lunes, 19 de octubre de 2015

La odisea de llegar al centro de la tierra. Bogotá.

Muy lejanos parecen los tiempos en que grupos de indígenas muiscas habitaban pacíficamente los territorios del Zipa. Cuatroscientos setenta y siete años después de la misteriosa fundación de nuestra capital, más bien escasa de población y poco referenciada en las primeras crónicas de los conquistadores, el espejo de la historia nos devuelve una imagen cargada de violencia, miedo y desigualdad. El siguiente relato cuenta a través de las viscisitudes de un recorrido habitual para muchos bogotanos algo de la actualidad de esa historia. Seguramente nadie imaginó que navegar por lo que Jiménez de Quesada llamó el Valle de los Alcázarez tuviera el matiz de una travesía épica digna de una tragedia griega.

Cuentan los revisionistas que aquella graciosa aldea de doce chozas y una iglesia donde se situó la primera versión de nuestra ciudad es sólo un esbozo de una historia un poco más compleja, que incluye la resistencia incendiaria de algunos indígenas leales al Zipa en Bacatá. Dándole la espalda a las llamas, Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres, que ya habían llegado a la zona en marzo de 1537 (Murillo, 2014), cruzaron el río e instalaron un primer asentamiento militar en lo que hoy se conoce como El chorro de Quevedo, más allá del río Viracachá, el "resplandor de la noche". Acaso los diarios desplazamientos masivos que debemos realizar por los congestionados corredores vehiculares sean una evocación distorcionada de esa travesía, que  llevó a los españoles a fundar allí a Nuestra Señora de la Esperanza y que a nosotros, sus descendientes, nos confronta con nuestras esperanzas y derrotas más íntimas. El día de la Transfiguración del señor, fiesta celebrada el 6 de agosto, ya con la ermita y las barracas levantadas, Fray Bartolomé de las Casas dio la primera misa, fundando con ello la ciudad de Santafé. Casi seis meses después Santafé tuvo su fundación jurídica, más precisamente el 27 de abril, en donde se extiende la Plaza de Bolívar. Eso dice la historia.
Hoy, ajenos a las efemérides de nuestra urbe, nos debatimos entre amores y odios, haciendo un
terrible esfuerzo por vivirla, por contarla, por escribirla. Con esa intención me decidí a cumplir la cita que por esos días me había puesto la Ópera en el centro de la ciudad. Como la mayoría de las veces, la cultura nos mueve a salir de la rutina y abrir los ojos a nuevos universos, a conectarnos con mis ancestros. A las 5 p.m., salí de mi trabajo casi llegando a Chía, donde por tradición los zipas empezaban su carrera política. Aún con dos horas por delante, descarté la idea de tomar el monstruo rojo que atraviesa la ciudad  y me decanté por un taxi, pensando que a esa hora los flujos migratorios me favorecerían y tendría al menos 40 minutos para mí antes del inicio de la función.
Me equivoqué. Como bien dijo el taxista que me recogió (me recogió ¡eehhhh!) viajar en el transporte público me hubiera resultado más rápido para la tremenda distancia que tenía que recorrer. Pronto tuve que aceptar mi error, pero además descubrí que en el fondo el criterio de mi elección no sólo había sido el tiempo sino la comodidad, la posibilidad de viajar casi sola sin tener que escuchar las radios comunitarias, los insultos, los estribillos de los venderores ambulantes, el miedo al atraco. La conversación con el conductor, un señor recio de casi 6 décadas y acento santandereano, me permitió aceptar que a pesar de mi compromiso con el lugar que me vio nacer estaba evitando encontrarme con su gente, con mi gente. Como a muchas otras personas, el temor a la agresión, el cansancio, el dolor o el asco habían oscurecido tanto el ambiente que había olvidado  la belleza secreta de Bogotá y sus encantos cotidianos.
La arquitectura victoriana del barrio Teusaquillo, una de las mejores tierras del Zipa y lugar de paso
para el conquistador español hacia la futura Santafé mejoró mi ánimo e impulsó la conversación con el taxista, que a esa altura ya me tenía confianza y me contaba las anécdotas más perversas de su profesión. Me contó desde atracos a mano armada hasta seductores ofrecimientos de mujeres cansadas de machos abusadores, dispuestas a entregar una noche de sexo como pago por alguna carrera. Al calor de sus historias se dibujó frente a mi una Bogotá sórdida, una Bogotá de novela policiaca con mujeres escondiendo armas en el corpiño, criminales rasgando carne con cuchillos, policías corruptos, burocracias gigantescas, En un parpadeo, y por un error tonto en mis indicaciones, esa ciudad imaginada se materializó en las calles que recorríamos, con un ejército de zombis drogados y rostros llenos de hollín vagando por los márgenes de la calle.
Paramos en el semáforo de la Jiménez con Caracas, lugar que tanto de día como de noche es la viva imagen del peligro urbano y de la inequidad que nos van carcomiendo cada vez más rápido, más descaradamente. Yo estaba muerta de miedo, vigilando ambas puertas del taxi y esperando el cambio de color para salir corriendo de allí. Dos carros adelante, la silueta de una camioneta de lujo empezó a moverse de un lado a otro ante la mirada atónita de todos los que estábamos allí, creo incluso que de su mismo conductor.
Un indigente se había colgado del espejo retrovisor, quien antes de que el rojo se convirtiera en verde ya se había hecho con su presa y se evaporaba como la niebla tras la sombra de un bus de transmilenio. Para ese entonces, el conductor de mi taxi había abierto su puerta y estaba al acecho, esperando el momento preciso del ataque, que afortunadamente nunca llegó. -Yo tengo con qué darles- me dijo mientras girábamos por la calle 14 para tomar la carrera 15 y enfilar al oriente; -cuando veo que se acercan a una muchacha o a cualquier persona para robarla, yo espero a que se vengan y les doy-.
Pensando en que tal vez el azar me había subido a la versión postmoderno del Prometeo indígena que
se resistió al conquistador español hace casi cinco siglos, respiré hondo y me lancé caminando a la aventura, agarrando fuertemente mi maleta, con el aliento contenido, rezando en voz baja las oraciones que mi abuela me había enseñado de niña, espiando en cada rostro que encontraba (claro está, sin mirarlo de frente) los rastros de la malicia que creía consustancial a todo aquel capaz de pernoctar en el centro a semejante hora de la noche (apenas iban a dar las siete).

