lunes, 10 de junio de 2024

Finales

“Todo concluye al fin, nada puede escapar” y si, todo tiene un final, todo termina. Esta verdad de a peso, que en teoría podemos reconocer, toma unas dimensiones casi que insoportables cuando se materializa en la realidad de nuestra vida cotidiana. La muerte fulminante de un compañero de trabajo, la decisión de un amigo que no vuelve más, la función de un órgano deteriorado que nos postra en cama, el tiempo para hacer algo o para dejar de hacerlo. El final llega de golpe y de formas inesperadas, sacudiendo la tendencia natural de nuestros sistemas biológicos, que al parecer nos encarrilan por la ruta de la mismidad y nos disponen a mantener la creencia de cierta eternidad o infinitud. ¿Acaso el hecho de que el sol salga todos los días por el mismo lado nos ha llevado a cultivar esa confianza ciega en que todo lo que hay estará siempre y que podemos darnos por sentado sin ninguna duda? No lo sé, pero en tiempos de pérdidas y finales tiendo a pensar que ese exceso de confianza en la consistencia del mundo, en que siempre habrá tiempo para todo y que somos recursos inagotables nos arroja a una vida suspendida de la que sólo caemos en cuenta cuando ya no queda más chance, cuando se acabó el plazo, cuando no hay más vidas qué jugar.
Si me preguntan, no sé que hacer con los finales. Los cierres, las ausencias, las despedidas, las muertes son necesarias ye inevitables, pero por más que sepamos que se van a producir es difícil saber cómo encajarlas, cómo reaccionar, cómo resolver cuando somos testigos de que un pedazo de nosotros mismos se va para siempre. Somos el único animal que sabe que va a morir y entiende el significado de la muerte de los otros y ese saber nos ha permitido, como especie, darle un valor excepcional a la vida, preguntarnos por su sentido, buscar un propósito para vivirla. Sin embargo, a pesar que tenemos mayor dominio técnico y tecnológico sobre las condiciones de extensión de la vida, contamos con menos disposición afectiva y personal para disfrutarla, para afrontar sus pesares, para enfrentar sus finales.
Es verdad que vivimos en una época que, por muchas razones, parece ser más difícil que las precedentes y no presagia nada mejor para el futuro. También es cierto que en comparación con el siglo XX, el siglo XXI parece ser mucho menos sangriento y horrífico, y que incluso en medio de una crisis de ideales, con serios cuestionamientos sobre las posibilidades de recuperación de los recursos del planeta, hay esperanzas sobre las opciones que la ciencia y la cooperación pueden proporcionar para resolver estos grandes problemas sociales. Navegamos en medio de ese horizonte, cada uno con sus temores, anhelos e ilusiones, con el deseo de amar y ser amados, buscando soluciones en medio de tantas presiones y exigencias, y sin un modelo definido para avanzar. Nos llevamos a los extremos, desconocemos nuestros propios límites, no logramos decir lo que queremos, nos aqueja la culpa, queremos acercarnos a los demás pero nos empeñamos en alejarlos. Saber del final nos ha dado el impulso para crear formas de evitarlo, al punto de desconocerlo y ya no saber qué hacer con él.
Tal vez necesitamos reconocer el sentido de los finales, para darle valor a los momentos y las circunstancias en su especificidad, para revisar nuestra relación con el tiempo. Sentir que tenemos tiempo ilimitado no nos deja ver la importancia de vivir lo que tenemos ahora, atender los dolores que nos afligen, cuidar a las personas que queremos, cuidarnos a nosotros mismos, apreciar la vida en todas las formas.
Si todo termina, vale la pena cuidar cada minuto, para que ese final o los finales que correspondan, se firmen sin remordimientos, incluso si no sabemos de antemano o cuando llegan o como resolverlos.