presidente? ¿Cuáles son las alternativas para garantizar unas condiciones mínimas que salvaguarden la economía sin poner la vida de la gente como carne de cañón? ¿Cómo proteger a nuestros líderes, detener el genocidio y acompañar la cotidianidad de las comunidades y territorios más afectados por la violencia? Por supuesto no hay una respuesta ya establecida y probablemente no provenga de los lugares desde donde se esperaría que viniera (el Estado, los grandes empresarios, las fuerzas armadas, la academia). Ya dentro de la caverna, con la desilusión llegándonos a las rodillas y la maleta llena de contradicciones pareciera que las únicas soluciones disponibles cuando nos topamos con la roca de lo imposible pasan necesariamente por la fe: la creencia en que hay manera de abrir un agujero en las profundidades y tender un puente sobre el abismo. Afirmaciones de este talante no son nuevas y pueden considerarse como parte de una conspiración del batallón de la autoayuda o la superación personal; sin embargo, vale la pena considerar su trasfondo y tal vez atender (o seguir atendiendo) su llamado, máxime en un contexto como el actual, donde difícilmente podemos esperar un movimiento social sostenido a gran escala. En una sociedad como la nuestra, golpeada por la pobreza, forjada en prácticas de corrupción, exclusión y gamonalismo, y atenazada permanentemente por el miedo, parece un verdadero milagro salir de la fijeza en el propio dolor para volcarnos a una causa colectiva que de entrada parece inútil. 
Durante más de doscientos años la clase dirigente se ha encargado de demostrarle al país que cuando lanza la moneda si cae en cara pierde y si cae en sello también. El dominio de la jurisprudencia, la imagen y sus promesas ha sido históricamente la estrategia más efectiva para mantener más ricos a los ricos, perpetuando los dictados de sus amos coloniales en los que buscaron su reflejo ideal. El gran aprendizaje de esta servidumbre ha sido el arte de la simulación: simular un estado liberal y democrático, una sociedad incluyente e integrada, un sentido de patria, una economía sólida, una paz completa. Simular se define como la representación de una cosa fingiendo o imitando lo que no es y trae de suyo la adopción de un descarnado descreimiento de aquello que se pretende fingir o imitar. La simulación está en las antípodas de la fe en tanto presupone la disolución de la creencia en el  saber y/o la verdad, lugar que deviene entonces como efecto de una construcción que no es sino vacío. Al entender ese vacío como inexistencia de la verdad, como falsedad del saber, la simulación se erige como un golpe de teatralidad que satura la realidad de un sentido particular orientado por el interés del simulador (esté delante o detrás de las bambalinas). La traducción de los derechos del hombre a la sociedad neogranadina y a las constituciones de lo que llegaría a ser la Gran Colombia pronto se vio sorprendida en la fragilidad del poder que sostenía al Estado; en ese descubrimiento, el del lugar vacío del pueblo, la aristocracia criolla montó su espectáculo. La ampliación de la participación política con la Constitución del 91 y del acceso a la información  sólo ha representado una nueva fase en la extensión de la farsa: mostrado todo ya no hay nada que demostrar. El matrimonio entre la simulación y el cinismo está en la base de esta versión de una clase política que ya no teme exhibir sus versiones del pueblo, del poder, y de la patria ni hace esfuerzo alguno por disimular sus pretensiones e intereses. 
¿Cuál es el principal efecto de este artificio? Que paraliza, sustrae la libido del pacto común, de lo colectivo, de la sociedad, para concentrarla en el propio yo desestimando de antemano cualquier tentativa de desenmascaramiento y cierre de la función. De esta inhibición de la ciudadanía se desprende la irresponsabilidad, la insolidaridad, el fundamentalismo, la despolitización de la vida cotidiana y la consolidación del miedo. Se ha hablado de violencia estructural, cultura de la corrupción e incluso de anomia social para intentar dar cuenta de las precarias condiciones simbólicas de la sociedad colombiana y la naturalización de la barbarie, pero poco se habla de las restricciones históricas de la ciudadanía y de la  constitución del pueblo como fuente del poder que legitima al gobierno y sostiene al Estado nacido para garantizar sus derechos. Por supuesto que ese vacío existe y está vigente, lejos estamos de reconocernos como pueblo y revitalizar la autoridad en la que se funda el poder político, No obstante, al despejarlo y hacer resistencia a todas estas representaciones de las que está saturado, incluso en la singularidad del acto cotidiano que va tejiendo red en la circulación de una palabra pueden crearse formas alternativas de contarlo, de replantear nuestra condición de ciudadanos y agujerear la solidez de algunas de las prácticas encargadas de mantener las cosas como han sido siempre. La creencia en que no hay solución definitiva pero sí hay maneras de forjar algunos arreglos que nos permitan vivir de la mejor manera posible sin privilegiar ni desconocer los intereses de cada uno entonces se convierte en una opción necesaria y urgente. 
No sé si exista una verdad absoluta y mucho menos un saber que condense todos los saberes. En todo caso creer que entre el cielo  y la tierra hay más cosas que todas las que ya se hayan dicho en nuestra historia abre la puerta a levantar los ojos del florero de la discordia, reivindicar la función esperanzadora del futuro e inventarnos un velo desde la belleza, el encuentro, la inspiración, la bondad o la poesía para no conformarnos con el destino del horror, transformar las instituciones sociales y mantener encendida la aspiración a una paz completa y real. 