Volví a la vida cuando llegué a la Plaza del Rosario, sobre la sexta con Jiménez. De repente sentí un cambio en el aire y pude ver a mi ciudad con un sentido más humano. No era sólo la tranquilidad de haber atravesado ilesa la línea imaginaria entre el infierno y el cielo o la certeza de haber llegado a mi cita a tiempo. Detrás de la basura, los escombros o los carros de ventas ambulantes sentí la antiguedad de la piedra, el palpitar del arte, de la tradición criolla, de los guechas esperando el fin de la tregua con el zaque Quemuenchatocha, la religión católica que nos atraviesa hasta la médula. Luego de un viaje tan trajinado, pero mucho más simple de lo que pudo ser, es y será para otros, me encontré con una ciudad humilde pero orgullosa, renuente a rendirse frente a los flagelos que la atormentan, impotente pero esperanzada en el sentir de sus ciudadanos. Valió la pena. Subiendo por la calle de la fatiga, con los ojos nuevos de tanto recordar y maravillada por las formas de piedra, hierro y madera que siguen esperando a los viajeros entré al teatro y sonreí tranquila. En la oscuridad me esperaba abundante el resplandor de la noche. Terminó bien la Odisea ¿no?

Referencias.
Murillo, L. M. (2014). La fundación de Bogotá, en pos de la verdadera historia. Entrada del 6 de agosto. En: Reflexión y Crítica. Recuperada de la fuente: <http://luismmurillo.blogspot.com.co/2014/08/la-fundacion-de-bogota-en-pos-de-la_6.html>
http://catarsisbogota.blogspot.com.co/
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/desnue/pag107-115.htm

