lunes, 19 de marzo de 2018

Las mujeres fantásticas


Resulta incomprensible la insistencia acrítica en seguir hablando del día de la mujer en singular, cuando la experiencia cotidiana nos muestra una y otra vez la imposibilidad de sostener una única versión de lo femenino. Incluso cuando se aclara que esta fecha es la conmemoración de la lucha por la igualdad de sus derechos y no una celebración de su esencia cándida y bondadosa, hablar de La mujer como si fuese un prototipo o un conjunto cerrado al que sólo es posible acceder si se cuenta con determinadas características, está en contradicción con todos los debates y las discusiones sobre la necesidad de romper con el androcentrismo dominante y garantizar la equidad de géneros en todos los niveles y escenarios. Ni siquiera desde el punto de vista de la biología podría hablarse estrictamente de uniformidad de los sexos, en especial a la luz de las evidencias sobre la flexibilidad y el desarrollo de los mecanismos de determinación sexual, que supone la interacción de aspectos génicos, cromosómicos y ambientales (Van Doorn, 2014) en la definición de las combinatorias responsables de los fenotipos machos y hembras.

La afirmación de La mujer en abstracto es tan lesiva como cualquiera de los intentos por reducir el significado de la feminidad a un ícono o una fórmula fija. ¿Por qué todavía hoy resulta tan inaceptable la pluralización de lo que es y/o debe ser una mujer? ¿Cuál es el peligro de la diversidad femenina para el tejido social? ¿Qué saldo positivo ha dejado para la historia la institucionalización de una identidad de género ejemplar? ¿Qué está en la base del control de los géneros y de la violencia que experimentan hombres y mujeres en el proceso de hacerse un lugar en el mundo? Grandes preguntas con respuestas difíciles que todavía hoy no calan en nuestras sociedades, que corren paralelas a las realidades de millones de seres humanos condenados a hacerse caber en los moldes establecidos o a ser parte del desecho.
Dos películas de las ganadoras en los premios Óscar de este 2018 muestran el peor lado de esta misoginia mundial, que tiene entre sus más destacados efectos la estigmatización del feminismo (entendido por obra de la lógica binaria como rechazo y desvalorización de lo masculino, en lugar de asumirse como un movimiento de lucha por la igualdad de derechos para todos), la saturación del ideal femenino con roles y significados tan exigentes como contradictorios (ser al mismo tiempo virgen, mujer fatal, madre ejemplar, ama de casa, trabajadora exitosa, relajada, controladora, con la apariencia perfecta, que sepa de todo, que sea frágil, dependiente, resignada, silenciosa, paciente, atrevida, apasionada, etc.) y la devaluación del sentido de la propia existencia como resultado del juicio público frente a la manera de ser y mostrarse mujer.
En I, Tonya (Gillespie, Rogers, Unkeless, Robbie & Ackerley; 2017) la primera patinadora en el mundo capaz de hacer un triple giro, cuenta en primera persona el drama del maltrato físico y psicológico del que fue víctima, su pobreza, la marginalidad y el rechazo de la Asociación Americana de Patinaje por su apariencia y carácter. La pregunta que hace a uno de los jurados, luego de una velada en la cual nuevamente es calificada por debajo de la calidad de su desempeño, es la misma que hacemos muchas en el contexto de nuestros trabajos, nuestras comunidades o nuestras familias. ¿Por qué no puede tratarse solo de patinaje? ¿Por qué no sólo se trata de mérito sino de encajar? La frustración de Tonya es el símbolo del sentimiento de impotencia y desolación de las niñas que nunca resultaron suficientes para sus madres y maestras, niñas cuyos cuerpos siempre eran demasiado mucho o demasiado poco, niñas que nunca se sintieron valiosas por sí mismas y se pusieron en la primera línea de fuego social, ansiosas por ser amadas, culpabilizadas por la tiranía que creyeron normal aceptar, sancionadas por no hacer lo necesario para adaptarse y resistir en silencio.

De otro lado está Marina Vidal, la Mujer Fantástica de Chile (Lelio, Larraín, Larraín y Maza; 2017), quien protagoniza la odisea de una mujer trans víctima de la persecución de una familia de clase media alta, de las autoridades y de la sociedad en su conjunto, incapaces de perdonar su “maricada original” o de reconocer las posibilidades del amor diverso. La película plantea de manera descarnada la pregunta por la fuente y el sostén de lo femenino, más allá de la presencia o ausencia del miembro viril como marca de legitimación y asignación de género. ¿Qué es y en qué se funda esa experiencia femenina desde donde nos comunicamos con nuestro cuerpo y con el mundo? ¿Quién la certifica? ¿Quién la valida? La antagonista de Marina, la ex de su novio fallecido, concreta en una escena toda esta tensión, reclamándole desde su lugar de madre y viuda por el sentido de su ser, que considera desviado y malsano: “te veo y no sé qué eres, eres una quimera, eso eres”. 
Entonces Marina lanza esa mirada de derrota que no se agota en su digna retirada, y que a lo largo de la cinta retornará en la insistencia de buscarse en un reflejo, en esa lucha perdida frente al vendaval de mugre de la sociedad que la juzga y que pone todo su empeño en sacarla de la imagen, en excluirla del juego.

