sábado, 23 de noviembre de 2013

La fiebre de los 10K

No sé con exactitud cuántas carreras con el formato de 10k se han corrido en el año en Bogotá, pero sí advierto con sorpresa el aumento exponencial de amigos, familiares y conocidos que socializan con orgullo cómo se inscribieron en alguna de esas carreras, qué causa apoyan ahora y cuál es su plan de entrenamiento. Largas jornadas de trabajo en el gimnasio, algunos intentos en campo abierto -preferiblemente a primeras horas de la mañana- y una extraña confianza en su mirada, como si tuvieran la ilusión de coronarse campeones contra todos los pronósticos. Conozco la escena. Llega el día de la prueba y por arte de magia toman el gesto de guerreros urbanos decididos a participar en una gesta controlada, impulsada por impresionantes patrocinios y secundada por una masa de anónimos que no lo son tanto, que se resguardan tras el peto de su número, como si no conocieran a nadie.
Y vaya si se conocen. Pertenecen a círculos similares, se han topado con sus familias, en los colegios, bares, trabajos, universidades. Se conocen, pero no se reconocen. Ensimismados en la promesa del triunfo y conservando el perfil de novatos con el que han llegado hasta allí, los corredores se concentran en la sesión de fotos obligada para hacer más real la aventura. Mientras se acerca la hora, y con extraordinaria habilidad, los héroes se alejan de los suyos para ocupar su lugar en la parrilla de salida. Por esa hora y media son atletas y su misión es tan simple como trascendental: terminar la carrera. Si terminarla era obvio en el momento de la inscripción, en el momento crucial de la partida es una obligación, asumida por el corredor con naturalidad sospechosa. Los espectadores nos permitimos dudar, pero nunca en su presencia. Vemos la dificultad, los estragos del clima capitalino, el paso de años de actividad física promedio y dudamos. Operamos desde la lógica. Correr es el ejercicio menos consentido de nuestra vida cotidiana y su práctica es tan puntual, tan específica, que resulta sorprendente encontrarse con gente que quiera hacerlo por más de una cuadra.
Pero ahí están, algunos ya curtidos en el espectáculo, comprometidos hasta la médula, con aplicaciones deportivas en sus smartphones y un corro de amigos que han hecho de los 10k su lugar común. Otros, también con varias participaciones en su haber, se lanzan en solitario a capitalizar su buen estado físico: el lado competitivo de la personalidad. Los novatos reciben su iniciación, disfrutan de la medalla y se congratulan, sin importar el resultado, con la marca de esos minutos de sudor que los acercaron a la meta. Al final, formen o no parte de alguna de estas categorías, lo cierto es que su presencia testimonia un influjo desconocido cuyos efectos parecen dominar a masas de hasta 5 mil habitantes, en una ciudad donde el 55,3% de la población adulta es inactiva y donde sólo el 8,6% declara participar con regularidad en actividades físicas durante su tiempo libre (Fundación FES Social, citado por Alcaldía Mayor de Bogotá, 2009).
Con esos antecedentes ¿no es extraña la ascendencia que ha ganado una práctica tan excepcional en tan poco tiempo? ¿Sería igual de sencillo movilizar la participación de tantos parroquianos en cualquier otro tipo de evento deportivo?¿Es sólo la ilusión de emular las cifras de ciudades como Nueva York, que alcanza las 63 carreras de 10k por año? No sé si nuestros corredores sientan que con el aviso de salida se internan en el Central Park en lugar del Parque Simón Bolívar, o si la Calle 72 se parezca a la Quinta avenida; tampoco sé si la fuerza del cine y de las series de T.V. hayan programado el curso de nuestros hábitos con esa glamorosa costumbre. Tal vez algo de esa fiebre (saludable e interesante en todo caso), capaz de sustituir el tejo y la bicicleta, pueda sintonizarnos con el mundo de millones de adultos jóvenes exitosos, con parejas hermosas y cada vez más conscientes de la biósfera, el riesgo cardiovascular, los niveles de colesterol y triglicéridos en la sangre, de la necesidad de gozarse la vida: el adulto contemporáneo. Tal vez los 10k tengan el valor de un rito de transición en el que cada participante metaforiza, sin pensarlo demasiado (esa es la clave), su loca carrera por no bajarse del bus del desarrollo personal. Tal vez sea una forma de decir más de nosotros mismos, amparados en la fascinación de apoyar una causa en la que no tenemos que comprometernos políticamente. Nostalgia por la puesta a prueba del honor en el ágora pública, o simple diversión en una ciudad llena de microciudades que a pesar de la inseguridad y el abandono intenta obsequiar a sus habitantes con una variada oferta de actividades recreativas y deportivas. La fiebre de los 10K se está quedando y se está contagiando.  

Alcaldía Mayor de Bogotá (2009). Bogotá más activa. Política pública de deporte, recreación y actividad física para Bogotá 2009-2019. Recuperado de la fuente http://www.culturarecreacionydeporte.gov.co/sites/default/files/politica_publica_de_deporte_recreacion_y_actividad_fisica_2009-2019.pdf