lunes, 2 de enero de 2017

El poder del profesor

Nada más frágil y perecedero que el poder de un profesor, en particular en las altas cortes del pensamiento, ahí donde supuestamente la universalidad de las ideas forja hombres y mujeres nuevos, dispuestos a entregar toda su musculatura moral, cognitiva y emocional a los exigentes trabajos de las sociedades y sus avatares. Ninguna promesa más ilusoria que la de la libertad de cátedra y la neutralidad de los juicios académicos, sostenidos por un uso amañado de la retórica y la historia, donde la ironía crece en sus peores variedades. Nada más etéreo que el apoyo de estudiantes, colegas y egresados, especialmente en un territorio donde los ánimos veleidosos cambian de aire cada semestre  y las voluntades se mueven a mejores sombras, esperando el beneplácito capaz de auparlos al soñado pedestal de la erudición reconocida. No importa el resultado de las evaluaciones docentes o los ecos que desde las tribunas hayan forjado una reputación universitaria intachable; a pesar de las declaraciones de conciencia de la sociedad en su conjunto con respecto a la educación y la escuela, no existe seguridad eterna ni quicio tranquilo para esos aventureros que por la razón que sea decidieron dedicar su vida al ingrato oficio de la enseñanza, la investigación, la creación, el pensamiento.
A todas estas, ¿qué es un profesor universitario? Difícil decirlo. De la efigie romántica del sabio, forjada a imagen y semejanza de los escolásticos griegos, paseando el conocimiento al amparo de un enjambre de discípulos ávidos del néctar de las formas eternas, no queda mucho. El profesor de hoy es un tecnócrata, cada vez más dedicado a las labores administrativas, con poquísimo espacio para preguntarse por su ejercicio pedagógico y abocado a sufrir los rigores de las metas y los productos, cada vez con menos tiempo y menos recursos para ofrecer a sus estudiantes una educación de calidad. Este panorama sin duda es más contundente en la universidad, tanto por la tiranía soterrada de la comunidad académica como por los intereses burocráticos y las líneas de fuerza de la sociedad contemporánea. El profesor debe ser eficaz, debe caerle bien a todo el mundo, debe edulcorar sus opiniones, debe politizarse o despolitizarse según el gobierno de turno, debe ser productivo y sobre todo recursivo, siempre bajo el temor de ser removido o simplemente expulsado del mundillo escolástico donde aparentemente su vida tiene sentido. Y es que cabe preguntar sin pelos en la lengua ¿para qué sirve hoy un profesor universitario? La respuesta es sencilla, dolorosa pero también esperanzadora: para nada.
Será esa nada, angustiante, caótica y sugestiva la que le dé sentido a nuestro quehacer, más allá de los balances y las sanciones administrativas o políticas. Si nada tiene que sostener el profesor en el intrincado mecanismo capitalista, donde todo y todos somos mercancía, si la maquinaria puede prescindir de la figura del maestro, entonces podemos dejar de alimentar su avaricia con nuestra carne y apostarle a lo que verdaderamente ilumina nuestra función. La fuerza del profesor reside en lo que no puede troquelar la industria de los títulos, en el vacío que causa el saber, en la movilización de los muchos o pocos tocados por su palabra, en su capacidad para crear a partir de su propia falta, de su poder para iluminar la falta en el Otro. Yo ya no creo más en la dignidad del poder, ni de las instituciones ni de las personas ni de los colectivos. Mucho me temo que el poder solo lleva a la tiranía y no hay sensatez que valga cuando de amos y prebendas se trata. Precisamente por eso pienso que cuanto más ingenuo sea el creer en el respeto a la docencia en la universidad, más tenemos que apelar a esa fuerza del deseo, capaz no sólo de mantenernos vigentes sino de encender la chispa de la criticidad y la coherencia, especialmente en una sociedad tan proclive al silencio y al olvido.

