Si todavía está pensando que el problema del postacuerdo es un asunto de prevendas regaladas a unos malandros que nada tienen que ver con usted estamos cerrando el camino a cualquier posibilidad de recuperación y construcción de un país mejor para todos. Encarar el 2017 con otra actitud, convencernos de la oportunidad de este momento coyuntural, implica poner toda nuestra disposición en el asador y abrirnos a la comprensión de unas realidades que no vivimos pero que nos afectan y nos han traído hasta acá. A continuación presentamos algunos elementos claves para afrontar la tarea.
Desigualdad
Somos una de las sociedades más inequitativas del continente (probablemente la más), forjada en el desconocimiento radical del origen y la importancia de la universalidad de nuestros derechos. Una lección fundamental que nos hemos saltado en casi todas las constituciones de nuestro país -probablemente desde el grito de la independencia- es que todos TODOS, independientemente de nuestra raza, nuestro género o nuestra extracción social tenemos los mismos derechos, somos los mismos ante la ley y en virtud de esa igualdad aceptamos la construcción y sujeción a un Estado cuya función principal es garantizar esa premisa básica. Es hora de decirle a nuestros niños y niñas que el indigente, el guerrillero, el paramilitar, la señora que hace el oficio, el celador y el presidente tienen los mismos derechos por el simple hecho de ser personas (me perdonan los animalistas, pero sin esa idea clave no hay posibilidad de ampliar a otras especies nuestro sentido del semejante). Es por eso que el crimen del señor Rafael Uribe Noguera debe indignarnos igual que si lo hubiera cometido cualquier otro vecino, no más no menos por el hecho de ser un niño bien o por ser hombre y no poder ceder a sus impulsos primitivos. Basta de evaluar el daño por las características físicas y/o sociales de las víctimas y/o los victimarios, porque aquí todos hemos estado en ambos lados y sabemos lo dañino que ha sido tener una justicia parcializada ("la ley es para los de ruana"), una sospecha vital por todo lo que sea diferente ("lo del pobre siempre es robado y lo del rico también") y coger al vecino entre ojos por lo que apenas suponemos (por aquel supuesto de quue "si el río suena piedras lleva"). Si nos apropiamos de esta lección y exigimos su cumplimiento al Estado podemos avanzar a pasos agigantados. Para la próxima, en materia de derechos, no hay motivo que valga.. todos tenemos los mismos y si partimos desde allí, también tendremos los mismos deberes y ojalá los mismos compromisos.
Injusticia
Consecuencia directa de la desigualdad, la injusticia es un cáncer que afecta a todas nuestras estructuras sociales y deja muy mal parado al Estado, que termina revelandose como una institución incapaz e insuficiente para cumplir las funciones por las cuales fue creado. Lo anterior supone al menos dos cosas: 1) generar medidas para "compensar" la desigualdad y de esa manera poder impartir justicia en igualdad de condiciones y 2) establecer un sistema de valores compartido que nos permita discernir de manera consistente qué es y qué no es injusto. La primera apunta directamente a la justicia como equidad y nos permite entender por qué requerimos generar disposiciones especiales para que colectivos que tradicionalmente han estado marginados puedan ejercer plenamente sus derechos y asumir sus deberes, contar con la oportunidad de participar de la vida pública. La segunda, tiene que ver con lo que consideramos justo e injusto. Si todo el tiempo estamos redefiniendo lo que debe ser en función de las contingencias y/o las circunstancias del momento, no tendremos parámetros claros para decidir y tomar postura como sociedad frente a los hechos.
Prejuicios
El mantenimiento de un estado de injusticia y desigualdad tiene como correlato el florecimiento de los prejuicios, que es un terreno fértil para las divisiones y los conflictos sociales. En un momento como el que estamos viviendo, no hay peor prejuicio que el creer "que árbol que nace torcido nunca se endereza", porque supone condenarnos como sociedad a no poder cambiar nuestra historia, a someternos a un destino de muerte, de amoldarnos a los deseos de los poderosos (sostenidos en una fe irrestricta en un hado que pone a su clase en el pináculo de la sociedad y a los demás como peones anhelantes de un tirano a quien necesariamente deben obedecer). ¡Valiente herencia de la colonia española! La independencia social, personal y nacional no sólo está supeditada a la soberanía territorial, militar y económica, sino que implica un salto mental, una ruptura con esas representaciones sociales y esos discursos en los que se sostuvo la superioridad de la metrópoli. Ensénele a sus hijos que la mona puede vestirse de seda o de lo que prefiera, que puede escribir con errores de ortografia o tener estéticas distintas, que mientras haya coherencia moral y respeto por el otro hay chance de construir una sociedad incluyente donde todos podamos realizarnos, que no necesariamente tenemos que pensar igual para ser buenas personas y que ser ciudadanos no consiste en atribuirnos la capacidad para juzgar a los demás por su apariencia o sus creencias.
