"Para el silencio, una palabra
Para la oreja, un caracol
Un columpio pa' la infancia
Y al oído un acordeón
Para la guerra, nada".
Para la oreja, un caracol
Un columpio pa' la infancia
Y al oído un acordeón
Para la guerra, nada".
Martha Gómez.
Durante más de doscientos años la clase dirigente se ha encargado de demostrarle al país que cuando lanza la moneda si cae en cara pierde y si cae en sello también. El dominio de la jurisprudencia, la imagen y sus promesas ha sido históricamente la estrategia más efectiva para mantener más ricos a los ricos, perpetuando los dictados de sus amos coloniales en los que buscaron su reflejo ideal. El gran aprendizaje de esta servidumbre ha sido el arte de la simulación: simular un estado liberal y democrático, una sociedad incluyente e integrada, un sentido de patria, una economía sólida, una paz completa. Simular se define como la representación de una cosa fingiendo o imitando lo que no es y trae de suyo la adopción de un descarnado descreimiento de aquello que se pretende fingir o imitar. La simulación está en las antípodas de la fe en tanto presupone la disolución de la creencia en el saber y/o la verdad, lugar que deviene entonces como efecto de una construcción que no es sino vacío. Al entender ese vacío como inexistencia de la verdad, como falsedad del saber, la simulación se erige como un golpe de teatralidad que satura la realidad de un sentido particular orientado por el interés del simulador (esté delante o detrás de las bambalinas). La traducción de los derechos del hombre a la sociedad neogranadina y a las constituciones de lo que llegaría a ser la Gran Colombia pronto se vio sorprendida en la fragilidad del poder que sostenía al Estado; en ese descubrimiento, el del lugar vacío del pueblo, la aristocracia criolla montó su espectáculo. La ampliación de la participación política con la Constitución del 91 y del acceso a la información sólo ha representado una nueva fase en la extensión de la farsa: mostrado todo ya no hay nada que demostrar. El matrimonio entre la simulación y el cinismo está en la base de esta versión de una clase política que ya no teme exhibir sus versiones del pueblo, del poder, y de la patria ni hace esfuerzo alguno por disimular sus pretensiones e intereses.
¿Cuál es el principal efecto de este artificio? Que paraliza, sustrae la libido del pacto común, de lo colectivo, de la sociedad, para concentrarla en el propio yo desestimando de antemano cualquier tentativa de desenmascaramiento y cierre de la función. De esta inhibición de la ciudadanía se desprende la irresponsabilidad, la insolidaridad, el fundamentalismo, la despolitización de la vida cotidiana y la consolidación del miedo. Se ha hablado de violencia estructural, cultura de la corrupción e incluso de anomia social para intentar dar cuenta de las precarias condiciones simbólicas de la sociedad colombiana y la naturalización de la barbarie, pero poco se habla de las restricciones históricas de la ciudadanía y de la constitución del pueblo como fuente del poder que legitima al gobierno y sostiene al Estado nacido para garantizar sus derechos. Por supuesto que ese vacío existe y está vigente, lejos estamos de reconocernos como pueblo y revitalizar la autoridad en la que se funda el poder político, No obstante, al despejarlo y hacer resistencia a todas estas representaciones de las que está saturado, incluso en la singularidad del acto cotidiano que va tejiendo red en la circulación de una palabra pueden crearse formas alternativas de contarlo, de replantear nuestra condición de ciudadanos y agujerear la solidez de algunas de las prácticas encargadas de mantener las cosas como han sido siempre. La creencia en que no hay solución definitiva pero sí hay maneras de forjar algunos arreglos que nos permitan vivir de la mejor manera posible sin privilegiar ni desconocer los intereses de cada uno entonces se convierte en una opción necesaria y urgente.
No sé si exista una verdad absoluta y mucho menos un saber que condense todos los saberes. En todo caso creer que entre el cielo y la tierra hay más cosas que todas las que ya se hayan dicho en nuestra historia abre la puerta a levantar los ojos del florero de la discordia, reivindicar la función esperanzadora del futuro e inventarnos un velo desde la belleza, el encuentro, la inspiración, la bondad o la poesía para no conformarnos con el destino del horror, transformar las instituciones sociales y mantener encendida la aspiración a una paz completa y real.
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