viernes, 19 de junio de 2015

El deseo de aprobación: una enfermedad silenciosa

La cotidianidad bogotana es, en muchos sentidos, un terreno fértil para la identificación de esos gestos mínimos en los que yacen las claves de nuestro dolor y nuestra miseria. Más allá de los grander cánceres que desangran al país, se dejan ver actitudes y acciones silenciosas con las cuales se teje un complicado lazo social. En ese panorama, el deseo de aprobación se perfila como uno de los lunares más negros de nuestra forma de hacer vínculo; algunas veces toma la forma de una actitud regalada y sumisa, dispuesta al sacrificio de todos los valores y las creencias propias para poner en el podio más alto a cualquiera que ostente un signo de supuerioridad, otras veces de imposición, de frases hechas y agresividad ramplona materializada en los famosos "¿usted no sabe quien soy yo?". Si hay una actitud más característica de nuestra colombianidad, esta es la expresa la necesidad enfermiza de ser aceptados sin que haya ninguna sombra de crítica o de desacuerdo. Por eso el deseo de aprobación se convierte en una fuerza secreta que media nuestros comportamientos en cualquier contexto; una cabeza moviéndose afirmativamente, una sonrisa de oreja a oreja o el popular pulgar arriba son unos refuerzos exiguos con los que se alimenta nuestra frágil autoestima y autoafirmación.

Miremos el caso más patético, la actitud regalada. El sujeto en cuestión se deshace en halagos y regalos cuando aquel a quien desea impresionar baja de su nube para dirigirle la palabra. Sin importar si lo están humillando u ofendiendo, o mejor por eso mismo, el sujeto se limita a asentir, justificar y sancionar a los que se atreven a interrogar la escena. El encuentro con un extranjero o un compañero con mejor sueldo, con el padre de familia, la mujer de la casa, el jefe, el jefe del jefe, el secretario del jefe del jefe del jefe.... mejor dicho cualquier pelagato, termina siendo una ocasión para pobretearse y entregarse al ejercicio adulatorio mendigando cualquier gesto que nos haga sentir parte de la invisible comunidad de zalameros. Terminamos encumbrando a gente que ni lo merece sólo para evitar que piense mal de nosotros y no caer del podio de sus preferidos. Acaso lo más patético sea que estos lameculos se jactan de autoridad, señalando a otros lameculos como ellos con la mayor dureza e indignación.

Una variación de esta versión es la del indiferente social, que aparentemente tiene estructura de teflon (todo le resbala) pero que se esconde tras su imparcialidad para evitar tener problemas con alguién y perder su aprobación. Más vale que todos le tomen por un sujeto tranquilo a que alguno le reclame algo o descubra su incapacidad para asumir un punto de vista hasta las últimas consecuencias. El indiferente social tiene miedo de cualquier confrontación y por eso se escabulle, quedando bien con todos y guardando silencio todo el tiempo.

El otro caso, el caso extremo es del pretencioso violento, que se convence de usar la fuerza para imponerse sobre los demás, a veces simplemente con sus puños otras con inventos. Se trata del caso más peligroso pero también el más vulnerable, porque expone a flor de piel sus necesidades y su incapacidad para lograr lo que quiere por medios que dejen ver la calidad de sus talentos. Imponer la aprobación para evitar consecuencias negativas o ganar algún beneficio al final solo es síntoma del vacío que habita la tiranía y la extrema necesidad de un público para ser alguien en la vida.

Sea uno o sea el otro, lo cierto es que nacer, crecer y vivir en el deseo de aprobación no ha hecho más que convertirnos a la religión de la hipocresía y la acriticidad, muy lejanas de la tolerancia y el respeto, pero terríblemente cercanas al fundamentalismo, la violencia, el clasismo y la exclusión. Tanto tenemos que aprender de quienes se han librado de esta enfermedad silenciosa, que pueden aceptar y dar una crítica sin intenciones de dañar a nadie y viven su felicidad sin esperar que el guiño de cualquiera les de la seguridad y la firmeza para hacerlo.


martes, 24 de febrero de 2015

Una cuestión de conciencia ciudadana

En año de elecciones, con un proceso de paz que no parece avanzar, hundidos en una difícil situación económica y con crisis en salud, educación y desarrollo social, el panorama pinta desalentador. Cada vez toma más consistencia la sensación de inmovilidad, de decadencia, que termina por legitimar actos de violencia de todo tipo, haciéndolos parte del paisaje. La muerte violenta de niños, jóvenes, adultos y ancianos, la inseguridad, la pobreza y el hambre no son hechos naturales a los que tenemos que acostumbrarnos; son realidades inaceptables que podemos transformar. Pero esta verdad se hace humo en los desfiladeros de la cotidianidad, que termina siendo el argumento indiscutible para reivindicar una amplia gama de prácticas en las que se sostiene la corrupción, la desigualdad, el rechazo a la alteridad y el borramiento efectivo del otro. Porque la vida es dura hay que colarse en Transmilenio, terminar de dañar el sistema de transporte público, botar basura donde caiga, empujar al vecino, insultar al conductor que se me atraviese, apuñalear y robar al que pueda, hacer "conejo", quedarme con unos pesos de mas, incumplir los pactos, etc., etc., etc. La costumbre de hacer pasar por el ojo de la aguja una voluntad del tamaño de un camello cuando hay maneras más fáciles y conciliadoras de funcionar, se instala como la manera predilecta de resolver nuestros problemas.