viernes, 10 de abril de 2020

¿Y no podemos hacer otra cosa?

Hace más o menos cinco meses salieron a la luz los primeros casos de lo que hoy vivimos como una pandemia capaz de poner la economía a media marcha, plantear falsos dilemas sobre la salud y la vida humana, cuestionar el enfoque y las estrategias utilizadas para gestionar la vida y la salud pública, magnificar la miseria y las problemáticas ecosociales y transformar radicalmente la cotidianidad pública y privada de gran parte de la población. A la voz de los efectos del COVID-19, el colapso del sistema de salud y el incremento exponencial de los muertos en países como Italia y España, incluso los gobiernos más escépticos han tenido que retroceder en sus pronunciamientos para adoptar las medidas de distanciamiento y aislamiento social. En Colombia la crisis ha mostrado los rigores de la inequidad social, haciendo más visibles las contradicciones institucionales, la fragilidad de la economía y la desconfianza que parasita el lazo social en todos los ámbitos. Han pasado apenas 17 días desde que se decretó la cuarentena a nivel nacional y en este corto tiempo (que se siente exageradamente largo y pesado) el horizonte se ha oscurecido tanto que muchos ya avizoran un panorama apocalíptico al final de esta crisis; entre el COVID-19, la corrupción, el desempleo, la pobreza, la deforestación y la violencia pareciera que no hay posibilidad feliz para una sociedad como la nuestra.

Y es que aún en el peor de los dramas no logramos ponernos de acuerdo en una noción más o menos compartida de bien común y los valores que vale la pena defender para garantizar una vida digna para todos. La desconfianza que materializa el contagio revela otras desconfianzas estructurales que han marcado nuestro lazo social al punto de hacerlo inviable, convirtiendo al encuentro y la solidaridad en un acto de fe... o de magia. Desconfianza del Estado hacia sus ciudadanos, tanto por el incumplimiento de la norma como por la posibilidad del estallido social, de nosotros hacia el Estado por su histórica desidia para atender a los más necesitados, la veracidad de las cifras y la arbitrariedad de sus actuaciones (no hay que olvidar lo que pasó en la Picota). Desconfianza de los "rurales" hacia los "urbanos" que en su inconsciencia pudieron llevar el virus a donde menos recursos hay para manejarlo, y viceversa, porque aquellos pueden aprovecharse de la situación, por su ignorancia, por su rudeza. Desconfianza entre nacionales y extranjeros, entre cisgéneros y transgéneros, entre profesionales y vecinos, entre humanos y humanos. En el nivel deterioro y cinismo al que ha llegado la vida política en el país, con la muerte anunciada de un nuevo acuerdo de paz y bajo el fuego cruzado de ejércitos privados y grupos ilegales la arenga del presidente ¡esta guerra la ganamos!, es apenas un amago de motivación colectiva que no se escucha más allá de las paredes de su despacho (¿allá quedará también la sede de algunos medios de comunicación?). Un pueblo que lleva tantos años en guerra sabe de sobra que las guerras no se ganan sino que se mantienen, siempre por intereses de unos pocos y el sufrimiento de tantos otros. Pienso en Siria, en Palestina, en el Chocó, en Buenaventura y Tumaco, en el Congo, en Abjasia y se me arruga el corazón imaginando el confinamiento de tantos años al que han sido sometidos sus cuerpos, sus esperanzas, sus deseos. Me aterra pensar que el confinamiento y la práctica de la distancia social se vuelva una práctica normal, un aparteid contemporáneo que va a expulsando cristianos del paraíso de los protegidos conforme las recomendaciones de la OCDE o las contracciones de la economía.

