domingo, 13 de noviembre de 2022

La sombra de la inseguridad en Bogotá. Efectos en la salud mental y el lazo social

Es un lugar común hablar del robo de celulares y todo tipo de hurtos en Bogotá, ampliando cada día el rosario de cifras, métodos, historias e intentos de reacción que hace parte del paisaje. Sin embargo, normalizar su repetición, como se han normalizado los problemas de movilidad, la insuficiencia del transporte público, la pobreza o el incivismo de quienes la habitamos -por mencionar algunos de los problemas que aquejan a la ciudad-, no supone que no haya consecuencias perdurables en el comportamiento de la gente y en sus maneras de relacionarse, valga decir en la subjetividad y en la configuración del lazo social. 

Ya lo denuncian quienes luego de nacer y crecer en Bogotá se radican en otros países. La paranoia permanente de lo que puede pasar en la calle, la costumbre de mantener el bolso o la maleta apretada contra el cuerpo, la actitud reactiva cuando alguien te aborda por la calle… el imperativo de no dar papaya o cualquiera puede hacerte daño se queda pegado en la piel y se transmuta en respuestas corporales intuitivas aprehendidas por pura supervivencia. Invertimos gran parte de nuestra energía vigilando a lado y lado, temiendo que por nuestro descuido una amenaza cualquiera (otra persona, una autoridad, un carro) ponga en franco peligro nuestra integridad.  Y es que el mensaje parece ser siempre que la culpa de lo que pasa es de quien deja que lo roben y no de quien roba o del hecho de que no hay resoluciones efectivas por parte de la policía o la alcaldía de turno. La pobreza, la desprotección pública y la terrible desigualdad son atendidas con slogans que redoblan la victimización: no nos hacemos responsables. 


Sin quien asuma la responsabilidad de lo que sucede, sin instancias institucionales que realmente acojan las quejas ciudadanas ni medidas que le den sentido a las denuncias el mensaje que se traslada a la ciudadanía es: cada quien va por su cuenta. Acciones colectivas demasiado puntuales, campañas publicitarias en las que el beneficio de la población parece más una actuación libreteada para simular el éxito de algún programa de gobierno, afirmaciones cínicas o vacías de las autoridades de turno, capacidad de respuesta policiva y judicial desbordaba por la abundancia de asuntos que atender, la desidia o la corrupción. El panorama resulta desolador en medio de condiciones climáticas complejas y un espacio público sucio, limitado y deteriorado.

En medio de estas circunstancias es apenas obvio no cargarse de rabia, impotencia, frustración. Si la calle es una selva de cemento y donde quiera te espera lo peor, se abre la puerta para un individualismo salvaje que tiene como correlato la sensación permanente de orfandad, porque lo que recibo no depende de mis acciones sino de agentes sin rostro que toman lo que quieren por la fuerza. Los espacios de encuentro y/o los servicios fundamentales se vuelven foco de inseguridad; cosas básicas como ir a trabajar, estudiar o disfrutar un poco de tiempo libre se convierten en una lucha constante, paradójicamente solitaria, en medio de un mar de casi 8 millones de personas. Con ese estado de cosas cualquier agresión puede interpretarse como una terrible amenaza confirmada por las dificultades absurdas que se plantean en caso de buscar algún tipo de justicia o protección. 

De acuerdo con el New York Times (2022) un tercio de la población adulta mundial ha vivido o vivirá un ataque de pánico. El pánico como respuesta subjetiva frente al peligro extremo es una experiencia horrorosa, caracterizada por la presencia masiva de manifestaciones somáticas y psíquicas que hacen sentir a quienes la padecen la inminencia de la muerte. Dada su envergadura, el ataque de pánico puede llegar a afectar profundamente la cotidianidad, sólo porque una vez ha ocurrido el miedo a que se repita puede limitar definitivamente la actividad, las actitudes y la forma de relacionarse. Porque si la amenaza está presente en todos lados y no hay manera efectiva de hacerle frente, si no hay un lugar seguro para estar y todos pueden dañarme, entonces solo aislándome de todo puedo sobrevivir. 


La sombra de la inseguridad nos va cubriendo a todos de a pocos, minando nuestra subjetividad, promoviendo la desconfianza y el odio a los agresores que potencialmente son todos los demás, erosionando la capacidad de ser solidarios y empáticos con los demás. Porque si el otro me hace daño porque puede, si no le tiembla la mano, no hay razón para sensibilizarnos a su dificultad. Nos volvemos agresores sin sentido alguno de responsabilidad porque si el otro lo hace, por qué yo no. La identificación, primera forma de vínculo afectivo con el otro, deviene en puro narcisismo de las pequeñas diferencias y en la legitimación de una agresión generalizada de la que al final todos somos víctimas. 


Requiere mucho trabajo personal hacer resistencia a ese destino en masa para conectar con el deseo de vivir más allá de las circunstancias. Se requiere mucha consciencia de las autoridades y los servicios asistenciales para entender los estragos que representa este estado de cosas. Sin duda este es un reto fundamental, del cual dependerá que nacer, crecer y vivir en Bogotá no sea una huella imborrable de tanta sombra. 

