miércoles, 29 de mayo de 2024

¿Estoy estancada? Reflexiones sobre la adultez, la estabilidad y la trascedencia

Una versión de mí, que con los años se sigue reconociendo como Psicóloga del desarrollo, retoma cada cierto tiempo la cuestión del sentido de la vida y la trascendencia, a propósito de los retos que supone el tránsito por la adultez y la vejez. Erik Erikson (1985) en su libro El Ciclo vital completado caracteriza a la adultez como un momento de la vida marcado por la tensión crítica entre dos fuerzas que pulsan entre sí: la generatividad, que incluye la procreatividad, la productividad y la creatividad (valga decir, la generación de nuevos seres, ideas y/o productos), y el estancamiento. En el modelo del autor, de esta pugna vital surge una nueva virtud que en este caso sería el cuidado, entendido como el compromiso de “cuidar de las personas, los productos y las ideas por los que uno ha aprendido a preocuparse” (Erikson, 1985; p. 85). 

Cuando llego a este tema en mis clases o en alguna disertación, soy enfática en decir que las personas no llegan a una etapa o conflicto vital “de la noche a la mañana”, básicamente porque ningún cumpleaños por más especial que sea tiene el efecto de convertirte en una cosa totalmente diferente de un momento a otro, y porque los cambios fundamentales en las personas son resultado de procesos de toman tiempo en materializarse, aunque sus efectos se perciban más tardíamente (Si tuviera 30 la película protagonizada por Jennifer Garner no pasa en la vida real compañeros). Sin embargo, hay que admitir que la edad tiene lo suyo y cada etapa de la vida pone sobre la mesa temas que antes no nos interesaban o que en otras condiciones no llamarían nuestra atención. En mi caso, pensar en qué momento de la vida estoy y en cuál debería estar, me llevó a preguntarme algunas cosas sobre el estancamiento, la estabilidad y el propósito mi existencia. Está claro que por más joven que me sienta soy una mujer adulta, y habiendo ya pasado los cuarenta los balances y la necesidad de fijar puntos de llegada empiezan a ser un ejercicio recurrente. 

Mi primera idea fue: me siento estancada. Pensar en que no tengo un logro interesante a nivel académico o profesional, que en los últimos seis años he estado haciendo las mismas cosas, quejándome de lo mismo, escribiendo las mismas metas al empezar cada año, luchando con los mismos problemas me hace creer que tal vez he estado girando en redondo sin poder llegar a ninguna parte. Por supuesto, ha habido circunstancias que han afectado mi andadura durante este trecho del camino y en mayor o menor medida he podido aceptar de manera sensata las nuevas condiciones que este tipo de cosas supone, como, por ejemplo, el hecho de que el día ya no tiene 24 horas sino 17, que la energía vital es un recurso finito y lentamente renovable, que el cansancio se acumula y que hay responsabilidades de cuidado de las que no nos podemos evadir. Aún así, siempre queda la duda si esa sucesión de altibajos no es más que una serie de excusas para tranquilizar la consciencia y no asumir la derrota en un terreno en el que se esperaba más de nosotros mismos. 

Pero ¿cómo saber que estamos estancados? ¿Estancados con respecto a qué? El diccionario de la Real Academia de la Lengua define estancar como “detener y parar el curso y corriente de un líquido”, “prohibir el curso libre de cierta mercancía…” o “suspender, detener el curso de un asunto o negocio” y con esas definiciones pone la cuestión de estancar o des-estancar en el horizonte del mantener el flujo o la circulación de las cosas y no necesariamente en el logro de tal o cual triunfo, ser famosa en el ámbito académico como esperaba yo al llegar a esta edad o a la conquista de un cierto estatus profesional. Y visto así, una cosa es estar estancada, que no sería el caso, y otra cosa es destacar, aventajarse frente a otros, distinguirse entre los demás, que lejos de ser una cuestión del desarrollo viene a ser una premisa del sistema capitalista y liberal, enfocado en la competencia y el consumo. En los últimos seis años las cosas han seguido en movimiento, fluyendo en varias direcciones, a veces más lento, otras formando rápidos y corrientes trepidantes, algunas veces precipitándose por hoyas y formaciones rocosas de gran profundidad, con frecuencia resintiendo el clima extremo o las pérdidas de seres muy amados. No hay un punto de llegada claro, seguro se llegará al mar, pero no hay afán en llegar a la costa y fundirse con la masa gigante de agua salada. En estos años de reconocer las propias limitaciones, las nuevas posibilidades y recursos, el empezar a actuar en consecuencia con lo que soy y darme cuenta de lo feliz que soy haciendo lo que hago no hay agua posada o putrefacta.