¿Y no podemos hacer otra cosa? –dice mi mamá de 73 años, sin entender por qué no puede salir a la calle a comprar el pan. Le digo que no, pero le doy vueltas a su pregunta, porque los días pasan y nos vamos hundiendo en nuevas medidas de control, mayores y más descaradas afrentas a la democracia y a la decencia (¿cómo se roban la plata de los mercados para las personas más afectadas por la crisis?) y cifras crecientes de muertos sin tener siquiera la noticia del control definitivo de la situación en China. Sin duda, o más bien con todas ellas respirando en la nuca, nos corresponde inventarnos maneras de contravenir este funcionamiento cínico y receloso sin irnos lanza en ristre contra  el fantasma del sistema, desconociendo que si este existe es por y con nosotros y que la destrucción por la pura destrucción solo deja eso, destrucción. Hacer otra cosa, sin caer en banalizaciones o inflamarse con ilusiones ciegas, acaso tenga que ver con resistir a la repetición de los mismos rechazos, las mismas negaciones, del conformismo y la reproducción acrítica del rumor. Resistir al facilismo del rencor, a buscar culpables en los más débiles (porque con ellos me puedo desquitar y sentir por un momento que he ganado), a ser los más aviones y tener la razón siempre, resistir al miedo. Esa resistencia, un nombre más para la invención de nuevas formas de estar juntos, puede ser la clave para una vida que honremos y apreciemos en medio de las transformaciones, las desgracias y las incertidumbres que pueden suceder y que también pueden pasarnos a nosotros. En lugar de buscar sentidos que justifiquen el miedo, la rabia y el odio encendamos el acto de la vida, preservar y extender la vida en las pequeñas solidaridades, en el cuidado del otro, en el cuidado de sí sin tiranizarnos bajo fórmulas ideales para superar estas circunstancias.

Hace algunos días escribí que lo peor de esta cuarentena era la duda, las dudas sobre el futuro, el trabajo, los recursos personales y materiales, la propia salud, la posibilidad de ser el próximo (en contagiarse y/o contagiar a otros); llevo varios días con la sensación de estar resfriada y los he vivido con el temor de dañar a mis seres queridos. Sin mucha consciencia he pensado en la muerte y me he preguntado por el significado de la vida cuando la noción de futuro es tan difusa que nubla el horizonte de los proyectos más sólidos. Dudar, que es totalmente diferente a no saber, me ha confrontado con mis más profundas limitaciones y frustraciones, llevándome a reconocer (todavía no sé si aceptar) que la única certeza posible en este momento es la pérdida: No puedo pretender que voy a pasar esta crisis sin haber perdido algo. Por extraño que parezca esta convicción (nada nueva pero casi siempre olvidada) me liberó de la angustia de retener lo poco o mucho que tengo y me abrió la puerta a una esperanza luminosa, que es en la que me apoyo por ahora para resolver los pesares y las trabas cotidianas. No estoy a la expectativa, no espero los boletines, no aguardo una señal; siguiendo el mantra que subrayé en una joya de libro de Jean Giono (Las riquezas verdaderas), me abrazo a la sensación de que somos un bosque en movimiento, todos y cada uno, me dispongo a la vida, me dispongo al amor aunque no tenga muy claro como funciona eso.

En esas estoy, gozando los brotes de la vida, bordeando el horror con la palabra, cuidando en la medida de mis posibilidades, resistiendo (porque nada tiene de pasivo estar dispuesto) y cuestionándome esa épica del progreso inherente a nuestra valoración de la historia personal, que rotula como revés cada cosa que no sea mejoría y le da significado a la vida en función de las promesas del futuro. ¡Tenía todo planeado y ahora qué será de mí! Si los imperativos de la época están escritos en clave de tiempo (vive el presente, asegúrate un buen futuro, haz que dure, aprovecha cada segundo al máximo, saca tiempo para todo), ¿cómo sostener una vida en el contexto de esta desestabilización del orden con el que hemos vivido siempre? Tal vez algunas de las respuestas posibles pasen por un cuestionamiento del lugar y el significado que le hemos dado al tiempo, volviendo reflexivamente nuestros ojos y nuestros oídos al pasado, para enfocarnos más en lo que no quisiéramos repetir, aprendiendo de lo que hemos vivido y tomando con más tranquilidad la idea obsesiva de lo que nos falta por hacer (dándole un poco de espacio al humor y descubriendo otras formas de goce distintas al consumo).

¿Y no podemos hacer otra cosa? Si, creo que sí, tenemos que. Desde nuestra singularidad inventemos la vida y la confianza y la cercanía, y la palabra. Porque la vida insiste y vale la pena, y valdrá más la pena si hacemos algo amoroso con ella cada uno, entre todos.


martes, 3 de marzo de 2020

Con corazón de librero

A Mauricio Lleras, mi librero de tantos años. 

