lunes, 19 de octubre de 2015

La odisea de llegar al centro de la tierra. Bogotá.

Muy lejanos parecen los tiempos en que grupos de indígenas muiscas habitaban pacíficamente los territorios del Zipa. Cuatroscientos setenta y siete años después de la misteriosa fundación de nuestra capital, más bien escasa de población y poco referenciada en las primeras crónicas de los conquistadores, el espejo de la historia nos devuelve una imagen cargada de violencia, miedo y desigualdad. El siguiente relato cuenta a través de las viscisitudes de un recorrido habitual para muchos bogotanos algo de la actualidad de esa historia. Seguramente nadie imaginó que navegar por lo que Jiménez de Quesada llamó el Valle de los Alcázarez tuviera el matiz de una travesía épica digna de una tragedia griega.

Cuentan los revisionistas que aquella graciosa aldea de doce chozas y una iglesia donde se situó la primera versión de nuestra ciudad es sólo un esbozo de una historia un poco más compleja, que incluye la resistencia incendiaria de algunos indígenas leales al Zipa en Bacatá. Dándole la espalda a las llamas, Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres, que ya habían llegado a la zona en marzo de 1537 (Murillo, 2014), cruzaron el río e instalaron un primer asentamiento militar en lo que hoy se conoce como El chorro de Quevedo, más allá del río Viracachá, el "resplandor de la noche". Acaso los diarios desplazamientos masivos que debemos realizar por los congestionados corredores vehiculares sean una evocación distorcionada de esa travesía, que  llevó a los españoles a fundar allí a Nuestra Señora de la Esperanza y que a nosotros, sus descendientes, nos confronta con nuestras esperanzas y derrotas más íntimas. El día de la Transfiguración del señor, fiesta celebrada el 6 de agosto, ya con la ermita y las barracas levantadas, Fray Bartolomé de las Casas dio la primera misa, fundando con ello la ciudad de Santafé. Casi seis meses después Santafé tuvo su fundación jurídica, más precisamente el 27 de abril, en donde se extiende la Plaza de Bolívar. Eso dice la historia.
Hoy, ajenos a las efemérides de nuestra urbe, nos debatimos entre amores y odios, haciendo un
terrible esfuerzo por vivirla, por contarla, por escribirla. Con esa intención me decidí a cumplir la cita que por esos días me había puesto la Ópera en el centro de la ciudad. Como la mayoría de las veces, la cultura nos mueve a salir de la rutina y abrir los ojos a nuevos universos, a conectarnos con mis ancestros. A las 5 p.m., salí de mi trabajo casi llegando a Chía, donde por tradición los zipas empezaban su carrera política. Aún con dos horas por delante, descarté la idea de tomar el monstruo rojo que atraviesa la ciudad  y me decanté por un taxi, pensando que a esa hora los flujos migratorios me favorecerían y tendría al menos 40 minutos para mí antes del inicio de la función.
Me equivoqué. Como bien dijo el taxista que me recogió (me recogió ¡eehhhh!) viajar en el transporte público me hubiera resultado más rápido para la tremenda distancia que tenía que recorrer. Pronto tuve que aceptar mi error, pero además descubrí que en el fondo el criterio de mi elección no sólo había sido el tiempo sino la comodidad, la posibilidad de viajar casi sola sin tener que escuchar las radios comunitarias, los insultos, los estribillos de los venderores ambulantes, el miedo al atraco. La conversación con el conductor, un señor recio de casi 6 décadas y acento santandereano, me permitió aceptar que a pesar de mi compromiso con el lugar que me vio nacer estaba evitando encontrarme con su gente, con mi gente. Como a muchas otras personas, el temor a la agresión, el cansancio, el dolor o el asco habían oscurecido tanto el ambiente que había olvidado  la belleza secreta de Bogotá y sus encantos cotidianos.
La arquitectura victoriana del barrio Teusaquillo, una de las mejores tierras del Zipa y lugar de paso
para el conquistador español hacia la futura Santafé mejoró mi ánimo e impulsó la conversación con el taxista, que a esa altura ya me tenía confianza y me contaba las anécdotas más perversas de su profesión. Me contó desde atracos a mano armada hasta seductores ofrecimientos de mujeres cansadas de machos abusadores, dispuestas a entregar una noche de sexo como pago por alguna carrera. Al calor de sus historias se dibujó frente a mi una Bogotá sórdida, una Bogotá de novela policiaca con mujeres escondiendo armas en el corpiño, criminales rasgando carne con cuchillos, policías corruptos, burocracias gigantescas, En un parpadeo, y por un error tonto en mis indicaciones, esa ciudad imaginada se materializó en las calles que recorríamos, con un ejército de zombis drogados y rostros llenos de hollín vagando por los márgenes de la calle.
Paramos en el semáforo de la Jiménez con Caracas, lugar que tanto de día como de noche es la viva imagen del peligro urbano y de la inequidad que nos van carcomiendo cada vez más rápido, más descaradamente. Yo estaba muerta de miedo, vigilando ambas puertas del taxi y esperando el cambio de color para salir corriendo de allí. Dos carros adelante, la silueta de una camioneta de lujo empezó a moverse de un lado a otro ante la mirada atónita de todos los que estábamos allí, creo incluso que de su mismo conductor.
Un indigente se había colgado del espejo retrovisor, quien antes de que el rojo se convirtiera en verde ya se había hecho con su presa y se evaporaba como la niebla tras la sombra de un bus de transmilenio. Para ese entonces, el conductor de mi taxi había abierto su puerta y estaba al acecho, esperando el momento preciso del ataque, que afortunadamente nunca llegó. -Yo tengo con qué darles- me dijo mientras girábamos por la calle 14 para tomar la carrera 15 y enfilar al oriente; -cuando veo que se acercan a una muchacha o a cualquier persona para robarla, yo espero a que se vengan y les doy-.
Pensando en que tal vez el azar me había subido a la versión postmoderno del Prometeo indígena que
se resistió al conquistador español hace casi cinco siglos, respiré hondo y me lancé caminando a la aventura, agarrando fuertemente mi maleta, con el aliento contenido, rezando en voz baja las oraciones que mi abuela me había enseñado de niña, espiando en cada rostro que encontraba (claro está, sin mirarlo de frente) los rastros de la malicia que creía consustancial a todo aquel capaz de pernoctar en el centro a semejante hora de la noche (apenas iban a dar las siete).