Acudir a las mismas estrategias y esperar resultados distintos se suma a otras formas de locura que son en últimas una suma de condiciones sociales estructurales bajo las cuales se hace difícil (por no hablar de imposibles) vislumbrar un cambio real. La incapacidad de autocrítica constructiva, la necesidad de buscar chivos expiatorios para no asumir responsabilidades, el desconocimiento de otros puntos de vista y la poca argumentación de los propios son algunos de los yerros constitutivos de nuestra sociedad, claves para entender el recurso a la violencia, la trampa y la indiferencia como maniobras de supervivencia. Desde los más ricos hasta los más pobres, casi siempre bajo la invocación de algún refrán divino o simplemente en su nombre, asumimos como códigos de vida prácticas relacionadas con alguno de estos aspectos, defendiendo con justificaciones amañadas su ejercicio en toda situación que nos desfavorezca. Esto en el marco de una situación socioeconómica tan compleja como la nuestra hace más engorrosa la tarea de plantear cambios fundamentales que no sólo le apunten a una distribución de los recursos más justa y la restitución nuestros derechos, sino que le den lugar a la diferencia, a la convivencia, al reconocimiento del otro.  
¿Qué hacer con un país, con una sociedad en estas condiciones? ¿Cómo construir vínculos y escenarios sociales más vivibles si no encontramos en los mecanismos institucionales caminos para movilizar liderazgos animados por el interés común? Si la política no parece ser la vía para generar las transformaciones sociales que requerimos con urgencia, entonces ¿qué hacer? Frente a estas preguntas, como bogotana promedio que trabaja, invierte al menos cuatro horas diarias en transporte y no está vinculada a organizaciones sociales la única respuesta que se me ocurre es volver a la autoconciencia, liberada de promesas paradisiacas y tormentos religiosos como respuesta. Fomentar la reflexión interior y apostarle al reconocimiento de la responsabilidad subjetiva en la construcción del país que queremos hasta hoy se me plantea como una opción real de cambio, que si bien no tiene efectos de gran magnitud al menos me permiten tomar la palabra frente al rosario de atropellos y sinrazones que vivimos y vemos todos los días.
No puedo mentir, cada vez que oigo de un asesinato, veo a un habitante de calle o a cualquier persona removiendo la basura buscando algo de comer o algo que vender convulsiono del dolor y de la ira. Me duele caminar entre tanta basura, sufrir la trituradora humana que es Transmilenio, temer un atraco en cualquier esquina, ver como policías y bachilleres se saltan las reglas, asumen sobornos como si nada y fomentan la ilegalidad. No soporto el maltrato cotidiano a las mujeres, a todo lo que suene diferente, la indolencia de las instituciones, la doble moral de una sociedad que habla de calidad y busca cualquier táctica para ahorrar dinero. Me duele la ciudad, el país, la gente.

Por eso mismo, sabiendo que si me dejo inundar de tanta oscuridad e impotencia me muero, le apuesto a la conciencia, a la conciencia ciudadana como mi bandera para contribuir a las transformaciones que espero algún día materialicemos: trato de conocer diferentes puntos de vista, hago lo posible por defender la integridad del sistema de transporte, no boto basura y a veces recojo la que puedo, no doy limosna, pago impuestos aunque me torture la corrupción, no compro carro... no voto por interés, no tomo el camino más fácil si eso implica pasar por encima de otro, ayudo cuando puedo sin reservas. Se trata de acciones concretas en las que cifro mi compromiso, sin esperar que me premien ni que me imiten, pero tampoco haciendo porque sí lo que otros hacen o lo que siempre han hecho para obtener beneficios. 
No es fácil e incluso puede sonar demagógico apostarle a la conciencia ciudadana; no es una solución mágica, es una alternativa más. Sea cual sea la que usted elija, ojalá escoja una. Hacer resistencia a este entramado invisible es hoy, como todos los días, una necesidad, una urgencia y una responsabilidad que nos debemos -nos merecemos-. 
   