Alguien me dijo que para saber si estaba estancada o no necesitaba saber primero a dónde quería ir. Ver las cosas de esta manera me permitió entender que ni siquiera requería de la claridad de una meta para saber si estaba o estancada; lo que necesitaba era liberarme del yugo de tener un gran logro para poner en perspectiva las cosas e incluso poder hacerme la gran pregunta que ni siquiera me había atrevido a formularme por estar planteando mi vida en función de las tareas sociales y/o las expectativas que venían sobre todo de los demás: ¿es este el camino de la felicidad que quiero para mí? 

Y ahí surgió una segunda idea: tal vez no se trata de estancamiento, tal vez vivo un momento de estabilidad o estoy en vías de conseguir esa estabilidad. No llegué a esa idea sola. Las conversaciones con otros me hicieron ver que eso que yo llamaba “lo mismo” era un piso firme conquistado con un ejercicio continuo de años que ahora andaba tan automáticamente que me resultaba difícil percibir el ruido de los engranes en movimiento. Damos lo que tenemos por sentado, pero en verdad es efecto de lo que hemos sido y hecho por largo tiempo, como hijos, hermanos, amigos, primos, parejas, compañeros, profesionales, seres humanos. No tiene que ser un prontuario inmaculado, sólo un piso relativamente firme que nos sostiene en los riesgos y venires de la cotidianidad. Estabilidad es un estado al que vemos con desconfianza en la adolescencia, pero que en este punto es señal de lo que hemos construido y, tal vez, la forma de logro más sensata que podemos regalarnos a nosotros mismos.

De ahí salió una tercera idea, que hace puente con lo que Erikson llamó generatividad y que toma la forma de la pregunta por la huella que dejamos en el mundo. La estabilidad se siente bien siempre y cuando permita crear y/o poner en funcionamiento un saber propio, ya sea sobre la vida, sobre un tema específico, en el campo profesional o en el mundo de las relaciones. No es necesario contar con un capital abundante para disponer de un terreno fértil en el cual pueda germinar una idea, “escribir un libro, tener un hijo o plantar un árbol”. Más allá del cliché, puede verse la estabilidad como la sincronía de una serie de condiciones vitales al calor de las cuales podemos crear, sin afanes, algo que nos represente y nos permita darle sentido a nuestra vida.  

Acaso esta no sea la primera vez ni la última que me plantee estas cuestiones, que me afirme en la estabilidad o que dude de lo que me hace feliz y donde buscarlo. Por ahora el instalarme en la adultez y asumir este lugar como una perspectiva distinta para afrontar las cosas es un nuevo gran paso en el camino en el que ando hace rato. La próxima crisis por ausencia de fama, golpe de cansancio o brújula averiada tendré un poco más de calma para entender que no se trata de insuficiencia, sino de prioridades, condiciones, deseos y visiones propias que ya no se acoplan más a los dictámenes de la moda. 





Referencia

Erikson, E. (1985) El Ciclo vital completado. Barcelona: Paidós. 

Imágenes de: @

sarahjarrettart

domingo, 19 de mayo de 2024

Ausencias, rupturas y despedidas

 

La vida de una persona es un camino dispuesto a los encuentros, los vínculos y las relaciones, un trecho de duración relativa con decorado más o menos constante en el cual se proyectan historias en las que se van tejiendo lazos afectivos. Del uno pasamos al dos, al tres, al cinco, y así sucesivamente. Compartimos los mismos espacios, nos gustan las mismas cosas, pertenecemos al mismo clan o simplemente nos elegimos como compañía; decidimos estar juntos para construir nuevas formas de caminar o de hacer futuro. Sin embargo, pronto empezamos a advertir que las personas no se quedan para siempre, o simplemente no se quedan. La matemática de los afectos no solo suma sino resta y también divide, a veces por deseo propio, o del otro, por situaciones que van más allá de nuestra voluntad o sencillamente porque la reiteración o la monotonía termina por romper el hilo que nos une. 


