Como muchos colombianos -perdón por el excesivo localismo,
pero la ocasión lo amerita-, terminé el año embarcada en una tradicional
peregrinación rodante que en menos de 15 días me llevó y me trajo por medio
país. Había olvidado ya las agitaciones de los viajes familiares, la
desagradable mixtura del bloqueador y el repelente, el drama de organizar a la
tropa para cualquier movimiento, la inmersión con camiseta, los chascos
agridulces del viaje. Y tuve de todo eso, y de mucho más, mientras encontrábamos
nuestro lugar en el batallón de asalariados que con ingentes esfuerzos se da
unas añoradas vacaciones en el balneario de su medida.
Arrancamos justo después de navidad, luego de las
revisiones técnico-mecánicas de rigor y la titánica tarea de compactar el
"insuficiente" ajuar veraniego (acecinado desde el último y ya lejano
paseo a Melgar o Girardot) en menos de una decena de maletas. El saldo de la
operación, y el tema de tertulia en el primer cuarto de trayecto, nos llevó
directo a los efectos de años de tráfico infernal, inagotables cráteres y
calles sin mantenimiento sobre la estructura del cacharrito familiar, que
dejan su marca en las llantas, la latonería, en el balance y demás propiedades
de la máquina en cuestión. He aquí el primer gran logro del paseo en carro:
saber qué tengo para decidir a dónde voy. La aparente idoneidad de nuestro vehículo
por poco nos enceguece frente a los problemas de estructura. Este sin duda es
un gran aprendizaje en época electoral; ¿será que la seductora jactancia de las
estadísticas y la publicidad encubrirá las grietas y las abolladuras de la
politiquería que tanto daño le hace al país?
De la mecánica pasamos a la economía, como
cuando se hacen sumas y restas sobre el valor y el número de peajes que debe
asumir el viajero para poder ir-venir y trascender su destino. Entre esto y el
valor de la gasolina necesaria para desplazarse, la libre circulación de
objetos, dinero y personas no viene siendo más que un concepto nebuloso de
imposible realización, no sólo por la explotación del espacio y de los recursos
en la cual basamos los humanos nuestra relación con la supervivencia sino por
la dimensión temporal de dicha vivencia (al respecto recomendadísima la lectura
del ensayo de Jorge Riechman, Tiempo
para la vida. La crisis ecológica en su dimensión temporal. Taller de edición Rocca). He ahí
uno de los nudos por donde la problemática del sector del transporte se
ensancha y se sostiene el confinamiento en los enclaves urbanos de las
personas, las ideas, los proyectos y los productos (al menos así lo entendí yo).
El recorrido me dejaría echar otro vistazo al asunto, esta vez más desde la
perspectiva del negocio de la gasolina.
Más temprano que tarde la distancia cura
el dolor del gasto, permitiéndole al pasajero disfrutar de los hermosos
paisajes colombianos, que deleitan el alma y logran inflar el orgullo de
patria, más sensible a los influjos de los resultados en fútbol u otra
disciplina deportiva. La generosidad del suelo cundiboyacense lo lleva de la
mano, hasta dejarlo en uno de sus pueblitos emblema (Villa de Leyva, por decir
alguno), casi siempre a la hora del almuerzo o del postre. Hay que decirlo,
Villa de Leyva es una excepción. Hablar de la belleza de los pueblos
colombianos es desconocer el estado de pobreza, desidia y olvido en el que se
encuentran gran parte de estos asentamientos, donde poco o nada se evidencia la
puesta en marcha de políticas consistentes en materia de conservación del
patrimonio. Una cosa son las fiestas, que sí se promueven y se mantienen, otra
es el manejo del espacio y la proyección de los municipios. El éxito de Villa
de Leyva capitaliza una visión de hace casi 50 años, cuando se reconstruye la
plaza mayor tal y como era, y se alienta la recuperación del acervo cultural,
religioso y arqueológico de la región. ¡Qué maravilla no encontrar un Éxito por ahí! ¡Qué sorpresa me llevé al
encontrar una oferta turística tan amplia en la zona! Pero también ¡qué costosa
resulta una visita a Villa de Leyva!
De mi corta estadía en este municipio quedaron preguntas
sobre el andar del sector artesanal en el país. Con estas inquietudes (que me
acompañaron por Santander, Caldas, César, el Magdalena, Cundinamarca y de nuevo
Boyacá) enfilamos a San Gil, cuna del turismo de aventura en el nororiente del
país. A esa altura, la paranoia capitalina por el robo potencial baja la guardia,
aunque permanece con un ojo abierto por si las moscas. El temor a perder el
carro o la cartera en un pestañeo se sustituye por el miedo a ser timado o
engañado, a dar "papaya" y ser sorprendido por la mala fe que habita
el corazón de los comerciantes. Tal prejuicio, que evoca al antiquísimo
imaginario del comerciante judío, parece legitimarse con las prácticas de
quienes suponen en el turista una gran piñata de dinero dispuesta a ser
vaciada. Desafortunadamente todavía no reconocemos el papel del visitante ni
cuidamos su trato, sea por idolatría o por disimulado recelo; el rechazo a la
diferencia encuentra su expresión bajo formas aparentemente opuestas y sin
embargo profundamente solidarias.