domingo, 4 de enero de 2015

Crónicas de viaje: La Divina Providencia

“Es un paraíso”, “una tierra virgen”- me dijeron-. La aproximación dialogada a Providencia, una pequeña isla al norte del país no hizo más que anticipar para mí un encuentro mágico, tal vez idealizado por la necesidad de conservar un espacio limpio en una geografía desangrada por la violencia, la injusticia y la pobreza. Cautivada por el atractivo imaginado de sus playas, sus aguas cristalinas y sus verdes parajes, me embarqué en procura de una promesa de descanso absoluto, que además de cumplirse me abrió los ojos a la realidad con muchos matices. Al llegar allí me impactó de entrada la comparación que sus mismos pobladores hacen con San Andrés, su hermana mayor. El acelerado crecimiento demográfico (de las motos, de los carros, de las basuras) y la desmesurada explotación económica de la isla, han devenido en una terrible enfermedad que Providencia espera mantener a 75 km de distancia. San Andrés está corrompida, es ruidosa, insegura, decadente. Providencia, bastante más pequeña, pretende preservarse de esa contaminación repitiendo como un mantra que no es como San Andrés, no es como San Andrés. De eso no se sabe nada en la capital o más bien se intuye, se afirma de manera superficial.

El viaje comenzó en el puente aéreo, en la silla de un avión, cuando puse a rodar el video promocional de los sitios turísticos del país, siendo Providencia uno de los primeros en lista. Hermosos corales y una fauna marina polícroma invitan al viajero a ponerse la careta para descubrir una riqueza natural sin igual en el Caribe. Con poco conocimiento de causa –apenas he visitado un par de playas en Santa Marta- me entregué a la fantasía, declinando la oferta de San Andrés para dedicarle todo mi tiempo a Providencia, preguntándome qué haría yo si me quedara allá para siempre. Así, sin desconocer los encantos de mi destino, la cuestión de lo que puede ser la vida en aquella isla para quien se queda –no para el turista- se convirtió en un interrogante mudo, que sin darme cuenta orientó todos mis movimientos y observaciones durante la estadía.
Llegué en la mañana, muy temprano, luego de más o menos dos horas y media de vuelo con escala en San Andrés. Desde el aire se apreciaba el colorido del mar y el verde magnífico de la isla, dispuesto como un tapete de diversas texturas sobre dos picos de baja estatura. En el extremo noroccidental despuntaba Santa Catalina con su cabeza de Morgan en uno de sus extremos. creole, que como me dijo la taxista que me llevó al hotel “no lo hablamos con ustedes”. La frontera lingüística que percibí, y que dice mucho de cierta condición de extranjería que los mismos isleños tienen con respecto a la Colombia continental, me evocó un cierto sentimiento de intimidad que aprecié y que me recordó la importancia de la lengua en la constitución de la identidad de un pueblo. Me alegró sentir que la diferencia no es, en este caso, un motivo para el rechazo o la beligerancia. Durante el tiempo que estuve allí su gente fue ejemplo de calidez, de apertura y de confianza, incluso cuando se mostraban particularmente serios o ensimismados en sus labores cotidianas. Ese primer día me sirvió además para confrontar algunos de mis prejuicios de turista que iban desde el temor a ser tumbada, hasta ser orientada inadecuadamente o a resultar involucrada en la adquisición de un servicio sin interés. También tuve que lidiar con cierto rechazo a la estética afroamericana de las amplias gorras y camisetas con logos de equipos de beisbol y básquetbol. Un paseo por un camino cercano a la playa de South West me sirvió para descartar los temores infundados por las largas horas de exposición a la televisión por cable, reconociendo de paso cierto clima de hastío en los jóvenes que me puso a reflexionar.  Los veía sentados en las aceras o en los frontones de las casas bebiendo con música a todo volumen o exigiendo sus motos en el óvalo pavimentado que rodea la isla. No pude evitar sentir un poco de ternura por esas almas inquietas, que al calor de sus hormonas y del ávido deseo de conquista se veían como felinos encerrados en una celda, andando de un lado para otro.
Ya en la pista advertí la belleza de aves desconocidas, tentadas a espiar el aterrizaje de la avioneta de Satena mientras el sol se preparaba para elevarse y calentar con toda su fuerza. Después de un buen descenso, el primer gran descubrimiento para mí tuvo que ver con el lenguaje, el