El caso de Carolina Sanín y el manejo dado por la Universidad de los Andes es un episodio lamentable que se suma a  la larga lista de censuras y arbitrariedades de las instituciones de educación superior, públicas y privadas. Como sociedad, como hombres y mujeres que alguna vez fuimos tocados por el deseo de un maestro que animó nuestras pasiones, como estudiantes y profesores, como personas nos debemos dejar de hacer caso omiso a la situación social y cultural que estamos viviendo y enfrentar con altura este momento crucial. Si decimos que es la educación la herramienta más poderosa para enfrentar estos tiempos aciagos de reconciliación, entonces no permitamos que lo peor de nosotros mismos parasite aquellos espacios de los que esperamos la renovación de nuestros fundamentos. La tarea es importante y necesaria.

domingo, 19 de junio de 2016

De la doble moral bogotana

Golpes mediáticos como los del Bronx no sólo permiten cuestionar las responsabilidades del gobierno o las acciones de la policía y la corrupción galopante que campea entre sus filas. Como ciudadanos estamos llamados a confrontarnos con una doble moral que se ha ido instalando en nuestra cotidianidad hasta volverse un discurso legítimo y natural, con el cual a lo sumo llegamos a rasgarnos las vestiduras pero no solucionamos nada. Semanas después de la intervención de la policía, fotos de habitantes de calle en el sistema de transporte Transmilenio circularon por las redes sociales denunciando, ¿esto es lo que querías Peñalosa? Ahora están por todos lados. Pareciera que al final, para los capitalinos “de bien” el valor de las acciones policiales y gubernamentales depende de qué tanto mantienen su tranquilidad, a costa incluso de la dignidad de otros.

Es una realidad: vivimos en una ciudad con profundas inequidades y problemáticas estructurales que requieren estrategias de largo alcance, con una gran capacidad de planeación, ajuste y ejecución. Sin desconocer las dificultades en la operación del pasado 28 de mayo y los retos que vienen para la Alcaldía y la ciudadanía, es necesario asumir que las soluciones que queremos suponen crisis, desajustes y cambios enormes en nuestra manera de participar, vivir y convivir en la ciudad. Los habitantes de calle hacen parte de Bogotá, no desaparecen porque no los veamos o porque estén confinados en ollas gigantescas resguardadas de la ley. Es cierto que las intervenciones lo que han hecho hasta ahora es desplazar el problema y pauperizar diferentes sectores de la ciudad, pero la idea tampoco es encerrar a los habitantes de calle en unas cuadras para evitar que “contaminen” la atmósfera de la gente buena. Estén en las condiciones en que estén, con sus adicciones y sus dificultades, son seres humanos, son ciudadanos como todos nosotros y antes que despertar nuestra protesta o nuestro lado más canalla deben motivarnos a participar y responsabilizarnos de su situación, como parte de esta sociedad que somos.

Aunque nos cueste, salgamos de esa doble moral cachaca, entendamos que todas las transformaciones que queremos tienen un costo más allá del dinero y dispongámonos a  tomar parte empezando por prácticas puntuales, cotidianas y necesarias para construir la Bogotá que queremos entre todos. Abandonemos la ilusión de que con la elección de un alcalde vamos a  “recuperar a Bogotá” y recordemos que ciudadanos somos todos incluso aquellos que no nos gustan y/o que eventualmente nos han perjudicado.  Apostémosle a la coherencia ciudadana, rompamos con nuestros  prejuicios de siempre, dejemos a un lado la lástima y la crueldad y estemos a la altura de los tiempos convulsos que ya estamos viviendo.  

sábado, 27 de febrero de 2016

Y la Policía ¿qué?

