Hoy 14 de abril de 2022 amanece con la noticia de la muerte del exfutbolista colombiano Freddy Rincón. Recientemente Netflix presenta un documental que reconstruye el asesinato de Doris Adriana Niño sucedido hace 25 años. 11 personas murieron el 28 de marzo en la vereda el Alto Remanso del Putumayo, en un fallido operativo del ejército colombiano sobre un bazar comunitario. El diario El País edición América del 9 de abril reporta la masacre y las inconsistencias de la respuesta del gobierno sobre la llamada operación Bruno. Medios independientes que informaron la situación fueron estigmatizados como aliados del terrorismo. Hace 8 días el ESMAD agredió a la población indígena que desde hace mas o menos 7 meses permanece en el Parque Nacional. Hay guerra en Ucrania Y en Siria. Y en el Chocó. Y no sé en cuántas más partes del planeta. El hambre, la miseria, el poder, la violencia. La fragilidad humana.
De todo este horror, se impone una pregunta por la muerte como destino inevitable para todo lo vivo. ¿Debería conmovernos la muerte? ¿Todas las muertes nos tocan de la misma manera? ¿Tendríamos qué responder igual en cada caso? Hasta donde sé somos la única especie que es consciente de su propia muerte y desde ese reconocimiento ha dotado a la vida de un significado especial. Podría decirse que el estatuto de la vida propia, la sensación de que eso que se posee es absolutamente valioso, ha determinado la manera en que como especie y como individuos hemos entendido la muerte. Todos los rituales que hemos creado para organizar el curso vital hasta llegar al momento del último aliento, de la finitud convertida en un viaje soñado como eternidad, testimonian el apego que profesamos a la vida, incluso si se trata de la mera repetición de los actos cotidianos más triviales.
Una vez accedemos a la conciencia de lo que somos, de lo que experimentamos y de que lo podemos perder en cualquier momento entramos en una carrera por extender la vida, intentando disponer de la mayor cantidad de placeres y bienes posible y/o garantizando que la muerte sea lo más parecido a aquello que conocimos previamente. Por supuesto, también hay posturas que llaman a la aceptación de la muerte como una lección moral, recordando su inevitable coexistencia con la vida y su función como “momento culminante de la existencia, la escena definitiva de la tragedia de ésta, y que por lo mismo le da su sentido a la tragedia entera” (García Borrón, citado por Frutis Guadarrama, 2013; p. 47). En cualquier caso confrontarnos con la muerte – la muerte humana en primera instancia y cada vez más de otras especies– pone en primer plano nuestra relación con la vida y en esa medida tiene un estatuto ético; tiene el poder de conmovernos, de cuestionar nuestras acciones e impulsarnos a tomar otras decisiones. Actuar de maneras más acordes con la vida puede ser, en efecto, una consecuencia
de esta confrontación.
¿Por qué entonces nuestra reacción frente a la muerte es diferente según las coyunturas, los bandos y las distancias? ¿Por qué los muertos pesan distinto? ¿Será que esa función moral de la muerte solo tiene lugar cuando lo que se pone en juego es la propia experiencia, la propia muerte? Más acá o más allá de los afectos que nos unan o no a los fallecidos, de nuestra capacidad para identificarnos con ellos y ver en sus cuerpos el rostro del semejante, resulta fundamental afirmar lo más real de la muerte, poner en el centro de la existencia esa conciencia de la muerte como fin de la existencia para revalorizar la vida de todos, de cada ser vivo en su individualidad y activar el reconocimiento de las implicaciones de tomar la vida de otro, o incluso la propia vida, por muchos aparatos mecánicos, simbólicos o digitales que nos hayamos inventado para producir la muerte en masa.
Las muertes de ayer, las de hoy y las de todos los días me hacen pensar en las vidas de cada una de esas personas, de sus momentos de tristeza y alegría, de los que definieron su camino o recogen en una imagen instantes de una trascendencia insospechada. Pienso en esa postal inolvidable del gol de Rincón a Alemania en el mundial de Italia 90 que sacudió a todo el país y me hizo llorar de emoción a los 9 años. Trato de imaginar el momento en que el destino de Doris Adriana Niño se cruzó con el de Diomedes y sueño con estar ahí para advertirle del peligro, aun temiendo que las alarmas no fueran suficientes para atajar la amenaza. Siento en la piel la angustia de las 11 personas muertas en el Remanso y el dolor y la rabia de sus familias, hartas de la indolencia y el cinismo de un gobierno acostumbrado a
cubrirse los crímenes a punta de impudicia retórica.
cubrirse los crímenes a punta de impudicia retórica.
Asumir a la muerte en toda su contundencia, tomarla en serio, extraerla de la serie de las mercancías y las palabras vacías puede abrir la puerta a una reconsideración del sentido de la vida y tal vez a decisiones más conscientes tanto en el plano personal como en el plano colectivo.
Referencia
Frutis Guadarrama, O. (2013). La muerte en el pensamiento de Séneca: una lección moral. La Colmena 78 abril-junio, 45-52. Recuperado de la fuente http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_78/Aguijon/7_La_muerte_en_el_pensamiento_de_Seneca.pdf
* Imágenes tomadas de El País https://elpais.com/internacional/2022-04-10/el-fallido-operativo-del-gobierno-colombiano-que-dejo-varios-civiles-muertos.html
https://www.elvallenato.com/noticias/14151/Esto-Pas%C3%B3-Realmente-Con-Doris-Adriana-Ni%C3%B1o.htm
https://colombia.as.com/futbol/el-gol-de-freddy-rincon-a-alemania-un-capitulo-imborrable-n/
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