Luego del paseo y del primer contacto con el mar, empecé a disfrutar de un espectáculo del que pocas veces puedo disfrutar en mi ciudad natal. Atravesando la pantalla de Discovery y National geographic pude gozar de la emergencia de la vida silvestre, conviviendo con la huella humana con cierto grado de libertad. Saurios de diversos colores, cangrejos y aves se me presentaron en el camino, facilitado el proceso de desarme de mis temores urbanos. Estos se fueron desgajando como pétalos hasta permitirme nadar en coexistencia con peces y otros animales que no vi, pero que seguramente hacían parte del tranquilo paisaje. Coronó la experiencia de aquel día el despliegue de una hermosa noche estrellada, como hace mucho tiempo no veía. El cinturón de Orión y la luna saliendo de su fase oscura inauguraron un clima agradable, que según los nativos no se había visto en doce días por cuenta de la presencia de dos frentes fríos en la costa. “Ya se están notando los efectos del cambio climático”, me alcanzó a decir la taxista al referirse a los días de lluvia que precedieron mi llegada. Ese comentario, junto a la apreciación de que en la isla son las mujeres las que más perseveran en alcanzar una formación profesional y en consolidar patrimonio me hizo pensar que me estaba acercando a una realidad social configurada de un modo más consciente, más abierto a la alteridad. La observación me confirmaría después que en esa consciencia convergen prácticas contradictorias, gobernadas por la necesidad de sobrevivencia, el ritmo del tiempo en la isla y las influencias de estereotipos de diversa procedencia que determinan los valores otorgados tanto a sus recursos naturales como al dinero y las posesiones materiales.    
Lo del tiempo es importante. Vivir en el tiempo de las voluntades, marcado fundamentalmente por la pauta de la naturaleza, deriva en una existencia cíclica, relajada, determinada por el retorno de lo real al mismo lugar. En contraste con el tiempo convulso, reducido y fragmentario de la ciudad, los segundos y los minutos allí se hacen eternos, a tal punto que resulta deseable que el reloj ande más rápido y el día se acabe. Al amanecer la jornada se perfilaba como una llanura soleada dispuesta a la imaginación, al atardecer la interminable extensión de su superficie terminaba asfixiándome. Mientras elegía al dormir como salida expedita a semejante estado de parsimonia -que sin embargo me permitió todo el descanso que en la ajetreada cotidianidad no me concedo-, pensé en las sensaciones que puede experimentar una persona que nunca ha salido de la isla, pero a quien la visita de los turistas le habla de un mundo vertiginoso donde el aburrimiento es imposible. La idea de los efectos de la tranquilidad en las personas rápidamente se convirtió en un tema de conversación, que en la voz de una artesana terminó articulándose a una realidad evidente en gran parte de la población nativa sin importar la edad: la obesidad. Tal vez tanta tranquilidad, el uso excesivo de la moto, la posibilidad de almorzar en casa al medio día o la abundancia de dulces y fritos en la dieta isleña sean factores que terminan haciéndose fuertes rasgos de carácter.       

¿Qué hay para hacer en Providencia? El segundo día elegí el recorrido por los alrededores de la isla, la visita a Santa Catalina, Cayo Cangrejo y el avistamiento a la distancia de la barrera de coral de 32 kilómetros que la protege. Fue un hermoso paseo para acercarse a las bellezas del mar y sus siete colores que generó en mí la consciencia de cuidar la fauna y flora del lugar, abandonando la idea de quedarme con algún recuerdo vivo. Nuevamente la amabilidad de su gente, el contacto con los animales y la imponencia del paisaje fueron la nota más alta de la excursión.  Al día siguiente me decanté por la caminata, que ya había ensayado con desplazamientos cortos, pero que esa mañana tenía un propósito preciso: llegar desde mi hotel hasta el centro y ver de cerca las playas de Santa Catalina. Me tomó dos horas cubrir esa distancia. En el primer kilómetro encontré posadas y hoteles de todo tipo a lado y lado del camino, un mercadito operado por una familia de Boyacá pero propiedad de un paisa, alquileres de carros, motos y bicicletas, todo dentro de lo esperado. Letreros en inglés más que en español reiteraron la realidad lingüística de la isla. Uno de esos, que indicaba venta de artesanías, dirigió mi atención hacia una pintoresca casa de madera con un batallón de gatos tomando el sol frente a la puerta. Quise entrar pero el negocio estaba cerrado y en su ventana había un anuncio de venta, que pronto vería repetirse en diferentes propiedades a lo largo del trayecto recorrido.
Tome nota del asunto y seguí, encontrándome luego con el cementerio del sector, muy pequeño y casi abandonado. Las escasas tumbas que vi allí dieron cuenta de una misma característica, que da cuenta de las diferencias de la isla con respecto a la realidad del resto del país: la longevidad de sus habitantes.  La sorpresa que me causó el hecho sencillo de que en este lugar la gente muriera de vieja me dio luego la medida exacta de la banalización de la muerte y de la vida que la cultura de la violencia ha extendido en Colombia. Rato después tendría ocasión de conocer por voz a voz que tampoco esa es una generalización absoluta y que los accidentes también pasan en Providencia; apenas un mes antes de mi visita un muchacho había muerto en la carretera por exceso de velocidad. Mientras caminaba varias veces presencié pequeños piques declarados entre jóvenes, que me dieron alguna idea de las circunstancias en que se dio aquel siniestro.