No tengo carro ni planeo tenerlo. A pesar de la tortura cotidiana a la que nos exponemos en el transporte público, siempre he tenido la convicción de que traer un carro más a la ciudad es un acto de ciega responsabilidad. Como consecuencia de esa decisión, parte de mi tiempo se disipa en los meandros de Transmilenio, en donde inevitablemente me sorprendo doliendome por la inequidad en la que vivimos o tratando de ignorar sin éxito a todos los vivos que se saltan el torniquete y se montan en misiones suicidas para ingresar al sistema. En medio del ajetreo, un par de chaquetas fosforescentes se dejan ver. De inmediato llaman mi atención esos irregulares contingentes policiales, que de un tiempo para acá se han tomado las estaciones (no me consta que en todas) con el ánimo de garantizar la seguridad de los ciudadanos. En este punto, no puedo dejar de pensar ¿qué tanto hace la Policía ahí?
Al respecto tres opiniones. Es cierto que Transmilenio es un escenario frágil y complejo, pero ¿es función de la policía estar pendiente de que nadie se cole? En los últimos años el recurso a los señores agentes se ha vuelto una constante en situaciones que más que autoridad, requieren el compromiso ciudadano para poder resolverse. Es increíble que necesitemos de la policía para hacer cumplir una fila, para que alguien pague su pasaje o para que no atentemos contra nuestro espacio público. Por supuesto, la labor cívica que realizan al interior del sistemaes encomiable , pero con tanta problemática en la ciudad, resulta poco útil ocupar esos recursos en tareas que deberíamos hacer por nosotros mismos, descuidando otros frentes que requieren más su intervención.
Ahora bien, digamos que sí es pertinente que la policía cumpla esta función y que no es Transmilenio el responsable de establecer mecanismos que contribuyan al mejoramiento de la seguridad del sistema, ¿realmente cumplen lo que prometen? Si bien los policías son hombres y mujeres (las más de las veces muy jóvenes) que tienen intereses y sentimientos, que también se aburren de hacer de centinelas y que trabajan la mayor parte del tiempo de pie en turnos extenuantes, resulta molesto encontrarlos la mayoría del tiempo conversando, jugando con el celular, agrupados en un extremo de la estación mientras que en el otro hay tremendo trajín. No sé si la presencia de la policía ha tenido efectos significativos en Transmilenio, pero me estresa pensar en el dinero de nuestros impuestos que se pierde tontamente con la movilización de una fuerza pública inoperante, cuyas funciones no conocemos bien y que además no se esfuerza por cumplir juiciosamente su cometido.
Esto  último me lleva a cuestionar el lugar social de la policía, que entre Transmilenio, las multas de tránsito, la corrupción y la resolución amañada de los conflictos en la ciudad ha pasado a ser el fantasma de una función norrmativa, a la que además tenemos sobreexigida y subutilizada por nuestra propia incapacidad de construir una mejor convivencia. Sueño con una policía correcta, no corrupta, que trate a todos los ciudadanos por igual, que haga presencia en la ciudad garantizando la seguridad pero también promoviendo la participación de la sociedad civil y el cuidado del espacio público. Entiendo que no todos los policías son negligentes con sus funciones, pero también lamento tener que reconocer que en muchos casos esta es la constante. Si hacer realidad la Bogotá que queremos implica cuestionar y analizar el trabajo que realizan las instituciones de la ciudad, deberíamos empezar e incluir también a la Policía Metropolitana.