Más allá o más acá del debate sobre la muerte del libro y la crisis del sector editorial, las librerías siguen siendo un espacio sibilino y atrayente, que como las iglesias y los museos conserva una mística propia en medio del vértigo ensordecedor de la ciudad. Las librerías precipitan en sus visitantes un cierto misticismo, una disposición a la mirada, un estado de recogimiento infrecuente cercano al desamparo del amante. El cliente tocado por esta experiencia depone sus armas de ciudadano del mundo y busca en los anaqueles la señal del amado que puede cambiar el sentido de las cosas para siempre.  Incluso si la lectura no es lo suyo, paseará sus ojos por los estantes acariciando con extrañeza esos lomos de grandes letras, sentirá la cadencia del deseo y en estado de gracia consentirá entregarse a la promesa del libro. Por supuesto también está el consumo y la vanidad,  el desprecio del pragmático, la tacañería de quien mide las pasiones por la abundancia del producto y los precios bajos. Sin ánimo de hacer taxonomías o definir un nicho de mercado, lo cierto es que algo singular tienen las librerías y está dentro de sus deberes milenarios cultivarlo. Es aquí donde entra la figura del librero.  

Militante de la causa de la lectura, el librero confiesa abiertamente su debilidad y dedica su vida a compartirla con otros, adiestrándose en el oficio de despertar el deseo del lector y leerlo, abriendo camino a una metonimia la cual el iniciado irá pasando de un libro a otro, y a otro, y a otro. El librero no prescribe, descubre lo que el usuario no sabe que quiere pero quiere y pone en ello su corazón, su propio vacío de eterno lector, que no se cansa de encontrar belleza en la intimidad de una buena lectura. Ahora bien, aunque hay libreros de libreros, cada uno con su propia estrategia de conquista, puede reconocerse en su estirpe el arte de la buena conversación y el respeto profundo por el autor y la escritura. A pesar de los afanes el librero sabe reservar tiempo valioso para quien lo consulta y acoge con atenta deferencia las solicitudes de su clientela, manteniendo en reserva sus preferencias para no ahogar el entusiasmo del comprador ni arruinar su pequeña aventura. Con el tiempo el cliente devendrá en pupilo y acudirá al librero como a un oráculo. Entonces el librero será reconocido como un privilegio similar al de las grandes amistades o los buenos confesores y el lector habrá iluminado una región de sí mismo imposible de descubrir sin su ayuda. 

Lastimosamente los libreros se van extinguiendo. En su lugar aparecen vendedores sin conexión alguna con lo que venden, enfocados en facturar la compra y evitar los robos, armados con la seguridad de la base de datos para responder a la inquietud del cliente. Como lo establece el código del discurso capitalista solo importa si se tiene y se puede consumir, por lo que la inquietud singular o la posibilidad de abrir una se convierte en una tarea que pasa a segundo plano. Cuando lo que importa es el consumo y todos somos consumidores no hay sacralización de la obra o respeto por la labor creativa de un autor, ni siquiera deseo de fomentar la lectura. Acaso sin libreros las librerías también lleguen a desaparecer, sea porque funcionarán como cualquier otra tienda o porque los libros se venderán en los supermercados, junto a las revistas, los chicles y los cábanos. Acaso el corazón del librero sea la única razón que marque la diferencia.  

miércoles, 1 de enero de 2020

Las voces de nuestro tiempo. Algunas reflexiones sobre la opinión pública y las redes sociales

El momento que vivimos como país, la masacre de los líderes sociales sin atender, los efectos de la convocatoria al Paro Nacional y el curso del proceso de paz con las FARC, entre otras cosas, exigen la emergencia de espacios de reflexión y debate que aviven la disposición crítica, expandan nuestra sensibilidad frente a la situación del otro y legitimen los sentimientos de indignación y rechazo al horror. En un país en el que la atrocidad y la miseria no tienen límites, donde el cinismo es el común denominador del discurso de periodistas, empresarios, políticos y otras figuras públicas, son necesarias voces que apalabren lo que está pasando y exalten la imaginación.  



El surgimiento de las redes sociales y la diversificación de las fuentes de información sobre los alcances de la violencia en todo el territorio colombiano han abierto la posibilidad de distanciarnos de los pronunciamientos oficiales, apurando la caída de los semblantes de la gente de bien de siempre y resignificando un compromiso político todavía irregular. Estas transformaciones, sin duda lentas e inestables, han dado lugar a un incipiente movimiento social que, en las calles, en las redes y en la cotidianidad sostienen la esperanza y el deseo de un futuro distinto. A pesar de las derrotas y las frustraciones, millones de colombianos seguimos insistiendo en participar de la vida política a sabiendas del uso perverso de la institucionalidad por parte de los políticos corruptos, los señores de la guerra y todos aquellos aferrados a sus intereses económicos.  