Seguí caminando. A mi paso, al menos cuatro salidas de agua bajaban de la montaña hacia el mar, estancadas y con aspecto turbio, a todas luces contaminadas. Resultó que Providencia no hay acueducto y desde hace dos años están esperando la conclusión de las obras para tenerlo. La preocupación por las basuras y las aguas residuales me confrontó con uno de los grandes problemas potenciales de la isla. Además de las aguas -no todos los hoteles cuentan con pozo séptico para su manejo- fue evidente la gran cantidad de basura, una parte amontonada en las aceras, otra en las canecas con indicaciones para separar la materia reciclable y otra camuflada con el follaje. Existe allí un relleno sanitario –lo vi- donde se depositan los residuos recogidos por un par de camiones de basura. Empero, me quedó la duda sobre la política municipal frente al tema, ya que a pesar de los mensajes que promueven el cuidado del medio ambiente y del agua no es claro si hay efectivamente reciclaje en Providencia, si la gente asume la importancia de la clasificación de las basuras y si existe algún proyecto para limpiar los residuos arrojados. Como lo dice uno de las inscripciones de los muros de concreto sembrados a lo largo del anillo vial, Providencia es un ecosistema muy frágil y es necesario el concurso de todos para protegerlo.
Seguí caminando. Llegué a uno de los asentamientos más tradicionales de la isla, donde además de perros, motos, carros, pequeñas ventas de víveres, la escuela, talleres y marqueterías encontré iglesias. Primero vi la iglesia católica, luego la protestante al lado de la cual se erigía un centro juvenil. Recordé entonces las observaciones que una mujer nativa me hizo cuando llegué, “¿vas a la iglesia? ¿A cuál? Yo voy a la iglesia protestante, que es más alegre, tiene más sabor. No es como esos católicos que se la pasan cantando el ave maría. Nosotros lo hacemos con más alegría”. Sin saber muy bien en qué consiste la diferencia ideológica entre ambas propuestas, pude advertir que en la comunidad en general está extendido un fuerte sentido de religiosidad. En 17 kilómetros cuadrados existen seis iglesias, lo cual da una idea del papel que pueden tener estas (diría más bien el cura) en las dinámicas de la población.

