Una versión de mí, que con los años se sigue reconociendo como Psicóloga del desarrollo, retoma cada cierto tiempo la cuestión del sentido de la vida y la trascendencia, a propósito de los retos que supone el tránsito por la adultez y la vejez. Erik Erikson (1985) en su libro El Ciclo vital completado caracteriza a la adultez como un momento de la vida marcado por la tensión crítica entre dos fuerzas que pulsan entre sí: la generatividad, que incluye la procreatividad, la productividad y la creatividad (valga decir, la generación de nuevos seres, ideas y/o productos), y el estancamiento. En el modelo del autor, de esta pugna vital surge una nueva virtud que en este caso sería el cuidado, entendido como el compromiso de “cuidar de las personas, los productos y las ideas por los que uno ha aprendido a preocuparse” (Erikson, 1985; p. 85).
Cuando llego a este tema en mis clases o en alguna disertación, soy enfática en decir que las personas no llegan a una etapa o conflicto vital “de la noche a la mañana”, básicamente porque ningún cumpleaños por más especial que sea tiene el efecto de convertirte en una cosa totalmente diferente de un momento a otro, y porque los cambios fundamentales en las personas son resultado de procesos de toman tiempo en materializarse, aunque sus efectos se perciban más tardíamente (Si tuviera 30 la película protagonizada por Jennifer Garner no pasa en la vida real compañeros). Sin embargo, hay que admitir que la edad tiene lo suyo y cada etapa de la vida pone sobre la mesa temas que antes no nos interesaban o que en otras condiciones no llamarían nuestra atención. En mi caso, pensar en qué momento de la vida estoy y en cuál debería estar, me llevó a preguntarme algunas cosas sobre el estancamiento, la estabilidad y el propósito mi existencia. Está claro que por más joven que me sienta soy una mujer adulta, y habiendo ya pasado los cuarenta los balances y la necesidad de fijar puntos de llegada empiezan a ser un ejercicio recurrente.
Mi primera idea fue: me siento estancada. Pensar en que no tengo un logro interesante a nivel académico o profesional, que en los últimos seis años he estado haciendo las mismas cosas, quejándome de lo mismo, escribiendo las mismas metas al empezar cada año, luchando con los mismos problemas me hace creer que tal vez he estado girando en redondo sin poder llegar a ninguna parte. Por supuesto, ha habido circunstancias que han afectado mi andadura durante este trecho del camino y en mayor o menor medida he podido aceptar de manera sensata las nuevas condiciones que este tipo de cosas supone, como, por ejemplo, el hecho de que el día ya no tiene 24 horas sino 17, que la energía vital es un recurso finito y lentamente renovable, que el cansancio se acumula y que hay responsabilidades de cuidado de las que no nos podemos evadir. Aún así, siempre queda la duda si esa sucesión de altibajos no es más que una serie de excusas para tranquilizar la consciencia y no asumir la derrota en un terreno en el que se esperaba más de nosotros mismos.
Pero ¿cómo saber que estamos estancados? ¿Estancados con respecto a qué? El diccionario de la Real Academia de la Lengua define estancar como “detener y parar el curso y corriente de un líquido”, “prohibir el curso libre de cierta mercancía…” o “suspender, detener el curso de un asunto o negocio” y con esas definiciones pone la cuestión de estancar o des-estancar en el horizonte del mantener el flujo o la circulación de las cosas y no necesariamente en el logro de tal o cual triunfo, ser famosa en el ámbito académico como esperaba yo al llegar a esta edad o a la conquista de un cierto estatus profesional. Y visto así, una cosa es estar estancada, que no sería el caso, y otra cosa es destacar, aventajarse frente a otros, distinguirse entre los demás, que lejos de ser una cuestión del desarrollo viene a ser una premisa del sistema capitalista y liberal, enfocado en la competencia y el consumo. En los últimos seis años las cosas han seguido en movimiento, fluyendo en varias direcciones, a veces más lento, otras formando rápidos y corrientes trepidantes, algunas veces precipitándose por hoyas y formaciones rocosas de gran profundidad, con frecuencia resintiendo el clima extremo o las pérdidas de seres muy amados. No hay un punto de llegada claro, seguro se llegará al mar, pero no hay afán en llegar a la costa y fundirse con la masa gigante de agua salada. En estos años de reconocer las propias limitaciones, las nuevas posibilidades y recursos, el empezar a actuar en consecuencia con lo que soy y darme cuenta de lo feliz que soy haciendo lo que hago no hay agua posada o putrefacta.
Alguien me dijo que para saber si estaba estancada o no necesitaba saber primero a dónde quería ir. Ver las cosas de esta manera me permitió entender que ni siquiera requería de la claridad de una meta para saber si estaba o estancada; lo que necesitaba era liberarme del yugo de tener un gran logro para poner en perspectiva las cosas e incluso poder hacerme la gran pregunta que ni siquiera me había atrevido a formularme por estar planteando mi vida en función de las tareas sociales y/o las expectativas que venían sobre todo de los demás: ¿es este el camino de la felicidad que quiero para mí?
Y ahí surgió una segunda idea: tal vez no se trata de estancamiento, tal vez vivo un momento de estabilidad o estoy en vías de conseguir esa estabilidad. No llegué a esa idea sola. Las conversaciones con otros me hicieron ver que eso que yo llamaba “lo mismo” era un piso firme conquistado con un ejercicio continuo de años que ahora andaba tan automáticamente que me resultaba difícil percibir el ruido de los engranes en movimiento. Damos lo que tenemos por sentado, pero en verdad es efecto de lo que hemos sido y hecho por largo tiempo, como hijos, hermanos, amigos, primos, parejas, compañeros, profesionales, seres humanos. No tiene que ser un prontuario inmaculado, sólo un piso relativamente firme que nos sostiene en los riesgos y venires de la cotidianidad. Estabilidad es un estado al que vemos con desconfianza en la adolescencia, pero que en este punto es señal de lo que hemos construido y, tal vez, la forma de logro más sensata que podemos regalarnos a nosotros mismos.
De ahí salió una tercera idea, que hace puente con lo que Erikson llamó generatividad y que toma la forma de la pregunta por la huella que dejamos en el mundo. La estabilidad se siente bien siempre y cuando permita crear y/o poner en funcionamiento un saber propio, ya sea sobre la vida, sobre un tema específico, en el campo profesional o en el mundo de las relaciones. No es necesario contar con un capital abundante para disponer de un terreno fértil en el cual pueda germinar una idea, “escribir un libro, tener un hijo o plantar un árbol”. Más allá del cliché, puede verse la estabilidad como la sincronía de una serie de condiciones vitales al calor de las cuales podemos crear, sin afanes, algo que nos represente y nos permita darle sentido a nuestra vida.
Acaso esta no sea la primera vez ni la última que me plantee estas cuestiones, que me afirme en la estabilidad o que dude de lo que me hace feliz y donde buscarlo. Por ahora el instalarme en la adultez y asumir este lugar como una perspectiva distinta para afrontar las cosas es un nuevo gran paso en el camino en el que ando hace rato. La próxima crisis por ausencia de fama, golpe de cansancio o brújula averiada tendré un poco más de calma para entender que no se trata de insuficiencia, sino de prioridades, condiciones, deseos y visiones propias que ya no se acoplan más a los dictámenes de la moda.
Referencia
Erikson, E. (1985) El Ciclo vital completado. Barcelona: Paidós.
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