martes, 24 de febrero de 2015

Una cuestión de conciencia ciudadana

En año de elecciones, con un proceso de paz que no parece avanzar, hundidos en una difícil situación económica y con crisis en salud, educación y desarrollo social, el panorama pinta desalentador. Cada vez toma más consistencia la sensación de inmovilidad, de decadencia, que termina por legitimar actos de violencia de todo tipo, haciéndolos parte del paisaje. La muerte violenta de niños, jóvenes, adultos y ancianos, la inseguridad, la pobreza y el hambre no son hechos naturales a los que tenemos que acostumbrarnos; son realidades inaceptables que podemos transformar. Pero esta verdad se hace humo en los desfiladeros de la cotidianidad, que termina siendo el argumento indiscutible para reivindicar una amplia gama de prácticas en las que se sostiene la corrupción, la desigualdad, el rechazo a la alteridad y el borramiento efectivo del otro. Porque la vida es dura hay que colarse en Transmilenio, terminar de dañar el sistema de transporte público, botar basura donde caiga, empujar al vecino, insultar al conductor que se me atraviese, apuñalear y robar al que pueda, hacer "conejo", quedarme con unos pesos de mas, incumplir los pactos, etc., etc., etc. La costumbre de hacer pasar por el ojo de la aguja una voluntad del tamaño de un camello cuando hay maneras más fáciles y conciliadoras de funcionar, se instala como la manera predilecta de resolver nuestros problemas.

Acudir a las mismas estrategias y esperar resultados distintos se suma a otras formas de locura que son en últimas una suma de condiciones sociales estructurales bajo las cuales se hace difícil (por no hablar de imposibles) vislumbrar un cambio real. La incapacidad de autocrítica constructiva, la necesidad de buscar chivos expiatorios para no asumir responsabilidades, el desconocimiento de otros puntos de vista y la poca argumentación de los propios son algunos de los yerros constitutivos de nuestra sociedad, claves para entender el recurso a la violencia, la trampa y la indiferencia como maniobras de supervivencia. Desde los más ricos hasta los más pobres, casi siempre bajo la invocación de algún refrán divino o simplemente en su nombre, asumimos como códigos de vida prácticas relacionadas con alguno de estos aspectos, defendiendo con justificaciones amañadas su ejercicio en toda situación que nos desfavorezca. Esto en el marco de una situación socioeconómica tan compleja como la nuestra hace más engorrosa la tarea de plantear cambios fundamentales que no sólo le apunten a una distribución de los recursos más justa y la restitución nuestros derechos, sino que le den lugar a la diferencia, a la convivencia, al reconocimiento del otro.  
¿Qué hacer con un país, con una sociedad en estas condiciones? ¿Cómo construir vínculos y escenarios sociales más vivibles si no encontramos en los mecanismos institucionales caminos para movilizar liderazgos animados por el interés común? Si la política no parece ser la vía para generar las transformaciones sociales que requerimos con urgencia, entonces ¿qué hacer? Frente a estas preguntas, como bogotana promedio que trabaja, invierte al menos cuatro horas diarias en transporte y no está vinculada a organizaciones sociales la única respuesta que se me ocurre es volver a la autoconciencia, liberada de promesas paradisiacas y tormentos religiosos como respuesta. Fomentar la reflexión interior y apostarle al reconocimiento de la responsabilidad subjetiva en la construcción del país que queremos hasta hoy se me plantea como una opción real de cambio, que si bien no tiene efectos de gran magnitud al menos me permiten tomar la palabra frente al rosario de atropellos y sinrazones que vivimos y vemos todos los días.
No puedo mentir, cada vez que oigo de un asesinato, veo a un habitante de calle o a cualquier persona removiendo la basura buscando algo de comer o algo que vender convulsiono del dolor y de la ira. Me duele caminar entre tanta basura, sufrir la trituradora humana que es Transmilenio, temer un atraco en cualquier esquina, ver como policías y bachilleres se saltan las reglas, asumen sobornos como si nada y fomentan la ilegalidad. No soporto el maltrato cotidiano a las mujeres, a todo lo que suene diferente, la indolencia de las instituciones, la doble moral de una sociedad que habla de calidad y busca cualquier táctica para ahorrar dinero. Me duele la ciudad, el país, la gente.

Por eso mismo, sabiendo que si me dejo inundar de tanta oscuridad e impotencia me muero, le apuesto a la conciencia, a la conciencia ciudadana como mi bandera para contribuir a las transformaciones que espero algún día materialicemos: trato de conocer diferentes puntos de vista, hago lo posible por defender la integridad del sistema de transporte, no boto basura y a veces recojo la que puedo, no doy limosna, pago impuestos aunque me torture la corrupción, no compro carro... no voto por interés, no tomo el camino más fácil si eso implica pasar por encima de otro, ayudo cuando puedo sin reservas. Se trata de acciones concretas en las que cifro mi compromiso, sin esperar que me premien ni que me imiten, pero tampoco haciendo porque sí lo que otros hacen o lo que siempre han hecho para obtener beneficios. 
No es fácil e incluso puede sonar demagógico apostarle a la conciencia ciudadana; no es una solución mágica, es una alternativa más. Sea cual sea la que usted elija, ojalá escoja una. Hacer resistencia a este entramado invisible es hoy, como todos los días, una necesidad, una urgencia y una responsabilidad que nos debemos -nos merecemos-.