Hace más o menos cinco meses salieron a la luz los primeros casos de lo que hoy vivimos como una pandemia capaz de poner la economía a media marcha, plantear falsos dilemas sobre la salud y la vida humana, cuestionar el enfoque y las estrategias utilizadas para gestionar la vida y la salud pública, magnificar la miseria y las problemáticas ecosociales y transformar radicalmente la cotidianidad pública y privada de gran parte de la población. A la voz de los efectos del COVID-19, el colapso del sistema de salud y el incremento exponencial de los muertos en países como Italia y España, incluso los gobiernos más escépticos han tenido que retroceder en sus pronunciamientos para adoptar las medidas de distanciamiento y aislamiento social. En Colombia la crisis ha mostrado los rigores de la inequidad social, haciendo más visibles las contradicciones institucionales, la fragilidad de la economía y la desconfianza que parasita el lazo social en todos los ámbitos. Han pasado apenas 17 días desde que se decretó la cuarentena a nivel nacional y en este corto tiempo (que se siente exageradamente largo y pesado) el horizonte se ha oscurecido tanto que muchos ya avizoran un panorama apocalíptico al final de esta crisis; entre el COVID-19, la corrupción, el desempleo, la pobreza, la deforestación y la violencia pareciera que no hay posibilidad feliz para una sociedad como la nuestra.
Y es que aún en el peor de los dramas no logramos ponernos de acuerdo en una noción más o menos compartida de bien común y los valores que vale la pena defender para garantizar una vida digna para todos. La desconfianza que materializa el contagio revela otras desconfianzas estructurales que han marcado nuestro lazo social al punto de hacerlo inviable, convirtiendo al encuentro y la solidaridad en un acto de fe... o de magia. Desconfianza del Estado hacia sus ciudadanos, tanto por el incumplimiento de la norma como por la posibilidad del estallido social, de nosotros hacia el Estado por su histórica desidia para atender a los más necesitados, la veracidad de las cifras y la arbitrariedad de sus actuaciones (no hay que olvidar lo que pasó en la Picota). Desconfianza de los "rurales" hacia los "urbanos" que en su inconsciencia pudieron llevar el virus a donde menos recursos hay para manejarlo, y viceversa, porque aquellos pueden aprovecharse de la situación, por su ignorancia, por su rudeza. Desconfianza entre nacionales y extranjeros, entre cisgéneros y transgéneros, entre profesionales y vecinos, entre humanos y humanos. En el nivel deterioro y cinismo al que ha llegado la vida política en el país, con la muerte anunciada de un nuevo acuerdo de paz y bajo el fuego cruzado de ejércitos privados y grupos ilegales la arenga del presidente ¡esta guerra la ganamos!, es apenas un amago de motivación colectiva que no se escucha más allá de las paredes de su despacho (¿allá quedará también la sede de algunos medios de comunicación?). Un pueblo que lleva tantos años en guerra sabe de sobra que las guerras no se ganan sino que se mantienen, siempre por intereses de unos pocos y el sufrimiento de tantos otros. Pienso en Siria, en Palestina, en el Chocó, en Buenaventura y Tumaco, en el Congo, en Abjasia y se me arruga el corazón imaginando el confinamiento de tantos años al que han sido sometidos sus cuerpos, sus esperanzas, sus deseos. Me aterra pensar que el confinamiento y la práctica de la distancia social se vuelva una práctica normal, un aparteid contemporáneo que va a expulsando cristianos del paraíso de los protegidos conforme las recomendaciones de la OCDE o las contracciones de la economía.
