No sé con
exactitud cuántas carreras con el formato de 10k se han corrido en el año en
Bogotá, pero sí advierto con sorpresa el aumento exponencial de amigos,
familiares y conocidos que socializan con orgullo cómo se inscribieron en alguna
de esas carreras, qué causa apoyan ahora y cuál es su plan de entrenamiento.
Largas jornadas de trabajo en el gimnasio, algunos intentos en campo abierto -preferiblemente
a primeras horas de la mañana- y una extraña confianza en su mirada, como si
tuvieran la ilusión de coronarse campeones contra todos los pronósticos.
Conozco la escena. Llega el día de la prueba y por arte de magia toman el gesto
de guerreros urbanos decididos a participar en una gesta controlada, impulsada
por impresionantes patrocinios y secundada por una masa de anónimos que no lo
son tanto, que se resguardan tras el peto de su número, como si no conocieran a
nadie.
Y vaya si
se conocen. Pertenecen a círculos similares, se han topado con sus familias, en
los colegios, bares, trabajos, universidades. Se conocen, pero no se reconocen.
Ensimismados en la promesa del triunfo y conservando el perfil de novatos con
el que han llegado hasta allí, los corredores se concentran en la sesión de
fotos obligada para hacer más real la aventura. Mientras se acerca la hora, y
con extraordinaria habilidad, los héroes se alejan de los suyos para ocupar su
lugar en la parrilla de salida. Por esa hora y media son atletas y su misión es
tan simple como trascendental: terminar la carrera. Si terminarla era obvio en
el momento de la inscripción, en el momento crucial de la partida es una
obligación, asumida por el corredor con naturalidad sospechosa. Los
espectadores nos permitimos dudar, pero nunca en su presencia. Vemos la
dificultad, los estragos del clima capitalino, el paso de años de actividad
física promedio y dudamos. Operamos desde la lógica. Correr es el ejercicio
menos consentido de nuestra vida cotidiana y su práctica es tan puntual, tan
específica, que resulta sorprendente encontrarse con gente que quiera hacerlo
por más de una cuadra.
Pero ahí
están, algunos ya curtidos en el espectáculo, comprometidos hasta la médula, con
aplicaciones deportivas en sus smartphones y un corro de amigos que han hecho
de los 10k su lugar común. Otros, también con varias participaciones en su
haber, se lanzan en solitario a capitalizar su buen estado físico: el lado
competitivo de la personalidad. Los novatos reciben su iniciación, disfrutan de
la medalla y se congratulan, sin importar el resultado, con la marca de esos
minutos de sudor que los acercaron a la meta. Al final, formen o no parte de
alguna de estas categorías, lo cierto es que su presencia testimonia un influjo
desconocido cuyos efectos parecen dominar a masas de hasta 5 mil habitantes, en
una ciudad donde el 55,3% de la población adulta es inactiva y donde sólo el
8,6% declara participar con regularidad en actividades físicas durante su
tiempo libre (Fundación FES Social, citado por Alcaldía Mayor de Bogotá, 2009).
Con esos
antecedentes ¿no es extraña la ascendencia que ha ganado una práctica tan excepcional
en tan poco tiempo? ¿Sería igual de sencillo movilizar la participación de
tantos parroquianos en cualquier otro tipo de evento deportivo?¿Es sólo la
ilusión de emular las cifras de ciudades como Nueva York, que alcanza las 63
carreras de 10k por año? No sé si nuestros corredores sientan que con el aviso
de salida se internan en el Central Park en lugar del Parque Simón Bolívar, o
si la Calle 72 se parezca a la Quinta avenida; tampoco sé si la fuerza del cine
y de las series de T.V. hayan programado el curso de nuestros
hábitos con esa glamorosa costumbre. Tal vez algo de esa fiebre (saludable e
interesante en todo caso), capaz de sustituir el tejo y la bicicleta, pueda sintonizarnos
con el mundo de millones de adultos jóvenes exitosos, con parejas hermosas y
cada vez más conscientes de la biósfera, el riesgo cardiovascular, los niveles
de colesterol y triglicéridos en la sangre, de la necesidad de gozarse la vida:
el adulto contemporáneo. Tal vez los 10k tengan el valor de un rito de
transición en el que cada participante metaforiza, sin pensarlo demasiado (esa
es la clave), su loca carrera por no bajarse del bus del desarrollo personal.
Tal vez sea una forma de decir más de nosotros mismos, amparados en la
fascinación de apoyar una causa en la que no tenemos que comprometernos
políticamente. Nostalgia por la puesta a prueba del honor en el ágora pública,
o simple diversión en una ciudad llena de microciudades que a pesar de la
inseguridad y el abandono intenta obsequiar a sus habitantes con una variada
oferta de actividades recreativas y deportivas. La fiebre de los 10K se está
quedando y se está contagiando.
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