Imagen tomada de:www.elmeridianodesucre.com.co

domingo, 21 de febrero de 2016

La mirada del río

Esas mañanas claras de Bogotá, cuando el sol de los domingos congela su frenética actividad y nos permitimos abrir el rostro a la dignidad del semejante, del vecino, me ponen a pensar en nuestra ambivalente relación con la ciudad. Resulta paradójico que ese bogotano amable y entregado al disfrute del espacio público, sea el mismo que armado hasta los dientes se juega la vida en Transmilenio, alienado al imperativo de la supervivencia sin importar qué tanto las propias acciones afecten al otro o a la misma ciudad. Cuando la actualidad bogotana se llena de tristes noticias sobre la quebrada en los Rosales secada por el interés de las constructoras, la posible urbanización de la reserva Van der Hammen, las construcciones en el humedal de la Conejera, los niveles de contaminación de nuestro aire o la alteración irremediable de los ecosistemas de humedales por cuenta de la construcción de la ALO, vuelve a la mesa la eterna pregunta por el modelo de ciudad que queremos y nuestra participación responsable en su realización.
Hace algunos años, en una conferencia sobre el desordenado desarrollo de la ciudad a lo largo del siglo XX, escuché decir que desde la colonia Bogotá le había dado la espalda al río, a sus ríos. Más allá del loable esfuerzo de las alcaldías de izquierda por conservar el sistema de humedales de la capital y la revitalización de algunas de las quebradas de la localidad de Chapinero en los cerros orientales, la hipótesis del río como trauma se hace sentir en la cotidianidad de la administración y la interacción con la ciudad. ¿Por qué no pudimos y podemos integrar a nuestros ríos en un modelo sustentable de urbanización? ¿Por qué acabar con la fauna y flora nativas resultó ser la única salida para la habitabilidad de Bogotá? En la negación de nuestra ecología traumatizamos el territorio.
La cuestión va más allá del gobierno de turno, aunque pase por él. El incipiente reconocimiento de nuestra biodiversidad, el interés que de a pocos vamos cultivando por nuestros cerros y nuestras quebradas, debería ser la primera piedra de un pacto conjunto por una ciudad que deje de huir de la mirada de sus ríos para encontrarse en ella, haciéndose cargo del pasado negligente y proyectando en el presente y en el futuro una ciudad de agua, sostenible, diversa y consciente. Tarea nada fácil por supuesto. El compromiso va desde el cuidado con las basuras y con el gasto de agua que todos los ciudadanos debemos promover, hasta el abandono de modelos extranjeros para pensar el diseño de espacios públicos que fortalezcan ese proyecto. Bogotá no es ni será Nueva York ni sus ríos necesitan un diseñador para abrir malecones comerciales o muelles para deportes náuticos. Gozar plenamente de las rondas de nuestras quebradas, proteger nuestra biodiversidad, vivir en armonía con la geografía de la ciudad, manejar adecuadamente nuestros desechos y devolverle al río Bogotá algo de paz que nuestra contaminación le ha usurpado sería sin duda el mayor de los logros. Acaso un día lo que retorna en esa mirada no nos horrorice tanto y podamos juntos celebrar en la ciudad que queremos los frutos del esfuerzo compartido.

Créditos: Imágenes tomadas de los enlaces
http://www.traslacoladelarata.com/2014/01/07/rio-bogota-rio-estigia/
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=1021275&page=28&highlight=

lunes, 19 de octubre de 2015

La odisea de llegar al centro de la tierra. Bogotá.

Muy lejanos parecen los tiempos en que grupos de indígenas muiscas habitaban pacíficamente los territorios del Zipa. Cuatroscientos setenta y siete años después de la misteriosa fundación de nuestra capital, más bien escasa de población y poco referenciada en las primeras crónicas de los conquistadores, el espejo de la historia nos devuelve una imagen cargada de violencia, miedo y desigualdad. El siguiente relato cuenta a través de las viscisitudes de un recorrido habitual para muchos bogotanos algo de la actualidad de esa historia. Seguramente nadie imaginó que navegar por lo que Jiménez de Quesada llamó el Valle de los Alcázarez tuviera el matiz de una travesía épica digna de una tragedia griega.

