No tengo carro ni planeo tenerlo. A pesar de la tortura cotidiana a la que nos exponemos en el transporte público, siempre he tenido la convicción de que traer un carro más a la ciudad es un acto de ciega responsabilidad. Como consecuencia de esa decisión, parte de mi tiempo se disipa en los meandros de Transmilenio, en donde inevitablemente me sorprendo doliendome por la inequidad en la que vivimos o tratando de ignorar sin éxito a todos los vivos que se saltan el torniquete y se montan en misiones suicidas para ingresar al sistema. En medio del ajetreo, un par de chaquetas fosforescentes se dejan ver. De inmediato llaman mi atención esos irregulares contingentes policiales, que de un tiempo para acá se han tomado las estaciones (no me consta que en todas) con el ánimo de garantizar la seguridad de los ciudadanos. En este punto, no puedo dejar de pensar ¿qué tanto hace la Policía ahí?
Al respecto tres opiniones. Es cierto que Transmilenio es un escenario frágil y complejo, pero ¿es función de la policía estar pendiente de que nadie se cole? En los últimos años el recurso a los señores agentes se ha vuelto una constante en situaciones que más que autoridad, requieren el compromiso ciudadano para poder resolverse. Es increíble que necesitemos de la policía para hacer cumplir una fila, para que alguien pague su pasaje o para que no atentemos contra nuestro espacio público. Por supuesto, la labor cívica que realizan al interior del sistemaes encomiable , pero con tanta problemática en la ciudad, resulta poco útil ocupar esos recursos en tareas que deberíamos hacer por nosotros mismos, descuidando otros frentes que requieren más su intervención.

Ahora bien, digamos que sí es pertinente que la policía cumpla esta función y que no es Transmilenio el responsable de establecer mecanismos que contribuyan al mejoramiento de la seguridad del sistema, ¿realmente cumplen lo que prometen? Si bien los policías son hombres y mujeres (las más de las veces muy jóvenes) que tienen intereses y sentimientos, que también se aburren de hacer de centinelas y que trabajan la mayor parte del tiempo de pie en turnos extenuantes, resulta molesto encontrarlos la mayoría del tiempo conversando, jugando con el celular, agrupados en un extremo de la estación mientras que en el otro hay tremendo trajín. No sé si la presencia de la policía ha tenido efectos significativos en Transmilenio, pero me estresa pensar en el dinero de nuestros impuestos que se pierde tontamente con la movilización de una fuerza pública inoperante, cuyas funciones no conocemos bien y que además no se esfuerza por cumplir juiciosamente su cometido.
Esto último me lleva a cuestionar el lugar social de la policía, que entre Transmilenio, las multas de tránsito, la corrupción y la resolución amañada de los conflictos en la ciudad ha pasado a ser el fantasma de una función norrmativa, a la que además tenemos sobreexigida y subutilizada por nuestra propia incapacidad de construir una mejor convivencia. Sueño con una policía correcta, no corrupta, que trate a todos los ciudadanos por igual, que haga presencia en la ciudad garantizando la seguridad pero también promoviendo la participación de la sociedad civil y el cuidado del espacio público. Entiendo que no todos los policías son negligentes con sus funciones, pero también lamento tener que reconocer que en muchos casos esta es la constante. Si hacer realidad la Bogotá que queremos implica cuestionar y analizar el trabajo que realizan las instituciones de la ciudad, deberíamos empezar e incluir también a la Policía Metropolitana.
Imagen tomada de:www.elmeridianodesucre.com.co