Volví a la vida cuando llegué a la Plaza del Rosario, sobre la sexta con Jiménez. De repente sentí un cambio en el aire y pude ver a mi ciudad con un sentido más humano. No era sólo la tranquilidad de haber atravesado ilesa la línea imaginaria entre el infierno y el cielo o la certeza de haber llegado a mi cita a tiempo. Detrás de la basura, los escombros o los carros de ventas ambulantes sentí la antiguedad de la piedra, el palpitar del arte, de la tradición criolla, de los guechas esperando el fin de la tregua con el zaque Quemuenchatocha, la religión católica que nos atraviesa hasta la médula. Luego de un viaje tan trajinado, pero mucho más simple de lo que pudo ser, es y será para otros, me encontré con una ciudad humilde pero orgullosa, renuente a rendirse frente a los flagelos que la atormentan, impotente pero esperanzada en el sentir de sus ciudadanos. Valió la pena. Subiendo por la calle de la fatiga, con los ojos nuevos de tanto recordar y maravillada por las formas de piedra, hierro y madera que siguen esperando a los viajeros entré al teatro y sonreí tranquila. En la oscuridad me esperaba abundante el resplandor de la noche. Terminó bien la Odisea ¿no?

Referencias.
Murillo, L. M. (2014). La fundación de Bogotá, en pos de la verdadera historia. Entrada del 6 de agosto. En: Reflexión y Crítica. Recuperada de la fuente: <http://luismmurillo.blogspot.com.co/2014/08/la-fundacion-de-bogota-en-pos-de-la_6.html>
http://catarsisbogota.blogspot.com.co/
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/desnue/pag107-115.htm