Cuentan los revisionistas que aquella graciosa aldea de doce chozas y una iglesia donde se situó la primera versión de nuestra ciudad es sólo un esbozo de una historia un poco más compleja, que incluye la resistencia incendiaria de algunos indígenas leales al Zipa en Bacatá. Dándole la espalda a las llamas, Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres, que ya habían llegado a la zona en marzo de 1537 (Murillo, 2014), cruzaron el río e instalaron un primer asentamiento militar en lo que hoy se conoce como El chorro de Quevedo, más allá del río Viracachá, el "resplandor de la noche". Acaso los diarios desplazamientos masivos que debemos realizar por los congestionados corredores vehiculares sean una evocación distorcionada de esa travesía, que  llevó a los españoles a fundar allí a Nuestra Señora de la Esperanza y que a nosotros, sus descendientes, nos confronta con nuestras esperanzas y derrotas más íntimas. El día de la Transfiguración del señor, fiesta celebrada el 6 de agosto, ya con la ermita y las barracas levantadas, Fray Bartolomé de las Casas dio la primera misa, fundando con ello la ciudad de Santafé. Casi seis meses después Santafé tuvo su fundación jurídica, más precisamente el 27 de abril, en donde se extiende la Plaza de Bolívar. Eso dice la historia.
Hoy, ajenos a las efemérides de nuestra urbe, nos debatimos entre amores y odios, haciendo un
terrible esfuerzo por vivirla, por contarla, por escribirla. Con esa intención me decidí a cumplir la cita que por esos días me había puesto la Ópera en el centro de la ciudad. Como la mayoría de las veces, la cultura nos mueve a salir de la rutina y abrir los ojos a nuevos universos, a conectarnos con mis ancestros. A las 5 p.m., salí de mi trabajo casi llegando a Chía, donde por tradición los zipas empezaban su carrera política. Aún con dos horas por delante, descarté la idea de tomar el monstruo rojo que atraviesa la ciudad  y me decanté por un taxi, pensando que a esa hora los flujos migratorios me favorecerían y tendría al menos 40 minutos para mí antes del inicio de la función.
Me equivoqué. Como bien dijo el taxista que me recogió (me recogió ¡eehhhh!) viajar en el transporte público me hubiera resultado más rápido para la tremenda distancia que tenía que recorrer. Pronto tuve que aceptar mi error, pero además descubrí que en el fondo el criterio de mi elección no sólo había sido el tiempo sino la comodidad, la posibilidad de viajar casi sola sin tener que escuchar las radios comunitarias, los insultos, los estribillos de los venderores ambulantes, el miedo al atraco. La conversación con el conductor, un señor recio de casi 6 décadas y acento santandereano, me permitió aceptar que a pesar de mi compromiso con el lugar que me vio nacer estaba evitando encontrarme con su gente, con mi gente. Como a muchas otras personas, el temor a la agresión, el cansancio, el dolor o el asco habían oscurecido tanto el ambiente que había olvidado  la belleza secreta de Bogotá y sus encantos cotidianos.
La arquitectura victoriana del barrio Teusaquillo, una de las mejores tierras del Zipa y lugar de paso
para el conquistador español hacia la futura Santafé mejoró mi ánimo e impulsó la conversación con el taxista, que a esa altura ya me tenía confianza y me contaba las anécdotas más perversas de su profesión. Me contó desde atracos a mano armada hasta seductores ofrecimientos de mujeres cansadas de machos abusadores, dispuestas a entregar una noche de sexo como pago por alguna carrera. Al calor de sus historias se dibujó frente a mi una Bogotá sórdida, una Bogotá de novela policiaca con mujeres escondiendo armas en el corpiño, criminales rasgando carne con cuchillos, policías corruptos, burocracias gigantescas, En un parpadeo, y por un error tonto en mis indicaciones, esa ciudad imaginada se materializó en las calles que recorríamos, con un ejército de zombis drogados y rostros llenos de hollín vagando por los márgenes de la calle.
Paramos en el semáforo de la Jiménez con Caracas, lugar que tanto de día como de noche es la viva imagen del peligro urbano y de la inequidad que nos van carcomiendo cada vez más rápido, más descaradamente. Yo estaba muerta de miedo, vigilando ambas puertas del taxi y esperando el cambio de color para salir corriendo de allí. Dos carros adelante, la silueta de una camioneta de lujo empezó a moverse de un lado a otro ante la mirada atónita de todos los que estábamos allí, creo incluso que de su mismo conductor.
Un indigente se había colgado del espejo retrovisor, quien antes de que el rojo se convirtiera en verde ya se había hecho con su presa y se evaporaba como la niebla tras la sombra de un bus de transmilenio. Para ese entonces, el conductor de mi taxi había abierto su puerta y estaba al acecho, esperando el momento preciso del ataque, que afortunadamente nunca llegó. -Yo tengo con qué darles- me dijo mientras girábamos por la calle 14 para tomar la carrera 15 y enfilar al oriente; -cuando veo que se acercan a una muchacha o a cualquier persona para robarla, yo espero a que se vengan y les doy-.
Pensando en que tal vez el azar me había subido a la versión postmoderno del Prometeo indígena que
se resistió al conquistador español hace casi cinco siglos, respiré hondo y me lancé caminando a la aventura, agarrando fuertemente mi maleta, con el aliento contenido, rezando en voz baja las oraciones que mi abuela me había enseñado de niña, espiando en cada rostro que encontraba (claro está, sin mirarlo de frente) los rastros de la malicia que creía consustancial a todo aquel capaz de pernoctar en el centro a semejante hora de la noche (apenas iban a dar las siete).

