Después del día enecientos de la era después del tapabocas parece imposible decir algo nuevo sobre la compleja urdimbre de fenómenos subjetivos y sociales que se ha tejido en torno al contagioso virus nacido en Wuhan. Y es que el virus ha dejado de ser un hecho puramente biológico para comportarse como un hecho de lenguaje que tiene efectos en los cuerpos, en las ciudades, en los gobiernos, en la economía. Hablamos de nueva normalidad sin advertir suficientemente el proceso de construcción de los artefactos discursivos y simbólicos que la hacen posible, asumiendo que su despliegue es homogéneo, estándar y automático, un guión ya dado por la dictadura material de la evidencia médica. El alto nivel de contagio y su creciente nivel de mortalidad han dado una nueva forma al significante que históricamente ha sido convocado para justificar la emergencia de toda una serie de condiciones asociada a la consolidación o derrumbe de las estructuras de poder: la amenaza. El rumor de la amenaza del coronavirus se expandió desde China y hoy por hoy nos tiene hablando en un idioma que hace rato agotó las imágenes de otras épocas para intentar representar las implicaciones de una pandemia. Esa lengua es una mixtura que como todo lenguaje es creación, simulacro y casi siempre aparece desconectada de cualquier función de verdad. No es azaroso que una de las cuestiones que más esté en entredicho en estos tiempos sea la veracidad de la información y la autenticidad de quienes las encarnan y las difunden. Fe ciega o descreimiento absoluto, O las dos, como aquellos que burlándose de la angustia generalizada por el virus tomaron al pie de la letra las palabras de su presidente y se intoxicaron con desinfectante.
La amenaza del virus contrajo el consumo y con ello la economía. Los gobiernos que tuvieron que recordar a las malas el sentido de la política como el ejercicio de tomar decisiones en función del bien común y se plantearon falsos dilemas como el de la economía o la vida y casi todas las esferas articuladas al desarrollo social fueron súbitamente fracturadas. Y es que como en función del capitalismo todas las actividades humanas están pensadas en términos de plusvalía, de entrada, resultaba casi imposible mantener una presencialidad cimentada en el exceso y masividad. Esto fue advertido rápidamente por filósofos e intelectuales, que vieron en la coyuntura del virus una oportunidad para cuestionar el imperio de una forma de discurso y de producción a todas luces mezquina y precarizante. Pronto asistimos al milagro de su permanencia, que ha prevalecido a todas las catástrofes y parece seguirlo haciendo, esta vez bajo el signo de la reinvención. Porque el capitalismo también obedece las leyes del lenguaje y ante nuevos obstáculos hace gala de su dinamismo y performatividad: Hágase la reinvención dijeron, y todo empezó a reinventarse.
Entender el vigor del capitalismo en términos del goce que produce es clave para discernir por qué hasta las ideas más loables terminan entregándose a la tentación del capital, porque como ya lo dijo Freud en el malestar en la cultura no renunciamos a un placer ya conocido, simplemente lo sustituimos por otro. Consumimos más de lo que necesitamos e incluso más de lo que nuestro deseo puede alcanzar a soñar. El confinamiento, el control y el distanciamiento social articulan la respuesta global frente a lo real del virus, enunciado como amenaza. En principio esta cadena hizo más tangible el velo del consumo y develó la miseria en la que se sostiene. El virus no elige, pero es sensible a las condiciones de confort y bienestar de las personas susceptibles de alojarlo y alimentarlo. Los pobres no sólo han puesto el grueso de los muertos, sino que han sufrido con más rigor las limitaciones económicas y sociales que trajo la pandemia, señalados además con el estigma de no asumir suficientemente los cuidados y las recomendaciones indicadas para protegerse del virus. Son las clases habladas por el idioma del virus, cuya enunciación es monopolizada por los Otros que sí conocen las reglas, se han hecho expertos en su uso y se autorizan sus infracciones sin problemas. El idioma del virus ha creado nuevas fronteras y ha reforzado unas antiguas, definiendo cuerpos sociales que sólo se ven en la web y encerrando en una bolsa negra todo aquello que no pueda ser reproducido o capturado en una pantalla.