La imponencia del paisaje contrastó con lo que a la final
terminó siendo mi más profunda preocupación: el manejo de los desechos, la
negligencia con nuestros recursos naturales y la infundada idea de que son
eternos. Flotando en las aguas cristalinas de las fuentes, en los intersticios
de las rocas o enredada en alguna rama, allí estaban: bolsas de plástico,
trozos de botellas, colillas de cigarrillo. Algún compañero de viaje pregunto. ¿Por qué en Estados Unidos los ríos son tan
claritos y aquí son tan sucios? Sin agotar la respuesta, creo que esas
evidencias contestan por sí solas.
Siguiendo hacia el norte nos recibió el cada vez más
popular Parque Nacional de Chicamocha, obra del expresidente Uribe y con el
patrocinio de una importante entidad bancaria antioqueña. Precioso lugar, bien
pensado para todos los públicos, con espacios acordes con el volumen de visitantes,
un ejemplo de industria turística bien organizada. Llamó la atención aquí un
detalle que tal vez me dé pistas (en el futuro) del manejo de las relaciones
entre departamentos o entre instituciones: ¿por qué casi todo (por no decir
todo) el personal del parque sería de origen paisa? ¿No es lógico que sea una
fuente de empleo para la gente del departamento también? Ningún comentario.
Dejamos atrás el parque impresionados por la majestuosidad
de la naturaleza y seguimos hacia el norte en un larguísimo viaje en carretera,
salpicado por vallas publicitarias de antes y después, convenientemente
dispuestas para las elecciones. En efecto, la carretera estuvo muy bien y
avanza rápidamente la construcción de la ruta del sol, que conectaría a Bogotá
con Santa Marta en tan solo 10 horas. No obstante estos avances, queda en el
aire la pregunta ¿acaso la gestión pública se haya quedado en el puro nivel del
semblante, devaluando el impacto efectivo de las obras en pro de la exhibición,
de la publicidad?
Todavía pensaba en eso, cuando me sorprendió la envergadura
del contrabando de gasolina, ya en Cesar y Magdalena. Por los Cuatro vientos
vimos decenas de casetas, bidones y barriles de gasolina y ACPM, extra,
corriente... de todas las facturas posibles. Con la noticia del
descongelamiento del precio de los combustibles y la sensación del orgullo camionero
burlado, supuse lo exitoso y boyante que debe resultar ese tráfico, a expensas
de lo que mi fantasía me mostró como un dramático final posible en medio de las
llamas. Hay más cosas entre el cielo y el infierno de las que puede explicar
nuestra filosofía, y seguro mucho de corrupción debe haber allí, la misma que
circula en la tradición oral cuando casi con gracia se habla de carreteras
intransitables supuestamente construidas hasta diez veces en los libros de
contabilidad del Departamento. Se roban
la plata, me respondieron con serena resignación.
Ahora bien, ¿de qué vive la gente si no es de la carretera?
¿Cómo mueven sus puñados de frutas los pequeños agricultores si no es a través
de los toldos y los expendios improvisados a lado y lado de la vía? ¿Cómo es la
cotidianidad de hombres, mujeres, jóvenes, niños, ancianos, que parecen flotar
allí, como dejados en el medio de la nada?
Por fin el paseo. La familia. La playa. El hormiguero de
"cachacos" tendiéndonos al sol, habitados por el síndrome del
turista, tomando mil fotos. embelesados con masas de agua salada y dulce que
casi nunca podemos disfrutar, borrachos de vallenato y ron. Más allá de las
pintorescas imágenes y de la increíble cantidad de gente (nos fuimos para allá
con trancón y todo), queda la huella de un maravilloso tiempo juntos, un
ejercicio increíble de tolerancia y ese sentimiento de familia que muchas veces
el ajetreo diario obnubila en favor de la urgencia. Los diversos paisajes que concede
la tutela de la Sierra Nevada y experiencias que quedan por descubrir fueron
también la gran riqueza de esa ración de oxígeno necesaria para seguir
habitando la capital sin desesperarse. La gran decepción, para mí al menos, fue
Taganga, plan que abracé con demasiadas expectativas y que sembró todo tipo de
preocupaciones ambientales; lo que más recordaré, el agua clara de los ríos
bajan de la montaña y se funden con el mar; lo que siempre se agradece, la
calidez de la gente que nos recibió.
Luego de maravillosos días de sol de regreso a la
realidad... pero no como dicen los noticieros y el tan publicitado "martes
azul", sino como solemos empezar el año, con renovadas energías,
propósitos y varias deudas esperando en el call
center de los centros de cobranza. El paseo sirvió, al menos para alzar la
cabeza de avestruz y advertir el país en donde nos inscribimos y que no pasa en
las noticias. Los rituales íntimos se hacen públicos y políticos, tocándose
espontáneamente con el sentir de pueblos como Curimaní, al parecer destinado al
aislamiento por el nuevo trazado de la ruta del sol, viendo el avance del
cultivo de palma, o reflexionando sobre nuestros grados de insensibilidad
mientras pasamos las ruinas de algún accidente en carretera. Tal vez sea esa la
verdadera función social del paseo de fin de año, o una de sus tantas, que
esperará otra vuelta de tuerca para reeditarse, vivirse y gozarse.