Volví a la vida cuando llegué a la Plaza del Rosario, sobre la sexta con Jiménez. De repente sentí un cambio en el aire y pude ver a mi ciudad con un sentido más humano. No era sólo la tranquilidad de haber atravesado ilesa la línea imaginaria entre el infierno y el cielo o la certeza de haber llegado a mi cita a tiempo. Detrás de la basura, los escombros o los carros de ventas ambulantes sentí la antiguedad de la piedra, el palpitar del arte, de la tradición criolla, de los guechas esperando el fin de la tregua con el zaque Quemuenchatocha, la religión católica que nos atraviesa hasta la médula. Luego de un viaje tan trajinado, pero mucho más simple de lo que pudo ser, es y será para otros, me encontré con una ciudad humilde pero orgullosa, renuente a rendirse frente a los flagelos que la atormentan, impotente pero esperanzada en el sentir de sus ciudadanos. Valió la pena. Subiendo por la calle de la fatiga, con los ojos nuevos de tanto recordar y maravillada por las formas de piedra, hierro y madera que siguen esperando a los viajeros entré al teatro y sonreí tranquila. En la oscuridad me esperaba abundante el resplandor de la noche. Terminó bien la Odisea ¿no?

Referencias.
Murillo, L. M. (2014). La fundación de Bogotá, en pos de la verdadera historia. Entrada del 6 de agosto. En: Reflexión y Crítica. Recuperada de la fuente: <http://luismmurillo.blogspot.com.co/2014/08/la-fundacion-de-bogota-en-pos-de-la_6.html>
http://catarsisbogota.blogspot.com.co/
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/desnue/pag107-115.htm

viernes, 19 de junio de 2015

El deseo de aprobación: una enfermedad silenciosa

La cotidianidad bogotana es, en muchos sentidos, un terreno fértil para la identificación de esos gestos mínimos en los que yacen las claves de nuestro dolor y nuestra miseria. Más allá de los grander cánceres que desangran al país, se dejan ver actitudes y acciones silenciosas con las cuales se teje un complicado lazo social. En ese panorama, el deseo de aprobación se perfila como uno de los lunares más negros de nuestra forma de hacer vínculo; algunas veces toma la forma de una actitud regalada y sumisa, dispuesta al sacrificio de todos los valores y las creencias propias para poner en el podio más alto a cualquiera que ostente un signo de supuerioridad, otras veces de imposición, de frases hechas y agresividad ramplona materializada en los famosos "¿usted no sabe quien soy yo?". Si hay una actitud más característica de nuestra colombianidad, esta es la expresa la necesidad enfermiza de ser aceptados sin que haya ninguna sombra de crítica o de desacuerdo. Por eso el deseo de aprobación se convierte en una fuerza secreta que media nuestros comportamientos en cualquier contexto; una cabeza moviéndose afirmativamente, una sonrisa de oreja a oreja o el popular pulgar arriba son unos refuerzos exiguos con los que se alimenta nuestra frágil autoestima y autoafirmación.