Al fin llegué al centro, donde mi mayor descubrimiento fue una pequeña tienda de artesanías promovidas y elaboradas por una asociación de artesanos locales. A diferencia de los supermercados, donde los recuerdos con motivos isleños son made in China, allí encontré todo tipo de adornos, llaveros y objetos hechos en totumo y coco que dieron testimonio del oficio y el esfuerzo que implica la elaboración de artesanías. La conversación con la persona que me atendió fue sin duda lo más valioso. A través de sus ojos y sus experiencias pude encontrarme con otros elementos que fueron complementando mi mosaico mental sobre Providencia, aportando lecturas e impresiones muy sentidas sobre el pasado, el presente y el futuro de este enclave paradisiaco. Ahí entendí por qué tantas propiedades en venta y construcciones sin terminar, por qué todo resultaba tan costoso y cuáles eran las tribulaciones cotidianas de los nativos. La vida en la isla no es fácil. La falta de agua (que se recoge de la lluvia), de líneas telefónicas cortadas por la obra inconclusa del acueducto, el coste de la importación de bienes (más baratos si vienen de Miami o de Costa Rica que de Colombia), los precarios servicios de salud y en general los recursos naturales limitados son realidades con la que se estrellan quienes desean quedarse en el paraíso para-siempre. Tampoco la educación es de calidad, los salarios no son suficientes para costear los gastos diarios y las oportunidades de trabajo son escasas. Como en el resto del país la ineficiencia administrativa, la corrupción, el nepotismo se han convertido en prácticas legitimadas subrepticiamente, afectando los derechos de las personas y las posibilidades de desarrollo real con equidad.
Siendo profesora de oficio, me impactó las dificultades que atraviesan los jóvenes que con mucho esfuerzo de sus padres y el apoyo del gobierno viajan a estudiar a universidades en la Colombia continental. El testimonio de la mujer con la que conversé expresó con contundencia la barrera que deben afrontar estos muchachos para poder ingresar en igualdad de condiciones académicas a sus respectivas carreras. “Mi hijo me decía que en primer semestre no entendía nada. Lo que el profesor presentaba como un repaso era algo totalmente nuevo para él, se cogía la cabeza porque nada de eso le habían enseñado en la escuela. Fueron meses muy duros. Tuvo que estudiar por su cuenta y trasnochar mucho para poder ponerse al día”. También allá se vive la sobrepoblación de psicólogos que en los últimos años es tendencia en el territorio nacional; “hay mucho psicólogo, haciendo cosas que no son [psicología]. Mi hija quiere estudiar psicología, pero especializarse en niños, porque aquí de eso no hay”. Finalmente, un consejo de esta madre a sus hijos, deja entrever el pesimismo con que avizora el futuro en la isla, “yo les digo que no se queden aquí, que se vayan, que no hagan su tesis aquí que aquí se estancan”. En su opinión, aunque ahora se tiene acceso a más cosas la situación era mejor antes: “hoy los muchachos quieren cosas de marca y los papás dejan de comer por comprarles lo más caro. Antes no era así, no teníamos eso, pero éramos más unidos. En el colegio, por ejemplo, a mi hija la molestan que porque yo no tengo plata para comprarle nada, que todo lo que ella tiene es viejo y feo. Hay gente que se ha hecho con la política y el narcotráfico y que de un día para otro tienen plata, carros y casas grandes”.
El lado oscuro del asunto se filtra en estas últimas palabras, que evidencian como a pesar de la distancia de los grandes problemas nacionales algunas cosas llegan y contaminan. En un territorio tan pequeño como lo es Providencia también hay riñas, pobreza, contrabando, drogas y alcohol, inseguridad. Por supuesto, en contraste con lo que vivimos al interior se trata de problemas menores que difícilmente enturbian la paz y la dulce sensación de calma de la isla. La impresión del visitante es que si bien estas situaciones se dan como en un plano disociado de lo que son las imágenes turísticas del lugar, todas ellas son aristas de una realidad compleja que amerita acciones, compromiso y respeto por parte de sus protagonistas.   


Ya de regreso hubo muchas reflexiones y mucho que conectar. Saber las limitaciones en lo que refiere a las cosechas me permitió entender por qué casi no encontré jugos de frutas en la isla (no es como en los supermercados, la cosecha del mango se da una vez al año); aguzando la vista advertí los claros en la montaña y las huellas de la tala; viendo un video en youtube supe del chucunguña, escuché a los lugareños hablar de sus casos y los relacioné con el agua posada y la nube de mosquitos que constelaba el aire a todas horas. En resumen, en el paraíso me encontré con la vida y sus problemas reales, esos que siempre se soslayan en los cuentos de hadas pero que son parte fundamental de todas historias, las hace más humanas. Volví a mi realidad al tercer día, feliz de haberme encontrado en ese nivel con un sitio tan hermoso, absolutamente relajada y definitivamente enamorada de Providencia. Con razones de sobra para volver, con la necesidad de contar y agradecida por cada cosa vivida tomé el avión de regreso, horas antes de la explosión de la fiesta de navidad que ya se estaba preparando y que seguramente se extendió hasta el día siguiente con toda la buena energía, el goce, el calipso, el cariño y la calidez de su gente, enriquecida por múltiples influencias culturales que en su diferencia nos unen sinceramente.