Referencias

New York Times (2022). Publicación en Instagram. El ataque de pánico y tips para manejarlo. 


viernes, 15 de abril de 2022

El valor ético de la muerte

Hoy 14 de abril de 2022 amanece con la noticia de la muerte del exfutbolista colombiano Freddy Rincón. Recientemente Netflix presenta un documental que reconstruye el asesinato de Doris Adriana Niño sucedido hace 25 años. 11 personas murieron el 28 de marzo en la vereda el Alto Remanso del Putumayo, en un fallido operativo del ejército colombiano sobre un bazar comunitario. El diario El País edición América del 9 de abril reporta la masacre y las inconsistencias de la respuesta del gobierno sobre la llamada operación Bruno. Medios independientes que informaron la situación fueron estigmatizados como aliados del terrorismo. Hace 8 días el ESMAD agredió a la población indígena que desde hace mas o menos 7 meses permanece en el Parque Nacional. Hay guerra en Ucrania Y en Siria. Y en el Chocó. Y no sé en cuántas más partes del planeta. El hambre, la miseria, el poder, la violencia. La fragilidad humana.  

De todo este horror, se impone una pregunta por la muerte como destino inevitable para todo lo vivo. ¿Debería conmovernos la muerte? ¿Todas las muertes nos tocan de la misma manera? ¿Tendríamos qué responder igual en cada caso? Hasta donde sé somos la única especie que es consciente de su propia muerte y desde ese reconocimiento ha dotado a la vida de un significado especial. Podría decirse que el estatuto de la vida propia, la sensación de que eso que se posee es absolutamente valioso, ha determinado la manera en que como especie y como individuos hemos entendido la muerte. Todos los rituales que hemos creado para organizar el curso vital hasta llegar al momento del último aliento, de la finitud convertida en un viaje soñado como eternidad, testimonian el apego que profesamos a la vida, incluso si se trata de la mera repetición de los actos cotidianos más triviales. 

Una vez accedemos a la conciencia de lo que somos, de lo que experimentamos y de que lo podemos perder en cualquier momento entramos en una carrera por extender la vida, intentando disponer de la mayor cantidad de placeres y bienes posible y/o garantizando que la muerte sea lo más parecido a aquello que conocimos previamente. Por supuesto, también hay posturas que llaman a la aceptación de la muerte como una lección moral, recordando su inevitable coexistencia con la vida y su función como “momento culminante de la existencia, la escena definitiva de la tragedia de ésta, y que por lo mismo le da su sentido a la tragedia entera” (García Borrón, citado por Frutis Guadarrama, 2013; p. 47). En cualquier caso confrontarnos con la muerte – la muerte humana en primera instancia y cada vez más de otras especies– pone en primer plano nuestra relación con la vida y en esa medida tiene un estatuto ético; tiene el poder de conmovernos, de cuestionar nuestras acciones e impulsarnos a tomar otras decisiones. Actuar de maneras más acordes con la vida puede ser, en efecto, una consecuencia 
 de esta confrontación. 

¿Por qué entonces nuestra reacción frente a la muerte es diferente según las coyunturas, los bandos y las distancias? ¿Por qué los muertos pesan distinto? ¿Será que esa función moral de la muerte solo tiene lugar cuando lo que se pone en juego es la propia experiencia, la propia muerte? Más acá o más allá de los afectos que nos unan o no a los fallecidos, de nuestra capacidad para identificarnos con ellos y ver en sus cuerpos el rostro del semejante, resulta fundamental afirmar lo más real de la muerte, poner en el centro de la existencia esa conciencia de la muerte como fin de la existencia para revalorizar la vida de todos, de cada ser vivo en su individualidad y activar el reconocimiento de las implicaciones de tomar la vida de otro, o incluso la propia vida, por muchos aparatos mecánicos, simbólicos o digitales que nos hayamos inventado para producir la muerte en masa. 

Las muertes de ayer, las de hoy y las de todos los días me hacen pensar en las vidas de cada una de esas personas, de sus momentos de tristeza y alegría, de los que definieron su camino o recogen en una imagen instantes de una trascendencia insospechada. Pienso en esa postal inolvidable del gol de Rincón a Alemania en el mundial de Italia 90 que sacudió a todo el país y me hizo llorar de emoción a los 9 años. Trato de imaginar el momento en que el destino de Doris Adriana Niño se cruzó con el de Diomedes y sueño con estar ahí para advertirle del peligro, aun temiendo que las alarmas no fueran suficientes para atajar la amenaza. Siento en la piel la angustia de las 11 personas muertas en el Remanso y el dolor y la rabia de sus familias, hartas de la indolencia y el cinismo de un gobierno acostumbrado a
cubrirse los crímenes a punta de impudicia retórica. 

Asumir a la muerte en toda su contundencia, tomarla en serio, extraerla de la serie de las mercancías y las palabras vacías puede abrir la puerta a una reconsideración del sentido de la vida y tal vez a decisiones más conscientes tanto en el plano personal como en el plano colectivo. 
 

Referencia
Frutis Guadarrama, O. (2013). La muerte en el pensamiento de Séneca: una lección moral. La Colmena 78 abril-junio, 45-52. Recuperado de la fuente http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_78/Aguijon/7_La_muerte_en_el_pensamiento_de_Seneca.pdf
* Imágenes tomadas de El País https://elpais.com/internacional/2022-04-10/el-fallido-operativo-del-gobierno-colombiano-que-dejo-varios-civiles-muertos.html
https://www.elvallenato.com/noticias/14151/Esto-Pas%C3%B3-Realmente-Con-Doris-Adriana-Ni%C3%B1o.htm
https://colombia.as.com/futbol/el-gol-de-freddy-rincon-a-alemania-un-capitulo-imborrable-n/