Miremos el caso más patético, la actitud regalada. El sujeto en cuestión se deshace en halagos y regalos cuando aquel a quien desea impresionar baja de su nube para dirigirle la palabra. Sin importar si lo están humillando u ofendiendo, o mejor por eso mismo, el sujeto se limita a asentir, justificar y sancionar a los que se atreven a interrogar la escena. El encuentro con un extranjero o un compañero con mejor sueldo, con el padre de familia, la mujer de la casa, el jefe, el jefe del jefe, el secretario del jefe del jefe del jefe.... mejor dicho cualquier pelagato, termina siendo una ocasión para pobretearse y entregarse al ejercicio adulatorio mendigando cualquier gesto que nos haga sentir parte de la invisible comunidad de zalameros. Terminamos encumbrando a gente que ni lo merece sólo para evitar que piense mal de nosotros y no caer del podio de sus preferidos. Acaso lo más patético sea que estos lameculos se jactan de autoridad, señalando a otros lameculos como ellos con la mayor dureza e indignación.

Una variación de esta versión es la del indiferente social, que aparentemente tiene estructura de teflon (todo le resbala) pero que se esconde tras su imparcialidad para evitar tener problemas con alguién y perder su aprobación. Más vale que todos le tomen por un sujeto tranquilo a que alguno le reclame algo o descubra su incapacidad para asumir un punto de vista hasta las últimas consecuencias. El indiferente social tiene miedo de cualquier confrontación y por eso se escabulle, quedando bien con todos y guardando silencio todo el tiempo.

El otro caso, el caso extremo es del pretencioso violento, que se convence de usar la fuerza para imponerse sobre los demás, a veces simplemente con sus puños otras con inventos. Se trata del caso más peligroso pero también el más vulnerable, porque expone a flor de piel sus necesidades y su incapacidad para lograr lo que quiere por medios que dejen ver la calidad de sus talentos. Imponer la aprobación para evitar consecuencias negativas o ganar algún beneficio al final solo es síntoma del vacío que habita la tiranía y la extrema necesidad de un público para ser alguien en la vida.

Sea uno o sea el otro, lo cierto es que nacer, crecer y vivir en el deseo de aprobación no ha hecho más que convertirnos a la religión de la hipocresía y la acriticidad, muy lejanas de la tolerancia y el respeto, pero terríblemente cercanas al fundamentalismo, la violencia, el clasismo y la exclusión. Tanto tenemos que aprender de quienes se han librado de esta enfermedad silenciosa, que pueden aceptar y dar una crítica sin intenciones de dañar a nadie y viven su felicidad sin esperar que el guiño de cualquiera les de la seguridad y la firmeza para hacerlo.


martes, 24 de febrero de 2015

Una cuestión de conciencia ciudadana

En año de elecciones, con un proceso de paz que no parece avanzar, hundidos en una difícil situación económica y con crisis en salud, educación y desarrollo social, el panorama pinta desalentador. Cada vez toma más consistencia la sensación de inmovilidad, de decadencia, que termina por legitimar actos de violencia de todo tipo, haciéndolos parte del paisaje. La muerte violenta de niños, jóvenes, adultos y ancianos, la inseguridad, la pobreza y el hambre no son hechos naturales a los que tenemos que acostumbrarnos; son realidades inaceptables que podemos transformar. Pero esta verdad se hace humo en los desfiladeros de la cotidianidad, que termina siendo el argumento indiscutible para reivindicar una amplia gama de prácticas en las que se sostiene la corrupción, la desigualdad, el rechazo a la alteridad y el borramiento efectivo del otro. Porque la vida es dura hay que colarse en Transmilenio, terminar de dañar el sistema de transporte público, botar basura donde caiga, empujar al vecino, insultar al conductor que se me atraviese, apuñalear y robar al que pueda, hacer "conejo", quedarme con unos pesos de mas, incumplir los pactos, etc., etc., etc. La costumbre de hacer pasar por el ojo de la aguja una voluntad del tamaño de un camello cuando hay maneras más fáciles y conciliadoras de funcionar, se instala como la manera predilecta de resolver nuestros problemas.