¿Qué es la ausencia? ¿Cuándo algo o de alguien significativo empieza a ausentarse propiamente de nuestra vida? En general, las personas que queremos no están dispuestos a nuestro alcance y eso no supone algún tipo de angustia o preocupación en especial. Aprendemos pronto que nos podemos alejar de nuestros seres más queridos sin que suceda una catástrofe; nos acostumbramos a esperar su aparición o su retorno luego de un tiempo prudencial como una condición fundamental para entrar en la cultura y desarrollar cualquier vínculo socioafectivo. La clave es que cuando los busquemos ellos sean receptivos y aparezcan. Si no responden, si no retoman el contacto o si nunca hacen el esfuerzo por llamarnos entonces sabemos que se han ido, nos confrontamos con su ausencia y la ruptura del vínculo que nos unía aun cuando nuestros cuerpos no compartieran los mismos espacios. 


Supe que mi mamá murió cuando su respiración dejó de sonar. Cada esfuerzo de su aparato respiratorio por inspirar y exhalar me recordaba el ruido de una cafetera vieja y esa madrugada del 27 de marzo cuando sentí la tranquilidad del silencio entendí que algo había pasado. Me levanté, fui a su cama y ya no respiraba. Estaba fría. Seguro había dejado de respirar hace un poco más de tiempo, pero yo sentía que acababa de morirse. Allí estaba su cuerpo, pero ella ya no estaba. En este caso el vínculo no se rompió. Desde ese día hasta hoy he encontrado mil maneras para conectarme con ella, y aunque a veces pienso que no hay nada después de la muerte y que todo esto no es más que una ficción, resultado del afán de retenerla conmigo, mentiría si dijera que no la siento cerca, que hace parte fundamental de mi cotidianidad. 

En la otra cara de la moneda, me he confrontado con rupturas inesperadas, cuerpos que siguen existiendo en este plano astral, que podría cruzarme en la panadería de la esquina y de repente se declararon en ausencia y decidieron irse (conste que escribí dejarme, lo que habla mal de la manera en que uno entiende la decisión de los ausentes). 

Esas ausencias no son gratuitas. Son el efecto de una decisión que toma tiempo entender, asumir, masticar, pero no vienen de la nada. Cuando tienes la decisión en tus manos no necesariamente es más fácil, sólo cuentas con más elementos para elaborar la ruptura y organizar el trasteo que quedó de aquella historia: disponer de los recuerdos, los puntos en común, los sentimientos, las responsabilidades, los pedazos del uno y del otro que se quedaron rotos por ahí. Si eres el que sigue buscando los porqués tal vez tome más tiempo saber que hubo allí una ruptura y el empeño por mantener unido lo que ya no está más junto te rompa las manos… y el corazón. 



De todo esto la peor parte, y la mejor, la más liberadora, acaso la más necesaria, es la despedida. Me he despedido muchas veces, me despido desde antes, hago cartas, intento irme primero para evitar enfrentarme al abandono o al momento terrible de decir adiós y que esta vez de verdad sea para siempre. Como siempre, la lengua nos ilumina y la etimología de despedir, del latín petere, me saca del trance de la imagen de algún cristiano en la estación de tren viendo como se le va la vida mientras la locomotora echa a andar los vagones rumbo a never more never more never more. Las despedidas no son formas torturantes de morir, aunque en ciertos momentos puedan parecernos así, porque al decir adiós aceptamos que algo que amamos mucho ya no va a volver a ser como creímos que era. Despedir, dejar marchar, es también impulsar, seguir adelante, permitirle al otro y permitirnos a nosotros mismos continuar con este camino, aunque no haya garantías de que lo que sigue sea mejor o más dulce que lo ya vivido (no tendría por qué serlo necesariamente). 

Si lo pienso bien, en realidad no me he despedido tanto como creo, en gran medida porque soy de las que se queda hasta el final (una práctica que tiene sus bemoles). Dejé marchar a mi mamá para poder conectarme con ella de otra forma luego de varios años de análisis y 15 años de cuidado de una enfermedad crónica y empiezo a ver la necesidad de despedirme de algunas cosas, lugares y personas que amo, pero que quiero dejar marchar, que no quiero que se queden congeladas por más tiempo. Aunque siempre se recuerda a los ausentes (de nuevo la etimología nos salva: se pasan de nuevo por el corazón), también nos ponemos en movimiento con quienes han decidido y hemos decidido seguir acompañándonos en el viaje y compartiendo la vida juntos.  



Ilustraciones: 
@sarahjarrettart
@light.on.the.sea
@andreashidep