La veo con ese espejo pequeñito dispuesto en sus genitales y no puedo evitar pensar en las horas interminables de contemplación, en la intimidad del baño, en el transporte, en los ojos de compañeros y amigos, en la reprobación de los jefes, los hijos, las parejas, los padres y las madres, en los anuncios publicitarios, en los mensajes que nos criminalizan y nos sorprenden en cualquier parte. ¿Acaso ser mujer es consustancial a esa sensación de ser convicta por principio, como si la posibilidad real de vivir en femenino estuviera permitida a condición de estarse poniendo en duda permanentemente?
El sufrimiento de Marina y de Tonya es, desde esta perspectiva, el sufrimiento de todas, de cada una, la urgencia continua de sabernos quimeras, buscando un contrapeso cualquiera para poder desplazar las angustias en otras. Tristemente esta dinámica, que no hace sino redoblar la vulnerabilidad y la sensación de inutilidad que a muchas nos habita, termina siendo defendida por otras mujeres, a la larga igual de asustadas y violentadas, cerradas por diversas razones a las demandas de cambio, enemigas del conflicto y de todas aquellas subversiones a la primacía fálica que suelen interpretarse como anomalías. Marina y Tonya nos muestran esta cruda realidad, pero también nos recuerdan que todas y cada una somos mujeres fantásticas, que incluso estando en el rango de lo políticamente correcto somos distintas y que en la diversidad que podemos hacer existir hacemos justicia y belleza. Sin duda el camino sigue siendo muy largo, con retos cada vez más complejos y muchas veces sin recursos para plantar cara a la aplanadora de la sociedad y sus reproches subliminales. Que el esfuerzo de los realizadores de estos filmes, el coraje de estas mujeres y de tantas personas comprometidas en este reto valga la pena, que caigan los ideales en todo su peso, que pierdan valor los modelos femeninos y que la diferencia deje de ser motivo de destrucción y sea motivo de orgullo.  

Referencias
Gillespie, C.; Rogers, S.; Robbie, M. ; Ackerley, T. & Unkeless, B. (2017). I, Tonya. LuckyChap Entertainment, Clubhouse Pictures y Al Film. USA.
Lelio, S.; Larraín, J.; Larraín, P. & Maza, G. (2017). Una mujer fantástica. Fábula. Komplizem Film. Chile.
Van Doorn, G. S. (2014).  Patterns and Mechanisms of Evolutionary Transitions between Genetic Sex-Determining Systems. Cold Spring Harb Perspect Biology.  Doi: 10.1101/cshperspect.a017681. Recuperado dela fuente https://www.rug.nl/research/gelifes/tres/_pdf/vandoorn_cshpb_2014.pdf

domingo, 11 de marzo de 2018

¿Y estas elecciones qué? Avatares de la construcción de ciudadanía en Colombia.