Y los otros demonios
En la época de la intimidad del espectáculo (usando la afortunada expresión de Paula Sibila), la inflación del ego y de la personalidad se ha promovido a cotas incontrolables, dando licencia a la explotación de todo tipo de elecciones personales en el espacio público y degradando el ejercicio de la ciudadanía a la interpretación del mundo en función de la preferencia individual. En Colombia, donde apenas si existe eso llamado "sociedad civil", el campo para este fenómeno está más que servido, generando al menos dos "espectáculos" que resultan terriblemente nocivos para los retos que en el marco de los procesos que estamos viviendo: a) la distorción del derecho a la libertad de expresión y libre desarrollo de la personalidad y b) el desafío a lo políticamente correcto. Empiezo con el primero. Es delicado el balance entre la experiencia individual y la vivencia colectiva, especialmente en una ciudad de más de 8 millones de habitantes como Bogotá; empero, resulta necesario discernir qué aspectos psicosociales y culturales corresponden al espacio público y cuáles al espacio privado de tal manera que podamos convivir con nuestras diferencias. En ese sentido, garantizar el derecho a la diversidad no es equivalente a que todos podemos ni imponer nuestras creencias como verdades reveladas ni desconocer el derecho de otros colectivos a participar políticamente. Tengo derecho a la opinión, pero mi opinión no es un tribunal para decidir qué es, qué no es y quien tiene derechos.
El segundo supone necesariamente poner en el centro del debate colectivo qué es eso que llamamos "políticamente correcto" y renovar el poder ético de la retórica como herramienta de argumentación y diálogo. Celebrar la groseria y la brutalidad de unos cuantos (Sean cursos y chompos ásperos de donde sean) que en cualquier escenario se jactan de decir "lo que todos piensan", vulnerando los derechos de los demás, deningrándolos y cebándose con su humillación no solo es reprobable, es inconcebible en una sociedad que le apunte a la justicia y la igualdad como horizonte. Por supuesto, en la intimidad de nuestra alcoba (sea física o psíquica, seea consciente o inconsciente) muchas son las pulsiones y las fantasías que proyectamos, no porque seamos pecadores sino porque somos humanos, no renunciamos a ninguna satisfacción incluso cuando va más allá de lo bueno, de lo bello y del propio bienestar. La cosa es que si le damos rienda suelta a nuestro demonio, si vamos por ahí instituyéndolo como verdad absoluta o si como sociedad lo legitimamos no tenemos mucho que hacer antes de acabar matándonos unos a otros, realizando la profesía de tantos escritores y literatos que ya nos han confrontado con las narrativas de nuestro propio apocalípsis.
Armémonos de estas sencillas lecciones de urbanidad (la que conviene, no la de Carreño, de los Urrutia y mucho menos las de los Uribe) y pongamos el granito de arena para dar el salto de la teoría a la práctica. Como dije, la tarea es grande, pero no imposible.
Este es un espacio inspirado en la vida de los sí-mismos que gozan, viven y sobreviven en una ciudad profundamente cruel, desigual, compulsiva, torpe, caótica, ingenua. Pero sobre todo, es un espacio para escribir Bogotá con lo que hay: multiculturalismos, amores, odios, opiniones, denuncias, música, ideas, arte, ecología, política, psicología... esperanza.
viernes, 6 de enero de 2017
lunes, 2 de enero de 2017
El poder del profesor
Nada más frágil y perecedero que
el poder de un profesor, en particular en las altas cortes del pensamiento, ahí
donde supuestamente la universalidad de las ideas forja hombres y mujeres
nuevos, dispuestos a entregar toda su musculatura moral, cognitiva y emocional
a los exigentes trabajos de las sociedades y sus avatares. Ninguna promesa más
ilusoria que la de la libertad de cátedra y la neutralidad de los juicios
académicos, sostenidos por un uso amañado de la retórica y la historia, donde
la ironía crece en sus peores variedades. Nada más etéreo que el apoyo de
estudiantes, colegas y egresados, especialmente en un territorio donde los
ánimos veleidosos cambian de aire cada semestre y las voluntades se mueven a mejores sombras,
esperando el beneplácito capaz de auparlos al soñado pedestal de la erudición reconocida.
