domingo, 14 de marzo de 2021

La bondad de las cosas


“No es el olor

sino la bondad de las cosas

al exhibir su derrota”. 

Andrea Cote


Abrir los ojos a la realidad en la que vivimos y estirar el cuerpo luego de meses de confinamiento supone ante todo liberar la mirada del estrecho círculo de la inmediatez. Si bien el año 1 de la era Post covid no tiene un único guion y no para todos el encierro marcó la pauta de estos meses, resulta evidente que la expansión del virus transformó la cotidianidad en muchos niveles, poniendo en cuestión aspectos esenciales de nuestra humanidad encarnados principalmente en la relación que cultivamos con los objetos. El escaso conocimiento del coronavirus nos alertó sobre la amenaza de contagio palpitante en el aire y todo tipo de superficies: nos cubrimos la cara y el cuerpo con máscaras y trajes especializados, los alimentos pasaron por arduos protocolos de limpieza, las innumerables ceremonias de desinfección dejaron su marca en las manos de los angustiados. Un velo se dispuso entre nosotros y el mundo, distorsionando las formas, ocultando el horror y la miseria con una sensación de irrealidad acentuada por la dimensión de la tragedia y los medios de comunicación. 

 ¿Qué es lo que cambió en esa relación con los objetos? ¿Cuáles son los efectos en la intimidad cotidiana que habíamos establecido con las cosas y las personas? ¿Cómo esto cambia nuestra concepción del mundo? Más allá del debate de los alcances del capitalismo, el consumo y la construcción de formas de vida sostenibles y dignas para todos -que sigue siendo un tema necesario-, cabe reflexionar sobre los avatares de nuestro hacer y deshacer con los objetos en los espacios cercanos. Y es que no son solamente pedazos de mundo dispuestos en los estantes de unos coleccionistas voraces; los objetos son concreciones materiales de las intenciones, las necesidades y las aspiraciones creadas por la potencia tecnológica de nuestra especie. En cada época las cosas que producimos, seleccionamos y atesoramos nos interpretan, se vuelven extensiones de nuestros cuerpos, son espejos con los que construimos identidad. Aunque algunos son altamente peligrosos y según su uso pueden amplificar las disposiciones mortíferas que nos habitan, la mayoría configuran el paisaje de nuestro círculo próximo, llenan el vacío, facilitan nuestras tareas cotidianas o simplemente nos hacen compañía.

Con la llegada de la COVID-19 se produce una profunda transformación en esta dinámica. Las disposiciones y sugerencias de evitación del contacto con superficies potencialmente contaminadas hicieron a todos los objetos sospechosos frente a los cuales fue necesario implementar estrategias de defensa para conjurar su amenaza. Los mejor librados fueron las pantallas, celulares y ordenadores que confirmaron su carácter de imprescindibles al ser instrumentos principales de trabajo y comunicación. La atmósfera entrañable en la que solían converger la huella de objetos de propios y ajenos fue reemplazada por una gigantesca nube de alcohol y las cosas nuevas sólo fueron admitidas al comprobar su condición estéril, sea por haber superado la aduana de la limpieza o por venir empacadas en montones de plástico desechable para evitar contaminaciones en el camino. 

No es un dato menor que uno de los síntomas más singulares de la COVID-19 sean la pérdida del gusto y del olfato. Estos sentidos, que están conectados a las partes mas primitivas del cerebro, han jugado un papel fundamental en la evolución siendo claves para identificar sustancias y situaciones peligrosas. Ambos configuran el sabor, están íntimamente ligados a la memoria emocional y el placer y son altamente sensibles a las costumbres y las nuevas experiencias. De acuerdo con John McQuaid, ganador del Premio Pullitzer por el libro Tasty: The Art and Science of What We Eat, el gusto y el olfato han contribuido en gran medida a la invención de la cultura evidenciando la importancia de aprender a disfrutar alimentos y sustancias nuevas para asegurar la supervivencia. La alteración de las fuentes de esta intuición sensorial afecta el universo de nuestros recuerdos y emociones más profundos, no sólo porque distorsiona el disfrute conocido de las cosas sino porque nos priva de la orientación necesaria para aventurarnos a navegar en el océano de nuevas sensaciones.   

Tal vez la pandemia haya trivializado nuestra relación con esas cosas que antes sentíamos necesarias porque podíamos tomarlas, olerlas y saborearlas desprevenidamente, porque tenían sentido en el contexto de los rituales cotidianos que nos vinculaban estrechamente con otras personas y otros mundos. Tal vez vivimos tiempos de nostalgia en los que buscamos esas sensaciones tan escasas en la seguridad de la casa, a la que hemos tenido que adaptarnos y que sin embargo sigue sin sustituir la emoción del exterior. En cualquier caso, las condiciones actuales de la manipulación de los objetos y las cosas no son solo imponen la ampliación de los tiempos o de los procedimientos requeridos para utilizarlos; estas van produciendo cambios en nuestra sensibilidad que incluso impactan en nuestra disposición a interactuar con lo desconocido y/o lo diferente, reforzando actitudes de xenofobia o rechazo frente a quienes también se nos vuelven amenazantes porque no podemos sentirlos directamente

Acaso intuimos que en esta pandemia hemos perdido algo de la bondad de las cosas, que en su precariedad y evanescencia nos ha mantenido asombrados y despiertos...
hasta ahora.