Como en ningún otro momento, el calendario electoral del país se ha convertido en tema de conversación del colombiano de a pie, que, en el contexto de una avalancha de cambios socioeconómicos y políticos todavía sin metabolizar, advierte un nexo entre las votaciones y los problemas a los que se enfrenta diariamente. Esta observación sorprende en un país cuya historia constitucional incluye el reconocimiento del derecho al voto casi desde el grito de independencia de 1810. ¿Por qué tan larga trayectoria en los tejemanejes del sufragio no se ha materializado en el desarrollo de una sólida cultura política de participación y una consciencia clara del papel del ciudadano en el establecimiento de los poderes públicos que lo gobiernan? ¿Cuál es la particularidad del actual panorama electoral en Colombia?
Una mirada rápida a la historia constitucional de nuestro país pone en evidencia algunos de los principales vicios del establecimiento del Estado colombiano, que, desde sus inicios, se sostiene en una adopción parcializada de los ideales ilustrados y liberales en los que se basa la construcción de ciudadanía. Partiendo de ahí, el lado más oscuro del vínculo entre control político y acceso a la riqueza tomará la forma de un imperativo de exclusión que pautará el ritmo de las dinámicas sociales del país hasta nuestros días. En ausencia del reconocimiento genuino de la igualdad, la libertad de pensamiento o la voluntad popular como sustrato de la soberanía nacional, el derecho al voto se planteará como un formalismo más, reservado para hombres con determinadas rentas y prestigio social que eligen y son elegidos en representación de un cierto número de habitantes a quienes escasamente conoce o ha visto.
La contradicción entre los ideales de la independencia y la acumulación de beneficios particulares fue rápidamente advertida por las clases privilegiadas de la sociedad criolla de todo el continente, que en el escenario de la decadencia española se enfrentaron a la disyuntiva de incrementar sus riquezas o generar sociedades más justas e igualitarias.  En países como Argentina, Chile y Brasil la Independencia dio lugar a un importante flujo de dinero proveniente de las exportaciones y la explotación de materias primas, lo que permitió mantener las aspiraciones de las clases privilegiadas y garantizar derechos universales a sus habitantes. En México las guerras con Estados Unidos y Francia facilitaron la consolidación de un fuerte nacionalismo mexicano que dinamizó la adopción de los ideales ilustrados. En Perú y Venezuela la inmigración se consolidó en un factor clave en el desarrollo de sus sociedades y sus economías.  Por el contrario, en Colombia no sólo se mantuvieron las condiciones de exclusión, sino que se institucionalizaron prácticas de explotación y despojo como estrategias para la conformación de un Estado que no contaba con medios económicos para desarrollarse, no tenía control de su territorio, no ejercía el monopolio de la fuerza y no ponía límite a los alcances de las ambiciones particulares. En este contexto no hubo oportunidad para la conformación real de ciudadanía. El Estado se institucionalizó como instrumento de control de las clases populares sin contraprestación alguna (por ejemplo, el reconocimiento de derechos fundamentales o la generación de mejores condiciones de vida como sucedió en otros países de la región), constituyéndose incluso en su principal explotador.
Bajo estas condiciones, la emergencia de grupos armados, fenómenos como el bandolerismo y la capacidad de influencia de gamonales y sacerdotes testimonian el fracaso de la noción de ciudadanía y la ineficiencia del Estado para garantizar los derechos que esta supone. Esta dinámica da lugar a formas mediadas de participación, construidas al amparo de la lógica del don, en las cuales lo que correspondería a cada ciudadano por el simple hecho de serlo (la vida, la libertad, la igualdad, el trabajo, la propiedad, la salud, etc.) es otorgado como favor personal.
En 1991 la instalación de la Asamblea Constituyente abrió las puertas a una resignificación del ejercicio ciudadano, que a pesar de las limitaciones ha representado para muchos la posibilidad de hacer valer su dignidad humana pasando incluso por encima del aparato estatal, financiero y militar. Empero, el alcance de estos esfuerzos ha estado y está acechado por la puesta en juego de una amplia gama de intereses particulares y hábitos sociales que siguen marcando la relación del colombiano de a pie con la política. De la mano con la voracidad de la globalización, el discurso del consumo y la ideología neoliberal fenómenos como el narcotráfico, las bandas criminales, el desplazamiento forzado y la corrupción, entre otros, se constituyen en dispositivos de control orientados a desalentar cualquier intento por hacer efectivos los derechos correspondientes a la condición de ciudadano. En esta línea se inscribe también la famosa práctica de “la mermelada” hecha ley por el gobierno del presidente Santos, que ha terminado con la ya poca credibilidad de la opinión pública en las corporaciones legislativas. Las dádivas del ejecutivo acabaron ramplonamente con el equilibrio de poderes, fundamental en cualquier estado democrático, poniendo en cuestión los fundamentos de la soberanía y develando la banalidad de la representación política y su distancia de la voluntad popular que supuestamente es fuente de su legitimidad. 
Ahora bien, es importante subrayar como un efecto consustancial a esta historia la significación perversa de los derechos ciudadanos, cuyo reconocimiento sólo es válido cuando supone un beneficio personal. Bajo este prisma, lo que constituyen acciones reparadoras y de restitución de derechos a amplios sectores sociales, históricamente vulnerados por el Estado, son entendidas como caridad o soborno y terminan instituyéndose en fuente de polarización y conflicto social. El colombiano de a pie no entiende que se otorguen subsidios a actores armados en proceso de reinserción, a los venezolanos inmigrantes o a los habitantes de calle porque en tanto no ha gozado de la dignidad de un sujeto de derecho no logra atribuir esa condición a otros.
Este año de elecciones es tristemente terreno fértil para la confrontación, principalmente por las condiciones de pobreza e inequidad que afectan a casi toda la población y que favorecen el clima de rivalidad sostenido por la ilusión de acceder a la riqueza que a otro le están dando.  Al no contar con el referente de unas condiciones de igualdad para el disfrute de los derechos, la adhesión a uno u otro candidato, el (des)conocimiento de las instituciones políticas, la degradación de los considerados opositores y la valoración de las propuestas y/o las opciones en función de la experiencia particular se erigen moneda corriente y dan lugar a verdaderas batallas campales de las que salimos perdiendo todos.  
Colombia no será como Venezuela, ni como Cuba, Bolivia o Ecuador porque nunca ha contado ni con los derechos y las garantías que allí se han instituido, ni con un estado fuerte capaz de sostener un orden basado en la legalidad para todos. Se hace urgente partir de la conciencia de estas particularidades de nuestro devenir político, concentrar nuestros esfuerzos en la defensa de la ciudadanía de todos por encima de las personalidades mesiánicas de nuestros gobernantes, nuestros miedos históricos y la naturalización de las prácticas clientelistas. Que el calendario electoral sea una excusa para poner esta necesidad común en primer plano y que podamos encontrar en el dédalo de nuestra actualidad política el camino para generar verdaderas y profundas transformaciones en nuestro proyecto de país, de sociedad y de ciudadanía.