No importa el resultado de las evaluaciones docentes o los ecos que desde las
tribunas hayan forjado una reputación universitaria intachable; a pesar de las
declaraciones de conciencia de la sociedad en su conjunto con respecto a la
educación y la escuela, no existe seguridad eterna ni quicio tranquilo para
esos aventureros que por la razón que sea decidieron dedicar su vida al ingrato
oficio de la enseñanza, la investigación, la creación, el pensamiento.
A todas estas, ¿qué es un
profesor universitario? Difícil decirlo. De la efigie romántica del sabio,
forjada a imagen y semejanza de los escolásticos griegos, paseando el
conocimiento al amparo de un enjambre de discípulos ávidos del néctar de las
formas eternas, no queda mucho. El profesor de hoy es un tecnócrata, cada vez
más dedicado a las labores administrativas, con poquísimo espacio para
preguntarse por su ejercicio pedagógico y abocado a sufrir los rigores de las
metas y los productos, cada vez con menos tiempo y menos recursos para ofrecer
a sus estudiantes una educación de calidad. Este panorama sin duda es más
contundente en la universidad, tanto por la tiranía soterrada de la comunidad
académica como por los intereses burocráticos y las líneas de fuerza de la
sociedad contemporánea. El profesor debe ser eficaz, debe caerle bien a todo el
mundo, debe edulcorar sus opiniones, debe politizarse o despolitizarse según el
gobierno de turno, debe ser productivo y sobre todo recursivo, siempre bajo el
temor de ser removido o simplemente expulsado del mundillo escolástico donde
aparentemente su vida tiene sentido. Y es que cabe preguntar sin pelos en la
lengua ¿para qué sirve hoy un profesor universitario? La respuesta es sencilla,
dolorosa pero también esperanzadora: para nada.
Será esa nada, angustiante,
caótica y sugestiva la que le dé sentido a nuestro quehacer, más allá de los
balances y las sanciones administrativas o políticas. Si nada tiene que
sostener el profesor en el intrincado mecanismo capitalista, donde todo y todos
somos mercancía, si la maquinaria puede prescindir de la figura del maestro,
entonces podemos dejar de alimentar su avaricia con nuestra carne y apostarle a
lo que verdaderamente ilumina nuestra función. La fuerza del profesor reside en
lo que no puede troquelar la industria de los títulos, en el vacío que causa el
saber, en la movilización de los muchos o pocos tocados por su palabra, en su
capacidad para crear a partir de su propia falta, de su poder para iluminar la
falta en el Otro. Yo ya no creo más en la dignidad del poder, ni de las
instituciones ni de las personas ni de los colectivos. Mucho me temo que el
poder solo lleva a la tiranía y no hay sensatez que valga cuando de amos y
prebendas se trata. Precisamente por eso pienso que cuanto más ingenuo sea el
creer en el respeto a la docencia en la universidad, más tenemos que apelar a
esa fuerza del deseo, capaz no sólo de mantenernos vigentes sino de encender la
chispa de la criticidad y la coherencia, especialmente en una sociedad tan
proclive al silencio y al olvido.
El caso de Carolina Sanín y el
manejo dado por la Universidad de los Andes es un episodio lamentable que se
suma a la larga lista de censuras y
arbitrariedades de las instituciones de educación superior, públicas y privadas.
Como sociedad, como hombres y mujeres que alguna vez fuimos tocados por el
deseo de un maestro que animó nuestras pasiones, como estudiantes y profesores,
como personas nos debemos dejar de hacer caso omiso a la situación social y cultural
que estamos viviendo y enfrentar con altura este momento crucial. Si decimos
que es la educación la herramienta más poderosa para enfrentar estos tiempos
aciagos de reconciliación, entonces no permitamos que lo peor de nosotros
mismos parasite aquellos espacios de los que esperamos la renovación de
nuestros fundamentos. La tarea es importante y necesaria.
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