domingo, 21 de febrero de 2016

La mirada del río

Esas mañanas claras de Bogotá, cuando el sol de los domingos congela su frenética actividad y nos permitimos abrir el rostro a la dignidad del semejante, del vecino, me ponen a pensar en nuestra ambivalente relación con la ciudad. Resulta paradójico que ese bogotano amable y entregado al disfrute del espacio público, sea el mismo que armado hasta los dientes se juega la vida en Transmilenio, alienado al imperativo de la supervivencia sin importar qué tanto las propias acciones afecten al otro o a la misma ciudad. Cuando la actualidad bogotana se llena de tristes noticias sobre la quebrada en los Rosales secada por el interés de las constructoras, la posible urbanización de la reserva Van der Hammen, las construcciones en el humedal de la Conejera, los niveles de contaminación de nuestro aire o la alteración irremediable de los ecosistemas de humedales por cuenta de la construcción de la ALO, vuelve a la mesa la eterna pregunta por el modelo de ciudad que queremos y nuestra participación responsable en su realización.
Hace algunos años, en una conferencia sobre el desordenado desarrollo de la ciudad a lo largo del siglo XX, escuché decir que desde la colonia Bogotá le había dado la espalda al río, a sus ríos. Más allá del loable esfuerzo de las alcaldías de izquierda por conservar el sistema de humedales de la capital y la revitalización de algunas de las quebradas de la localidad de Chapinero en los cerros orientales, la hipótesis del río como trauma se hace sentir en la cotidianidad de la administración y la interacción con la ciudad. ¿Por qué no pudimos y podemos integrar a nuestros ríos en un modelo sustentable de urbanización? ¿Por qué acabar con la fauna y flora nativas resultó ser la única salida para la habitabilidad de Bogotá? En la negación de nuestra ecología traumatizamos el territorio.
La cuestión va más allá del gobierno de turno, aunque pase por él. El incipiente reconocimiento de nuestra biodiversidad, el interés que de a pocos vamos cultivando por nuestros cerros y nuestras quebradas, debería ser la primera piedra de un pacto conjunto por una ciudad que deje de huir de la mirada de sus ríos para encontrarse en ella, haciéndose cargo del pasado negligente y proyectando en el presente y en el futuro una ciudad de agua, sostenible, diversa y consciente. Tarea nada fácil por supuesto. El compromiso va desde el cuidado con las basuras y con el gasto de agua que todos los ciudadanos debemos promover, hasta el abandono de modelos extranjeros para pensar el diseño de espacios públicos que fortalezcan ese proyecto. Bogotá no es ni será Nueva York ni sus ríos necesitan un diseñador para abrir malecones comerciales o muelles para deportes náuticos. Gozar plenamente de las rondas de nuestras quebradas, proteger nuestra biodiversidad, vivir en armonía con la geografía de la ciudad, manejar adecuadamente nuestros desechos y devolverle al río Bogotá algo de paz que nuestra contaminación le ha usurpado sería sin duda el mayor de los logros. Acaso un día lo que retorna en esa mirada no nos horrorice tanto y podamos juntos celebrar en la ciudad que queremos los frutos del esfuerzo compartido.

Créditos: Imágenes tomadas de los enlaces
http://www.traslacoladelarata.com/2014/01/07/rio-bogota-rio-estigia/
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=1021275&page=28&highlight=

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