lunes, 20 de julio de 2020

Creo que (no) hay solución

"Para el silencio, una palabra
Para la oreja, un caracol
Un columpio pa' la infancia
Y al oído un acordeón
Para la guerra, nada". 
Martha Gómez.


Día de cifras desesperanzadoras y futuro incierto, careos en redes sociales sobre cuándo llegará el pico de la pandemia y a qué tanta distancia estamos de los peores días de Italia o España, retorno descarado de la violencia en gran parte del territorio nacional, caída en picada de los indicadores económicos, inseguridad, desempleo, bajos niveles de aceptación del ejecutivo, escándalos en el gobierno. A pocos minutos de iniciarse la conmemoración del grito de independencia, proclamado un 20 de julio de 1810 en ocasión de la famosa querella por el florero de Llorente, Colombia asiste a uno de sus peores momentos de la historia reciente y nosotros los colombianos, los que todavía vivimos aquí pero también los que ya migraron, vemos con aterradora impotencia una patria en decadencia para la que simplemente ya no hay solución. ¿Cómo pensar algo diferente si los dispositivos para controlar la pandemia resultan inaplicables e inaccesibles? ¿Qué hacer para ponerle límite a las banalidades de este gobierno y hacer efectiva la rectificación del proceder de sus funcionarios empezando por el Presidente? ¿Cuáles son las alternativas para garantizar unas condiciones mínimas que salvaguarden la economía sin poner la vida de la gente como carne de cañón? ¿Cómo proteger a nuestros líderes, detener el genocidio y acompañar la cotidianidad de las comunidades y territorios más afectados por la violencia? Por supuesto no hay una respuesta ya establecida y probablemente no provenga de los lugares desde donde se esperaría que viniera (el Estado, los grandes empresarios, las fuerzas armadas, la academia). Ya dentro de la caverna, con la desilusión llegándonos a las rodillas y la maleta llena de contradicciones pareciera que las únicas soluciones disponibles cuando nos topamos con la roca de lo imposible pasan necesariamente por la fe: la creencia en que hay manera de abrir un agujero en las profundidades y tender un puente sobre el abismo. Afirmaciones de este talante no son nuevas y pueden considerarse como parte de una conspiración del batallón de la autoayuda o la superación personal; sin embargo, vale la pena considerar su trasfondo y tal vez atender (o seguir atendiendo) su llamado, máxime en un contexto como el actual, donde difícilmente podemos esperar un movimiento social sostenido a gran escala. En una sociedad como la nuestra, golpeada por la pobreza, forjada en prácticas de corrupción, exclusión y gamonalismo, y atenazada permanentemente por el miedo, parece un verdadero milagro salir de la fijeza en el propio dolor para volcarnos a una causa colectiva que de entrada parece inútil. 
Durante más de doscientos años la clase dirigente se ha encargado de demostrarle al país que cuando lanza la moneda si cae en cara pierde y si cae en sello también. El dominio de la jurisprudencia, la imagen y sus promesas ha sido históricamente la estrategia más efectiva para mantener más ricos a los ricos, perpetuando los dictados de sus amos coloniales en los que buscaron su reflejo ideal. El gran aprendizaje de esta servidumbre ha sido el arte de la simulación: simular un estado liberal y democrático, una sociedad incluyente e integrada, un sentido de patria, una economía sólida, una paz completa. Simular se define como la representación de una cosa fingiendo o imitando lo que no es y trae de suyo la adopción de un descarnado descreimiento de aquello que se pretende fingir o imitar. La simulación está en las antípodas de la fe en tanto presupone la disolución de la creencia en el  saber y/o la verdad, lugar que deviene entonces como efecto de una construcción que no es sino vacío. Al entender ese vacío como inexistencia de la verdad, como falsedad del saber, la simulación se erige como un golpe de teatralidad que satura la realidad de un sentido particular orientado por el interés del simulador (esté delante o detrás de las bambalinas). La traducción de los derechos del hombre a la sociedad neogranadina y a las constituciones de lo que llegaría a ser la Gran Colombia pronto se vio sorprendida en la fragilidad del poder que sostenía al Estado; en ese descubrimiento, el del lugar vacío del pueblo, la aristocracia criolla montó su espectáculo. La ampliación de la participación política con la Constitución del 91 y del acceso a la información  sólo ha representado una nueva fase en la extensión de la farsa: mostrado todo ya no hay nada que demostrar. El matrimonio entre la simulación y el cinismo está en la base de esta versión de una clase política que ya no teme exhibir sus versiones del pueblo, del poder, y de la patria ni hace esfuerzo alguno por disimular sus pretensiones e intereses. 
¿Cuál es el principal efecto de este artificio? Que paraliza, sustrae la libido del pacto común, de lo colectivo, de la sociedad, para concentrarla en el propio yo desestimando de antemano cualquier tentativa de desenmascaramiento y cierre de la función. De esta inhibición de la ciudadanía se desprende la irresponsabilidad, la insolidaridad, el fundamentalismo, la despolitización de la vida cotidiana y la consolidación del miedo. Se ha hablado de violencia estructural, cultura de la corrupción e incluso de anomia social para intentar dar cuenta de las precarias condiciones simbólicas de la sociedad colombiana y la naturalización de la barbarie, pero poco se habla de las restricciones históricas de la ciudadanía y de la  constitución del pueblo como fuente del poder que legitima al gobierno y sostiene al Estado nacido para garantizar sus derechos. Por supuesto que ese vacío existe y está vigente, lejos estamos de reconocernos como pueblo y revitalizar la autoridad en la que se funda el poder político, No obstante, al despejarlo y hacer resistencia a todas estas representaciones de las que está saturado, incluso en la singularidad del acto cotidiano que va tejiendo red en la circulación de una palabra pueden crearse formas alternativas de contarlo, de replantear nuestra condición de ciudadanos y agujerear la solidez de algunas de las prácticas encargadas de mantener las cosas como han sido siempre. La creencia en que no hay solución definitiva pero sí hay maneras de forjar algunos arreglos que nos permitan vivir de la mejor manera posible sin privilegiar ni desconocer los intereses de cada uno entonces se convierte en una opción necesaria y urgente. 
No sé si exista una verdad absoluta y mucho menos un saber que condense todos los saberes. En todo caso creer que entre el cielo  y la tierra hay más cosas que todas las que ya se hayan dicho en nuestra historia abre la puerta a levantar los ojos del florero de la discordia, reivindicar la función esperanzadora del futuro e inventarnos un velo desde la belleza, el encuentro, la inspiración, la bondad o la poesía para no conformarnos con el destino del horror, transformar las instituciones sociales y mantener encendida la aspiración a una paz completa y real. 

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