En el idioma del virus se articularon nuestras preguntas en torno a la muerte y las aspiraciones a la inmortalidad. La posibilidad real de morir de una gripe que puede ser contagiada por cualquiera fue la premisa que formulamos en este idioma, con el que nos preguntamos qué pasaría si muriéramos mañana, qué sentido tiene la vida si no es plausible llenar la libreta de planes, cuál es la importancia de las cosas que hacemos o tenemos cuando estamos de frente a la muerte, qué pasa con la vida cuando morimos, qué hay más allá, en el valle de la muerte. Entre el temor a contagiar a nuestros seres queridos, la conmoción suscitada por las cifras de muertos, los testimonios y las imágenes de los entierros se fueron tejiendo nuevas formas retóricas que en muchos momentos parecieron borrar las otras muertes y pusieron en suspenso la percepción del resto de males que azotan este mundo. En contraste, la vuelta a la naturaleza, los retratos de animales tomando el control de un planeta reverdecido se convirtió en un remanso, un espacio de esperanza al cual conectarse para compartir simbólicamente algo de esa inmortalidad. La nostalgia y la belleza adormecieron la angustia y en el idioma del virus se compusieron elegías variopintas que desactivaron el potencial subversivo desatado por la constatación de los alcances de la pandemia. Seguimos siendo los mismos, acaso peores.
Con esta versión de lo humano escrita en el idioma del virus fue necesario poblar la interioridad vaciada previamente por la publicidad y el pragmatismo, que habían promovido hasta el cansancio la conquista del exterior y el valor estético de la experiencia como elementos indispensables para alcanzar la felicidad. Nuevas formas de consumo fueron legitimadas. En esta lengua la salud mental, el sueño y la gestión de las emociones se convirtieron en significantes privilegiados en una narrativa condescendiente y desprovista de condiciones suficientes para materializarse en mejoras decisivas de la situación sanitaria, social, política y económica. Control, automotivación, eficiencia, organización, aprendizaje, emprendimiento, solidaridad se hicieron parte del discurso dominante y pautaron una nueva interioridad, Florecieron los intereses artísticos: la cocina, la escritura, la lectura de poemas en voz alta, los conciertos con instrumentos en recuadros, la pintura. Bajo el supuesto de que la creatividad y el arte transmutan mágicamente el interior caótico y aterrado en un espacio iluminado, regulado y saludable muchos se volcaron a esas alternativas ávidos de encontrar un objeto o una excusa con la cual hacerse representar en la pantalla. La interioridad de la pandemia volvió a ser la del espectáculo vía la cámara de zoom, meet y las tantas redes sociales. Este exceso de intimidad y la necesidad imperiosa de decir algo, de tener algo que decir, también saturó la agenda. Se multiplicaron los lives, las videollamadas, los encuentros con los viejos amigos; en el nuevo idioma del virus amigo es equivalente a espectador o seguidor porque comentar, dar un like o conectarse (aunque sea con el micrófono silenciado o la cámara apagada) se convirtió de golpe en la única manera de testimoniar y hacer visible el vínculo.
De diversas formas el idioma del virus forjó la manera en que los cuerpos empezaron a presentarse, primero con tapabocas quirúrgicos, ordenados en filas con 1,5 metros de distancia entre cada uno, luego con mascarillas y vestimentas personalizadas y finalmente como collages: blusas elegantes combinados con pantalones de pijama y chancletas; tinturas sin retoque; uñas sin manicura; pieles pálidas y sin maquillaje. El temor a tener el virus, los cambios de rutina por el confinamiento y la negación de la fragilidad del cuerpo humano completaron esta nueva fenomenología corporal con diversas formas de hipocondría coronavírica, sedentarización, abulia, desidia y el cuestionamiento cínico de la real mortalidad de la COVID-19. ¿Cómo saber si se tiene el virus? ¿Cómo diferenciar entre sus síntomas leves y una rinitis? ¿Cómo sostener el dinamismo cuando se está encerrado en casa tanto tiempo? ¿Qué hacer con el deseo sexual? ¿Cómo verificar que lo que está sucediendo es real?