¿Y no podemos hacer otra cosa? –dice mi mamá de 73 años, sin entender por qué no puede salir a la calle a comprar el pan. Le digo que no, pero le doy vueltas a su pregunta, porque los días pasan y nos vamos hundiendo en nuevas medidas de control, mayores y más descaradas afrentas a la democracia y a la decencia (¿cómo se roban la plata de los mercados para las personas más afectadas por la crisis?) y cifras crecientes de muertos sin tener siquiera la noticia del control definitivo de la situación en China. Sin duda, o más bien con todas ellas respirando en la nuca, nos corresponde inventarnos maneras de contravenir este funcionamiento cínico y receloso sin irnos lanza en ristre contra el fantasma del sistema, desconociendo que si este existe es por y con nosotros y que la destrucción por la pura destrucción solo deja eso, destrucción. Hacer otra cosa, sin caer en banalizaciones o inflamarse con ilusiones ciegas, acaso tenga que ver con resistir a la repetición de los mismos rechazos, las mismas negaciones, del conformismo y la reproducción acrítica del rumor. Resistir al facilismo del rencor, a buscar culpables en los más débiles (porque con ellos me puedo desquitar y sentir por un momento que he ganado), a ser los más aviones y tener la razón siempre, resistir al miedo. Esa resistencia, un nombre más para la invención de nuevas formas de estar juntos, puede ser la clave para una vida que honremos y apreciemos en medio de las transformaciones, las desgracias y las incertidumbres que pueden suceder y que también pueden pasarnos a nosotros. En lugar de buscar sentidos que justifiquen el miedo, la rabia y el odio encendamos el acto de la vida, preservar y extender la vida en las pequeñas solidaridades, en el cuidado del otro, en el cuidado de sí sin tiranizarnos bajo fórmulas ideales para superar estas circunstancias.
Hace algunos días escribí que lo peor de esta cuarentena era la duda, las dudas sobre el futuro, el trabajo, los recursos personales y materiales, la propia salud, la posibilidad de ser el próximo (en contagiarse y/o contagiar a otros); llevo varios días con la sensación de estar resfriada y los he vivido con el temor de dañar a mis seres queridos. Sin mucha consciencia he pensado en la muerte y me he preguntado por el significado de la vida cuando la noción de futuro es tan difusa que nubla el horizonte de los proyectos más sólidos. Dudar, que es totalmente diferente a no saber, me ha confrontado con mis más profundas limitaciones y frustraciones, llevándome a reconocer (todavía no sé si aceptar) que la única certeza posible en este momento es la pérdida: No puedo pretender que voy a pasar esta crisis sin haber perdido algo. Por extraño que parezca esta convicción (nada nueva pero casi siempre olvidada) me liberó de la angustia de retener lo poco o mucho que tengo y me abrió la puerta a una esperanza luminosa, que es en la que me apoyo por ahora para resolver los pesares y las trabas cotidianas. No estoy a la expectativa, no espero los boletines, no aguardo una señal; siguiendo el mantra que subrayé en una joya de libro de Jean Giono (Las riquezas verdaderas), me abrazo a la sensación de que somos un bosque en movimiento, todos y cada uno, me dispongo a la vida, me dispongo al amor aunque no tenga muy claro como funciona eso.
En esas estoy, gozando los brotes de la vida, bordeando el horror con la palabra, cuidando en la medida de mis posibilidades, resistiendo (porque nada tiene de pasivo estar dispuesto) y cuestionándome esa épica del progreso inherente a nuestra valoración de la historia personal, que rotula como revés cada cosa que no sea mejoría y le da significado a la vida en función de las promesas del futuro. ¡Tenía todo planeado y ahora qué será de mí! Si los imperativos de la época están escritos en clave de tiempo (vive el presente, asegúrate un buen futuro, haz que dure, aprovecha cada segundo al máximo, saca tiempo para todo), ¿cómo sostener una vida en el contexto de esta desestabilización del orden con el que hemos vivido siempre? Tal vez algunas de las respuestas posibles pasen por un cuestionamiento del lugar y el significado que le hemos dado al tiempo, volviendo reflexivamente nuestros ojos y nuestros oídos al pasado, para enfocarnos más en lo que no quisiéramos repetir, aprendiendo de lo que hemos vivido y tomando con más tranquilidad la idea obsesiva de lo que nos falta por hacer (dándole un poco de espacio al humor y descubriendo otras formas de goce distintas al consumo).
¿Y no podemos hacer otra cosa? Si, creo que sí, tenemos que. Desde nuestra singularidad inventemos la vida y la confianza y la cercanía, y la palabra. Porque la vida insiste y vale la pena, y valdrá más la pena si hacemos algo amoroso con ella cada uno, entre todos.