Acudir a las mismas estrategias y esperar resultados distintos se suma a otras formas de locura que son en últimas una suma de condiciones sociales estructurales bajo las cuales se hace difícil (por no hablar de imposibles) vislumbrar un cambio real. La incapacidad de autocrítica constructiva, la necesidad de buscar chivos expiatorios para no asumir responsabilidades, el desconocimiento de otros puntos de vista y la poca argumentación de los propios son algunos de los yerros constitutivos de nuestra sociedad, claves para entender el recurso a la violencia, la trampa y la indiferencia como maniobras de supervivencia. Desde los más ricos hasta los más pobres, casi siempre bajo la invocación de algún refrán divino o simplemente en su nombre, asumimos como códigos de vida prácticas relacionadas con alguno de estos aspectos, defendiendo con justificaciones amañadas su ejercicio en toda situación que nos desfavorezca. Esto en el marco de una situación socioeconómica tan compleja como la nuestra hace más engorrosa la tarea de plantear cambios fundamentales que no sólo le apunten a una distribución de los recursos más justa y la restitución nuestros derechos, sino que le den lugar a la diferencia, a la convivencia, al reconocimiento del otro.  
¿Qué hacer con un país, con una sociedad en estas condiciones? ¿Cómo construir vínculos y escenarios sociales más vivibles si no encontramos en los mecanismos institucionales caminos para movilizar liderazgos animados por el interés común? Si la política no parece ser la vía para generar las transformaciones sociales que requerimos con urgencia, entonces ¿qué hacer? Frente a estas preguntas, como bogotana promedio que trabaja, invierte al menos cuatro horas diarias en transporte y no está vinculada a organizaciones sociales la única respuesta que se me ocurre es volver a la autoconciencia, liberada de promesas paradisiacas y tormentos religiosos como respuesta. Fomentar la reflexión interior y apostarle al reconocimiento de la responsabilidad subjetiva en la construcción del país que queremos hasta hoy se me plantea como una opción real de cambio, que si bien no tiene efectos de gran magnitud al menos me permiten tomar la palabra frente al rosario de atropellos y sinrazones que vivimos y vemos todos los días.
No puedo mentir, cada vez que oigo de un asesinato, veo a un habitante de calle o a cualquier persona removiendo la basura buscando algo de comer o algo que vender convulsiono del dolor y de la ira. Me duele caminar entre tanta basura, sufrir la trituradora humana que es Transmilenio, temer un atraco en cualquier esquina, ver como policías y bachilleres se saltan las reglas, asumen sobornos como si nada y fomentan la ilegalidad. No soporto el maltrato cotidiano a las mujeres, a todo lo que suene diferente, la indolencia de las instituciones, la doble moral de una sociedad que habla de calidad y busca cualquier táctica para ahorrar dinero. Me duele la ciudad, el país, la gente.

Por eso mismo, sabiendo que si me dejo inundar de tanta oscuridad e impotencia me muero, le apuesto a la conciencia, a la conciencia ciudadana como mi bandera para contribuir a las transformaciones que espero algún día materialicemos: trato de conocer diferentes puntos de vista, hago lo posible por defender la integridad del sistema de transporte, no boto basura y a veces recojo la que puedo, no doy limosna, pago impuestos aunque me torture la corrupción, no compro carro... no voto por interés, no tomo el camino más fácil si eso implica pasar por encima de otro, ayudo cuando puedo sin reservas. Se trata de acciones concretas en las que cifro mi compromiso, sin esperar que me premien ni que me imiten, pero tampoco haciendo porque sí lo que otros hacen o lo que siempre han hecho para obtener beneficios. 
No es fácil e incluso puede sonar demagógico apostarle a la conciencia ciudadana; no es una solución mágica, es una alternativa más. Sea cual sea la que usted elija, ojalá escoja una. Hacer resistencia a este entramado invisible es hoy, como todos los días, una necesidad, una urgencia y una responsabilidad que nos debemos -nos merecemos-.