En este escenario llama la atención que ni los políticos ni los “expertos” en la materia sean las voces de referencia; sus intervenciones suenan falsas y convenientes, oportunistas y parcializadas. Sea porque sus nombres están involucrados en aquello que se rechaza o por la profunda desconfianza que despierta la dirigencia política, sus voces no representan una lectura pertinente de las circunstancias sociales, económicas y culturales que vivimos como colombianos.  En la coyuntura, son los artistas y deportistas quienes concentran una credibilidad genuina, sostenida en el compromiso voluntario que muchos de ellos han asumido en el desarrollo de su labor con el destino del país y el logro de la paz tan anhelada. Reconocidos por su carisma, excelencia, disciplina y valor, los artistas y deportistas representan el ideal de un pueblo carente de referencias morales y políticas en la vía de sostener alguna suerte de sentimiento patrio.  


Llama la atención el caso de los escritores que, desde columnas de opinión, comentarios en las redes, artículos en medios tradicionales y alternativos, pero también desde las calles, en las marchas, tertulias, eventos culturales y académicos, han hecho eco del movimiento y han contribuido significativamente al surgimiento de nuevas formas de lazo social. Sus textos excitan la imaginación moral de los lectores, movilizan la compasión y el deseo, plantean lecturas alternativas de los hechos, historian los acontecimientos y las tendencias sociales. A contracorriente de la indiferencia y el rebajamiento de la protesta agenciado por los sectores clasistas y excluyentes, los escritores se han hecho voz de nuestro tiempo, inspirando un ejercicio reflexivo y crítico que hoy mas que nunca debe incentivarse, extenderse y sostenerse para despertar cuantas veces sea necesario.  Por supuesto también podríamos invocar aquí el caso de líderes y lideresas, músicos, antropólogos y otros académicos que también encienden la esperanza con su profundo compromiso social, su trabajo de años y sus aportes a la construcción de memoria histórica y la comprensión del panorama actual. Acaso el destacar esta incidencia particular de los escritores en el proceso de construcción de una opinión pública más participativa y atenta sea una forma de defender la apuesta por la dignidad de la palabra y la sensibilidad, en un país donde el vivo vive del bobo y todo se toma por la fuerza.

He dicho que las redes sociales tienen un papel clave en estas transformaciones y esto sin duda obedece a la ilusión de cercanía que generan con respecto a las figuras públicas. El poder de difusión que hoy por hoy tienen Twitter, Facebook e Instagram, por mencionar algunas, no sólo le da notoriedad casi instantánea a quien apenas ayer era un hijo de vecino; también proporciona una sensación de saber sobre la cual los seguidores de uno u otro personaje edifican el derecho ficticio a enjuiciarlo o idealizarlo. Resulta difícil no ceder al señuelo que agita el interés o la antipatía.  Lo que empieza con un like termina fundando el engaño de una familiaridad peligrosa. Espiamos su vida privada, les endilgamos responsabilidades que no les corresponden, nos frustramos por sus decisiones y prioridades, nunca son suficientes para nuestras expectativas. Esto aplica tanto para los ídolos como para los seguidores; me ha pasado que escritores cuyo trabajo respeto y he seguido con atención no han dudado en tratarme de “tibia” o mandarme a leer la revista carrusel por criticar sus opiniones.

El punto es que todo esto no es más que una falacia. Leemos sus palabras y sus opiniones, pero no los conocemos, no somos sus amigos ni sus enemigos. Vale recordar esta distancia justo ahora, no sólo en este caso sino en todos, como posibilidad de resignificación de lo que se ha venido llamando polarización política y como resistencia al empuje deslegitimador que desde los comienzos de la civilización occidental ha venido excluyendo todo aquello que quepa en el apelativo de irracional. Que la observación, la imaginación y la curiosidad pongan freno a la identificación desbocada y abran espacio a la creatividad y el pensamiento.

Las voces de nuestro tiempo, los resonadores de las inquietudes de un pueblo cansado de perderlo todo han vivido cambios interesantes que abren la puerta a alguna esperanza. Ojalá que estas pequeñas mutaciones, que no son cualquier cosa, hagan perdurables estos nuevos tejidos ciudadanos y esta activación de la sensibilidad de todos los colombianos.