La cotidianidad bogotana es, en muchos sentidos, un terreno fértil para la identificación de esos gestos mínimos en los que yacen las claves de nuestro dolor y nuestra miseria. Más allá de los grander cánceres que desangran al país, se dejan ver actitudes y acciones silenciosas con las cuales se teje un complicado lazo social. En ese panorama, el deseo de aprobación se perfila como uno de los lunares más negros de nuestra forma de hacer vínculo; algunas veces toma la forma de una actitud regalada y sumisa, dispuesta al sacrificio de todos los valores y las creencias propias para poner en el podio más alto a cualquiera que ostente un signo de supuerioridad, otras veces de imposición, de frases hechas y agresividad ramplona materializada en los famosos "¿usted no sabe quien soy yo?". Si hay una actitud más característica de nuestra colombianidad, esta es la expresa la necesidad enfermiza de ser aceptados sin que haya ninguna sombra de crítica o de desacuerdo. Por eso el deseo de aprobación se convierte en una fuerza secreta que media nuestros comportamientos en cualquier contexto; una cabeza moviéndose afirmativamente, una sonrisa de oreja a oreja o el popular pulgar arriba son unos refuerzos exiguos con los que se alimenta nuestra frágil autoestima y autoafirmación.
Miremos el caso más patético, la actitud regalada. El sujeto en cuestión se deshace en halagos y regalos cuando aquel a quien desea impresionar baja de su nube para dirigirle la palabra. Sin importar si lo están humillando u ofendiendo, o mejor por eso mismo, el sujeto se limita a asentir, justificar y sancionar a los que se atreven a interrogar la escena. El encuentro con un extranjero o un compañero con mejor sueldo, con el padre de familia, la mujer de la casa, el jefe, el jefe del jefe, el secretario del jefe del jefe del jefe.... mejor dicho cualquier pelagato, termina siendo una ocasión para pobretearse y entregarse al ejercicio adulatorio mendigando cualquier gesto que nos haga sentir parte de la invisible comunidad de zalameros. Terminamos encumbrando a gente que ni lo merece sólo para evitar que piense mal de nosotros y no caer del podio de sus preferidos. Acaso lo más patético sea que estos lameculos se jactan de autoridad, señalando a otros lameculos como ellos con la mayor dureza e indignación.
Una variación de esta versión es la del indiferente social, que aparentemente tiene estructura de teflon (todo le resbala) pero que se esconde tras su imparcialidad para evitar tener problemas con alguién y perder su aprobación. Más vale que todos le tomen por un sujeto tranquilo a que alguno le reclame algo o descubra su incapacidad para asumir un punto de vista hasta las últimas consecuencias. El indiferente social tiene miedo de cualquier confrontación y por eso se escabulle, quedando bien con todos y guardando silencio todo el tiempo.
El otro caso, el caso extremo es del pretencioso violento, que se convence de usar la fuerza para imponerse sobre los demás, a veces simplemente con sus puños otras con inventos. Se trata del caso más peligroso pero también el más vulnerable, porque expone a flor de piel sus necesidades y su incapacidad para lograr lo que quiere por medios que dejen ver la calidad de sus talentos. Imponer la aprobación para evitar consecuencias negativas o ganar algún beneficio al final solo es síntoma del vacío que habita la tiranía y la extrema necesidad de un público para ser alguien en la vida.
Sea uno o sea el otro, lo cierto es que nacer, crecer y vivir en el deseo de aprobación no ha hecho más que convertirnos a la religión de la hipocresía y la acriticidad, muy lejanas de la tolerancia y el respeto, pero terríblemente cercanas al fundamentalismo, la violencia, el clasismo y la exclusión. Tanto tenemos que aprender de quienes se han librado de esta enfermedad silenciosa, que pueden aceptar y dar una crítica sin intenciones de dañar a nadie y viven su felicidad sin esperar que el guiño de cualquiera les de la seguridad y la firmeza para hacerlo.