Pasado el tiempo y sin certeza de cuánto tardará en difundirse una vacuna eficaz para conjurar la amenaza el COVID, como ocurriera con el latín, ya se ha degradado en otras tantas versiones y segundas o terceras oleadas de contagio que resulta difícil reconocer su carácter de coyuntura. Lejos está el misticismo de los momentos más duros de la crisis en España y en Italia, en esta nueva lengua poco nos sorprenden los muertos diarios o el aumento de los contagiados. Empero, la impudicia de esta normalidad no ha logrado erradicar absolutamente las huellas del pasado, como la ciencia no pudo eliminar la potencia de las religiones y los mitos en el sujeto moderno o el desarrollo lingüístico del niño pequeño no prescinde de la fuerza emotiva del grito o del llanto en la comunicación humana. Las formas de representación, simbolización y enunciación del cuerpo en clave del virus y sus efectos sociales no han terminado de capturar lo esencial de la vivencia corporal. En el corazón de la pandemia el cuerpo reacciona, insiste como real que agujerea la construcción simbólica y narrativa armada en función del virus y nos advierte, como lo ha hecho siempre, que no, que esto no es normal, que en las civilizaciones humanas nada es del todo natural.
Y es que no se trata simplemente de adaptarse y desconocer las condiciones de sufrimiento que todo esto ha traído para la sociedad, para la masa o para la especie. Uno por uno, cada uno valioso por sí mismo, estorba con la insistencia de su cuerpo la aplanadora en que se convirtió esta lengua del virus, poniendo de presente en su síntoma la verdad que no se cuenta en las redes ni en los análisis sociológicos de lo que nos está pasando. Una mujer se ahoga en chocolates cuando la pantalla del computador y el celular se apagan y el desespero de ser mamá de tiempo completo no la dejan respirar. Un joven agota a escondidas los medicamentos para evitar que su familia lo acuse de ser sospechoso de COVID y sea estigmatizado de por vida. Otro no deja de pensar en masturbarse, pero el temor a la mirada de su madre no lo deja acabar. Un hombre no logra concentrarse en su trabajo, no soporta la piquiña ni la facilidad con la que se queda mirando al vacío, como hipnotizado. Para otros es la migraña, los terribles dolores de espalda o de piernas, el miedo a despertar, la incertidumbre resignada de otro día sin encontrar trabajo, la desazón generalizada, la soledad. Incluso la respuesta biológica al contraer el virus y luego al ganar la batalla contra él testimonian la singularidad de las marcas en el cuerpo que señalan el límite de esta maquinaria que nos hemos inventado y con la cual pretendemos llenar de sentido esto terrible que estamos viviendo.
Empecé este escrito señalando al virus como un hecho de lenguaje y llamando la atención sobre su funcionamiento, nada distinto al de cualquier producto simbólico. Entenderlo así no sólo permite advertir el alcance del artificio construido como respuesta al virus en términos de las profundas transformaciones que introduce en la concepción de lo humano, la realidad, los vínculos y el cuerpo. Precisamente trascender la noción del cuerpo en tanto representación nos confronta con lo que insiste en el corazón de las tinieblas, el sufrimiento y el sinsentido desde los cuales resuena la verdad de la experiencia de cada uno. Serán estos efectos en la subjetividad el insumo con los cuales pueda elaborarse un saber hacer más allá de este “discurso nuevo” que por momentos se pone en evidencia como simulacro y en el que muchas veces nos sentimos desechados.