sábado, 27 de febrero de 2016

Y la Policía ¿qué?

No tengo carro ni planeo tenerlo. A pesar de la tortura cotidiana a la que nos exponemos en el transporte público, siempre he tenido la convicción de que traer un carro más a la ciudad es un acto de ciega responsabilidad. Como consecuencia de esa decisión, parte de mi tiempo se disipa en los meandros de Transmilenio, en donde inevitablemente me sorprendo doliendome por la inequidad en la que vivimos o tratando de ignorar sin éxito a todos los vivos que se saltan el torniquete y se montan en misiones suicidas para ingresar al sistema. En medio del ajetreo, un par de chaquetas fosforescentes se dejan ver. De inmediato llaman mi atención esos irregulares contingentes policiales, que de un tiempo para acá se han tomado las estaciones (no me consta que en todas) con el ánimo de garantizar la seguridad de los ciudadanos. En este punto, no puedo dejar de pensar ¿qué tanto hace la Policía ahí?
Al respecto tres opiniones. Es cierto que Transmilenio es un escenario frágil y complejo, pero ¿es función de la policía estar pendiente de que nadie se cole? En los últimos años el recurso a los señores agentes se ha vuelto una constante en situaciones que más que autoridad, requieren el compromiso ciudadano para poder resolverse. Es increíble que necesitemos de la policía para hacer cumplir una fila, para que alguien pague su pasaje o para que no atentemos contra nuestro espacio público. Por supuesto, la labor cívica que realizan al interior del sistemaes encomiable , pero con tanta problemática en la ciudad, resulta poco útil ocupar esos recursos en tareas que deberíamos hacer por nosotros mismos, descuidando otros frentes que requieren más su intervención.
Ahora bien, digamos que sí es pertinente que la policía cumpla esta función y que no es Transmilenio el responsable de establecer mecanismos que contribuyan al mejoramiento de la seguridad del sistema, ¿realmente cumplen lo que prometen? Si bien los policías son hombres y mujeres (las más de las veces muy jóvenes) que tienen intereses y sentimientos, que también se aburren de hacer de centinelas y que trabajan la mayor parte del tiempo de pie en turnos extenuantes, resulta molesto encontrarlos la mayoría del tiempo conversando, jugando con el celular, agrupados en un extremo de la estación mientras que en el otro hay tremendo trajín. No sé si la presencia de la policía ha tenido efectos significativos en Transmilenio, pero me estresa pensar en el dinero de nuestros impuestos que se pierde tontamente con la movilización de una fuerza pública inoperante, cuyas funciones no conocemos bien y que además no se esfuerza por cumplir juiciosamente su cometido.
Esto  último me lleva a cuestionar el lugar social de la policía, que entre Transmilenio, las multas de tránsito, la corrupción y la resolución amañada de los conflictos en la ciudad ha pasado a ser el fantasma de una función norrmativa, a la que además tenemos sobreexigida y subutilizada por nuestra propia incapacidad de construir una mejor convivencia. Sueño con una policía correcta, no corrupta, que trate a todos los ciudadanos por igual, que haga presencia en la ciudad garantizando la seguridad pero también promoviendo la participación de la sociedad civil y el cuidado del espacio público. Entiendo que no todos los policías son negligentes con sus funciones, pero también lamento tener que reconocer que en muchos casos esta es la constante. Si hacer realidad la Bogotá que queremos implica cuestionar y analizar el trabajo que realizan las instituciones de la ciudad, deberíamos empezar e incluir también a la Policía Metropolitana.

Imagen tomada de:www.elmeridianodesucre.com.co

domingo, 21 de febrero de 2016

La mirada del río

Esas mañanas claras de Bogotá, cuando el sol de los domingos congela su frenética actividad y nos permitimos abrir el rostro a la dignidad del semejante, del vecino, me ponen a pensar en nuestra ambivalente relación con la ciudad. Resulta paradójico que ese bogotano amable y entregado al disfrute del espacio público, sea el mismo que armado hasta los dientes se juega la vida en Transmilenio, alienado al imperativo de la supervivencia sin importar qué tanto las propias acciones afecten al otro o a la misma ciudad. Cuando la actualidad bogotana se llena de tristes noticias sobre la quebrada en los Rosales secada por el interés de las constructoras, la posible urbanización de la reserva Van der Hammen, las construcciones en el humedal de la Conejera, los niveles de contaminación de nuestro aire o la alteración irremediable de los ecosistemas de humedales por cuenta de la construcción de la ALO, vuelve a la mesa la eterna pregunta por el modelo de ciudad que queremos y nuestra participación responsable en su realización.
Hace algunos años, en una conferencia sobre el desordenado desarrollo de la ciudad a lo largo del siglo XX, escuché decir que desde la colonia Bogotá le había dado la espalda al río, a sus ríos. Más allá del loable esfuerzo de las alcaldías de izquierda por conservar el sistema de humedales de la capital y la revitalización de algunas de las quebradas de la localidad de Chapinero en los cerros orientales, la hipótesis del río como trauma se hace sentir en la cotidianidad de la administración y la interacción con la ciudad. ¿Por qué no pudimos y podemos integrar a nuestros ríos en un modelo sustentable de urbanización? ¿Por qué acabar con la fauna y flora nativas resultó ser la única salida para la habitabilidad de Bogotá? En la negación de nuestra ecología traumatizamos el territorio.
La cuestión va más allá del gobierno de turno, aunque pase por él. El incipiente reconocimiento de nuestra biodiversidad, el interés que de a pocos vamos cultivando por nuestros cerros y nuestras quebradas, debería ser la primera piedra de un pacto conjunto por una ciudad que deje de huir de la mirada de sus ríos para encontrarse en ella, haciéndose cargo del pasado negligente y proyectando en el presente y en el futuro una ciudad de agua, sostenible, diversa y consciente. Tarea nada fácil por supuesto. El compromiso va desde el cuidado con las basuras y con el gasto de agua que todos los ciudadanos debemos promover, hasta el abandono de modelos extranjeros para pensar el diseño de espacios públicos que fortalezcan ese proyecto. Bogotá no es ni será Nueva York ni sus ríos necesitan un diseñador para abrir malecones comerciales o muelles para deportes náuticos. Gozar plenamente de las rondas de nuestras quebradas, proteger nuestra biodiversidad, vivir en armonía con la geografía de la ciudad, manejar adecuadamente nuestros desechos y devolverle al río Bogotá algo de paz que nuestra contaminación le ha usurpado sería sin duda el mayor de los logros. Acaso un día lo que retorna en esa mirada no nos horrorice tanto y podamos juntos celebrar en la ciudad que queremos los frutos del esfuerzo compartido.

Créditos: Imágenes tomadas de los enlaces
http://www.traslacoladelarata.com/2014/01/07/rio-bogota-rio-estigia/
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=1021275&page=28&highlight=