martes, 3 de marzo de 2020

Con corazón de librero

A Mauricio Lleras, mi librero de tantos años. 

Más allá o más acá del debate sobre la muerte del libro y la crisis del sector editorial, las librerías siguen siendo un espacio sibilino y atrayente, que como las iglesias y los museos conserva una mística propia en medio del vértigo ensordecedor de la ciudad. Las librerías precipitan en sus visitantes un cierto misticismo, una disposición a la mirada, un estado de recogimiento infrecuente cercano al desamparo del amante. El cliente tocado por esta experiencia depone sus armas de ciudadano del mundo y busca en los anaqueles la señal del amado que puede cambiar el sentido de las cosas para siempre.  Incluso si la lectura no es lo suyo, paseará sus ojos por los estantes acariciando con extrañeza esos lomos de grandes letras, sentirá la cadencia del deseo y en estado de gracia consentirá entregarse a la promesa del libro. Por supuesto también está el consumo y la vanidad,  el desprecio del pragmático, la tacañería de quien mide las pasiones por la abundancia del producto y los precios bajos. Sin ánimo de hacer taxonomías o definir un nicho de mercado, lo cierto es que algo singular tienen las librerías y está dentro de sus deberes milenarios cultivarlo. Es aquí donde entra la figura del librero.  

Militante de la causa de la lectura, el librero confiesa abiertamente su debilidad y dedica su vida a compartirla con otros, adiestrándose en el oficio de despertar el deseo del lector y leerlo, abriendo camino a una metonimia la cual el iniciado irá pasando de un libro a otro, y a otro, y a otro. El librero no prescribe, descubre lo que el usuario no sabe que quiere pero quiere y pone en ello su corazón, su propio vacío de eterno lector, que no se cansa de encontrar belleza en la intimidad de una buena lectura. Ahora bien, aunque hay libreros de libreros, cada uno con su propia estrategia de conquista, puede reconocerse en su estirpe el arte de la buena conversación y el respeto profundo por el autor y la escritura. A pesar de los afanes el librero sabe reservar tiempo valioso para quien lo consulta y acoge con atenta deferencia las solicitudes de su clientela, manteniendo en reserva sus preferencias para no ahogar el entusiasmo del comprador ni arruinar su pequeña aventura. Con el tiempo el cliente devendrá en pupilo y acudirá al librero como a un oráculo. Entonces el librero será reconocido como un privilegio similar al de las grandes amistades o los buenos confesores y el lector habrá iluminado una región de sí mismo imposible de descubrir sin su ayuda. 

Lastimosamente los libreros se van extinguiendo. En su lugar aparecen vendedores sin conexión alguna con lo que venden, enfocados en facturar la compra y evitar los robos, armados con la seguridad de la base de datos para responder a la inquietud del cliente. Como lo establece el código del discurso capitalista solo importa si se tiene y se puede consumir, por lo que la inquietud singular o la posibilidad de abrir una se convierte en una tarea que pasa a segundo plano. Cuando lo que importa es el consumo y todos somos consumidores no hay sacralización de la obra o respeto por la labor creativa de un autor, ni siquiera deseo de fomentar la lectura. Acaso sin libreros las librerías también lleguen a desaparecer, sea porque funcionarán como cualquier otra tienda o porque los libros se venderán en los supermercados, junto a las revistas, los chicles y los cábanos. Acaso el corazón del librero sea la única razón que marque la diferencia.  

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