Ya lo denuncian quienes luego de nacer y crecer en Bogotá se radican en otros países. La paranoia permanente de lo que puede pasar en la calle, la costumbre de mantener el bolso o la maleta apretada contra el cuerpo, la actitud reactiva cuando alguien te aborda por la calle… el imperativo de no dar papaya o cualquiera puede hacerte daño se queda pegado en la piel y se transmuta en respuestas corporales intuitivas aprehendidas por pura supervivencia. Invertimos gran parte de nuestra energía vigilando a lado y lado, temiendo que por nuestro descuido una amenaza cualquiera (otra persona, una autoridad, un carro) ponga en franco peligro nuestra integridad. Y es que el mensaje parece ser siempre que la culpa de lo que pasa es de quien deja que lo roben y no de quien roba o del hecho de que no hay resoluciones efectivas por parte de la policía o la alcaldía de turno. La pobreza, la desprotección pública y la terrible desigualdad son atendidas con slogans que redoblan la victimización: no nos hacemos responsables.
Sin quien asuma la responsabilidad de lo que sucede, sin instancias institucionales que realmente acojan las quejas ciudadanas ni medidas que le den sentido a las denuncias el mensaje que se traslada a la ciudadanía es: cada quien va por su cuenta. Acciones colectivas demasiado puntuales, campañas publicitarias en las que el beneficio de la población parece más una actuación libreteada para simular el éxito de algún programa de gobierno, afirmaciones cínicas o vacías de las autoridades de turno, capacidad de respuesta policiva y judicial desbordaba por la abundancia de asuntos que atender, la desidia o la corrupción. El panorama resulta desolador en medio de condiciones climáticas complejas y un espacio público sucio, limitado y deteriorado.
En medio de estas circunstancias es apenas obvio no cargarse de rabia, impotencia, frustración. Si la calle es una selva de cemento y donde quiera te espera lo peor, se abre la puerta para un individualismo salvaje que tiene como correlato la sensación permanente de orfandad, porque lo que recibo no depende de mis acciones sino de agentes sin rostro que toman lo que quieren por la fuerza. Los espacios de encuentro y/o los servicios fundamentales se vuelven foco de inseguridad; cosas básicas como ir a trabajar, estudiar o disfrutar un poco de tiempo libre se convierten en una lucha constante, paradójicamente solitaria, en medio de un mar de casi 8 millones de personas. Con ese estado de cosas cualquier agresión puede interpretarse como una terrible amenaza confirmada por las dificultades absurdas que se plantean en caso de buscar algún tipo de justicia o protección.
De acuerdo con el New York Times (2022) un tercio de la población adulta mundial ha vivido o vivirá un ataque de pánico. El pánico como respuesta subjetiva frente al peligro extremo es una experiencia horrorosa, caracterizada por la presencia masiva de manifestaciones somáticas y psíquicas que hacen sentir a quienes la padecen la inminencia de la muerte. Dada su envergadura, el ataque de pánico puede llegar a afectar profundamente la cotidianidad, sólo porque una vez ha ocurrido el miedo a que se repita puede limitar definitivamente la actividad, las actitudes y la forma de relacionarse. Porque si la amenaza está presente en todos lados y no hay manera efectiva de hacerle frente, si no hay un lugar seguro para estar y todos pueden dañarme, entonces solo aislándome de todo puedo sobrevivir.
Requiere mucho trabajo personal hacer resistencia a ese destino en masa para conectar con el deseo de vivir más allá de las circunstancias. Se requiere mucha consciencia de las autoridades y los servicios asistenciales para entender los estragos que representa este estado de cosas. Sin duda este es un reto fundamental, del cual dependerá que nacer, crecer y vivir en Bogotá no sea una huella imborrable de tanta sombra.
Referencias
New York Times (2022). Publicación en Instagram. El ataque de pánico y tips para manejarlo.
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